sábado, 19 de mayo de 2018

Crisis de dirigentes, crisis de dirigidos


Bernardo Guinand Ayala

“Los puestos de responsabilidad hacen a los hombres eminentes más eminentes todavía, y a los viles, más viles y pequeños” Jean De La Bruyère

Llegamos a un 20M en un ambiente moral depauperado y unas condiciones de país jamás conocidas, con tendencia a seguir socavando aún más hondo, augurando más hambre, más pobreza, más tragedia.

A estas alturas debería ser obvio, aunque cueste tanto entender esa lógica perversa, que el gobierno nos quiere así. No se trata de ineptitud, falta de gerencia y mucho menos falta de recursos. El régimen sigue un plan. Nos quiere pobres, dependientes, divididos. En esta tragedia colectiva que va desde lo económico hasta lo emocional, se saben mover como pez en el agua. Desde su vileza, hay que reconocer que han sido sumamente efectivos.

Ahora bien, desde nuestras posibilidades y competencias, un tema crucial debería ser lo que hemos hecho o dejado de hacer los que estamos en la acera de enfrente, los que queremos un país diferente. Y es precisamente allí donde, en estos momentos, me siento más confundido.

Nuestra dirigencia, luego de aquella importante jornada de diciembre de 2015, fue desmoronando el logro que tanto costó construir. A menos de un mes de haber ganado contundentemente la mayoría de los escaños del parlamento, la tan sufrida unidad fue haciendo aguas a punta de intereses particulares, falta de agenda común y un sinfín de vicios propios de la política. No saber administrar aquella victoria y pensar que ella era un fin en sí misma, ha sido una factura demasiado cara para los venezolanos y nuestros deseos de cambio. Lo que comenzó en 2015, ha debido encaminarnos a un 2018 de cambios profundos y, por el contrario, hoy nos encontramos divididos y sin norte, a pesar del contundente rechazo de la mayoría del país a la gestión gubernamental.

A diferencia de otros países que han combatido injusticias o autoritarismos, nuestra potencial fortaleza no ha estado representada en un Mandela, Havel, Gandhi o Walesa, sino en la capacidad de estar juntos a pesar de las diferencias naturales. Juntos no solo para un proceso electoral, sino en la concepción de una hoja de ruta que nos hubiese traído al 2018 objetivamente esperanzados.

Salir de este rollo no es solo salir del gobierno. Venezuela va a estar plagada de problemas, de crisis en todas las áreas, de heridas abiertas, de millones de venezolanos que fueron o siguen siendo chavistas. Liderar un gobierno bajo esas premisas no será tarea fácil. Unidad, no solo para ganar, sino para gobernar, va a ser elemento de sobrevivencia para cualquier gobierno post-chavista.

Pero este tema no queda solo en la dirigencia. Me atrevo a decir, o particularmente así lo siento, que los dirigidos también debemos revisarnos. Podemos alegar, y con toda razón, que hemos hecho todo cuanto se nos ha pedido: hemos marchado cuando se solicitó marchar, votado cuando se solicitó votar y así podemos seguir un rosario de estrategias a lo largo de todos estos años. Pero hoy seguimos aquí, al menos los que hemos decidido seguir aquí y no hemos llegado ni siquiera al día cero para comenzar a realizar los cambios tan profundos que vendrán. Si optamos por seguir de frente contra este régimen, sin duda que la actitud en la cual todos hemos caído en las últimas semanas, a raíz de la posición entre votar o no votar nos aislarán del propósito común. Hemos gastado más energía en tener la razón, nuestra razón, que en procurar salir verdaderamente de este enredo. Cosas de humanos, ciertamente.

Siento, observo, percibo [con probabilidad de equivocarme] cierta desconexión entre aquellos que solían representar a la clase media y los sectores populares y viceversa. Todos hemos disminuido estrepitosamente nuestra calidad de vida, pero creo sensato reconocer la realidad del otro y no es tarea fácil, ni para estos, ni para aquellos.

