lunes, 3 de febrero de 2020

Dignidad y solidaridad | 3 años de Fundación Impronta


Bernardo Guinand Ayala

Apreciado P. Ugalde, equipo, aliados comunitarios, colaboradores, familiares y amigos:

En 2015 tomé una de las decisiones más complejas de mi vida. Desprenderme de lo que había sido mi casa, mi escuela, mi verdadero grado profesional y hasta personal, mi aporte a un sueño hecho realidad, para aventurarme a seguir. Como suelen decir en estos días, salir de la zona de confort y dejar a otros también crecer. Luego de 16 años, salir del Centro de Salud Santa Inés y del Parque Social P. Manuel Aguirre de la UCAB no fue tarea sencilla, pero muchas cosas se conjugaron para percibir que era momento de buscar otros horizontes. Eran tiempos en que el Papa Francisco reflexionaba sobre “salir hacia la periferia” y lo tomé como una invitación.

Luego de experiencias enriquecedoras, de cambios retadores en el ínterin, de arrancar de nuevo y los subi-baja que ello conlleva, se fue gestando la idea de dar un paso más allá. En una Venezuela donde recomendaban no dejar para nada el terreno seguro, el quince y último, lo estable, terminé haciendo lo contrario para darle pulitura a lo que finalmente, en 2017, nacería como Fundación Impronta.  

La idea inicial fue muy sencilla, seguir siendo útiles en una Venezuela que se cae a pedazos. Aprovechar la experiencia previa – ese gustico apasionado por servir - para generar oportunidades a aquellos que la han tenido bastante más cuesta arriba que muchos de nosotros. Sin embargo, arrancar sin el amparo institucional que alguna vez tuve en la UCAB o el respaldo financiero que significaba la empresa privada [Fundación Santa Teresa] no es tarea fácil en medio de una economía que cierra santamarías a diario, que persigue a quien produce y expulsa a su gente más talentosa, ya sea de PDVSA como del barrio.   

Un primer borrador comenzó con dos simples palabras. Dos valores contundentes. Tenía muy marcado aun lo que había significado la creación de la Campaña Amigo Solidario del Centro de Salud Santa Inés UCAB y su correspondiente uso: el área de atención al paciente más vulnerable de dicho centro, encomendado a la hermana María del Carmen Pariente, mejor conocida como Pari. Las anécdotas de los pacientes que atendíamos pasaron a ser una bitácora extraordinaria de lo que representa servir al más humilde. No era cuestión fundamentalmente de dinero, era cuestión de compañía, de consejo, de escucha activa, de redes, de ayudar a conectar. De esa experiencia y esos relatos nace la idea de Impronta y por ello, las dos palabras que llenaron ese primer bosquejo fueron los mayores aprendizajes tomados de allí: Dignidad y Solidaridad.

El peso de esas dos palabras no fue un hallazgo de un día. Es la experiencia continuada, aprendida, vivida cotidianamente. Por eso, su contundencia vino por intermedio de algunos referentes que han sido modelo para sentar las bases de Fundación Impronta y hoy son Miembros Honorarios de la Fundación. Son a los primeros que quiero agradecer en este aniversario:

Al Padre Luis Azagra, quien confío guíe nuestros pasos desde el cielo. Siempre he dicho que fue él quien descubrió para qué podía ser yo útil. Me invitó a participar en su proyecto más ambicioso y al que dedicó sus últimos años de vida. Nadie ha confiado tanto en mí, en lo profesional, como ese curita alegre y agudamente inteligente - como buen jesuita -. La dignidad del otro fue su práctica cotidiana.

A la Hermana Pari, esa santa de carne y hueso que una vez contraté, a sus 77 años, para constatar que Dios hace milagros a diario. Su nobleza, su sencillez, su trato con el otro serán para mí, para Impronta, un referente obligado.

Al Padre Luis Ugalde, a quien agradezco enormemente que hoy esté celebrando esta misa. Recuerdo aún haber entrado atemorizado al rectorado de la UCAB en abril de 1998, meses antes de graduarme y haber recibido, de su parte, mi primera oferta de trabajo con miras a ser profesional. Lo que el P. Ugalde me dijo aquel día sigue siendo el norte para cualquier organización sin fines de lucro de cualquier parte del mundo: “Bernardo, me dijo, no vamos a resolver los problemas de salud que tiene el país, ni pretendemos lograrlo ni nos corresponde; pero si podemos establecer un modelo de atención y servicio basado en la dignidad de la persona, que le diga a todo el país, que es factible brindar servicios de calidad humana, técnica y solidaria para los más vulnerables”. Padre, creo que lo demostramos e Impronta es el deseo de extender ese legado.        

