Mostrando entradas con la etiqueta Caucagüita. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caucagüita. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de julio de 2024

Sentido de trascendencia

Bernardo Guinand Ayala

 

Esa tarde estaba conociendo a Laura y sus ojos aguados me movieron la fibra. Una vez más supe que estaba en el lugar correcto, haciendo lo correcto, con la gente correcta. Echemos la película para atrás porque no fue casualidad que, aquella tarde en Turumo, Laura me hiciera aquella confesión.

 

Al fundar Impronta establecimos cinco valores orientadores: dignidad, solidaridad, pasión, impacto y un quinto valor bastante particular: trascendencia. Personalmente me mueve profundamente la trascendencia, no tanto – o no solo – por el interés en ser memorables, sino como una especie de antídoto contra un flagelo que tenemos tatuado en nuestra idiosincrasia: el cortoplacismo. El mundo entero se ha vuelto obsesionado con el ¡para ya!, ¡para ahora!, ¡lo que me dé rédito inmediato! y un largo etcétera.

 

En Venezuela, habernos echado al pico la enorme bonanza que supuso el petróleo, sin haberlo invertido en el futuro, en un verdadero plan de desarrollo, así como en educación, es uno de los ejemplos más tristes de las gríngolas cortoplacistas. No sembramos el petróleo, nos reclamaría Uslar Pietri. Adicionalmente, la premura del corto plazo actúa como caldo de cultivo para vicios acaba-países como la corrupción y el clientelismo.   

                                                 

En contraposición, una impronta – una huella – tiene que ver con el largo plazo e invita a transitar una vida coherente – con la maravillosa oportunidad de equivocarnos en el camino – pero que apunta a dejar ese legado para nuestros seres queridos, nuestra comunidad y el país.

 

Como fundación, la trascendencia también ha sido una invitación para que otros apunten a ese largo plazo, a visibilizar su legado sumándose a nuestra causa. Y vaya que hemos visto casos, pero hoy vengo a recordar uno en particular con dos historias paralelas.

 

Hace algunos años, la familia De Sola se acercó a nosotros para, en alianza, ayudar a cumplir con el legado de su abuelo. Don René De Sola, luego de una larga y muy productiva vida, encomendó a sus nietos la noble tarea de crear una fundación familiar que hoy lleva el nombre de “Letras en Acción” para promover la lectura con foco en niños en su temprana edad escolar. De esta alianza nació “Lectura sobre Ruedas”, probablemente el programa más bonito y contundente que, hasta ahora, hemos desarrollado en Fundación Impronta.

 

Además de su dilatada trayectoria y destacada hoja de vida como jurista al servicio del país, René De Sola era un ávido lector y motivador por excelencia de la literatura en su núcleo familiar. Sus hijos recuerdan, con especial lucidez, la práctica rutinaria de la lectura a la que su padre los animaba, leyendo él en paralelo los mismos libros para luego poder comentarlos junto a cada uno de ellos.

 

No cabe ninguna duda que, cuando casi 140 niños de Caucagüita del programa reciben una palabra de aliento por parte de los familiares directos de ese señor mayor a quien no conocieron o incluso escriben un cuento sobre quien dio la oportunidad de que existiese Lectura sobre Ruedas, sigue vivo el recuerdo de Don René De Sola. Eso, justamente, es trascender. Y no solo por tenerlo muy presente, sino porque cuando un niño de Turumo es capaz de llevarse durante un año escolar, sin obligación, más de 30 cuentos para leer en casa, es como si ese niño o niña hubiese estado sentado en un puesto de aquella biblioteca del Doctor De Sola en su casa de Caracas.

 

Pero trascender va más allá. Quizás es común que una persona de la talla de un abogado destacado, que vivió casi 100 años y tuvo la fortuna de juntar algunos recursos en su carrera, pueda darse el lujo de seguir presente a través del deseo que manifestó a sus nietos. Pero quizás otros nos sintamos algo más pequeños frente a tal desafío o pensemos que solo la riqueza material puede acercarnos a semejante nivel de trascendencia. Yo también lo creía así, hasta que Laura, con sus ojos claros y brillosos detrás de sus lentes, me hablara aquella tarde.

 

Laura asistió para sacarnos unas fotos que iban a ser publicadas junto a una entrevista realizada para Debates IESA. La verdad que la foto la hemos podido hacer en nuestra oficina, pero ha sido maravilloso conectar a la gente con el trabajo que hacemos, en el lugar donde lo hacemos. De esa forma, aprovechando una tarde cualquiera del programa en la Escuela Don Bosco en la parte más alta de Turumo, Laura se encaramó en el Impronto Móvil junto a Virgilio – el redactor de la entrevista – y terminó recorriendo cada una de las estaciones donde los niños hacían sus actividades y apuntando con su lente cada circunstancia que le llamaba la atención.  

 

Al cerrar la tarde, Laura se me acerca, baja la voz en medio del bullicio de una escuela repleta de niños y me pregunta si puede comentarme algo. Allí me confiesa que su hijo murió hace 11 años, que era también un ávido lector y que ella – y su esposo – aún no habían podido desprenderse de muchas de sus cosas. Entre palabras pausadas y sus ojos húmedos se evidenciaba ese duelo tan profundo que está aún presente. Simón, su hijo, tenía apenas 13 años. Entonces me dijo: “Bernardo, aún conservamos muchas de sus cosas, entre ellas sus cuentos. No habíamos tenido el valor de desprendernos de ellos. Hasta hoy. Creo que encontré el lugar donde quiero que estén los cuentos de mi hijo”.

 


Volví a ver a Laura hace pocas semanas. La invitamos al cierre de Lectura sobre Ruedas nuevamente nos regaló sus maravillosas fotografías. Luego de haber hablado con su esposo, ambos llegaron ese día con los cuentos de Simón, cuentos que ahora son leídos por nuestros niños y niñas de Caucagüita, como legado de aquel niño lector y de sus padres.