La clase media [o que lo fue de ella] demanda de los más vulnerables acompañamiento en grandes manifestaciones bajo la bandera de la libertad y la democracia; mientras los más pobres aspirarían mayor cercanía en sus protestas por gas, agua y alimentos. Y así, lejos de conectarnos contra el responsable indiscutible, ahora nos da por echarnos la culpa entre los pobres dependientes de su bolsa CLAP o la clase media con su reino de twitterzuela, así como los pro-votos y los que no lo son, o mi verdad contra la tuya. Y mientras, Maduro baila reggaetón con Maradona gozando a lo grande.

Siempre he visualizado un futuro donde mis hijos me pregunten: ¿Y tú papá, que hiciste para salir de ese régimen? ¿Por qué duró tanto?  Siempre creí tener algunas respuestas, argumentando la esperanza que el mismo gobierno representó para millones y de allí lo perverso y opulento que se convirtió, dificultando su salida por años. Pero ahora ¿qué les diré?; ¿que no supimos cumplir con nuestra parte?, ¿que fuimos corresponsables?  
  
Creo fervientemente en el talento de cada persona puesto en las cosas para las cuales siente pasión. De allí que directamente nunca me haya desenvuelto en la política partidista. Mal haría en hacer un trabajo deficiente, sin tener las aptitudes, por tratar de resolver un problema país. Por el contrario, hago más política ejerciendo mi trabajo de vocación hacia lo social, donde puedo desarrollar mis virtudes con pasión y optimismo. Lo trato de hacer con profesionalismo y honestidad, de la misma manera que espero que quien opte por dirigir las instancias de poder del país, también lo haga. Necesitamos ciudadanos y dirigentes conectados y sin mezquindades. Solo así, podremos algún día salir de esta pesadilla y reconstruir efectivamente a Venezuela.  

19 de mayo de 2018

sábado, 24 de febrero de 2018

Pies descalzos

Bernardo Guinand Ayala

Caminar sobre la arena cálida en alguna playa de Venezuela. Sentir esa sutil y agradable textura entre los dedos de los pies mientras vas dejando tu huella tras cada paso. O caminar en tu casa, en tu hogar, desprovisto de calzado por el simple y hasta raro gusto de hacerlo en la más estricta intimidad.


Esas, son quizás las imágenes que primero nos vienen a la mente cuando hablamos de pies descalzos.  No es mi caso. Lamentablemente no es mi caso. Ayer, nuevamente quedé descalzo en contra de mi voluntad. No decidí quedar así, no lo hice por gusto, placer o excentricidad. Ayer nos robaron. Nuevamente en un parque, en un espacio de recreación, para lo cual era vital llevar zapatos. Anteriormente fue en El Ávila, ayer en nuestro Parque del Este, ese espacio público orgullo de todo caraqueño que mi abuelo con su tenacidad nos regaló, no precisamente para ser guarida de antisociales sino para todo lo contrario, para ser refugio y vivero de buenos ciudadanos.   

Hace varios años tocó bajar la cuesta del “Estribo de Duarte” entre piedras y matorrales con los pies totalmente desnudos y algunos garrotazos sobre la espalda. Ayer, cuando volteé al piso, luego de ver que mis compañeros de trote también estaban bien, recordé aquella escena de años atrás. Otra vez descalzo porque a ciertos individuos se les hace más “fácil” robar que trabajar o porque el país no brinda oportunidades, o porque hay hambre, o porque si hubiese trabajo igual no alcanza, o porque la humanidad siempre ha tenido ladrones. Escojan la causa que más les convenza, el hecho es que uno se siente vejado, herido en su dignidad; así incluso termines sin un rasguño.

Curioso es que tanto nos hemos acostumbrado de las probabilidades que esto ocurra, que el primer comentario post evento fue: “creo que hemos actuado de la mejor manera posible”. Serenos, tranquilos, sabiendo que cualquier invento no solo nos pone en riesgo a nosotros, sino que podría afectar a tus compañeros de robo o a tu familia. Hace años solo me preocupaba por Mimina, me daba pánico que algo pudiese sucederle y cuando en pleno Ávila me pidieron los zapatos me tranquilicé. “Se trata de un robo” pensé, colabora y todo saldrá adelante. Y así fue. Ayer igual, vi que el malandro que me “atendía” a mi no iba armado, pero si el que atracaba a Jose. No sabemos si el arma era potente o de mentira, pero no tuvimos intenciones de averiguarlo.