A mis viejos, agradecimiento extensible a toda mi familia, por ser desde siempre, el vivo ejemplo de la dignidad y la solidaridad puesta en lo cotidiano, no con palabras sino con el modelaje permanente. Si hoy me preguntasen cual sería el factor que más me aleja de la pobreza, quizás más allá de la estabilidad económica, la educación u otros determinantes, creo que tener papá y mamá, presentes, más aún en un contexto familiar amoroso y de apoyo sin condiciones, podría ser una parte clave de la respuesta. Si el mundo entero tuviese a unos padres como los míos, sin duda alguna sería otro planeta. La palabra impronta también viene de ustedes; ejemplo calcado para fundar, junto a Mimina, nuestra propia familia que ha sido apoyo cercano, constante y sin condiciones en todas mis aventuras. Los quiero con todo mi corazón.

Así, con todos esos buenos condimentos se fue gestando una idea, la cual un día como hoy, hace 3 años se materializó en estatutos, en plan estratégico y en unas primeras acciones. Frente a una Venezuela agotada del modelo de repartición a cambio de dignidad, desde Impronta no hemos pretendido resolver los problemas de nadie, mucho menos sustituir al Estado, sino acercar a los más vulnerables oportunidades que les permitan dar lo mejor de sí, independientemente de donde o en qué condiciones les tocó crecer. Impronta es como un tren que pasa frente a la casa de muchos. Es decisión de cada quien tomar o no ese tren, esa oportunidad. Vemos a los jóvenes descubriendo sus talentos, pero son ellos quienes deben esforzarse en desarrollarlos, pulirlos, aprovecharlos. Como sabemos que una de las condicionantes de la pobreza es que pasan por sus hogares, sus comunidades, menos trenes, allí está nuestra tarea.

Tampoco queremos descubrir el agua tibia ni seguir creando estructuras paralelas. Nuestro foco está en desarrollar las capacidades que tiene cada comunidad, cada institución - sea pública o privada - pero sirviendo como mecanismo articulador para apoyarlos en aquello en lo que puedan ser más débiles y en lo que tengamos nosotros fortalezas. Muy emocionante fue recibir a principios de este año invitaciones de diversas escuelas públicas, justo para que le apoyáramos en lo que sienten ahora clave: mantener a sus maestros motivados, activos, formados, para que la escuela siga. Que esperanza da ello como país. Y en eso, queremos y podemos apoyar.

Todo lo aquí expuesto sería solo un sueño muy bonito si no fuese porque llegamos a donde teníamos que llegar. Dice la sabiduría popular: “Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana” y así, justamente cuando algunas apuestas iniciales se vieron truncadas, Papá Dios nos puso una ventanota – en la periferia - llamada Caucagüita. A mediados de 2017, por razones más que sociales, ciudadanas, y atendiendo una solicitud del equipo de la AC El Radar de los Barrios, llegué a Caucagüita y conocí brevemente a Henry Vivas. Meses más tarde, Henry escribe invitándonos para visitar su casa pues la había convertido en el primer comedor popular del sector. El impacto en el equipo de Impronta nos llevó a plantear algunas actividades allá y luego de algunas jornadas de salud y un plan vacacional, comenzamos a conocer más y más gente y empezamos a sentirnos en casa. Caucagüita poseía una serie de características ideales para nosotros: vulnerabilidad por la situación económica y además por quedar algo desconectados del resto de la ciudad; poca presencia de otras organizaciones sociales, lo cual hace oportuna nuestra llegada; alta dependencia de instituciones del Estado, por lo cual podemos ser equilibrio; pero sobre todo, por ser una comunidad deseosa de abrir las puertas y querer construir juntos. Hoy, aquí nos acompañan algunos de estos aliados y amigos que nos han permitido pensar en un “nosotros” y practicar aquello que tantas veces he escuchado de boca del Padre Ugalde: “hay que esforzarse más en sumar y multiplicar, en vez de tanto restar y dividir”. A cada uno de ustedes, mil gracias por estrecharnos la mano y abrirnos todas esas ventanas.    
    
Quiero agradecer muy especialmente a todo mi equipo. Como solemos bromear en la intimidad, somos una especie de perros verdes, algo extraños o diferentes a los cuales muchos nos siguen viendo con incredulidad. Después de 21 años dedicado 100% al mundo social, sigo encontrando gente que me pregunta ¿pero el resto del tiempo a qué te dedicas? O personas que creen que uno es político porque si no hay un objetivo más allá de lo social, como que no entienden la cosa. Bueno, mi gente es así o mucho más, gente buena, comprometida y capaz de percibir los pequeños detalles que la vida nos pone por delante. Gracias por creer en Impronta como parte sustancial de sus vidas.

Y hoy aquí también se agrupan una cantidad de colaboradores, aliados, amigos que han puesto sus proyectos conjuntos, recursos, talento y sobre todo confianza para haber crecido durante estos 3 años y para pensar seriamente en continuar con mucho más impacto y pasión, transformando vidas a nuestro alrededor. Su apoyo ha germinado y hoy vemos esa semilla convertida en primeros frutos. Un caluroso abrazo para cada uno de ustedes y la invitación permanente para que sigan dejando su huella junto a nosotros.        