 

Ese día aprendí que para trascender no hacen faltan grandes proezas ni riqueza, sino vivir de manera auténtica entre nuestros seres queridos y mirando un poco más allá de nuestra zona de confort. En Impronta honramos tanto el legado de Don René De Sola, como de Simón, así como de tantos otros que nos apoyan pensando en el futuro de nuestros niños y no sólo en algún resultado o beneficio inmediato.      

 

01 de julio de 2024

sábado, 14 de agosto de 2021

Más allá de la cancha

Samuel tiene 8 años y es el primero que se acerca a la cancha deportiva en Caucagüita cuando ve movimiento, aunque ahora no sea para montar una partidita de basquetbol o futbolito. La cancha está cerrada por reparación, pero lejos de dejar solo a los adultos trabajando, agarra una escoba para barrer o una brocha para pintar, pues entre todos están dejando la cancha como nueva.

Luego de varias semanas de trabajo junto a su tío - que allí ayuda como entrenador -  Samuel lucía contento su uniforme nuevo de “Los Jaguares” el día que se reinauguraba la cancha, celebrando no sólo lo moderna que quedó, sino el proceso cómo se llevó a cabo, sumando mano de obra voluntaria de la comunidad junto al apoyo en formación y materiales suministrados por Fundación Impronta para su  ejecución.

Nada de esto habría ocurrido sin la suma de tanta gente que formó parte del Reto Impronta 42k a finales de 2020, a pesar de la incertidumbre causada por la pandemia. Esta historia es, en primer lugar, para decirles nuevamente a cada uno de esos corredores: ¡GRACIAS!, pero sobre todo para mostrar que lo prometido, lo hemos alcanzado con creces y es lo que más nos emociona transmitir al hacer nuestro trabajo.  

Junto a la cancha, hemos venido dotando a las diversas escuelas deportivas tanto de varones como de niñas – voleibol, basquetbol y fútbol sala – con balones, uniformes, zapatos e implementos como mallas y redes para mejorar sus prácticas y torneos. La noticia pica y se extiende y nos alegra que ello haya sido motivo para que se reactiven otras canchas y escuelas deportivas de toda la parroquia que sueñan ahora con mejorar sus condiciones y sobre todo, poner a los chamos a hacer deporte en condiciones ideales.

Pero más allá de implementos e infraestructura, cuyo logro es muy tangible y podemos transmitir con contundencia a través de redes, la transformación que proponemos se centra más en las personas; en adultos, niños y jóvenes que, como Samuel, inspiramos y formamos por medio de nuestro trabajo. Esa es la verdadera historia que deseamos contar en Impronta.

Durante estos meses, antes de entregar un solo balón o reparar una cerca, nuestro trabajo se orientó a brindar formación a una red de entrenadores de Caucagüita como Junior - el tío de Samuel – así como Alex o Alexander que lideraron la renovación de la cancha; pues solo fortaleciendo las propias capacidades existentes en la comunidad podremos llegar a más niños y adolescentes usando el deporte como herramienta de superación.

 

Pero Samuel y nuestros chamos de Caucagüita, siguen siendo nuestro norte. Las oportunidades que hoy brindemos a ellos, para aspirar a un mejor futuro son el eje de nuestro trabajo. De esa manera, quizás uno de los logros que más celebramos a lo interno, ha sido la evaluación a profundidad de 78 chamos y sus familias, que como Samuel, viven en un sector popular en la Venezuela actual. Ciertamente los hallazgos son muy alarmantes, pero lejos de desalentarnos nos dan pistas clarísimas sobre las áreas que, además del deporte, debemos atender con prioridad: fortalecimiento académico, salud, contención social y emocional, así como seguir siendo foco de oportunidades de todo tipo para ellos.   

Cientos de venezolanos en casi 70 ciudades alrededor del mundo atendieron nuestra invitación para correr por “los chamos de Caucagüita” y en menos de un año convertimos el programa deportivo de Fundación Impronta en un motor para el desarrollo de la comunidad de Caucagüita. No hay palabras suficientes para agradecer la confianza, pero si trabajo tangible para mostrarlo.


Hoy, Omar y Angelito – algunos de nuestros consentidos y amigos de Samuel – se acercaron a preguntarnos cuándo íbamos a repetir la carrera de 5k que hicimos en 2020 en Caucagüita. ¡Qué maravilla cuando el compromiso lo imponen los chamos a quienes nos debemos! “¡Claro que la haremos!” respondimos. Y tú, luego de lo que hemos podido construir juntos: ¿te animas a repetir el #RetoImpronta este próximo noviembre y animar a familiares y amigos a hacerlo?

 

Sigamos haciendo del deporte, un motor de la solidaridad con propósito real. ¡Gracias!


viernes, 5 de febrero de 2021

Mirada esperanzadora


 

Bernardo Guinand Ayala

 

Acción, suspenso, drama, terror o comedia. ¿Qué tipo de película venimos escribiendo en Venezuela? Si tuviéramos que entregar algo así como los premios Oscar de la Academia, la categoría del “Año más complejo” sería, sin duda, una de las categorías más disputadas y en la que cada año, tal como sucede en Hollywood, parece que los directores se esmeraran por elevar el nivel de la producción. 

 

Recordarán el 2017, un año extraordinariamente complejo y gran candidato al premio. En medio de ese turbulento año nació Fundación Impronta con muchos sueños, algunas ideas plasmadas en un papel y muy pocos recursos. La adversidad no nos frenó y aquí estamos hoy. Recientemente cerró el 2020 y como ya suele ser costumbre, la complejidad no dejó de ser amenaza, convirtiendo nuestro ya espinoso acontecer nacional en una crisis de categoría mundial. Pero incluso al finalizar sus días, a alguna de nuestras colaboradoras le escuché decir: “ha sido el mejor año que hemos tenido” evaluando lo alcanzado a pesar de las dificultades. Y en medio de esta pandemia llegamos a celebrar nuestro cuarto aniversario, con más preguntas que respuestas, con dudas pero con planes y sobre todo, llenos de esperanza.