Y es aquí donde toca la clásica reflexión después de un robo. Lo material se recupera. Y es cierto, pero no podemos acostumbrarnos jamás a ello. Lo material no solo es “algo que tiene determinado valor monetario”; lo material, que se ha ganado con esfuerzo propio o por herencia constituye también alguna partecita de nosotros.

Los zapatos de José Antonio los estaba estrenando ese día, literalmente. Habérselos comprado no solo significa tantos bolívares o dólares, representa su trabajo como arquitecto en medio de una economía donde hasta comprar unos zapatos representa un esfuerzo importante. Frente a la realidad del niño que volví a ver esta misma semana en el comedor de Caucagüita, que no va a la escuela porque, entre otras cosas, no tiene zapatos, podría quedar Jose sin argumentos para lamentarse, pero la realidad es que su esfuerzo bien habido y su deseo son plenamente reales y auténticos.

La medalla de Pedro Luis cayó al suelo entre la hojarasca. Al momento de escribir esto no ha aparecido. Su maleante, creemos, que era el más asustado, tanto así que olvidó pedirle los zapatos y en vez de sugerirle que se quitara la cadena, haló de ella cayendo la medalla al suelo. Esa medalla era de su abuelo, más allá de lo que cueste por el valor del metal, representaba una herencia familiar y sentimental. Eso fue lo que realmente se llevó el ladrón, cosa que a él no le representa ningún valor.

Mi reloj corría conmigo desde 2016, un regalo de mi esposa e hijos al entusiasmarme con esto del running. Más allá del costo, lo que para mí representaba ese artefacto son los más de 4.400 kilómetros recorridos que quedaron plasmados en mapas de distintas calles de Caracas o del mundo, así como haberme acompañado en 5 de los 6 maratones que he corrido a la fecha. Quizás suene a capricho o extravagancia, pero entonces ¿de que está hecha la vida si no es de momentos vividos y recuerdos compartidos?

Por último, para aquellos que, sin dudar de su buena fe, se centran en advertir todo tipo de riesgos: que si la hora de trotar no es la más segura, que por ese lugar sabemos que roban, que la calle es insegura, incluso hasta llegar a decir que mejor no corras que te estás exponiendo; mi reflexión es muy sencilla. Efectivamente vivimos en una ciudad que hay que tomar medidas extremas hasta para respirar y que cada uno de nosotros las hemos ido aplicando en nuestra cotidianidad, pero sin duda alguna también he tomado como máxima aquello que, de forma tan clara, le he escuchado a Maickel Melamed: “Yo he decidido vivir, no únicamente limitarme a sobrevivir”. Así que seguiré trotando y, desde mi trabajo, procuraré generar oportunidades para que más jóvenes venezolanos se entusiasmen con explotar sus talentos para el trabajo honesto y cada vez menos se dediquen a la salida fácil de la delincuencia.

Quiero vivir en una Venezuela donde estar descalzo sea una elección para todos. No porque la pobreza, un arma, garrote o cualquier otra amenaza nos lo imponga.          

24 de febrero de 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

País bachaquero


Bernardo Guinand Ayala

Durante la primera década del siglo XXI, en diversas presentaciones sobre el “Proyecto Pobreza[1] escuché una y otra vez a Luis Pedro España afirmar que trabajo informal era igual a pobreza.

Para la época, los expertos prendían la alarma que cerca del 50% de los venezolanos en edad productiva se dedicaban al trabajo informal, estereotipado para ese momento en la figura del buhonero. Evidentemente, la recomendación de los académicos se orientaba a la creación de más y mejores puestos de empleo, pues la ausencia de los beneficios contemplados en la ley como un salario regular, seguridad social, prestaciones, entre otros, hacían del trabajo informal un empleo poco consistente, sin capacidad de ahorro ni previsión social, un “pan pa´ hoy y hambre pa´ mañana”, es decir, un augurio para mantenerte pobre siempre.    
 