Cierro estas líneas citando textualmente las palabras con que culminaba el Padre Azagra su discurso al recibir de la UCAB, en el año 2005, el Doctorado Honoris Causa en Psicología. Cito:

“Y termino: dándole gracias a Dios. Si como dice San Juan, el modo más verdadero y más auténtico de amar a Dios es amar al prójimo; el mejor modo de dar gracias a Dios será también dar las gracias a todos ustedes que vivieron conmigo estos años y que hicieron posible que llegara este día”

¡Muchas gracias!
3 de febrero de 2020

domingo, 26 de enero de 2020

Historias que inspiran


Bernardo Guinand Ayala

“La base de toda educación es cuestión de corazónDon Bosco

Sucedió esta semana. No es cuento chino, ni escritura creativa motivadora, ni siquiera producto del deseo optimista de que haya sido así. Simplemente sucedió y emociona. Solo trataré de ponerle palabras a lo que viví.

Como parte de las tareas de inicio de año y gracias al trabajo sostenido de Fundación Impronta en Caucagüita, recibimos una serie de comunicaciones de escuelas de la parroquia para visitarlas y ver de qué manera podemos articular esfuerzos para apoyarlas. Desde Impronta, así como por años hemos constatado - y aprendido - de Fundación Empresas Polar, seremos más efectivos en ayudar a reducir la pobreza en la medida que podamos fortalecer las capacidades propias que tiene cada comunidad. En ese sentido, nuestro foco está en apoyar lo que existe, poner nuestro mayor esfuerzo en acercarles aquello que les cuesta conseguir, justo por estar atrapados en la cotidianidad y la rutina, más aún en el complejo contexto venezolano.      

El martes nos embalamos hacia Turumo, sector muy populoso en la parte alta de
De visita en la Escuela J.A. Calcaño, Turumo
Caucagüita. Visitamos la Escuela Primaria José Antonio Calcaño gracias a la invitación de Zarith, su directora. Recorrimos el plantel que cuenta con una matrícula de algo más de 400 niños, visitamos cada salón lleno de caritas alegres, que no vacilaron en pararse cada vez que pisábamos sus aulas dándonos los buenos días de manera cariñosa y sincera. Como típica escuela pública, Zarith nos reveló algunas deficiencias de infraestructura, problemas con los baños, falta de bombillos, etc. Sin embargo, a la hora de sentarnos a hablar y visualizar algún tipo de ayuda, Zarith no se focalizó en la infraestructura. Su foco fue la gente. No hay escuela sin maestros y no hay buena escuela sin buenos maestros. Es evidente la fuga de personal docente por migración o por cambio de área productiva para dar sustento a sus familias, pero aun así, la escuela ha logrado retener a unos tantos y formar a otros para mantener la escuela abierta y los salones full. Incluso Zarith no se focalizó en poder remunerar mucho más a su plantilla, sino en poderles dar lo que esté a nuestro alcance para motivarlos, capacitarlos, mantenerlos lo mejor preparados para los retos que viven. De hecho, manifestó su preocupación por la evidencia de 5 de sus alumnos con trastorno del espectro autista y la manera cómo podíamos ayudar a sus docentes para saber atenderles mejor.   

Un ratico más tarde seguimos subiendo una cuesta muy empinada que nunca habíamos tomado en Turumo, sector Marín, donde nos encontraríamos con Yuleima, maestra especialista y psicopedagoga de la Escuela Don Bosco, iniciativa de los salesianos y subsidiada por la AVEC. Como buena escuela de inspiración católica, sus condiciones de infraestructura y limpieza eran muy buenas, aunque Yuleima y sus directivos no se conforman con estar bien. Hicimos nuevamente un recorrido y vimos áreas de mejoras en salones y muchas necesidades que desean cubrir. Sin embargo la petición expresada volvió a ser la misma: “Ayúdennos a mantener a nuestra gente capacitada y motivada”.

Dos días más tarde, parte de mi equipo volvería a reunirse con Yuleima en la Escuela Básica Negro Primero del sector La Embajada, escuela pública muy grande de Caucagüita, donde tanto Yuleima como Zarith trabajan en las tardes, para volver a constatar lo mismo: Apoyo a los maestros, formación de padres que han sustituido a los titulares, herramientas para atender a niños especiales, en fin, mantener las condiciones claves para ser escuela.    
        
Eneyda, Carlina y Carmen, voluntarias destacadas Impronta
Las sorpresas continuarían durante la mañana del miércoles. En la guardería Crecer con Jesús, iniciativa privada pero de carácter social ubicada en locales de la Iglesia Cristo Rey de Caucagüita, el equipo en pleno de Eneyda, fundadora de la guardería y aliada clave de Impronta, se formaba en “Estrategias didácticas” gracias al apoyo de Vanessa Páez, voluntaria estrella nuestra, quien involucró a su iniciativa de consultoría Eklektikos para preparar un taller que ayude a las maestras a salir de la rutina e implementar dinámicas diferentes en la formación de los niños. Nuevamente Zarith estuvo allí, así como muchas otras maestras de escuelas públicas. Rieron, trabajaron y supieron romper con la rutina para atender de nuevo a sus niños al día siguiente. La próxima semana se seguirán formando.   

