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sábado, 14 de agosto de 2021

Más allá de la cancha

Samuel tiene 8 años y es el primero que se acerca a la cancha deportiva en Caucagüita cuando ve movimiento, aunque ahora no sea para montar una partidita de basquetbol o futbolito. La cancha está cerrada por reparación, pero lejos de dejar solo a los adultos trabajando, agarra una escoba para barrer o una brocha para pintar, pues entre todos están dejando la cancha como nueva.

Luego de varias semanas de trabajo junto a su tío - que allí ayuda como entrenador -  Samuel lucía contento su uniforme nuevo de “Los Jaguares” el día que se reinauguraba la cancha, celebrando no sólo lo moderna que quedó, sino el proceso cómo se llevó a cabo, sumando mano de obra voluntaria de la comunidad junto al apoyo en formación y materiales suministrados por Fundación Impronta para su  ejecución.

Nada de esto habría ocurrido sin la suma de tanta gente que formó parte del Reto Impronta 42k a finales de 2020, a pesar de la incertidumbre causada por la pandemia. Esta historia es, en primer lugar, para decirles nuevamente a cada uno de esos corredores: ¡GRACIAS!, pero sobre todo para mostrar que lo prometido, lo hemos alcanzado con creces y es lo que más nos emociona transmitir al hacer nuestro trabajo.  

Junto a la cancha, hemos venido dotando a las diversas escuelas deportivas tanto de varones como de niñas – voleibol, basquetbol y fútbol sala – con balones, uniformes, zapatos e implementos como mallas y redes para mejorar sus prácticas y torneos. La noticia pica y se extiende y nos alegra que ello haya sido motivo para que se reactiven otras canchas y escuelas deportivas de toda la parroquia que sueñan ahora con mejorar sus condiciones y sobre todo, poner a los chamos a hacer deporte en condiciones ideales.

Pero más allá de implementos e infraestructura, cuyo logro es muy tangible y podemos transmitir con contundencia a través de redes, la transformación que proponemos se centra más en las personas; en adultos, niños y jóvenes que, como Samuel, inspiramos y formamos por medio de nuestro trabajo. Esa es la verdadera historia que deseamos contar en Impronta.

Durante estos meses, antes de entregar un solo balón o reparar una cerca, nuestro trabajo se orientó a brindar formación a una red de entrenadores de Caucagüita como Junior - el tío de Samuel – así como Alex o Alexander que lideraron la renovación de la cancha; pues solo fortaleciendo las propias capacidades existentes en la comunidad podremos llegar a más niños y adolescentes usando el deporte como herramienta de superación.

 

Pero Samuel y nuestros chamos de Caucagüita, siguen siendo nuestro norte. Las oportunidades que hoy brindemos a ellos, para aspirar a un mejor futuro son el eje de nuestro trabajo. De esa manera, quizás uno de los logros que más celebramos a lo interno, ha sido la evaluación a profundidad de 78 chamos y sus familias, que como Samuel, viven en un sector popular en la Venezuela actual. Ciertamente los hallazgos son muy alarmantes, pero lejos de desalentarnos nos dan pistas clarísimas sobre las áreas que, además del deporte, debemos atender con prioridad: fortalecimiento académico, salud, contención social y emocional, así como seguir siendo foco de oportunidades de todo tipo para ellos.   

Cientos de venezolanos en casi 70 ciudades alrededor del mundo atendieron nuestra invitación para correr por “los chamos de Caucagüita” y en menos de un año convertimos el programa deportivo de Fundación Impronta en un motor para el desarrollo de la comunidad de Caucagüita. No hay palabras suficientes para agradecer la confianza, pero si trabajo tangible para mostrarlo.


Hoy, Omar y Angelito – algunos de nuestros consentidos y amigos de Samuel – se acercaron a preguntarnos cuándo íbamos a repetir la carrera de 5k que hicimos en 2020 en Caucagüita. ¡Qué maravilla cuando el compromiso lo imponen los chamos a quienes nos debemos! “¡Claro que la haremos!” respondimos. Y tú, luego de lo que hemos podido construir juntos: ¿te animas a repetir el #RetoImpronta este próximo noviembre y animar a familiares y amigos a hacerlo?

 

Sigamos haciendo del deporte, un motor de la solidaridad con propósito real. ¡Gracias!


domingo, 8 de noviembre de 2020

Momentos

Bernardo Guinand Ayala

Momentos. La vida es la suma de efímeros momentos que se plasman en nuestra memoria y al recordarlos volvemos a vivir. Mil veces se ha escrito que un maratón es como la vida resumida en 42 kilómetros de intensidad y manteniendo la comparación, también está cargado de fugaces momentos y emociones muy marcadas. Suelo escribir de mis carreras y siempre ha habido similitudes pero también grandes diferencias entre ellas sobre esos momentos épicos que se quedan grabados y que generalmente suelo recordar por el kilómetro que recorría. Este año no podía ser diferente y aunque en lo deportivo hice quizás la peor carrera posible, vengo cargado de momentos maravillosos que son con los que me quedo.

A diferencia de cualquier experiencia previa, donde siempre exponía los momentos vividos a partir de kilómetros muy avanzados o de máxima exigencia, este maratón tuvo un toque muy especial desde muy temprano. La salida y quizás los primeros tres kilómetros, esos que ni cuenta te das en cualquier carrera - no solo competitiva sino cotidiana - tuvieron un significado muy especial para mí. Desde la convocatoria, el encuentro madrugador aún oscuro y la llegada de participantes que se unieron porque nos empeñamos que este año no dejaríamos de correr un maratón. Habíamos logrado congregar no solo al hatajo de locos que saldría a correr, sino a un contingente de apoyo entre ciclistas y motorizados para la ruta, aguateros para puestos claves, fotógrafos y familia. Habíamos convertido un reto muy personal en una fiesta de muchos.

