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domingo, 8 de noviembre de 2020

Momentos

Bernardo Guinand Ayala

Momentos. La vida es la suma de efímeros momentos que se plasman en nuestra memoria y al recordarlos volvemos a vivir. Mil veces se ha escrito que un maratón es como la vida resumida en 42 kilómetros de intensidad y manteniendo la comparación, también está cargado de fugaces momentos y emociones muy marcadas. Suelo escribir de mis carreras y siempre ha habido similitudes pero también grandes diferencias entre ellas sobre esos momentos épicos que se quedan grabados y que generalmente suelo recordar por el kilómetro que recorría. Este año no podía ser diferente y aunque en lo deportivo hice quizás la peor carrera posible, vengo cargado de momentos maravillosos que son con los que me quedo.

A diferencia de cualquier experiencia previa, donde siempre exponía los momentos vividos a partir de kilómetros muy avanzados o de máxima exigencia, este maratón tuvo un toque muy especial desde muy temprano. La salida y quizás los primeros tres kilómetros, esos que ni cuenta te das en cualquier carrera - no solo competitiva sino cotidiana - tuvieron un significado muy especial para mí. Desde la convocatoria, el encuentro madrugador aún oscuro y la llegada de participantes que se unieron porque nos empeñamos que este año no dejaríamos de correr un maratón. Habíamos logrado congregar no solo al hatajo de locos que saldría a correr, sino a un contingente de apoyo entre ciclistas y motorizados para la ruta, aguateros para puestos claves, fotógrafos y familia. Habíamos convertido un reto muy personal en una fiesta de muchos.

La semana previa, Ricardo y Edgard habían decidido participar también en los 42k, así que después de la angustia con el GPS de Limón que no agarraba señal, nos vimos once locos - los tres ya mencionados más Pedro Luis, Jose, Karina, Adil, Ovid, Alex el alemán, Kike y yo - tras la cinta de salida como si de élites se tratara, en posición de ataque, cosa que no me hubiese creído si no fuese por las maravillosas fotos de Naty a esa hora de la madrugada. Al finalizar la cuenta regresiva salimos todos disparados y Ovid D’Jesús - sub 3 este mismo año en Miami - rápidamente nos dejó el pelero quedando en segunda avanzada Pedro, Jose, Adil y yo.

Días atrás, Pedro había dejado muy claro que cada quien debía hacer su propia carrera. Yo llegaba nuevamente agotado al día de la prueba y por el contrario, Jose llegaba en gran momento; sin embargo, ese tramo de menos de 3 kilómetros sobre la Francisco de Miranda, quizás bastante más rápido de lo planificado, fue verdaderamente especial. Íbamos rápido pero me sentí ligero y feliz. Esos minutos ya lo valieron, viendo como ninguno quería quedarse, teniendo a ratos a Pedro jalando, a veces Jose quien se notaba cómodo y otras tantas a Adil. No sé si será la amistad o la emoción acumulada con la planificación del Reto Impronta 42k, pero esa madrugada, entrompando lo que sería mi noveno maratón, fue un momento que dejo grabado en algún lugar de mi cabeza.

Un segundo momento está en el otro extremo de la carrera: la llegada. La verdad, la llegada de cualquier maratón es especial, pues lo vulnerable que te hace el desgaste físico, así como la finalización tangible del logro suele afectar enormemente tus emociones; pero lo del domingo 1 de noviembre fue casi de guión de Hollywood. Aunque venía muy sobregirado de tiempo, ese día sabía que a toda costa debía llegar a la meta, pero jamás imaginé la cantidad de gente que se congregaría a la llegada. Justo marcar el kilómetro 42 y empezar a sentir la algarabía mientras llegaba. Miré rápidamente a los lados y divisé a mis viejos, siempre presentes en cualquier logro o dificultad de nuestras vidas. A pesar del covid19 y que ellos han guardado pacientemente su cuarentena, días antes mi mamá me dijo que querían estar presentes. También vi a Pedro Luis acercarse, aplaudiendo, con su clásico gesto y presencia motivadora, así como a muchos otros a quienes les guardo un profundo agradecimiento. Me sentí verdaderamente especial.

Todo ese trayecto, esos últimos 200 metros, fue acompañado por los reales protagonistas de la jornada, nuestros chamos de Caucagüita, quienes habían sido el centro de la campaña de Fundación Impronta, propósito por el cual habíamos creado el #RetoImpronta42K. Escucharlos a lo lejos coreando mi nombre, verlos levantarse de la acera para disponerse a correr, oír que me animaban mientras se unían a mi alrededor para culminar la carrera juntos. Al segundo de tenerlos a mi lado, sentí la mano de uno de ellos sujetar la mía y rápidamente darme cuenta que era Angelito, uno de nuestros consentidos quien robó la atención de todos durante esa jornada por su carisma y picardía. Un poquito más y levantar las manos para cruzar la meta y observar ahora las fotos con los chamos tan alegres y entusiasmados como yo. ¿Qué más se puede pedir? Esas son emociones que perduran y animan a seguir, por ellos, por Venezuela.