Fuera de Caucagüita la cosa no ha sido distinta. El jueves en la oficina estuve con Marco,
Marco Dujmovic, director de proyectos IT Jesús Obrero
director de proyectos del Instituto Técnico Jesús Obrero de Catia, que debe ser el secreto mejor guardado de los jesuitas en pleno corazón del oeste caraqueño. Una verdadera tacita de plata, con una infraestructura y equipo humano sorprendente para formar técnicos en informática, electrónica y mucho más áreas. Desde ALSI Foundation, iniciativa de venezolanos en los Estados Unidos que busca captar recursos para la educación en Venezuela y con quienes me vinculé desde el 2019, hemos visto la posibilidad de ayudar al Jesús Obrero a través de un financiamiento que ubicamos en una plataforma virtual a la cual estamos suscritos. Viendo las bases del concurso y las necesidades del Instituto Técnico, nuevamente la conclusión fue la misma: “Vamos a redactar un proyecto para la capacitación continua de nuestros maestros, para su retención, para su motivación y para formar a aquellos profesionales que entraron este año como docentes pero que nunca lo había sido” Nuevamente su gente, nuevamente la calidad educativa como prioridad y como vocación.

Vanessa Páez, voluntaria profesional Impronta
Zarith, Yuleima, Eneyda, Vanessa, Marco y muchísimos más me hacen recordar la canción de Fito Páez, que junto a la melodía de su piano arranca diciendo: “quien dijo que todo está perdido, Yo vengo a ofrecer mi corazón." Zarith, Yuleima, Eneyda, Vanessa, Marco y seguramente la inmensa mayoría de los maestros venezolanos, aún con las necesidades tangibles de cada una de sus familias, saben que su trabajo probablemente no les rendirá jamás el fruto - monetario - justo de todo el esfuerzo puesto en ello, pero su vocación y deseo de servir va mucho más allá. Su recompensa es otra y no hay dinero que la pague.  

Solemos ver lo terrible y en el caso venezolano es inocultable. Jamás podremos conformarnos. ¿Pero cuántos maestros, especialistas de la salud y otros tantos profesionales en áreas sensibles están ahora abocados a “ofrecer su corazón”, su vocación de servicio para superar este trance? Por ellos celebro hoy, me llenan de alegría y esperanza.    

26 de enero de 2020

lunes, 20 de enero de 2020

Héroes anónimos


Bernardo Guinand Ayala

Virginia y Ruth en su casa (sede de Especialmente Amigos)
Siempre me han gustado las historias de héroes anónimos, héroes sin capa, santos sin proceso de canonización, gente sencilla, de carne y hueso, que no abren los titulares de la prensa y aun así, generan un gran bienestar e influencia para aquellos quienes los rodean.

Recientemente fue el día del maestro, donde quizás pueda encontrarse la mayor acumulación de este tipo de héroes. Gente silenciosa en la vida social, política o comunicacional, pero que en las cuatro paredes que circunscriben sus aulas, son guías, son luz, son puertas abiertas al futuro para cada niño o joven que impactan. “La historia la escriben los vencedores” decía Orwell, sin embargo, la vida íntima, el diario familiar, el legado cercano, plausible y amoroso, lo escriben en cada persona, estos héroes anónimos que dan sentido a nuestras vidas. No hay titular de periódico que pueda sustituir la impronta profunda que esta gente maravillosa deja en nuestros corazones.  

Mi diario personal ahora tiene otra heroína, otra santa que nos guiará desde arriba. Se nos fue Virginia Díaz, la maestra de Antímano, el ángel guardián de los más vulnerables. Virginia fue docente por muchos años, dictó cursillos de cristiandad, cantó y acompañó al coro de su parroquia; pero cuando una caída la alejó formalmente de las aulas, lejos de retirarse decidió abrir las puertas de su humilde casa en el Barrio El Carmen de Antímano a los niños - y no tan niños - con necesidades especiales de su comunidad.

Virginia y sus hijos Douglas y Evelyn
Sabiendo el trabajo que le había tocado para educar a su hijo Douglas, un chamo maravilloso con Síndrome de Down, aprovechó su paciencia, su fe en Dios y su capacidad pedagógica para enseñar a leer, a cantar, acompañar, formar en valores y dar sentido a la vida de tantos, que como Douglas, tienen el distinguido título de ser “especiales”. Llegar a casa de Virginia, era recibir una procesión de abrazos y caras sonrientes de todos aquellos amorosos discípulos, que veían en uno solo amor y cariño.  

Cuando Fundación Impronta nació en 2017 no había sino ganas de hacer cosas por los más vulnerables. No había sede, ni lugar decidido para actuar, ni programas pulidos para impactar. Una propuesta de Virginia y de Evelyn - su hija - para apoyarlos en el Plan Vacacional que realizaba año a año la Fundación Especialmente Amigos fundada por ella y que ese año estaba en pico e’ zamuro por la compleja situación económica, nos dio la posibilidad de realizar, sin planificarlo, nuestro primer programa, ese cálido plan vacacional que luego se convirtió en una tradición y ahora una manera de rendir homenaje a su inspiradora.