La semana previa, Ricardo y Edgard habían decidido participar también en los 42k, así que después de la angustia con el GPS de Limón que no agarraba señal, nos vimos once locos - los tres ya mencionados más Pedro Luis, Jose, Karina, Adil, Ovid, Alex el alemán, Kike y yo - tras la cinta de salida como si de élites se tratara, en posición de ataque, cosa que no me hubiese creído si no fuese por las maravillosas fotos de Naty a esa hora de la madrugada. Al finalizar la cuenta regresiva salimos todos disparados y Ovid D’Jesús - sub 3 este mismo año en Miami - rápidamente nos dejó el pelero quedando en segunda avanzada Pedro, Jose, Adil y yo.

Días atrás, Pedro había dejado muy claro que cada quien debía hacer su propia carrera. Yo llegaba nuevamente agotado al día de la prueba y por el contrario, Jose llegaba en gran momento; sin embargo, ese tramo de menos de 3 kilómetros sobre la Francisco de Miranda, quizás bastante más rápido de lo planificado, fue verdaderamente especial. Íbamos rápido pero me sentí ligero y feliz. Esos minutos ya lo valieron, viendo como ninguno quería quedarse, teniendo a ratos a Pedro jalando, a veces Jose quien se notaba cómodo y otras tantas a Adil. No sé si será la amistad o la emoción acumulada con la planificación del Reto Impronta 42k, pero esa madrugada, entrompando lo que sería mi noveno maratón, fue un momento que dejo grabado en algún lugar de mi cabeza.

Un segundo momento está en el otro extremo de la carrera: la llegada. La verdad, la llegada de cualquier maratón es especial, pues lo vulnerable que te hace el desgaste físico, así como la finalización tangible del logro suele afectar enormemente tus emociones; pero lo del domingo 1 de noviembre fue casi de guión de Hollywood. Aunque venía muy sobregirado de tiempo, ese día sabía que a toda costa debía llegar a la meta, pero jamás imaginé la cantidad de gente que se congregaría a la llegada. Justo marcar el kilómetro 42 y empezar a sentir la algarabía mientras llegaba. Miré rápidamente a los lados y divisé a mis viejos, siempre presentes en cualquier logro o dificultad de nuestras vidas. A pesar del covid19 y que ellos han guardado pacientemente su cuarentena, días antes mi mamá me dijo que querían estar presentes. También vi a Pedro Luis acercarse, aplaudiendo, con su clásico gesto y presencia motivadora, así como a muchos otros a quienes les guardo un profundo agradecimiento. Me sentí verdaderamente especial.

Todo ese trayecto, esos últimos 200 metros, fue acompañado por los reales protagonistas de la jornada, nuestros chamos de Caucagüita, quienes habían sido el centro de la campaña de Fundación Impronta, propósito por el cual habíamos creado el #RetoImpronta42K. Escucharlos a lo lejos coreando mi nombre, verlos levantarse de la acera para disponerse a correr, oír que me animaban mientras se unían a mi alrededor para culminar la carrera juntos. Al segundo de tenerlos a mi lado, sentí la mano de uno de ellos sujetar la mía y rápidamente darme cuenta que era Angelito, uno de nuestros consentidos quien robó la atención de todos durante esa jornada por su carisma y picardía. Un poquito más y levantar las manos para cruzar la meta y observar ahora las fotos con los chamos tan alegres y entusiasmados como yo. ¿Qué más se puede pedir? Esas son emociones que perduran y animan a seguir, por ellos, por Venezuela.

Hay millones de pequeñas anécdotas y de personas en cada momento descrito o en el resto de

la carrera. Momentos también de soledad en los tramos duros, que son aquellos que suelo muchas veces relatar. Mientras escribo, recibo una foto donde ando parado, cabeza agachada y manos en las piernas adoloridas cuando quedaban aún 5 kilómetros por recorrer. Solo que hasta la soledad y dificultad en esta nueva odisea siempre vino acompañada de una sonrisa pues sabía que el propósito era más grande a mi reto personal. Al final, ningún chamo preguntó mi tiempo, ellos solo me vieron llegar y llegar alegre. Los calambres, las paradas, el reloj haciendo tic tac consumiendo tiempo quedaron atrás. Ya vendrán tiempos de mejorar, claro que sí.


Pero hay otro momento que quise dejar al final de este relato, aun cuando no fue el final espectacular de la carrera, pero que tiene mucha simbología para mí, para la vida. Iba llegando al kilómetro 40 y quizás quien lea piense que faltaba poco, pero cuando las piernas se engarrotan con cada trotada, se siente eterno. Iba dejando atrás el Estadio Universitario rumbo a la sede de Banesco cuando a lo lejos oigo unos gritos inesperados. Mimina, mis hijos Ale y Nando y mi comadre Caro, anticipando que había pasado roncha, habían salido calladitos a mi encuentro. Habían caminado más de dos kilómetros para encontrarme y los escucho animándome y dispuestos a acompañarme. Allí no había fotos ni algarabía, solo nosotros, en la estricta intimidad demostrando que en los momentos más duros, allí estaremos juntos. Sentí el alivio de encontrar con quien llegar y sin que ellos lo percataran, se me puso la piel de gallina - es increíble como se siente cuando corres un maratón – y se me “aguó el guarapo” por segundos. Tengo la imagen grabada de cuando levanté la cabeza, escuché el grito y vi a mis hijos, mientras mi cuerpo reaccionaba instantáneamente entre lágrimas y piel erizada.