 

Hace un buen tiempo vengo leyendo algunos escritos de un dramaturgo y político checo – Vaclav Havel - que dedicó parte de sus discursos y obras a hablar de la esperanza. Reconocía, que la esperanza no es objetiva, no es algo que se basa en hechos concretos ni en análisis acertados del futuro. Tampoco es algo que se encuentra en el entorno, en los signos externos que nos permitan visualizar un mejor horizonte. ¡No! La esperanza es algo que nace dentro de uno, que algunos la tienen y puede que otros no. Es como un don. Y ese don permite que aunque objetivamente veas el camino oscuro, gris y sin ninguna señal real de que las cosas vayan a cambiar para mejor, aun así esa fuerza te mueve hacia adelante para hacer lo que crees que debes hacer y para siempre tener una mirada esperanzadora de ese futuro que deseas. Incluso cuando año a año sigan superándose con la categoría al más complejo de los premios Oscar de la Academia.

 

Impronta, como fundación, evidentemente tiene planes y proyectos que pueden ser medidos en su alcance y eficacia, pero creo, que en este momento de Venezuela que nos ha tocado vivir, Impronta es por sobre todo una especie de faro que alumbra de esa necesaria esperanza para poder seguir, para soñar, para construir juntos, para preocuparnos y ocuparnos por quienes puedan vivir en una Venezuela más digna, más solidaria y más constructiva.

 

En la Isla de Okinawa, en Japón, viven unas de las personas más longevas del planeta. En algún momento hicieron un estudio y en promedio la gente vivía 7 años más que sus similares en América. Estudiaron que hay muchas razones para ello como su alimentación, sin duda deben vivir más tranquilos y relajados que nosotros aquí en Caracas y también se percataron que la palabra “retiro o jubilación” no existe en su vocabulario. El deseo de mantenerse útiles es clave para ellos. Por otra parte, tienen una palabra en su léxico que tiene un significado muy poderoso para ellos. Esa palabra es lo que ellos denominan Ikigai cuya traducción al castellano sería algo así como “la razón por la que te levantas cada mañana”. La idea de tener un propósito, por sencillo que parezca es un elemento decisivo en sus vidas y en su longevidad. No hay que tener como meta llegar a la luna sino, en cada etapa de tu vida tener una razón importante y tangible que te entusiasme cada día: cuidar y ver crecer a tus nietos, impulsar el sueño de esa guardería en la que invertiste tus ahorros, enfocarte en esos estudios que te permitirán apuntar a un Ikigai aún más grande, impulsar el deporte, la cultura o la educación en tu comunidad, transformar un espacio en desuso en un laboratorio para generar oportunidades de transformación en la vida de los jóvenes.

 

En fin, tantos propósitos que nos pueden animar a saltar de la cama para procurar alcanzarlos, aún en medio de las adversidades. Cada uno de nosotros tendrá los suyos propios, pero sé que en conjunto, agrupados bajo ese paraguas de valores y sueños que representa Fundación Impronta, seguir siendo sembradores de esperanza donde otros ven oscuridad es un propósito que vale la pena y que sería nuestro mejor regalo de cumpleaños.

 

Probable y objetivamente, este pueda parecer otro año para una película de drama o incluso de terror, pero que nuestra mirada esperanzadora nunca deje de ser ese faro que alumbra para que las generaciones futuras puedan vivir una Venezuela con más películas llenas de alegrías y superación. ¡Gracias a todos y feliz cumpleaños Impronta!

 

          5 de febrero de 2021

domingo, 8 de noviembre de 2020

Momentos

Bernardo Guinand Ayala

Momentos. La vida es la suma de efímeros momentos que se plasman en nuestra memoria y al recordarlos volvemos a vivir. Mil veces se ha escrito que un maratón es como la vida resumida en 42 kilómetros de intensidad y manteniendo la comparación, también está cargado de fugaces momentos y emociones muy marcadas. Suelo escribir de mis carreras y siempre ha habido similitudes pero también grandes diferencias entre ellas sobre esos momentos épicos que se quedan grabados y que generalmente suelo recordar por el kilómetro que recorría. Este año no podía ser diferente y aunque en lo deportivo hice quizás la peor carrera posible, vengo cargado de momentos maravillosos que son con los que me quedo.

A diferencia de cualquier experiencia previa, donde siempre exponía los momentos vividos a partir de kilómetros muy avanzados o de máxima exigencia, este maratón tuvo un toque muy especial desde muy temprano. La salida y quizás los primeros tres kilómetros, esos que ni cuenta te das en cualquier carrera - no solo competitiva sino cotidiana - tuvieron un significado muy especial para mí. Desde la convocatoria, el encuentro madrugador aún oscuro y la llegada de participantes que se unieron porque nos empeñamos que este año no dejaríamos de correr un maratón. Habíamos logrado congregar no solo al hatajo de locos que saldría a correr, sino a un contingente de apoyo entre ciclistas y motorizados para la ruta, aguateros para puestos claves, fotógrafos y familia. Habíamos convertido un reto muy personal en una fiesta de muchos.

La semana previa, Ricardo y Edgard habían decidido participar también en los 42k, así que después de la angustia con el GPS de Limón que no agarraba señal, nos vimos once locos - los tres ya mencionados más Pedro Luis, Jose, Karina, Adil, Ovid, Alex el alemán, Kike y yo - tras la cinta de salida como si de élites se tratara, en posición de ataque, cosa que no me hubiese creído si no fuese por las maravillosas fotos de Naty a esa hora de la madrugada. Al finalizar la cuenta regresiva salimos todos disparados y Ovid D’Jesús - sub 3 este mismo año en Miami - rápidamente nos dejó el pelero quedando en segunda avanzada Pedro, Jose, Adil y yo.