Virginia y sus niños en Barrio El Carmen
A raíz de la diabetes, la salud de Virginia fue menguando. Su vista y sus riñones fueron haciendo mella y recientemente un ACV la dejó postrada en cama. Enfermedades crónicas en medio de la situación que padecen los venezolanos en sectores populares suelen ser cruces muy pesadas. No dudo que Virginia puso su fe en Dios y así, sin generar mayores inconvenientes, se apagó como una velita en la medianoche de sábado para domingo.

Hoy la despedimos en medio de una de las manifestaciones más bellas que haya podido presenciar en mi vida. Llegar a la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Antímano y ser recibido por todos y cada uno de sus niños y adultos especiales, ver sus caras tristes esperando a su Maestra Virginia para un último adiós, ver a Douglas haciendo su mejor esfuerzo para ayudar a cargar a su mamá, para luego constatar cómo, un lunes por la mañana, la iglesia de Antímano estaba a reventar entre vecinos, familiares y beneficiarios que despedían a Virginia, su ángel guardián. ¡Gracias Virginia, gracias por tanto! 

20 de enero de 2020

domingo, 17 de noviembre de 2019

¿Fracaso?


Bernardo Guinand Ayala

¿Fracaso? Sí, fracaso. Que palabra tan pesada y odiosa, pero cada día que fui pensando en las líneas de este post, me fui convenciendo que así debía titularse. Le perdí el miedo, pues a la distancia, hasta el fracaso se ve como parte esencial de la vida, sobre todo cuando te aventuras a vivirla.

Luego de mi último maratón quedé fuertemente golpeado física y moralmente; más moralmente sin duda, aunque es decir bastante pues mi cuerpo aún resiente la pela tan dura que me dio. “El maratón te humilla” suelen decirte, pero es que este me zarandeó por completo. Nunca había llegado tan preparado a un maratón, nunca había tenido tanta gente pendiente de mí, nunca había tenido apuestas tan auspiciosas para mi tiempo y aun así, terminé caminando varios kilómetros con la mente solo puesta en cruzar la meta y colgarme la medalla. Sentí que el trabajo de todo un año y la emoción por alcanzar el éxito se me esfumaba en pocas horas.  

El sinnúmero de imponderables no previstos en la ecuación podrían aliviar el golpe anímico, pero aun así duele. Lluvia de principio a fin, pies bien mojados durante la ruta, humedad al 95%, trayecto quebrado, viento de frente durante varios kilómetros, en fin, un cóctel de dificultades ambientales que se atravesaron como un camión de frente y sin frenos. Es lo complejo de este deporte, a diferencia de otros donde un día malo lo puedes compensar al día o la semana siguiente, un maratón si acaso podrás correr uno o dos al año. Y ese día previsto, el día del examen final, como que el evaluador quiso poner todas las conchas de mango en la prueba y patiné.

Sí, fracasé en Washington considerando que un buen tiempo - el mejor tiempo - era la meta. Sí, aún con las condiciones adversas me pega haber tenido que llegar a rastras a la meta. Y sí, me he dado cuenta que mi carrera como maratonista ha tenido bastante más de fracasos que de éxitos contundentes. De hecho, de los ocho maratones que he realizado, en seis he pasado más trabajo que el fugitivo. Y aun así, a veces yo mismo me pregunto por qué sigo intentándolo, por qué no termino de darme cuenta que probablemente esa distancia sobrepasa las condiciones de mis piernas o mi columna.

Pero es allí donde esa dosis de fracaso te impulsa hacia adelante. Donde la terquedad te empuja a seguir fortaleciendo las piernas con sus limitaciones o ver de qué manera más abdominales puedan compensar la escoliosis que hace que me duela toda la pierna, menos cuando corro. Y aunque por varios días pueda pensar en dedicarme solo a correr una distancia más corta, al rato me doy cuenta que es justamente lo difícil del reto lo que hace que desee volver a intentarlo. Una cosa es fracasar por no haberlo intentado y otra muy distinta es asumir los desafíos y mirarlos de frente, por ello no me incomoda el título de este post sino que me motiva aún más.

Es cierto que mejorar tus marcas y exigirte al límite es lo que le pone ese toque adictivo a cada carrera, pero jamás debemos perder de vista ese intangible que hace de esta pasión algo verdaderamente especial: tu familia gritando a lo largo de la ruta - así sea emparamados - , estos cinco años seguidos sano corriendo maratones, las ciudades que conoces a través de 42k de calles y bosques, los amigos con quienes sueñas el próximo maratón y que esperas ver cada madrugada, el cariño de todo un team que apenas conocías y ahora siguen tus pasos como si nos conociéramos de siempre, los otoños o primaveras que te deslumbran con sus colores, la sonrisa o lágrimas que sueltas cada vez que cruzas la meta - así sea a rastras- . Así, no hay fracaso que no sea una lección para seguir.