Hoy observo las fotos finales y ellos se quedaron atrás, dejándome el protagonismo a mí y a los chamos de Caucagüita, sin embargo escribo estas líneas para recalcarles a ellos y a mí mismo, que nada hay más poderoso que una familia unida que se quiere, se acompaña, se da soporte en las buenas y en las malas. Y aunque lo vives cotidianamente y aunque esta cuarentena - afortunadamente en mi caso – ha sido una bendición para sentirlo, son esos breves momentos de vida, esa mirada levantada por un segundo, esa manifestación involuntaria del cuerpo, lo que te hace recordarlo con mayor intensidad.

Cada kilómetro, cada momento, ha sido una aventura. La salida y la llegada me emocionaron como nunca, la amistad y el compañerismo fueron alegría y soporte que agradezco sinceramente a Dios, unir mi pasión con el trabajo que hago fue algo que soñé mil veces y ese kilómetro 40 fue para recordar lo que verdaderamente importa. Vendrán carreras mejores, pero esta, me deja el corazón grandote.  

         8 de noviembre de 2020

jueves, 12 de octubre de 2017

4 lecciones de vida en 42k

 Bernardo Guinand Ayala

Llega el otoño al hemisferio norte y acabo de terminar mi quinto maratón y primero que
realizo de los World Marathon Majors. Aun cuando logro hacer el segundo mejor tiempo de mi corta carrera en el asfalto, no me siento satisfecho pues me había preparado e ilusionado para más. Un calambre en el último cuarto de la carrera me destrozó los planes iniciales y así como en la vida, tuve que reaccionar para poner en marcha el plan “Z”: terminar lo mejor posible. Paradójicamente, las lecciones más duras nos dejan los mayores aprendizajes.

Es impresionante como una “simple” carrera de 42 kilómetros puede tener tantas similitudes con la vida cotidiana. En un flash que nos puede tomar unas cuantas horas de una mañana, podemos ver a la velocidad de una película, una vida entera. No seré el primero en escribir una comparación entre la vida y un maratón, menos pretendo enseñar a otros cómo vivir, pero me atrevo a compartir estas 4 reflexiones [y una ñapa] que me llevo luego de haber recorrido las calles de Chicago.

Carrera de resistencia. El maratón, como la vida misma son carreras de resistencia. No son simples explosiones de velocidad que ocurren a la misma intensidad. Como todo proceso relativamente largo, encontramos a través de su recorrido altos y bajos, momentos de aprendizaje y también de ocio, momentos felices y otros no tantos.

En un maratón los primeros kilómetros suelen ser como la infancia, pasan demasiado rápido y somos plenamente felices, luego maduramos y solemos poner cierto piloto automático que nos permita ser “productivos” durante los largos kilómetros que suceden. El transcurrir de la vida de una persona trabajadora es algo así como lo que ocurre entre el kilómetro 10 y el 30. Pasan cosas importantes, pero estamos concentrados en comer kilómetros y mantener el ritmo para lo que suceda a futuro. Los últimos 10 - 12 kilómetros se asemejan a la vejez; nos hemos preparado para vivirla a plenitud, pero el cansancio está presente y es mucho más posible contar con algunos imponderables que la vida nos plantea. Debería ser un momento de goce y sosiego, pero sabemos que estamos retando a la vida misma.

Así pues, habrá momentos de velocidad efervescente, pero comprender que nos embarcamos en una aventura de resistencia, aguante y esfuerzo permanente es una primera similitud entre la vida y un maratón.
   
Nunca estamos lo suficientemente listos. Si algo queda claro al cruzar la meta, es que nunca terminamos de estar listos del todo. La primera vez que corrí un maratón lo hice prácticamente sin mucho conocimiento y supe que para mejorar debía asesorarme bien. Luego entrené con un buen plan y mejoré, pero al terminar me di cuenta de que no todo es correr, sino que debes fortalecer el core (abdomen, espalda, caderas) y cuando mejoré el core, pues aprendí que a las piernas o la nutrición les debes poner más atención. Y así ocurre también con la parte psicológica, las emociones, la preparación mental y la motivación.

Como todo en la vida, hay una gran cantidad de cosas que dependen de uno: el entrenamiento, la alimentación, la disciplina, el plan de carrera. En ello hay que poner todo el esfuerzo, pues no existen excusas. Sin embargo, hay también muchas otras cosas que se nos escapan de las manos: el clima del día de la carrera, situaciones no planificadas, alguna lesión o malestar de última hora. Allí no vale la pena mortificarse de más sino prepararse y, para los que somos creyentes, confiar en los planes de Papá Dios. Quizás una reflexión de San Ignacio resuma muy claro este punto: Haz las cosas como si todo dependiera de ti y confía como si todo dependiera de Dios”.

Si para hacer mi mejor carrera pretendo estar totalmente listo, nunca voy a salir a correrla, pues justamente los tropiezos son los que nos van diciendo qué cosas debemos perfeccionar. De igual manera, uno no puede parar de vivir para estar listo del todo. Recuerdo que una gran amiga, en esos momentos que se sentía abrumada por alguna situación de estrés, solía decir: “paren el mundo que me quiero bajar”.

Por otro lado, los seres humanos tenemos esa particularidad de chocar con la misma piedra varias veces. En todos y cada uno de los maratones he vuelto a cometer los mismos errores. El deseo de conquistar una meta o imponer un récord ciertamente te hace mejorar, pero también te tropiezas mil veces con obstáculos que ya conocías. Y así, la vida.     

Carrera individual: Nadie puede correr una carrera por ti, mucho menos, alguien puede vivir la vida por ti. Cada uno de nosotros viene equipado con su caja de herramientas útiles, así como defectos que nos pesan en la espalda. Lo que me sirve a mí, no necesariamente sirve a los demás y algunas virtudes que no logramos desarrollar probablemente a otros se les den de manera natural.