Pasaron los años y se ha desencadenado una locura con relación al empleo que ni las más oscuras predicciones de España y su equipo de investigadores hubiesen querido mostrar. Esta estafa titulada “Socialismo del siglo XXI” suma lo peor de los males de la economía [hiperinflación, escasez, controles, aniquilación del aparato productivo] y, dolorosamente, es ahora el trabajo formal el que es igual a pobreza. Entramos en un panorama donde se ha perdido el valor del trabajo digno y productivo y donde las leyes económicas empiezan a ser trastocadas y confrontadas por una lógica diferente. Una lógica de guerra, de sobrevivencia, de selección natural al más primitivo estilo.

Es así como vemos que quienes ostentaban un trabajo formal, empiezan a migrar a la economía informal, creando un país de bachaqueros. Habrá miles de ejemplos, entre los más cercanos veo como miembros de mi familia empiezan a ofrecer productos de la cesta básica por las redes familiares; o el chofer que llevaba 18 años manejando el autobús del colegio de mi hija ha decidido desprenderse del oficio que diligentemente ejercía para pasar a vender pollos y café. Ni hablar del caso de maestros de escuela, esos que siempre han estado sub-pagados. Con desesperación recibí esta semana la llamada de un querido director de escuela de Fe y Alegría pidiendo apoyo para garantizar una arepa a sus docentes pues el sueldo no les da para comer y algunos han empezado a despedirse de su carrera de educador para rebuscarse en las entrañas de una informalidad que luce más rentable.

Todo esto sin entrar en el espinoso terreno del modelaje negativo, es decir, aquellos que viendo que los enchufados del gobierno viven “mejor”, desechen la idea del trabajo digno y se aventuren por los caminos de la delincuencia, el narcotráfico o la corrupción en sus múltiples formas, como medio de vida.

Otra realidad también alarmante viene representada por una cifra que ya se lee en millones de venezolanos cuyo talento está siendo aprovechado por los países que los han acogido. Venezolanos que han salido a buscar espacios en los cuales puedan desarrollar su oficio, pues no saben vivir sino a través de la dignidad que representa el trabajo. Y allí no solo contamos con las destacadas figuras que generalmente tomamos como ejemplo: deportistas, académicos que destacan en grandes universidades, talentos creativos; sino que hay casos cada vez más numerosos de personas humildes que dejan todos sus ahorros en el autobús con rumbo al sur sin destino certero. Así el caso de mi tocayo Bernardo, hijo de la guajira que nos ayuda con la limpieza de la casa y cuya destreza como mecánico automotriz fue bien recibida en Perú, mientras aquí no quedaban plazas pues ni vehículos se producen, ni repuestos llegan para parapetear algún carro usado. A un mes de su llegada a Lima ya escribe emocionado por haber podido pagar un alquiler, haberse comprado una cocinita a gas y hasta poder mandar alguito para que su mamá pueda hacer mercado, gracias a su trabajo.

En fin, salvo los casos obvios de actividades ilícitas, no hay manera de condenar las búsquedas de sobrevivencia de cada venezolano. Con el bachaqueo, del cual ahora casi todos formamos parte ya sea como oferentes o demandantes, nos pasa algo así como con el secuestro. Dicen que cada secuestro pagado asegura el financiamiento para el siguiente secuestro, es decir, pagar es alimentar la máquina para que ese flagelo siga activo. Pero desde la óptica individual, uno quiere a su familiar vivo y aunque lógicamente sepamos que nos estamos embromando como sociedad, optamos por la decisión de sobrevivencia personal.

Obviamente el bachaqueo tiene sus raíces en las absurdas medidas económicas de quienes gobiernan. Luego, nosotros mismos hemos ido alimentando ese fenómeno por la necesidad imperiosa de conseguir alimentos, entrampándonos como colectivo, como sociedad. Los más vulnerables, incapaces de competir, quedan al margen y de allí que cada vez más familias pasen a depender del monstruoso mecanismo de control social que representan las bolsas CLAP.

No suelo cerrar mis escritos con augurios pesimistas. Tampoco soy un optimista que alienta ciegamente a que todo va a salir bien. Objetivamente Venezuela está muy mal, al punto que los cimientos de la educación y el trabajo, como únicos vehículos de desarrollo de cualquier nación, han sido socavados y llevados a niveles miserables.

El gobierno nos quiere pobres o nos quiere fuera, es una realidad tan grande como una catedral; por ello cada propuesta actual de resistencia no significa necesariamente poner nuestro cuerpo frente a una tanqueta. La resistencia ahora es mantener a un niño aferrado a un pupitre y a un adulto frente a un puesto de trabajo meritorio y productivo.