Días atrás, Pedro había dejado muy claro que cada quien debía hacer su propia carrera. Yo llegaba nuevamente agotado al día de la prueba y por el contrario, Jose llegaba en gran momento; sin embargo, ese tramo de menos de 3 kilómetros sobre la Francisco de Miranda, quizás bastante más rápido de lo planificado, fue verdaderamente especial. Íbamos rápido pero me sentí ligero y feliz. Esos minutos ya lo valieron, viendo como ninguno quería quedarse, teniendo a ratos a Pedro jalando, a veces Jose quien se notaba cómodo y otras tantas a Adil. No sé si será la amistad o la emoción acumulada con la planificación del Reto Impronta 42k, pero esa madrugada, entrompando lo que sería mi noveno maratón, fue un momento que dejo grabado en algún lugar de mi cabeza.

Un segundo momento está en el otro extremo de la carrera: la llegada. La verdad, la llegada de cualquier maratón es especial, pues lo vulnerable que te hace el desgaste físico, así como la finalización tangible del logro suele afectar enormemente tus emociones; pero lo del domingo 1 de noviembre fue casi de guión de Hollywood. Aunque venía muy sobregirado de tiempo, ese día sabía que a toda costa debía llegar a la meta, pero jamás imaginé la cantidad de gente que se congregaría a la llegada. Justo marcar el kilómetro 42 y empezar a sentir la algarabía mientras llegaba. Miré rápidamente a los lados y divisé a mis viejos, siempre presentes en cualquier logro o dificultad de nuestras vidas. A pesar del covid19 y que ellos han guardado pacientemente su cuarentena, días antes mi mamá me dijo que querían estar presentes. También vi a Pedro Luis acercarse, aplaudiendo, con su clásico gesto y presencia motivadora, así como a muchos otros a quienes les guardo un profundo agradecimiento. Me sentí verdaderamente especial.

Todo ese trayecto, esos últimos 200 metros, fue acompañado por los reales protagonistas de la jornada, nuestros chamos de Caucagüita, quienes habían sido el centro de la campaña de Fundación Impronta, propósito por el cual habíamos creado el #RetoImpronta42K. Escucharlos a lo lejos coreando mi nombre, verlos levantarse de la acera para disponerse a correr, oír que me animaban mientras se unían a mi alrededor para culminar la carrera juntos. Al segundo de tenerlos a mi lado, sentí la mano de uno de ellos sujetar la mía y rápidamente darme cuenta que era Angelito, uno de nuestros consentidos quien robó la atención de todos durante esa jornada por su carisma y picardía. Un poquito más y levantar las manos para cruzar la meta y observar ahora las fotos con los chamos tan alegres y entusiasmados como yo. ¿Qué más se puede pedir? Esas son emociones que perduran y animan a seguir, por ellos, por Venezuela.

Hay millones de pequeñas anécdotas y de personas en cada momento descrito o en el resto de

la carrera. Momentos también de soledad en los tramos duros, que son aquellos que suelo muchas veces relatar. Mientras escribo, recibo una foto donde ando parado, cabeza agachada y manos en las piernas adoloridas cuando quedaban aún 5 kilómetros por recorrer. Solo que hasta la soledad y dificultad en esta nueva odisea siempre vino acompañada de una sonrisa pues sabía que el propósito era más grande a mi reto personal. Al final, ningún chamo preguntó mi tiempo, ellos solo me vieron llegar y llegar alegre. Los calambres, las paradas, el reloj haciendo tic tac consumiendo tiempo quedaron atrás. Ya vendrán tiempos de mejorar, claro que sí.


Pero hay otro momento que quise dejar al final de este relato, aun cuando no fue el final espectacular de la carrera, pero que tiene mucha simbología para mí, para la vida. Iba llegando al kilómetro 40 y quizás quien lea piense que faltaba poco, pero cuando las piernas se engarrotan con cada trotada, se siente eterno. Iba dejando atrás el Estadio Universitario rumbo a la sede de Banesco cuando a lo lejos oigo unos gritos inesperados. Mimina, mis hijos Ale y Nando y mi comadre Caro, anticipando que había pasado roncha, habían salido calladitos a mi encuentro. Habían caminado más de dos kilómetros para encontrarme y los escucho animándome y dispuestos a acompañarme. Allí no había fotos ni algarabía, solo nosotros, en la estricta intimidad demostrando que en los momentos más duros, allí estaremos juntos. Sentí el alivio de encontrar con quien llegar y sin que ellos lo percataran, se me puso la piel de gallina - es increíble como se siente cuando corres un maratón – y se me “aguó el guarapo” por segundos. Tengo la imagen grabada de cuando levanté la cabeza, escuché el grito y vi a mis hijos, mientras mi cuerpo reaccionaba instantáneamente entre lágrimas y piel erizada.

Hoy observo las fotos finales y ellos se quedaron atrás, dejándome el protagonismo a mí y a los chamos de Caucagüita, sin embargo escribo estas líneas para recalcarles a ellos y a mí mismo, que nada hay más poderoso que una familia unida que se quiere, se acompaña, se da soporte en las buenas y en las malas. Y aunque lo vives cotidianamente y aunque esta cuarentena - afortunadamente en mi caso – ha sido una bendición para sentirlo, son esos breves momentos de vida, esa mirada levantada por un segundo, esa manifestación involuntaria del cuerpo, lo que te hace recordarlo con mayor intensidad.

Cada kilómetro, cada momento, ha sido una aventura. La salida y la llegada me emocionaron como nunca, la amistad y el compañerismo fueron alegría y soporte que agradezco sinceramente a Dios, unir mi pasión con el trabajo que hago fue algo que soñé mil veces y ese kilómetro 40 fue para recordar lo que verdaderamente importa. Vendrán carreras mejores, pero esta, me deja el corazón grandote.  

         8 de noviembre de 2020

jueves, 23 de abril de 2020

Generamos oportunidades que transforman vidas


Bernardo Guinand Ayala

Ciudad Tablita
Entrar en casa de Verónica en Ciudad Tablita - Caucagüita - es visualizar un pedacito de Venezuela en miniatura. Empinadas escaleras para llegar hasta su casa, piso de tierra, paredes de latón y madera y una humilde pero útil cocina que sirve de epicentro de la vida familiar. Si bien en Ciudad Tablita los servicios básicos son insuficientes o mejor dicho inexistentes, al menos hay espacio para sembrar matas de parchita, lechosa, aguacate y tomates que cultiva con gran orgullo.