Casualmente esta carrera la terminé casi en sincronía con el cuñado de mi hermano. Solo 19
segundos nos separaron y aún así, ambos preparamos estrategias y planes diferentes. Ambos sufrimos los últimos kilómetros, pero mientras mi principal problema fueron calambres y rigidez de mis piernas, para él la alimentación durante la carrera fue el tema crucial.

De igual manera, la vida, así como el maratón dependen fundamentalmente de las expectativas que pongamos en ellos y esas expectativas son individuales. Yo no pretendería ganarle a los keniatas, pero basado en mi entrenamiento y experiencia previa, tuve la expectativa de hacer un mejor tiempo. Y en base a ello puedo sentirme desilusionado. Por el contrario, mi primo llegó algunos minutos detrás de mí, pero para él significaba su récord personal y el tiempo que soñaba hacer. Cada quien debe trazar su carrera [y su vida] de la manera que pueda desarrollar su máximo potencial.  

Compartida, es mejor.  Recalco que cada carrera es un desafío individual. Nadie vive la
vida de otro. Cada vida, cada persona es única, sin embargo, podemos compartir nuestra vida con otros y eso nos aligera el peso y le da mucho más sentido. Originalmente tanto por costos como por logística, mi esposa me dijo que me fuera solo a correr Chicago, sin embargo, aunque era mi reto, el compartirlo con mis seres queridos le da un valor extraordinario.

Junto con otro grupo de venezolanos, mi esposa recorrió toda la ciudad para vernos pasar en tres puntos de la carrera. Gritaron y animaron a los élites, a los latinos, a atletas con silla de ruedas y a los invidentes. Habré pasado frente a ellos unos pocos segundos y sin embargo la emoción es indescriptible. Creo que si se hace un estudio quedará demostrado cómo al pasar frente a tus familiares instintivamente aceleras el paso y se te pone la piel de gallina al escuchar tu nombre.

Cada uno de nosotros debe construir y trabajar en su propia vida, sin embargo, que emoción cuando alguien, manteniendo su individualidad, quiere además ser parte de la tuya. Quien anima, apoya y acompaña es tan clave como el que corre y el que vive.

Consejo final. No importa que tan dura haya sido la prueba, cuanto de logros o cuanto de aprendizaje haya representado. La vida va a tener imponderables, altos y bajos, emociones y decepciones, pero cada carrera como la vida misma es una sola, así que más vale que disfrutes su trayecto, aprendas de los tropiezos y seas capaz siempre, siempre, siempre, de levantar la cabeza al final y cruzar la meta con una gran sonrisa.        

12 de octubre de 2017

lunes, 6 de marzo de 2017

Reto Con Causa

Bernardo Guinand Ayala
Desde hace algunos años, los maratones y grandes competiciones deportivas del mundo se han convertido en extraordinarios eventos para hacer fundraising - recaudación de fondos - para causas sociales. Tanto así, que el Maratón de Londres - uno de los seis principales maratones del mundo[1] - está considerado el evento que más fondos recauda en todo el planeta, en un solo día. En 2016, los 40.000 corredores que recorrieron los 42,195 kilómetros de Londres, ayudaron a diversas causas benéficas a levantar cerca de £60 millones. Una cifra con la cual se pueden hacer milagros en el mundo de las ONGs.

Las formas para recaudar fondos son diversas. Muy común entre los grandes maratones [que se dan el lujo de tener una demanda de postulantes muy superior a la capacidad real de corredores del maratón] es garantizar cupos a aquellos que están dispuestos a correr - y donar - para una causa benéfica. Funciona como un complemento de la inscripción, pero garantizando un donativo más que significativo. Y para aquellos que salen beneficiados del sorteo para inscribirse en el maratón, se despliega, al momento de concretar su inscripción, una lista de organizaciones y fundaciones por las cuales estarían dispuestos a correr y a donar.

En la era moderna, las plataformas digitales también han sido extraordinarias aliadas para hacer fundraising. Muchos corredores son motivados por ONGs a correr en su nombre y a ponerse una meta de recaudación que el competidor busca completar con amigos y familiares. Recientemente, Ramón Martínez - mi amigo del colegio a quien tenía años sin ver - me contaba cómo había corrido varios medio-maratones a favor de instituciones que investigan sobre el Parkinson, causa con la cual está plenamente sensibilizado. El corredor se pone una meta, aprovecha los portales de crowdfunding - financiación colectiva - para canalizar allí los aportes y utiliza todos los medios que estén a su alcance para motivar a sus relacionados a que lo ayuden a cumplir con su meta. Hoy en día, las redes sociales son extraordinarias aliadas para impulsar esta estrategia.  

Si bien en Venezuela se han hecho populares algunas carreras - especialmente de 10k - cuyo propósito es recaudar fondos para alguna organización social en particular [en las cuales se buscan patrocinantes para cubrir los costos de la carrera y se destinan los fondos de la inscripción para la causa] no existe un modelo aún donde el corredor - y su esfuerzo personal - sea el gran movilizador en la meta de recaudación. De hecho, el Maratón de Caracas, único maratón de categoría mundial que hay en el país y organizado impecablemente por el Banco de Desarrollo de América Latina - CAF - hasta estos momentos no ha contado con alguna estrategia en esa dirección.     
  
Esta realidad nos motivó a un grupo de personas - y corredores - que trabajamos para
causas sociales, así como para la promoción de la solidaridad en Venezuela, a proponer algo similar en nuestro país, más aún en estos momentos tan difíciles que nos ha tocado vivir. Del encuentro entre la Asociación Venezolana de Fundraising AVF, Correlonas y la AC Dar y Recibir [portal de crowdfunding solidario venezolano] nace Reto Con Causa, una iniciativa para “promover la solidaridad y la cultura de DAR en Venezuela, a través de eventos deportivos, animando a corredores y deportistas en general a apoyar causas sociales, a competir con propósito y a contagiar a otros a que se sumen”.