Hay millones de pequeñas anécdotas y de personas en cada momento descrito o en el resto de

la carrera. Momentos también de soledad en los tramos duros, que son aquellos que suelo muchas veces relatar. Mientras escribo, recibo una foto donde ando parado, cabeza agachada y manos en las piernas adoloridas cuando quedaban aún 5 kilómetros por recorrer. Solo que hasta la soledad y dificultad en esta nueva odisea siempre vino acompañada de una sonrisa pues sabía que el propósito era más grande a mi reto personal. Al final, ningún chamo preguntó mi tiempo, ellos solo me vieron llegar y llegar alegre. Los calambres, las paradas, el reloj haciendo tic tac consumiendo tiempo quedaron atrás. Ya vendrán tiempos de mejorar, claro que sí.


Pero hay otro momento que quise dejar al final de este relato, aun cuando no fue el final espectacular de la carrera, pero que tiene mucha simbología para mí, para la vida. Iba llegando al kilómetro 40 y quizás quien lea piense que faltaba poco, pero cuando las piernas se engarrotan con cada trotada, se siente eterno. Iba dejando atrás el Estadio Universitario rumbo a la sede de Banesco cuando a lo lejos oigo unos gritos inesperados. Mimina, mis hijos Ale y Nando y mi comadre Caro, anticipando que había pasado roncha, habían salido calladitos a mi encuentro. Habían caminado más de dos kilómetros para encontrarme y los escucho animándome y dispuestos a acompañarme. Allí no había fotos ni algarabía, solo nosotros, en la estricta intimidad demostrando que en los momentos más duros, allí estaremos juntos. Sentí el alivio de encontrar con quien llegar y sin que ellos lo percataran, se me puso la piel de gallina - es increíble como se siente cuando corres un maratón – y se me “aguó el guarapo” por segundos. Tengo la imagen grabada de cuando levanté la cabeza, escuché el grito y vi a mis hijos, mientras mi cuerpo reaccionaba instantáneamente entre lágrimas y piel erizada.

Hoy observo las fotos finales y ellos se quedaron atrás, dejándome el protagonismo a mí y a los chamos de Caucagüita, sin embargo escribo estas líneas para recalcarles a ellos y a mí mismo, que nada hay más poderoso que una familia unida que se quiere, se acompaña, se da soporte en las buenas y en las malas. Y aunque lo vives cotidianamente y aunque esta cuarentena - afortunadamente en mi caso – ha sido una bendición para sentirlo, son esos breves momentos de vida, esa mirada levantada por un segundo, esa manifestación involuntaria del cuerpo, lo que te hace recordarlo con mayor intensidad.

Cada kilómetro, cada momento, ha sido una aventura. La salida y la llegada me emocionaron como nunca, la amistad y el compañerismo fueron alegría y soporte que agradezco sinceramente a Dios, unir mi pasión con el trabajo que hago fue algo que soñé mil veces y ese kilómetro 40 fue para recordar lo que verdaderamente importa. Vendrán carreras mejores, pero esta, me deja el corazón grandote.  

         8 de noviembre de 2020

domingo, 26 de enero de 2020

Historias que inspiran


Bernardo Guinand Ayala

“La base de toda educación es cuestión de corazónDon Bosco

Sucedió esta semana. No es cuento chino, ni escritura creativa motivadora, ni siquiera producto del deseo optimista de que haya sido así. Simplemente sucedió y emociona. Solo trataré de ponerle palabras a lo que viví.

Como parte de las tareas de inicio de año y gracias al trabajo sostenido de Fundación Impronta en Caucagüita, recibimos una serie de comunicaciones de escuelas de la parroquia para visitarlas y ver de qué manera podemos articular esfuerzos para apoyarlas. Desde Impronta, así como por años hemos constatado - y aprendido - de Fundación Empresas Polar, seremos más efectivos en ayudar a reducir la pobreza en la medida que podamos fortalecer las capacidades propias que tiene cada comunidad. En ese sentido, nuestro foco está en apoyar lo que existe, poner nuestro mayor esfuerzo en acercarles aquello que les cuesta conseguir, justo por estar atrapados en la cotidianidad y la rutina, más aún en el complejo contexto venezolano.      

El martes nos embalamos hacia Turumo, sector muy populoso en la parte alta de
De visita en la Escuela J.A. Calcaño, Turumo
Caucagüita. Visitamos la Escuela Primaria José Antonio Calcaño gracias a la invitación de Zarith, su directora. Recorrimos el plantel que cuenta con una matrícula de algo más de 400 niños, visitamos cada salón lleno de caritas alegres, que no vacilaron en pararse cada vez que pisábamos sus aulas dándonos los buenos días de manera cariñosa y sincera. Como típica escuela pública, Zarith nos reveló algunas deficiencias de infraestructura, problemas con los baños, falta de bombillos, etc. Sin embargo, a la hora de sentarnos a hablar y visualizar algún tipo de ayuda, Zarith no se focalizó en la infraestructura. Su foco fue la gente. No hay escuela sin maestros y no hay buena escuela sin buenos maestros. Es evidente la fuga de personal docente por migración o por cambio de área productiva para dar sustento a sus familias, pero aun así, la escuela ha logrado retener a unos tantos y formar a otros para mantener la escuela abierta y los salones full. Incluso Zarith no se focalizó en poder remunerar mucho más a su plantilla, sino en poderles dar lo que esté a nuestro alcance para motivarlos, capacitarlos, mantenerlos lo mejor preparados para los retos que viven. De hecho, manifestó su preocupación por la evidencia de 5 de sus alumnos con trastorno del espectro autista y la manera cómo podíamos ayudar a sus docentes para saber atenderles mejor.   