Si algo me apena, en los meses que tengo visitando la casa de Verónica, es que aún me cuesta diferenciar quiénes son sus hijos y cuáles sus nietos. Todos se confunden en edades similares pues las hijas mayores de Verónica también son madres y coincidió su estreno de abuela mientras tenía más hijos con otra pareja. Hoy ninguna de sus parejas pinta en el panorama.

Verónica es de Güiria, estado Sucre y siempre habla de Dios. En medio de la pobreza, la fe es
Verónica con 2 de sus hijos y 2 nietos
un sostén valiosísimo para seguir adelante, algo así como lo que ahora llamamos resiliencia. No le gusta vivir en un rancho, me cuenta que nunca había vivido en uno así, pero siguiendo a una de las hijas mayores a Caracas, se quedó como cabeza de familia procurando que las más grandes salgan adelante y los más pequeños estudien. Lamentablemente, una de sus hijas adolescentes salió también embarazada y se suma una boca más que alimentar, con pocos produciendo, aunque otra de las hijas - desde Colombia - trata de enviar alguito, aunque no alcanza ni para cubrir lo que demandan los hijos que ahora Verónica también debe criar. El fenómeno migratorio ha pasado a ser uno de esos nuevos desafíos para nuestra sociedad, a todo nivel.         

En esa Venezuela en miniatura, representada por la casa, la familia y las dificultades de Verónica, es la realidad que día a día decidimos asumir desde Fundación Impronta. La llegada a Caucagüita nos ha sumergido en anécdotas como la de Verónica y muchas más, a veces agobiante, pero sin duda desafiante. En medio del relato tan cuesta arriba que describo, nosotros observamos una rendija de esperanza que se muestra en cada caso. Es a eso lo que nosotros, desde Impronta, hemos denominado oportunidades. Hemos evidenciado, que más allá de las carencias económicas - sin duda tema clave a resolver - la pobreza se arraiga en las familias por la ausencia de oportunidades. Cosas convencionales en familias clase media o alta, son obstáculos gigantescos en entornos de pobreza.

Entonces encontramos que Verónica, con todas las dificultades que pueda tener – y vaya
En el Centro de Artes Integradas
que son muchas pues ella es una mujer con mucho sufrimiento a cuestas
- es capaz de manifestarnos que cree en la educación como herramienta para salir adelante. Nos insiste que a su nieto Samil le gusta la música o que su hijo Aarón dibuja muy bien, que ella misma desea emprender, pero también reconoce su necesidad de contención emocional. Y así, poco a poco, a cada uno de ellos les hemos ido brindando la oportunidad de ser niños, de participar en un plan vacacional, de ir en las tardes a formarse en artes, de establecer una jornada de salud en Ciudad Tablita para ser evaluados o ser atendidos por el psicólogo que logramos enraizar en pleno corazón de Caucagüita. Mucho por hacer, pero vamos avanzando paso a paso. Por eso, en Impronta  “generamos oportunidades que transforman vidas”.

Hasta aquí, el texto descrito era parte del editorial que redacté para el informe de gestión de Fundación Impronta, sin embargo, desde la fecha de publicación a este momento muchas cosas se han agudizado por la llegada del coronavirus. Lejos de congelarnos y dejar nuestro trabajo para otro momento, el compromiso con familias como la de Verónica se ha incrementado, respetando por supuesto la receta de aislamiento que la situación nos impone.

En medio de la adversidad, dos acciones concretas han nacido como respuesta a la crisis agravada por el Covid-19. Sin ser el tema alimentario nuestro foco, muy pronto en la cuarentena nos percatamos que las familias más vulnerables la iban a pasar aún peor pues dependen del ingreso que pueden levantar día a día. La necesaria cuarentena para protegernos del virus, afecta sobre todo a la economía de las familias más pobres. Si los grandes países con economías robustas han prendido la alarma, imagínense la repercusión en familias que ya venían pasando penurias.

Vista de Ciudad Tablita
Gracias a unos primeros recursos que llegaron sin buscarlos, iniciamos la campaña “Cuarentena en Caucagüita” que originalmente apoyaría a 5 familias, que estiramos a 15 y así - a la fecha de este post - hemos podido impactar en 107 familias que se traducen en 495 rostros, siendo fundamentalmente niños, adultos mayores y una increíble cifra de familias con algún miembro con discapacidad o enfermedad que limita sus posibilidades de estudio o trabajo. De todas esas familias, la cifra más alta (28%) corresponde a Ciudad Tablita, dando continuidad al trabajo allí avanzado y donde la familia de Verónica, con gran cantidad de bocas que alimentar, estuvo siempre en nuestro norte.

Pero la historia no termina aquí, porque cuando se suma y multiplica, los resultados no pueden ser sino más elevados. Íbamos a Caucagüita subiendo por un sector empinado llamado El Cují, justamente para hacer entrega del apoyo alimentario a las primeras 15 familias cuando me llama Silvia Itriago del Centro de Artes Integradas CAI, una de las principales alianzas que tiene Impronta para el desarrollo de talento de nuestros niños, donde hay 30 de ellos becados. Silvia, al igual que yo, se ha preocupado y movilizado bastante por la situación de los hijos y nietos de Verónica. Particularmente ha estado preocupada por Aarón, justo el primero de los hijos que Verónica me presentó por tener destrezas en las artes pero una condición probablemente neurológica que le hace meter una piernita. Desde el CAI, Silvia venía atenta también a la situación nutricional de ese hogar.

Hijos y nietos de Verónica rezan en nuevo comedor
Como decimos en criollo, “pa echá el cuento corto”  Silvia movilizó un primer financiamiento proveniente de padres y docentes de la Fundación de Acción Social del Colegio Integral El Ávila y en alianza con Fundana y por supuesto Fundación Impronta - donde contactamos a los líderes comunitarios que pudieran realizar la procura de alimentos, su preparación y el seguimiento - se creó un comedor en Ciudad Tablita en tiempo récord para dar respuesta al tema nutricional que nos preocupa de Aarón, sus hermanos y sobrinos. En medio de los mayores desafíos a nivel mundial, la solidaridad puesta en acciones genera resultados tangibles.