El despegue de esta iniciativa será en el marco del Maratón de Caracas CAF 2017 que se correrá el venidero 26 de marzo. Arrancamos en pequeño y a puro pulmón, pero no dudamos que pueda ser una alternativa que crezca y agarre vuelo a futuro. Todo dependerá del entusiasmo de la propia gente. Para este año hemos querido canalizar todo el esfuerzo en apoyar a 5 organizaciones de reconocido prestigio, con proyectos en el ámbito nacional y con diversas áreas de acción como salud, tecnología, juventud, ambiente, alimentación y deporte con foco en la discapacidad. A futuro, la idea es que los corredores y los clubes de corredores puedan también postular las causas, lo cual genere un interés en comprometerse más de cerca con las necesidades y que las organizaciones logren involucrar a los impulsores de sus iniciativas.

Prepararse y correr un maratón no es tarea sencilla. Hay que estar en buen estado de salud, conlleva al menos 4 meses de entrenamiento con mucha disciplina, así como requiere mucha fortaleza, cabeza y corazón para poder cruzar la meta el día pautado. Las similitudes entre lograr esa hazaña personal y el esfuerzo de una ONG para alcanzar sus metas de recaudación son muchas y por eso creo, en particular, que la combinación ha sido muy fructífera en otras latitudes. Ojalá, gran parte de los 11.000 corredores que patearán las calles de Caracas este año puedan leer esto y animarse a ponerse un #RetoConCausa

Más allá de mi rol como promotor de esta iniciativa, en lo personal me pondré mi reto, pues siento que quienes creemos en esto debemos marcar la pauta. Por tercera vez correré los 42k caraqueños y me siento comprometido a apoyar - en la medida de mis posibilidades - a las 5 causas propuestas: Sociedad Anticancerosa de Venezuela, Superatec AC, Fundación Tierra Viva, Meals 4 Hope y Achilles Venezuela. De hecho, hago público que si cruzo la meta por debajo de 4 horas, estoy dispuesto a duplicar el aporte que pienso hacer desde ahora y si logro establecer un nuevo récord personal (3:39:49) consideraría triplicarlo.

Para esto, a partir del lunes 6 de marzo estará habilitado el portal Dar y Recibir para registrarnos y poder hacer las donaciones vía TDC o transferencia. Invito a todos los corredores a que se animen a apoyar alguna de estas maravillosas causas. Pregunten, averigüen, involúcrense y hagan ruido por sus redes para sumar a sus amigos a alcanzar sus metas. Vamos a ver cuál corredor logra sumar más donaciones. Animo también a los clubes de corredores a motivar a su gente. Estaremos llevando estadísticas a ver cuál club es el más solidario del país. Y, sobre todo, invito a mi familia y amigos a apoyar con donaciones estas 5 causas que hoy impulso. Me encantaría poder ser uno de esos corredores que logre sumar más contribuciones a la meta.

Tal como podrán ver en este video de Run for charity, las personas corren por razones muy diversas. Esperamos que tú también seas de esos que corren por una causa.         
      

Marzo 2017





[1] World Marathon Majors (Tokio, Boston, Londres, Berlín, Chicago, Nueva York)

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Running y pausa ignaciana

Probablemente quien comience a leer estas líneas pensará lo incongruente de poner bajo un mismo título cosas que aparentemente nada tienen que ver. Para mí tampoco tendría sentido, pero las cosas van sucediendo de una manera muy particular. O podría incluso afirmar que Dios obra de manera muy misteriosa.

Hace algún tiempo he empezado a correr en serio, entrenar todas las semanas y recorrer distancias cada vez más largas, al punto de haber realizado mis primeros tres maratones en el último año y medio. Dos veces en Caracas y más recientemente la maratón de Buenos Aires. En este último pude afirmar casi con total precisión aquella máxima de los runners que dice que un maratón se corre 30 kilómetros con las piernas, 10 kilómetros con la cabeza y 2 kilómetros con el corazón.
Maratón de Buenos Aires Octubre 2016

Parecerá tal vez cursi para algunos corredores y más aún para quien jamás ha recorrido esa distancia, pero la interpretación es casi exacta a lo que sucede en la práctica. Para quien ha entrenado, los primeros 30 kilómetros son el primer - y largo - escalón, pero al estar en buenas condiciones puedes transitar esta etapa con bastante consistencia. Los kilómetros se van consumiendo con relativa rapidez y el nivel de concentración permite disfrutar la ciudad mientras el cronómetro va haciendo lo suyo y las piernas van aguantando la mecha.

La segunda parte - cuando uno alcanza el kilómetro 30-32 - es sin duda la más dura de la prueba. Muchos dicen que allí realmente comienza un maratón. Aún quedan suficientes kilómetros por recorrer, pero el cuerpo ya experimenta síntomas de agotamiento y aparece ese fantasma que tanto teme un corredor: “la pared” que no es otra cosa que el agotamiento del glucógeno almacenado en los músculos, que sirve como carburante para correr. A partir de esta distancia, empiezas a sentir que el peso del cuerpo recae sobre la cadera y esta no puede empujar las piernas con tanta velocidad como deseas. Pero más allá del agotamiento físico, la cabeza empieza a tomar el control de la situación, para bien o para mal. Dejas de percibir la ciudad con la misma nitidez y los kilómetros empiezan a parecer más largos. La concentración, el foco, la mente, es la que manda. Y cuando uno dice que manda, quiere decir que cuando ella dice para, se acabó lo que se daba.