17 de noviembre de 2019

viernes, 8 de marzo de 2019

La historia de María en medio del apagón

Bernardo Guinand Ayala

Es viernes y vamos rumbo a 20 horas sin luz a nivel nacional. Un viernes particularmente atípico por circunstancias obvias, donde la única rutina respetada fue nuestra corrida mañanera en el Parque del Este, aunque literalmente éramos tres personas en la inmensidad del parque. Viene a mi mente el poema “Esos locos que corren” del uruguayo Marciano Durán, que perfectamente define ese momento de madrugada, a oscuras, mientras un empleado del parque abría la reja al constatar que aún sin luz, algunos locos saldríamos a trotar.      

Más tarde, todos en casa empiezan a buscar cosas poco convencionales para hacer, aunque en otra época sería bastante normal salir al encuentro de los primos, privilegiar el balón antes que la tv o algún juego de mesa. Es increíble como la falta de energía eléctrica es capaz de afectar completamente la rutina, más aún en un mundo cargado de necesidades tecnológicas donde el celular, YouTube o Netflix marcan el día a día.

Afortunadamente, algunos encontramos refugio en la lectura y ha sido un buen día para revisar libros. Más que leer, fue de revisar textos o releer algunos fragmentos de esos libros cuyos capítulos ofrecen historias puntuales. Como es usual desde hace años, cuando me quedo observando mi biblioteca, suelo poner la mirada en un libro titulado “Red de Propósitos” el cual atesoro con verdadero cariño y reviso con cierta regularidad. Podría definirse como un libro de auto-ayuda, de esos que ofrecen reflexiones u oraciones de una sola página al estilo Anthony de Mello, Bernard Shaw, Confucio, santos o autores reconocidos, así como otros tantos anónimos. Más allá de cada texto, que escojo al azar y suelo reflexionar algún rato sobre su moraleja, el verdadero valor del libro viene representado por quien me lo regaló. Por eso, cada vez que lo abro, lo primero que leo es la nota escrita a mano en una hoja carta anexa que dice:

“Lic. Bernardo: Reciba este regalo, escrito por el padre de nuestro querido Ricardo Márquez, en agradecimiento por todo lo que he recibido de usted. El mejor trabajo que he tenido. Gracias. Dios lo bendice” María Josefina

María es una mujer con quien compartí varios años de trabajo cuando dirigí el Centro de Salud Santa Inés de la UCAB. Enfermera de profesión y vocación y probablemente la persona de origen más humilde con quien haya trabajado en mi vida. Siempre fue agradecida con su trabajo y con las oportunidades que pudimos brindarle. María me dio una de las lecciones más contundentes cuando me habló de calidad de vida y me hizo comprender que esa situación depende de las posibilidades de crecer y prosperar, así como la actitud que tengas frente a la vida. Mientras a mí podría preocuparme el solo hecho de pensar vivir en un barrio, María una vez se me acercó a agradecerme porque su trabajo en “Santa Inés” había incidido en su calidad de vida. Lo decía justo el día en que pudo comprar un candado para la puerta de su casa, a la cual se había mudado hacía muy poco. Dicha casa era un rancho de bloque que quedaba en una zona pobre de Antímano. Para ella representaba una mejora, pues anteriormente su casa no se trancaba y era de latón y madera en la carretera hacia Guarenas-Guatire. Había ganado en cercanía a su trabajo - lo cual le ahorraba costos de pasaje y tiempo – así como en mejores materiales de su vivienda y seguridad. Ese día no pude quejarme de nada sino agradecer profundamente por todas las cosas recibidas.

A esa anécdota siguieron muchas más. María era una mujer muy sola que había sufrido mucho en la vida. Me llamó particularmente la atención cómo se apuntó de primera para atender el recién creado servicio amigable para adolescentes. Entonces comprendí que había sido madre adolescente y el servicio le permitía ser empática y cercana con las pacientes, pues había calzado esos mismos zapatos. Quizás gracias a ello, así como la cercanía que tuvo con Ricardo Márquez, quien para la época dirigía el Departamento de Pastoral de la UCAB y a quien pudo conocer gracias a los talleres anuales que hacíamos con nuestros empleados, se reencontró con sus hijas de quien se había distanciado. El acompañamiento de Ricardo, el trabajo estable, la independencia económica, el deseo de autoevaluarse para avanzar más que para reprocharse, fueron dando luces para reencaminar su vida, acercarse a sus afectos y tomar decisiones importantes. Aprendí mucho de María y su humildad sigue siendo un referente en mi vida.

Además, durante muchos años, tal vez por el temor de encontrarse sola en su casa, dedicaba las vacaciones como voluntaria en algún hospital público, así como trabajada en el turno nocturno en Hogar Bambi cuidando a niños huérfanos justo después de cumplir su faena en Santa Inés. Esa mujer, se acercó un día a mi oficina, sin motivo alguno a regalarme esa “Red de Propósitos”, así que cuando lo abro y leo, no solo disfruto sus enseñanzas, sino los gestos que hacen que uno pierda el aliento y se sienta chiquitico frente a esa nobleza.