Brindar oportunidades en medio de este caos, será en 2018 el mayor acto de rebeldía posible.
    

11 de febrero de 2018




[1] Proyecto de investigación liderado por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, al que se fueron sumando investigadores de otras universidades, bajo el auspicio de la AC para la Promoción de Estudios Sociales

domingo, 19 de noviembre de 2017

¿Hasta dónde eres capaz de llegar?

Bernardo Guinand Ayala

Sorprendentemente - al menos para mí - he sabido de mucha gente que lee lo que escribo. Había pensado con mi blog dejar una especie de diario para mí y para mis hijos, sobre todo porque estamos viviendo momentos intensos y me pareció buena manera de dejar plasmadas estas anécdotas. Somos de memoria corta y a la distancia, lo que no se dijo, pierde contundencia.
  
No cabe duda de que emociona que me lean, pero empieza uno a sentir una especie de compromiso. Puedo imaginar la tensión del escritor que ha escrito una buena novela y se sienta nuevamente a ver cómo cautivar a su público. Hago esta introducción casi que para excusarme porque hoy vuelvo a hablar de running y probablemente sea un tema que no apasione a todos, sin embargo, está cargado de emociones tan intensas que son justamente esas que debes tratar de transmitir cuando la adrenalina está aún efervescente.      

Hoy fue la Gatorade Caracas Rock, la carrera de 10 kilómetros más popular y grande del país. Suele ser una fiesta variopinta pues hay desde atletas élite hasta gente que salta a correr sus primeros 10k, animada a lo largo del trayecto por bandas de rock. Muchos pensarán que quien haya corrido un maratón - 42k - correr luego 10k debe ser como un día de paseo. No es así. Son exigencias y preparaciones diferentes. Si bien la extrema distancia hace del maratón una aventura indescriptible, los 10k - si te empleas a fondo - pueden llegar ser una experiencia única. Y eso me pasó hoy.

Con Mimina, ambos con PR en la GatoradeCcsRock 2017
Después de tener tiempo sin correr oficialmente esta distancia, nuevamente pude imponer un récord personal, bajando 3 minutos mi tiempo anterior, que para 10k es bastante considerable. Como insistentemente he escrito, esto de correr es una competencia fundamentalmente con uno mismo. Tal vez mi tiempo sea nada para otros corredores y significativo para otros tantos, pero el tema es que hoy me exigí hasta el límite de mis capacidades, cosa que pocas veces he sentido. Como diría algún deportista siendo entrevistado en televisión: “dimos el ciento uno por ciento” y de verdad mi cuerpo estuvo a tope durante esos casi 45 minutos pensando cada minuto que sería insostenible ese furruco.

En un maratón logras mantener un ritmo en el cual, cardiopulmonarmente, estés a gusto, solo que la distancia representa tanto golpe a las piernas que terminan siendo mi lado débil. En 10 kilómetros pasa al revés; con piernas entrenadas la distancia es soportada razonablemente, pero como debes tratar de mantener una velocidad al tope de tus capacidades, la frecuencia cardíaca se dispara ampliamente. Para tratar de mostrar lo que significó para mí el ritmo/pace de hoy [4´29” cada km] puedo comentar que hasta hace muy poco esa era la velocidad a la cual corría series de 800 metros, o también mencionar que a tal velocidad solo había corrido recientemente hasta 3 kilómetros seguidos. Pensar en correr 10k a ese ritmo era algo así como imposible.

Ahora bien, esta historia realmente tiene otro protagonista. Así es, mi carrera, el récord personal, la anécdota de hoy tienen un protagonismo compartido.  Aunque efectivamente crucé la meta con el tiempo indicado, hubiese sido sencillamente imposible sin el pacer, animador y motivador que decidió que su carrera era hacerme cumplir la mía: Alfonso Porras.