Recuerdo que mientras entrenaba para Buenos Aires, en los domingos que me tocaban largos de más de 30k, mi cabeza me mandó a parar en un par de ocasiones. Simplemente me desconcentraba y decidía que no podía más. Una vez me tocó incluso un largo retorno a la casa caminando, pues el abandono mental me dejo “botado” en la Plaza Las Tres Gracias a la altura del kilómetro 27, en un día que tocaban 34. Los domingos siguientes me empecé a preocupar y comencé a explorar técnicas que ya había dejado atrás: música para distraerme. Eso logró tranquilizarme las siguientes jornadas, sin embargo, luego aparecería otra estrategia para cuando la cabeza es la que manda en un maratón: la pausa ignaciana.

San Ignacio de Loyola
Resulta que nunca he sido muy bueno con la oración. Honestamente me cuesta concentrarme y seguir una reflexión tranquila y ordenada. Hace algún tiempo le pedí a un joven jesuita que me diera algunas claves para rezar y me habló de la pausa ignaciana, propuesta en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.

La pausa ignaciana es una propuesta de oración muy sencilla para culminar el día. Es una reflexión para examinar la jornada y hacer un examen de conciencia para irte a dormir tranquilo. En rigor, consta de 5 pasos sencillos que según la información que encuentres puede tener sus variantes, pero en mi caso, este joven jesuita me decía que podría resumirse en tres pasos: agradecer, pedir perdón y confiar en Dios.

El agradecimiento es la parte más sabrosa y en ella incorporo uno de los pasos claves de la pausa: hacer una evaluación del día. De lo bueno y de lo malo, de cómo te sentiste frente a determinada situación, qué viviste, qué sucedió desde que te levantaste hasta ese momento. Para finalmente apreciarlo todo y agradecer por todo. Lo bueno nos da satisfacción, pero los obstáculos nos enseñan y nos permiten apreciar mejor las demás cosas.

Pedir perdón, así como perdonar, es el segundo gran paso de esta reflexión. Es la parte más dura pues evaluamos nuestras debilidades y tocamos la fibra de nuestras situaciones de mayor vulnerabilidad. Reiteradas veces llego a identificar esos rasgos de personalidad que sabemos menos constructivos, pero que nos cuesta desarraigar de nuestra forma de ser.

La tercera y última parte es ponernos en manos de Dios, confiar en Él, sobre todo en aquellas cosas que escapan de nuestras manos. Para esta fase, me ha servido de guía la muy conocida conversación con “Jesús de la Misericordia”, una extraordinaria oración para descargar nuestras angustias y preocupaciones en Dios, haciendo, por supuesto, todo lo que esté a nuestro alcance aquí en la tierra. Venezuela es un tema recurrente en este punto y así como con nuestro trabajo y esfuerzo ciudadano esperamos que haya un cambio, nunca es inoportuno mirar arriba y decir ¡Jesús, yo confío en Ti! Al final de la pausa, pensamos en el día que está por venir, nos preparamos para enfrentarlo con entusiasmo, optimismo y dedicación.  

Aunque casi a diario rezo con mis hijos y tomamos algunos elementos de esta guía - agradecemos por lo que tenemos y recordamos las cosas vividas durante el día - realmente no cumplo a diario esta fabulosa fórmula. Para mí y casi sin percatarme, el mejor momento para hacer esta pausa ha aparecido en esos largos kilómetros cuando corro más de lo normal y sobre todo en esos que me llevan a la meta, cuando el cuerpo está agotado y la cabeza necesita concentración. No es que vaya todo ese trayecto reflexionando y rezando, pero he encontrado suficiente tiempo, paz y dedicación, no solo para hacer la pausa del día, sino para hacer una reflexión más general de lo que estoy viviendo en esos momentos. No tienen idea de cuántas personas y situaciones aparecen al momento de agradecer. Cuántos defectos y cosas por las cuales pedir perdón y cuánta necesidad de confiar en un Dios sobre el cual descargar algunas angustias.

Mientras transitaba Buenos Aires entre el kilómetro 30 y el final del maratón vi a mucha gente quedarse en el camino. Recuerdo haber alentado a un paraguayo que después de dejar atrás Puerto Madero frenó su trote. Le grité suavemente “vamos Paraguay” al ver la camisa que, como la mía, identificaba su nacionalidad. Después de recibir el gesto amable del paraguayo indicando que ya retomaría, recordé que tenía que concentrarme en mi carrera y me encerré un rato en esta pausa. Estar allí, en ese momento, en ese instante, totalmente agotado, pensando lo mucho que había soñado durante años hacer una proeza como esa, fue lo primero que agradecí. Vivir el ahora y tenerlo totalmente presente. En fin, de eso se trata la felicidad.

Por cierto, los últimos dos kilómetros no hay piernas, ni cabeza, ni nada. Solo una fuerza extraordinaria que te anima a seguir adelante tratando de no perder el ritmo ya tambaleante para alcanzar tu meta. Pero nunca llegaría a ese momento de no tener la mente enfocada durante los kilómetros anteriores. Como muchas cosas en la vida, cada quien tiene su modo de matar pulgas. Creo haber descubierto la mía.      
 

16 de noviembre de 2016

domingo, 3 de mayo de 2015

Un maratón no se corre solo

Medalla CAF 2015 42K
Esta historia comienza muchos años atrás, cuando en algún momento de mi infancia - como millones de niños - pensé que algún día correría un maratón. Sin embargo me dediqué a los deportes de equipo y aunque siempre me fascinó la velocidad, fue bien adulto que me calcé los zapatos para salir a correr.