Aarón
Obviamente, esta necesidad ha repercutido al resto de las familias de la comunidad y al día de hoy nuestro reto es sumar a otros aliados claves, como Alimenta La Solidaria Petare para evaluar la viabilidad de escalar el programa y resolver no solo las dificultades de la familia de Verónica, sino a muchas otras más.

En fin, efectivamente son tiempos de resguardo y prudencia, pero que ello no limite nuestra capacidad de seguir proponiendo y generando oportunidades que transformen la vida de los más vulnerables.                 

23 de abril de 2020

lunes, 3 de febrero de 2020

Dignidad y solidaridad | 3 años de Fundación Impronta


Bernardo Guinand Ayala

Apreciado P. Ugalde, equipo, aliados comunitarios, colaboradores, familiares y amigos:

En 2015 tomé una de las decisiones más complejas de mi vida. Desprenderme de lo que había sido mi casa, mi escuela, mi verdadero grado profesional y hasta personal, mi aporte a un sueño hecho realidad, para aventurarme a seguir. Como suelen decir en estos días, salir de la zona de confort y dejar a otros también crecer. Luego de 16 años, salir del Centro de Salud Santa Inés y del Parque Social P. Manuel Aguirre de la UCAB no fue tarea sencilla, pero muchas cosas se conjugaron para percibir que era momento de buscar otros horizontes. Eran tiempos en que el Papa Francisco reflexionaba sobre “salir hacia la periferia” y lo tomé como una invitación.

Luego de experiencias enriquecedoras, de cambios retadores en el ínterin, de arrancar de nuevo y los subi-baja que ello conlleva, se fue gestando la idea de dar un paso más allá. En una Venezuela donde recomendaban no dejar para nada el terreno seguro, el quince y último, lo estable, terminé haciendo lo contrario para darle pulitura a lo que finalmente, en 2017, nacería como Fundación Impronta.  

La idea inicial fue muy sencilla, seguir siendo útiles en una Venezuela que se cae a pedazos. Aprovechar la experiencia previa – ese gustico apasionado por servir - para generar oportunidades a aquellos que la han tenido bastante más cuesta arriba que muchos de nosotros. Sin embargo, arrancar sin el amparo institucional que alguna vez tuve en la UCAB o el respaldo financiero que significaba la empresa privada [Fundación Santa Teresa] no es tarea fácil en medio de una economía que cierra santamarías a diario, que persigue a quien produce y expulsa a su gente más talentosa, ya sea de PDVSA como del barrio.   

Un primer borrador comenzó con dos simples palabras. Dos valores contundentes. Tenía muy marcado aun lo que había significado la creación de la Campaña Amigo Solidario del Centro de Salud Santa Inés UCAB y su correspondiente uso: el área de atención al paciente más vulnerable de dicho centro, encomendado a la hermana María del Carmen Pariente, mejor conocida como Pari. Las anécdotas de los pacientes que atendíamos pasaron a ser una bitácora extraordinaria de lo que representa servir al más humilde. No era cuestión fundamentalmente de dinero, era cuestión de compañía, de consejo, de escucha activa, de redes, de ayudar a conectar. De esa experiencia y esos relatos nace la idea de Impronta y por ello, las dos palabras que llenaron ese primer bosquejo fueron los mayores aprendizajes tomados de allí: Dignidad y Solidaridad.

El peso de esas dos palabras no fue un hallazgo de un día. Es la experiencia continuada, aprendida, vivida cotidianamente. Por eso, su contundencia vino por intermedio de algunos referentes que han sido modelo para sentar las bases de Fundación Impronta y hoy son Miembros Honorarios de la Fundación. Son a los primeros que quiero agradecer en este aniversario:

Al Padre Luis Azagra, quien confío guíe nuestros pasos desde el cielo. Siempre he dicho que fue él quien descubrió para qué podía ser yo útil. Me invitó a participar en su proyecto más ambicioso y al que dedicó sus últimos años de vida. Nadie ha confiado tanto en mí, en lo profesional, como ese curita alegre y agudamente inteligente - como buen jesuita -. La dignidad del otro fue su práctica cotidiana.

A la Hermana Pari, esa santa de carne y hueso que una vez contraté, a sus 77 años, para constatar que Dios hace milagros a diario. Su nobleza, su sencillez, su trato con el otro serán para mí, para Impronta, un referente obligado.

Al Padre Luis Ugalde, a quien agradezco enormemente que hoy esté celebrando esta misa. Recuerdo aún haber entrado atemorizado al rectorado de la UCAB en abril de 1998, meses antes de graduarme y haber recibido, de su parte, mi primera oferta de trabajo con miras a ser profesional. Lo que el P. Ugalde me dijo aquel día sigue siendo el norte para cualquier organización sin fines de lucro de cualquier parte del mundo: “Bernardo, me dijo, no vamos a resolver los problemas de salud que tiene el país, ni pretendemos lograrlo ni nos corresponde; pero si podemos establecer un modelo de atención y servicio basado en la dignidad de la persona, que le diga a todo el país, que es factible brindar servicios de calidad humana, técnica y solidaria para los más vulnerables”. Padre, creo que lo demostramos e Impronta es el deseo de extender ese legado.        

A mis viejos, agradecimiento extensible a toda mi familia, por ser desde siempre, el vivo ejemplo de la dignidad y la solidaridad puesta en lo cotidiano, no con palabras sino con el modelaje permanente. Si hoy me preguntasen cual sería el factor que más me aleja de la pobreza, quizás más allá de la estabilidad económica, la educación u otros determinantes, creo que tener papá y mamá, presentes, más aún en un contexto familiar amoroso y de apoyo sin condiciones, podría ser una parte clave de la respuesta. Si el mundo entero tuviese a unos padres como los míos, sin duda alguna sería otro planeta. La palabra impronta también viene de ustedes; ejemplo calcado para fundar, junto a Mimina, nuestra propia familia que ha sido apoyo cercano, constante y sin condiciones en todas mis aventuras. Los quiero con todo mi corazón.