Un ratico más tarde seguimos subiendo una cuesta muy empinada que nunca habíamos tomado en Turumo, sector Marín, donde nos encontraríamos con Yuleima, maestra especialista y psicopedagoga de la Escuela Don Bosco, iniciativa de los salesianos y subsidiada por la AVEC. Como buena escuela de inspiración católica, sus condiciones de infraestructura y limpieza eran muy buenas, aunque Yuleima y sus directivos no se conforman con estar bien. Hicimos nuevamente un recorrido y vimos áreas de mejoras en salones y muchas necesidades que desean cubrir. Sin embargo la petición expresada volvió a ser la misma: “Ayúdennos a mantener a nuestra gente capacitada y motivada”.

Dos días más tarde, parte de mi equipo volvería a reunirse con Yuleima en la Escuela Básica Negro Primero del sector La Embajada, escuela pública muy grande de Caucagüita, donde tanto Yuleima como Zarith trabajan en las tardes, para volver a constatar lo mismo: Apoyo a los maestros, formación de padres que han sustituido a los titulares, herramientas para atender a niños especiales, en fin, mantener las condiciones claves para ser escuela.    
        
Eneyda, Carlina y Carmen, voluntarias destacadas Impronta
Las sorpresas continuarían durante la mañana del miércoles. En la guardería Crecer con Jesús, iniciativa privada pero de carácter social ubicada en locales de la Iglesia Cristo Rey de Caucagüita, el equipo en pleno de Eneyda, fundadora de la guardería y aliada clave de Impronta, se formaba en “Estrategias didácticas” gracias al apoyo de Vanessa Páez, voluntaria estrella nuestra, quien involucró a su iniciativa de consultoría Eklektikos para preparar un taller que ayude a las maestras a salir de la rutina e implementar dinámicas diferentes en la formación de los niños. Nuevamente Zarith estuvo allí, así como muchas otras maestras de escuelas públicas. Rieron, trabajaron y supieron romper con la rutina para atender de nuevo a sus niños al día siguiente. La próxima semana se seguirán formando.   

Fuera de Caucagüita la cosa no ha sido distinta. El jueves en la oficina estuve con Marco,
Marco Dujmovic, director de proyectos IT Jesús Obrero
director de proyectos del Instituto Técnico Jesús Obrero de Catia, que debe ser el secreto mejor guardado de los jesuitas en pleno corazón del oeste caraqueño. Una verdadera tacita de plata, con una infraestructura y equipo humano sorprendente para formar técnicos en informática, electrónica y mucho más áreas. Desde ALSI Foundation, iniciativa de venezolanos en los Estados Unidos que busca captar recursos para la educación en Venezuela y con quienes me vinculé desde el 2019, hemos visto la posibilidad de ayudar al Jesús Obrero a través de un financiamiento que ubicamos en una plataforma virtual a la cual estamos suscritos. Viendo las bases del concurso y las necesidades del Instituto Técnico, nuevamente la conclusión fue la misma: “Vamos a redactar un proyecto para la capacitación continua de nuestros maestros, para su retención, para su motivación y para formar a aquellos profesionales que entraron este año como docentes pero que nunca lo había sido” Nuevamente su gente, nuevamente la calidad educativa como prioridad y como vocación.

Vanessa Páez, voluntaria profesional Impronta
Zarith, Yuleima, Eneyda, Vanessa, Marco y muchísimos más me hacen recordar la canción de Fito Páez, que junto a la melodía de su piano arranca diciendo: “quien dijo que todo está perdido, Yo vengo a ofrecer mi corazón." Zarith, Yuleima, Eneyda, Vanessa, Marco y seguramente la inmensa mayoría de los maestros venezolanos, aún con las necesidades tangibles de cada una de sus familias, saben que su trabajo probablemente no les rendirá jamás el fruto - monetario - justo de todo el esfuerzo puesto en ello, pero su vocación y deseo de servir va mucho más allá. Su recompensa es otra y no hay dinero que la pague.  

Solemos ver lo terrible y en el caso venezolano es inocultable. Jamás podremos conformarnos. ¿Pero cuántos maestros, especialistas de la salud y otros tantos profesionales en áreas sensibles están ahora abocados a “ofrecer su corazón”, su vocación de servicio para superar este trance? Por ellos celebro hoy, me llenan de alegría y esperanza.    

26 de enero de 2020