Hoy, nuevamente al azar, abrí el libro en la página 192 con un texto tomado de “La Oración de la Rana” del jesuita Anthony de Mello titulado “Confianza” y como anillo al dedo, en medio del apagón, me encuentro este texto:

En cierta ocasión, un discípulo le dijo a Confucio: “¿Cuáles son los ingredientes fundamentales de un buen gobierno?”
Le respondió Confucio: “Alimentos, servicios y la confianza del pueblo”
“Pero, si tuvieras que prescindir de uno de estos tres ingredientes” siguió preguntando el discípulo, “¿de cuál de ellos prescindirías?”
“De los servicios”
“¿Y si tuvieras que prescindir de uno de los otros dos?”
“De los alimentos”
“Pero, sin ellos la gente moriría”
“Desde tiempo inmemorial” dijo Confucio, “la muerte ha sido el destino de los seres humanos. Pero un pueblo que ya no confía en sus gobernantes, está verdaderamente perdido”

En fin, se hace obvio que este régimen que pretende atornillarse contra viento y marea, está verdaderamente perdido pues ha aniquilado no uno, ni dos, sino los tres ingredientes fundamentales para ser un buen gobierno. El apagón nos recuerda el enorme fracaso en los servicios públicos. La gente comiendo entre basura o niños muriendo por desnutrición, también nos habla de un gobierno que no es capaz de dar el sustento básico. Pero por sobre todo, Maduro y su combo, perdieron hace rato la confianza de la gente. Podrán aguantar con armas un rato, pero la historia universal ya anuncia su ocaso.

Y no es ciencia ficción, ni palabra de expertos, sino esa sabiduría popular y la sencillez, que tal como este texto y el ejemplo de María se presentan, como cosas de Dios, en nuestras vidas. 

8 de marzo de 2019

sábado, 9 de febrero de 2019

Guaidó ¡Pa´ Encima!


Bernardo Guinand Ayala

Como la gran mayoría de los venezolanos, no tenía mayor referencia sobre Juan Guaidó,
Juan Guaidó. Fanático de los Tiburones de La Guaira
salvo una cierta empatía que nada tiene que ver con la política. Transcurría 2017 y como fue costumbre dicho año, luego de las grotescas sentencias del TSJ que pretendían anular la Asamblea Nacional, estábamos en la calle alzando nuestra voz en alguna de las multitudinarias marchas que sucedieron ese año. Ese día nos concentrábamos en la autopista justo frente a la base aérea La Carlota cuando un camión con unas exiguas cornetas avanzaba entre la multitud. José Antonio - mi hermano - levanta la mirada hacia el camión y me dice: “ese chamo es diputado por Vargas y mira, siempre lleva orgulloso su gorra y camisa de los Tiburones de La Guaira”.

Para quien nos conoce, sabe que la mayoría de los Guinand somos guaristas. Cuenta la leyenda familiar que los hermanos mayores de mi viejo, mis tíos Carlos y Alfredo, quienes jugaron pelota de chamos, por alguna razón seguían al Pampero, quizás por llevar la contraria a la mayoría. El Pampero pasó a ser La Guaira a principios de los sesenta y quedó así la afición. Eduardo, mi hermano mayor, recuerda que siendo mi tío Carlos gobernador de Caracas, los Tiburones de la Guaira ganaron el campeonato 1970-71 y como para ese entonces aún existía el Distrito Vargas bajo la competencia de la Gobernación, mi tío - tanto por fanático como por gobernador - invitó al equipo campeón a un agasajo en la casa. Yo aún no había nacido, Eduardo no había cumplido los 6 años, pero me dice que ver a los peloteros celebrando en casa marcó una huella imborrable en él y en mis primos mayores y contribuyó al fanatismo familiar por los litoralenses. Eran los años de figuras como Ángel Bravo, Enzo Hernández, Remigio Hermoso, Paúl Casanova y el sempiterno Aurelio Monteagudo.

Muchos años después, Eduardo me inculcó esa pasión por los Tiburones y me llevó por primera vez al Universitario en los tempranos ochenta, tendría yo unos 9 años y Juan Guaidó estaba próximo a nacer. Era la época de la célebre “Guerrilla”, quizás la conjugación de figuras insignia más resonada del equipo. Recuerdo que lo primero que vi al entrar al estadio, deslumbrado por la luz de quien ve un campo profesional por primera vez, fue a Norman Carrasco ocupando su puesto en la segunda base con su característico número 5. Esa generación de peloteros, cuya marca de fábrica - al puro estilo venezolano - fue la de reunir extraordinarios jugadores defensivos, sin duda me sembró la pasión por jugar SS. La guerrilla incluso se dio el lujo de prestar a Alfredo Pedrique al Magallanes pues había demasiadas buenas manos juntas en el infield. Además del “atabacado” Carrasco en 2B, Oswaldo Guillén y Argenis Salazar se disputaban el SS y Gustavo Polidor, recordado por su caballerosidad dentro y fuera del terreno, debía conformarse con la 3B. Ese equipo era completado por figuras de la talla de Luis Salazar, Juan Francisco Monasterio y Raúl Pérez Tovar, uno de los jugadores más completos y el CF más elegante que he visto jugar.