La onda de los 10K nos puso a muchos el reto más alcanzable y hace varios años decidí por fin aventurarme a correr una carrera cuando la "Nike 10K" era de las pocas que se organizaban, previo al boom del circuito Gatorade. Luego, como es natural, comencé el reto de ir bajando tiempos y buscar nuevas distancias.

Más adelante, gracias al empuje de Guillo Hernández, me inscribí en los 21K del Maratón CAF 2013 justo el último día de las inscripciones, con el susto de saltar a una media maratón. La experiencia fue increíble y se me metió la espinita de aventurarme a dar el salto completo.     

Durante 20 semanas me preparé, entre madrugonazos en el Parque del Este y los "largos" tempraneros de cada domingo para saltar al ruedo en febrero de 2014; pero justo una semana antes de la carrera, de manera sensata la CAF suspendía el maratón pues en Caracas reinaba el caos. La CAF reorientó para 2015 mudando además la fecha para abril, con la idea de no tener las celebraciones del mes de diciembre en el culmen del entrenamiento. A la postre no sabríamos que sería peor, si entrenar en diciembre o correr con el calor de abril. 

Con Jose recogiendo nuestros números
Mientras pasaba el tiempo, Maickel Melamed iba corriendo los maratones más representativos del mundo, inspirando a venezolanos y extranjeros. Su célebre frase: "si lo sueñas, haz que pase" se me clavaba en la mente cuando sentía que 42K eran imposibles. Seguí entrenando y logré motivar a mi hermano y partner José Antonio para acompañarnos mutuamente y disciplinarnos cada semana. Nos acostumbramos al casi diario mensaje de WhatsApp de las 4:45am: Ahhhh levantarse!!!!  

En fin, el pasado domingo 26 de abril – y a pesar de una virosis estomacal entre jueves y sábado - llegó nuevamente la oportunidad. Si algo aprendí es que muchas carreras las puedes hacer tú, pero un maratón no se corre solo

Con este post recojo mis vivencias y anécdotas de esta experiencia. Con estas líneas pretendo afirmar – como Maickel y muchos otros - que si lo sueñas, sencillamente haz que suceda.

Lo primero a destacar es la enorme emoción de correr en tu ciudad. Alfonso Porras, amigo y experimentado maratonista me decía: “Claro, correr los grandes maratones es fantástico, pero correr en tu ciudad es un privilegio que no tiene precio”. Más en estos momentos que al nombrar Caracas pensamos en hostilidad, tráfico, división política y violencia. Ese día fue distinto, ese día se respiró ciudadanía: las calles fueron para corredores, las aceras repletas de gente para la cordialidad y los únicos colores: el tricolor nacional. Tomar Caracas y recorrer “a pie” sus calles y lugares simbólicos es algo indescriptible, hasta con un saborcito de papelón con limón bien frío que avanzada la carrera algún caraqueño me ofreció.


Kit CAF 2015
Por otro lado, la organización y logística del Banco de Desarrollo de América Latina – CAF – ha sido sin duda el aspecto más reconocido de este evento. Desde la sonrisa y ánimo de todo voluntario – evidentemente entrenados y motivados - en cada labor que les tocó desempeñar, pasando por la extraordinaria hidratación (agua cada 2K que más que para beber se convirtió en placenteros baños de agua fría para bajar la temperatura del cuerpo y atenuar los músculos engarrotados; Gatorade cada ciertos kilómetros, gel energético y bocadillos de guayaba). Todo acompañado de buena señalización, seguridad, voces de ánimo y largas colas de voluntarios que impedían la aglomeración en los puntos de hidratación. En fin, la CAF demostró que el maratón de Caracas es de categoría mundial y nada tiene que envidiarle en organización a los más nombrados del planeta.

Mi carrera fue toda una odisea con sus picos altos y bajos, con sus emociones y sus desánimos propios de quien se aventura por primera vez a correr esta distancia y se estrena en una ruta dura como Caracas justo en medio de una oleada de calor.

Puntualmente dieron la largada a los atletas con discapacidad, para luego, a las 6.00 am en punto, la cuenta regresiva nos decía que era hora. Salí junto a mi primo Gonzalo Guinand, que aunque nunca habíamos corrido juntos, sabíamos que corremos a ritmos similares. La estrategia era la misma que tanto nos habían recomendado: salir suave y conservar las energías la primera mitad. Sin embargo, no llevábamos un kilómetro cuando ya estábamos entusiasmados corriendo junto al grupo que rodeaba la bomba del pacer que ofrecía hacer el maratón en 4 horas exactas. Ya en El Silencio le decía a Gonzalo que íbamos como rápido, pero me sentía tan a gusto entre los otros maratonistas que apostaban por hacer 3:59:59 que seguí la primera mitad entre los gritos de ese animado grupo.

Los primeros 21K son geniales, tanto por lo fresco de las primeras horas como por las zonas de Caracas que se transitan (Av. Bolívar, El Silencio, Av. San Martín, La India, Roca Tarpeya, Av. Victoria). Llegar a Los Ilustres y Los Próceres full de gente, ver las primeras caras conocidas gritando tu nombre, sentir que llevas casi la mitad pero te sientes bien. Sin embargo, aún temprano, en el kilómetro 22 fue que me di cuenta que la mañana estaba caliente y empecé a descender un pelo el ritmo viendo como la bomba del pacer se empezaba a alejar. En ese mismo kilómetro, la parte posterior del muslo izquierdo me tiró un primer templón. Aún estaba a muchos kilómetros de la famosa “pared” y por primera vez un músculo me estaba echando broma. Luego fue la pierna derecha y así descendiendo al resto de los músculos de ambas piernas. En pocos kilómetros mis piernas eran como una tabla y faltaban cerca de 20k por recorrer.