Así, con todos esos buenos condimentos se fue gestando una idea, la cual un día como hoy, hace 3 años se materializó en estatutos, en plan estratégico y en unas primeras acciones. Frente a una Venezuela agotada del modelo de repartición a cambio de dignidad, desde Impronta no hemos pretendido resolver los problemas de nadie, mucho menos sustituir al Estado, sino acercar a los más vulnerables oportunidades que les permitan dar lo mejor de sí, independientemente de donde o en qué condiciones les tocó crecer. Impronta es como un tren que pasa frente a la casa de muchos. Es decisión de cada quien tomar o no ese tren, esa oportunidad. Vemos a los jóvenes descubriendo sus talentos, pero son ellos quienes deben esforzarse en desarrollarlos, pulirlos, aprovecharlos. Como sabemos que una de las condicionantes de la pobreza es que pasan por sus hogares, sus comunidades, menos trenes, allí está nuestra tarea.

Tampoco queremos descubrir el agua tibia ni seguir creando estructuras paralelas. Nuestro foco está en desarrollar las capacidades que tiene cada comunidad, cada institución - sea pública o privada - pero sirviendo como mecanismo articulador para apoyarlos en aquello en lo que puedan ser más débiles y en lo que tengamos nosotros fortalezas. Muy emocionante fue recibir a principios de este año invitaciones de diversas escuelas públicas, justo para que le apoyáramos en lo que sienten ahora clave: mantener a sus maestros motivados, activos, formados, para que la escuela siga. Que esperanza da ello como país. Y en eso, queremos y podemos apoyar.

Todo lo aquí expuesto sería solo un sueño muy bonito si no fuese porque llegamos a donde teníamos que llegar. Dice la sabiduría popular: “Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana” y así, justamente cuando algunas apuestas iniciales se vieron truncadas, Papá Dios nos puso una ventanota – en la periferia - llamada Caucagüita. A mediados de 2017, por razones más que sociales, ciudadanas, y atendiendo una solicitud del equipo de la AC El Radar de los Barrios, llegué a Caucagüita y conocí brevemente a Henry Vivas. Meses más tarde, Henry escribe invitándonos para visitar su casa pues la había convertido en el primer comedor popular del sector. El impacto en el equipo de Impronta nos llevó a plantear algunas actividades allá y luego de algunas jornadas de salud y un plan vacacional, comenzamos a conocer más y más gente y empezamos a sentirnos en casa. Caucagüita poseía una serie de características ideales para nosotros: vulnerabilidad por la situación económica y además por quedar algo desconectados del resto de la ciudad; poca presencia de otras organizaciones sociales, lo cual hace oportuna nuestra llegada; alta dependencia de instituciones del Estado, por lo cual podemos ser equilibrio; pero sobre todo, por ser una comunidad deseosa de abrir las puertas y querer construir juntos. Hoy, aquí nos acompañan algunos de estos aliados y amigos que nos han permitido pensar en un “nosotros” y practicar aquello que tantas veces he escuchado de boca del Padre Ugalde: “hay que esforzarse más en sumar y multiplicar, en vez de tanto restar y dividir”. A cada uno de ustedes, mil gracias por estrecharnos la mano y abrirnos todas esas ventanas.    
    
Quiero agradecer muy especialmente a todo mi equipo. Como solemos bromear en la intimidad, somos una especie de perros verdes, algo extraños o diferentes a los cuales muchos nos siguen viendo con incredulidad. Después de 21 años dedicado 100% al mundo social, sigo encontrando gente que me pregunta ¿pero el resto del tiempo a qué te dedicas? O personas que creen que uno es político porque si no hay un objetivo más allá de lo social, como que no entienden la cosa. Bueno, mi gente es así o mucho más, gente buena, comprometida y capaz de percibir los pequeños detalles que la vida nos pone por delante. Gracias por creer en Impronta como parte sustancial de sus vidas.

Y hoy aquí también se agrupan una cantidad de colaboradores, aliados, amigos que han puesto sus proyectos conjuntos, recursos, talento y sobre todo confianza para haber crecido durante estos 3 años y para pensar seriamente en continuar con mucho más impacto y pasión, transformando vidas a nuestro alrededor. Su apoyo ha germinado y hoy vemos esa semilla convertida en primeros frutos. Un caluroso abrazo para cada uno de ustedes y la invitación permanente para que sigan dejando su huella junto a nosotros.        

Cierro estas líneas citando textualmente las palabras con que culminaba el Padre Azagra su discurso al recibir de la UCAB, en el año 2005, el Doctorado Honoris Causa en Psicología. Cito:

“Y termino: dándole gracias a Dios. Si como dice San Juan, el modo más verdadero y más auténtico de amar a Dios es amar al prójimo; el mejor modo de dar gracias a Dios será también dar las gracias a todos ustedes que vivieron conmigo estos años y que hicieron posible que llegara este día”

¡Muchas gracias!
3 de febrero de 2020

domingo, 26 de enero de 2020

Historias que inspiran


Bernardo Guinand Ayala

“La base de toda educación es cuestión de corazónDon Bosco

Sucedió esta semana. No es cuento chino, ni escritura creativa motivadora, ni siquiera producto del deseo optimista de que haya sido así. Simplemente sucedió y emociona. Solo trataré de ponerle palabras a lo que viví.

Como parte de las tareas de inicio de año y gracias al trabajo sostenido de Fundación Impronta en Caucagüita, recibimos una serie de comunicaciones de escuelas de la parroquia para visitarlas y ver de qué manera podemos articular esfuerzos para apoyarlas. Desde Impronta, así como por años hemos constatado - y aprendido - de Fundación Empresas Polar, seremos más efectivos en ayudar a reducir la pobreza en la medida que podamos fortalecer las capacidades propias que tiene cada comunidad. En ese sentido, nuestro foco está en apoyar lo que existe, poner nuestro mayor esfuerzo en acercarles aquello que les cuesta conseguir, justo por estar atrapados en la cotidianidad y la rutina, más aún en el complejo contexto venezolano.      