Ahora bien, hablar hoy de La Guaira es hablar de la larga sequía en títulos del equipo, cosa
Caricatura de EDO. Cabrujas y Petkoff
que ha valido de eternas burlas a lo largo de los años, sobre todo de nuestros rivales más cercanos: los caraquistas. Célebre es aquella “Carta a Padrón Panza” fechada ya en un lejano 1995 donde el recordado dramaturgo José Ignacio Cabrujas, gran fanático de los Tiburones, manifestaba su impotencia “renunciando” al equipo y atribuyendo al propietario la falta de competitividad. Pero, como diría otro destacado fanático escualo, Teodoro Petkoff:
“como todos los fanatismos políticos y religiosos, el fanatismo deportivo tiene un alto componente de irracionalidad, algo que no se puede explicar”. Y es así, como a pesar de la ausencia de títulos, hay algo irracional que nos identifica como fanáticos y que, en el caso de La Guaira, tiene más peso que el campeonato en sí. Cuando ves a alguien con la gorra o algún otro elemento que lo identifica con los Tiburones, te sientes rápidamente conectado con esa persona, más aún, cuando tu equipo no es aquel equipo de masas, sino más bien un especial grupo de fanáticos con unas características muy particulares.

No conozco personalmente a Juan Guaidó. No espero de él algo más allá que el cumplimiento de este enorme compromiso de transición que la historia le ha encomendado, en el cual sin duda tendrá aciertos y también desaciertos. Pero como fanático que soy del mismo equipo, siento esa particular simpatía que nos conecta. Por eso trataré de esbozar en unas líneas tres características que, bajo mi perspectiva, definen a la fanaticada de nuestros Tiburones, que bien pueden ser útiles en medio de este compromiso.

La alegría. La Guaira, su fanaticada, es eminentemente alegre. Por supuesto que somos un equipo que quiere ganar, pero sobre todas las cosas sabe disfrutar. Es algo contagioso, como su samba, sus gritos - por cierto que han sido copiados poco a poco por otros equipos – y la buena vibra que retumba en la tribuna. Por muchos años me sorprendió salir del estadio, aun cuando habíamos perdido y la algarabía que ponía la samba justo al salir de las gradas era inexplicable para el equipo que había ganado. Es esa particularidad del venezolano de ver el lado positivo de las cosas, aún en los momentos menos afortunados y saber que vivir no es llegar a un fin determinado, sino disfrutar también del trayecto.

Resiliencia. Hasta hace pocos años, la resiliencia era una palabra que no existía en nuestro vocabulario y que la situación venezolana nos obligó a desempolvar o inventar para procurar seguir en medio de la debacle que el régimen nos metió. A veces pienso que la resiliencia fue una palabra inventada por los fanáticos de los Tiburones de La Guaira para seguir apostando, aún en medio de tal sequía. También siento que haber sido fanático de los Tiburones me ha dado herramientas para enfrentar con optimismo lo que vivimos como país.

Ser diferentes. Por sobre todas las cosas, La Guaira nos ha enseñado a ser diferentes, ni mejor ni peor que otros, sencillamente distintos y auténticos. Los fanáticos de los Tiburones tenemos claro que no somos el equipo de multitudes como Caracas o Magallanes, pero es que además no está en nuestro plan llegar a serlo. Ese ser únicos se manifiesta de muchas maneras, por ejemplo, un fanático de La Guaira suele ser fanático del béisbol, en consecuencia lo conoce y aprecia y es capaz de ver lo fabuloso del deporte así se trate de un rival; hay un gran respeto por el otro. En ese sentido, podemos reconocer que Vizquel superó en trayectoria a Guillén y seremos de los primeros en aplaudirlo al llegar al Salón de la Fama. O sabemos apreciar la hazaña - aun cuando sufrí enormemente siendo adolescente en la primera fila del estadio - de aquel “no hit no run” de Urbano Lugo en la final del campeonato 1986-87. Ese ser diferente también se define por nuestra lealtad al equipo. ¿Que si sufrimos? por supuesto, pero la fidelidad a esa tradición y manera de ser, está por encima.

En fin, al ver a Guaidó con su uniforme de La Guaira, es imaginarme una persona que, al menos, en el plano deportivo ha conjugado esas tres características. Lejos podría yo definirlo como político, pero si la comparación funciona podría afirmar que es un tipo alegre, cual clásico venezolano. Podría también afirmar que es resiliente, de hecho le tocó arrancar de nuevo cuando el deslave de Vargas afectó fuertemente a su familia. Y quisiera sobre manera pensar que es diferente, que es auténtico. Ni mejor, ni peor que otros, pero único y leal como político. Que sepa la gente que Guaidó es escualo, más no escuálido y que si Musiú Lacavalerie estuviese vivo, hoy diría que Maduro “empieza a mecerse, como paloma en alambre” y que “recojan su gallo muerto” pues el guaireño los tiene en 3 y 2.

Guaidó ¡Pa´Encima! que #VamosBien                   

9 de febrero de 2019