Con Alfonso aprendí a correr en serio cuando entrenaba para mi segundo maratón. De él aprendí mucho de lo que sé de técnica, tipos de entrenamiento, motivación. Es decir, de esas cosas que hablamos quienes nos entusiasmamos con correr. Tenía tiempo sin correr con Alfonso y hoy coincidimos en el mismo corral de salida. No vale la pena ni mencionar que sus tiempos en todas las distancias son mucho mejores que los míos y que ha logrado correr un maratón [Boston] por debajo de las 3 horas, lo que es mucho decir.  

Como suele pasar en competencias, cada quien planifica y hace su propia carrera. Dada la largada empecé a zigzaguear a algunas doñas y “pesos pesados” mal ubicados de corral que impiden la fluidez de la carrera. A mis panas Carlos Behrends y Pedro Luis Álvarez [otros duros en la materia] los vi alejarse entre la multitud como alma que lleva el diablo. Antes de llegar al primer kilómetro, ya algo ajetreado entre la muchedumbre y ese empecinamiento individual de querer hacer "un buen tiempo", me alcanza Alfonso y me pregunta a cuánto estoy apuntando. Digo que soñaría hacer 45 minutos y de una me dice: “yo te llevo”

Acostumbrado a hacer mis carreras solo, me entra entre emoción y preocupación. Preocupación pues no quería embromarle la carrera a Alfonso, pero sobre todo por el compromiso de tenerlo al lado en una aventura desconocida para mí. Recuerdo que cuando empecé a entrenar con él, las primeras series que hice en mi vida [de 400 metros] me había sacado la chicha.

Para yo describir lo que significaron los siguientes 9 kilómetros, haría de este post algo demasiado largo. Popularmente entre los corredores decimos que hay que salir a disfrutar la carrera. ¡Bueno!  hoy fue algo distinto. No le paré al rock que sonaba, ni a la ciudad que suelo admirar mientras corro. Hoy fue seguirle la mecha a Alfonso y escuchar mi cuerpo a toda máquina pensando imposible sostener el ritmo el siguiente kilómetro.  

No hubo frase motivacional que Alfonso no me dijera en cada kilómetro para obligarme a mantener el ritmo. Generalmente en las carreras debes fortalecer tu mente para concentrarte y seguir, pero hoy fue como realizar una meditación en la cual alguien te guía y te hace más sencilla la experiencia.

“¡Vamos Bernardo! Tú eres un maratonista, tienes demasiados kilómetros en esas piernas ¿qué son 6 más?... para un fondista ¿qué son 5 más?... ¿qué son 4 más?” “Vamos, no te quedes, no mires el reloj, tu reloj soy yo. Levanta la cabeza, no bajes el ritmo”. “Bernardo, corre por quienes siguen en este país, eres inspiración Bernardo, no pares. Corre por tus hijos, vamos… ellos también querrán ser maratonistas” “Vamos, los últimos 2 apretamos”. ¡Pero coño Alfonso, si no puedo más!!! “Claro que sí, sigue” “Queda uno, aprieta, no bajes, aprieta” … No puedo… “Claro que puedes”

Finalmente apreté los últimos 300 metros, así como para bajar de 45 minutos sin saber a ciencia cierta en cuanto iba el reloj. No se cómo, ni con que fuerza di esa esprintada final, pero creo que Alfonso iba sonriendo. No pude sino darle un abrazo al final y ahora dedicarle estas letras de agradecimiento.

Alfonso me permitió entender que mi límite estaba mucho más allá de lo que yo podía imaginar. Jamás hubiese podido mantener ese ritmo si no fuese porque, literalmente, no me dejó bajarlo. Los deportes en general y particularmente el running, incluso más allá de lo físico, son capaces de mostrarte hasta donde eres capaz de llegar. Por supuesto, se necesita disciplina, trabajo duro, entrenamiento y motivación.

Y pienso que lo mismo sucede con tantas otras cosas de nuestras vidas que tal vez nos da flojera llevarlas a otro nivel. Papa Dios nos dio una máquina privilegiada dotada con excelente hardware y software que solemos sub-utilizar. No es que vivamos siempre al límite como en unos 10k, pero seguro frecuentemente subestimamos hasta donde somos capaces de llegar.  