Honestamente, a diferencia de lo que me había preparado mentalmente, mi verdadero maratón estuvo entre el kilómetro 22 y 25. La cabeza me hizo estragos: era imposible terminar el maratón “engarrotado” desde tan temprano. Empecé a descender el ritmo sin dejar de pensar que había fracasado y que había esperado tanto para ni siquiera llegar al kilómetro 30. Pero mi mayor preocupación estaba en cómo le iba a avisar a mis hijos que me estarían esperando en el kilómetro 34-35 y cómo explicarles que no siempre se llega a la meta. No sé cómo transité esos tres kilómetros, pero opté por hidratarme muy bien y tomarme otro gel que me dio un segundo aire y me catapultó hasta el kilómetro 31 cuando tuve que parar por el dolor en las piernas. Cabizbajo y desesperanzado veía que se acercaba además la parte más dura, la subida entre la Río de Janeiro y la Av. Francisco de Miranda. Fue en ese momento que un ciclista desconocido que iba en la vía de al lado - sin entorpecer el maratón - me empezó a gritar: “Epa tú, 625, ¿te vas a quedar parado luego de llegar hasta aquí? ¿Cuánto te faltan, unos 11k? Dale pues”. Al intentar justificarle mi dolor, el pana anónimo siguió insistiendo: “No me muevo de tu lado hasta que no sigas corriendo” Y así fue, empecé a correr de nuevo en la subida con el ciclista alentándome. Me olvidé de marcas, de tiempos, salvo de una: quería llegar a la meta así fuera gateando. Era mi primer maratón y siempre mi primer reto había sido completar la distancia.

Mensaje de Ale
Al ciclista lo vi algo más adelante y seguía pendiente de mí. A duras penas alcancé la Francisco de Miranda pero ya los tiempos no me importaban sino alcanzar agua para bajarme la temperatura, ir sumando metros y poder llegar a donde debían estar mis hijitos. Durante el trayecto nunca dejé de ver mis dos brazos. En el derecho, Alexandra (mi hija de 10 años) me había escrito: “No te rindas Papi”; en el izquierdo, Nando (mi hijo de 8) fue más competitivo: “Que ganes Pa”. El reto y compromiso había trascendido a ser solo conmigo mismo. Finalmente llegué al elevado de Los Ruices y justo al bajar los vi esperándome con pancartas. Sentí mucha emoción por un lado al verlos allí, pero algo de vergüenza por llegar bastante peor de lo que estimaba. Había alcanzado otra meta, pero esa me llevaba a la siguiente. A mi alrededor, todos mis compañeros trotadores se agarraban los muslos y vi a muchos atletas acostados en la acera con sus respectivos calambres. Así sería el panorama que mi esposa al verme me preguntó si quería que me acompañara. Creo que nunca se imaginó que mi respuesta sería afirmativa. Afortunadamente, Carolina - mi comadre - había ido con ella y se pudo quedar con los chamos, así que sin prepararse Mimina se embarcó en los últimos casi 8k para empujarme a la meta.
Llegando a ver a mis chamos. Se nota
que no era el único agotado. 

Negociamos cada paso, cada cuadra para no decaer. Nos pusimos metas cortas: hasta la esquina, hasta el semáforo, pasar los grupos de gente sin parar. En Plaza Altamira encontré a la esposa de mi mejor amigo de infancia y me dio un cooler de agua gélida. Al despedirse recuerdo haberle escuchado: “solo 5 más, solo 5”.

Físicamente – salvo las piernas - me sentía bien y faltando 3k quise trotar más rápido pero la batata izquierda se engarrotó de una manera que tuve que parar en seco y casi pensar que hasta ahí llegaba. El músculo no solo estaba tieso sino que se había dividido en dos. Unos 50 metros de destemplada y piano piano arrancamos de nuevo. En el 40 tenía ganas de salir a correr y ahora más bien mi esposa me decía que no tan rápido. Cuando vi La Previsora sabía que era cuestión de tiempo, y justo antes de meternos debajo de la fuente de Plaza Venezuela apareció mi eterno compañero – mi hermano Jose que había culminado sus 21K – a completar el último kilómetro a mi lado. Un esfuerzo más en la última subida y luego tener que controlar las ganas de correr más rápido cuando todo el mundo coreaba: “vas llegando, vas llegando”. Reconocí la voz de la Tati Rojas gritando: “Vamos Bernie, dale, fino”. Ella había completado sus primeros 21K y luego supe que el hecho de yo correr 42 le habían servido a ella para alcanzar su meta. Así que esto de la motivación es como una cadena.

Misión cumplida!
Con Mimina luego del maratón













Unos pasos más y listo. Ninguna marca récord, muy lejos de mis expectativas iniciales, pero acababa de completar mi primer maratón cuando en el kilómetro 22 lo sentía imposible. Era cuestión de adaptar la meta a lo que me parecía más importante: llegar.

Mi otra medalla que vale oro
Después de correrlo me enteré de lo sobrehumano del clima y que todo el mundo subió sus tiempos. “Mal de muchos, consuelo de tontos” dice el refrán popular. Llegué a mi casa y puse un check en mi propio “Bucket List” que decía: Correr un maratón. Ese día dije no más, misión cumplida… pero debo reconocer que ya hoy - una semana después - estoy pensándolo de nuevo. Tal vez si salgo más lento, tal vez si el clima no es tan terrible, tal vez si busco otra experiencia.

Quien sabe, lo que si tengo claro es que cuando vuelva a salir a patear el asfalto recordaré que un maratón no lo corre uno solo, sino una ciudad entera y que un montón de gente – los que he nombrado y muchos otros que no – me hicieron cruzar la meta.

Esperamos que la CAF nunca se vaya de Caracas. Gracias CAF, gracias Caracas!