El martes nos embalamos hacia Turumo, sector muy populoso en la parte alta de
De visita en la Escuela J.A. Calcaño, Turumo
Caucagüita. Visitamos la Escuela Primaria José Antonio Calcaño gracias a la invitación de Zarith, su directora. Recorrimos el plantel que cuenta con una matrícula de algo más de 400 niños, visitamos cada salón lleno de caritas alegres, que no vacilaron en pararse cada vez que pisábamos sus aulas dándonos los buenos días de manera cariñosa y sincera. Como típica escuela pública, Zarith nos reveló algunas deficiencias de infraestructura, problemas con los baños, falta de bombillos, etc. Sin embargo, a la hora de sentarnos a hablar y visualizar algún tipo de ayuda, Zarith no se focalizó en la infraestructura. Su foco fue la gente. No hay escuela sin maestros y no hay buena escuela sin buenos maestros. Es evidente la fuga de personal docente por migración o por cambio de área productiva para dar sustento a sus familias, pero aun así, la escuela ha logrado retener a unos tantos y formar a otros para mantener la escuela abierta y los salones full. Incluso Zarith no se focalizó en poder remunerar mucho más a su plantilla, sino en poderles dar lo que esté a nuestro alcance para motivarlos, capacitarlos, mantenerlos lo mejor preparados para los retos que viven. De hecho, manifestó su preocupación por la evidencia de 5 de sus alumnos con trastorno del espectro autista y la manera cómo podíamos ayudar a sus docentes para saber atenderles mejor.   

Un ratico más tarde seguimos subiendo una cuesta muy empinada que nunca habíamos tomado en Turumo, sector Marín, donde nos encontraríamos con Yuleima, maestra especialista y psicopedagoga de la Escuela Don Bosco, iniciativa de los salesianos y subsidiada por la AVEC. Como buena escuela de inspiración católica, sus condiciones de infraestructura y limpieza eran muy buenas, aunque Yuleima y sus directivos no se conforman con estar bien. Hicimos nuevamente un recorrido y vimos áreas de mejoras en salones y muchas necesidades que desean cubrir. Sin embargo la petición expresada volvió a ser la misma: “Ayúdennos a mantener a nuestra gente capacitada y motivada”.

Dos días más tarde, parte de mi equipo volvería a reunirse con Yuleima en la Escuela Básica Negro Primero del sector La Embajada, escuela pública muy grande de Caucagüita, donde tanto Yuleima como Zarith trabajan en las tardes, para volver a constatar lo mismo: Apoyo a los maestros, formación de padres que han sustituido a los titulares, herramientas para atender a niños especiales, en fin, mantener las condiciones claves para ser escuela.    
        
Eneyda, Carlina y Carmen, voluntarias destacadas Impronta
Las sorpresas continuarían durante la mañana del miércoles. En la guardería Crecer con Jesús, iniciativa privada pero de carácter social ubicada en locales de la Iglesia Cristo Rey de Caucagüita, el equipo en pleno de Eneyda, fundadora de la guardería y aliada clave de Impronta, se formaba en “Estrategias didácticas” gracias al apoyo de Vanessa Páez, voluntaria estrella nuestra, quien involucró a su iniciativa de consultoría Eklektikos para preparar un taller que ayude a las maestras a salir de la rutina e implementar dinámicas diferentes en la formación de los niños. Nuevamente Zarith estuvo allí, así como muchas otras maestras de escuelas públicas. Rieron, trabajaron y supieron romper con la rutina para atender de nuevo a sus niños al día siguiente. La próxima semana se seguirán formando.   

Fuera de Caucagüita la cosa no ha sido distinta. El jueves en la oficina estuve con Marco,
Marco Dujmovic, director de proyectos IT Jesús Obrero
director de proyectos del Instituto Técnico Jesús Obrero de Catia, que debe ser el secreto mejor guardado de los jesuitas en pleno corazón del oeste caraqueño. Una verdadera tacita de plata, con una infraestructura y equipo humano sorprendente para formar técnicos en informática, electrónica y mucho más áreas. Desde ALSI Foundation, iniciativa de venezolanos en los Estados Unidos que busca captar recursos para la educación en Venezuela y con quienes me vinculé desde el 2019, hemos visto la posibilidad de ayudar al Jesús Obrero a través de un financiamiento que ubicamos en una plataforma virtual a la cual estamos suscritos. Viendo las bases del concurso y las necesidades del Instituto Técnico, nuevamente la conclusión fue la misma: “Vamos a redactar un proyecto para la capacitación continua de nuestros maestros, para su retención, para su motivación y para formar a aquellos profesionales que entraron este año como docentes pero que nunca lo había sido” Nuevamente su gente, nuevamente la calidad educativa como prioridad y como vocación.

Vanessa Páez, voluntaria profesional Impronta
Zarith, Yuleima, Eneyda, Vanessa, Marco y muchísimos más me hacen recordar la canción de Fito Páez, que junto a la melodía de su piano arranca diciendo: “quien dijo que todo está perdido, Yo vengo a ofrecer mi corazón." Zarith, Yuleima, Eneyda, Vanessa, Marco y seguramente la inmensa mayoría de los maestros venezolanos, aún con las necesidades tangibles de cada una de sus familias, saben que su trabajo probablemente no les rendirá jamás el fruto - monetario - justo de todo el esfuerzo puesto en ello, pero su vocación y deseo de servir va mucho más allá. Su recompensa es otra y no hay dinero que la pague.  

Solemos ver lo terrible y en el caso venezolano es inocultable. Jamás podremos conformarnos. ¿Pero cuántos maestros, especialistas de la salud y otros tantos profesionales en áreas sensibles están ahora abocados a “ofrecer su corazón”, su vocación de servicio para superar este trance? Por ellos celebro hoy, me llenan de alegría y esperanza.    

26 de enero de 2020