19 de noviembre de 2017

sábado, 11 de noviembre de 2017

Hoy puede ser un gran día

Bernardo Guinand Ayala

A menos de dos meses para terminar este complejo 2017, quien pueda decir con algún grado de certeza cual será el futuro próximo de Venezuela tendrá, o mucho de adivino, o muchísimo de farsante. Sentimos - y con razón - que el país se nos va por un despeñadero gigantesco, sin que sepamos realmente cómo detenerlo. Para colmo de males, si no fuera suficiente con el nefasto gobierno que agobia a los venezolanos, la oposición política pareciera haber entrado en un proceso de desconexión total con la realidad y con la gente, terminando de cegar alguna esperanza, al menos de corto o mediano plazo.

Aún así seguimos. Y seguimos porque la catástrofe en la que estamos metidos no hace sino decirnos: “hay demasiado por hacer”. Somos, como reza uno de los lemas de la Bill & Melinda Gates Foundation unos “Optimistas impacientes”. Optimistas, porque nada alienta más a un ser humano que poder ser un eslabón del cambio y del progreso que requiere una empresa o el país. Impacientes, porque pasan los días, los meses, los años y sentimos que se nos va la vida sin poder desarrollar esos cambios a profundidad.

Esta semana tenía en mi agenda algunos eventos significativos para mí y para mi recién creada fundación. Entre esas cosas que vienen - sin saber de donde - a la cabeza, recordé aquella canción de Serrat titulada: “Hoy puede ser un gran día”.  Si bien creo que soy una persona optimista y motivadora, tampoco soy el mayor fan de aquellos gurús que predican constantemente que hay que tener “mente positiva” para todo, todo el tiempo, como si no fuese válido decir a veces que estamos frustrados, desesperanzados, molestos o intolerantes. Sin embargo, esa mañana busqué en You Tube la canción del catalán y me vacilé mi dosis de buena vibra. Tenía verdaderas ganas y razones para querer un buen día.

Uno de los elementos más objetivos de la canción en cuestión, es que Serrat no asegura que “va a ser un buen día” sino que “podría serlo” y allí da en el clavo: “Hoy puede ser un gran día, duro con el. Es decir, si quieres que el día sea bueno, hay que echarle ganas al asunto. No es solo mente positiva, sino que es trabajo duro y si hay trabajo puede haber recompensa.

Efectivamente el día fue bueno y es aquí donde expongo lo que quiero dejar de reflexión. En cualquier país en general, para cualquier persona en cualquier circunstancia, pero particularmente en esta Venezuela que nos ha tocado transitar, es clave que cada quien se enfoque en lo que sabe hacer mejor, en lo que construye, en donde pones al servicio de la sociedad los talentos que tienes. Aquel día y la semana en general fueron positivos para mi y para mi equipo porque logramos proponer una ruta para hacer las cosas que sabemos hacer bien, porque logramos sumar a otros, porque nos seguimos arriesgando por el país con propuestas concretas que aterrizaron y ahora tienen un norte claro y por supuesto, mucho más trabajo por desarrollar.

Fue particularmente maravilloso cautivar y proponer a la Junta Directiva del Instituto de Previsión
Junta Directiva del IPN y de Fundación Impronta
del Niño - cuyo promedio de edad, sin exageración, ronda los 80 años - una alianza para un novedoso y audaz programa de atención y generación de oportunidades para adolescentes venezolanos de sectores populares. Fue también genial constatar el poder de convocatoria para un taller sobre adolescencia, sirviendo de bisagra entre todos los interesados.


Como si fuera poco, esta misma semana hemos podido llevar los primeros folletos de nuestra fundación a un antiguo y muy apreciado aliado en España para comenzar a dejar nuestra impronta internacionalmente y dejar un mensaje claro: hay mucho por hacer en Venezuela y aquí estamos proponiendo.        

Comedor en casa de Henry Vivas en Caucagüita
También han sido unos días para conectarnos con otros, particularmente con esos que están en nuestra misma sintonía y hacen cosas realmente maravillosas. Visitamos a Henry Vivas - aliado del Radar de los Barrios - quien transformó la sala de su casa en Caucagüita en un comedor para los niños más vulnerables del sector La Embajada. Conocimos la puesta en marcha del “Panabus”, una buseta convertida en sala de baño, peluquería, comedor y atención médica que rueda por Caracas brindándole dignidad a las personas en situación de calle. Conversé a través de nuestro #RadarEnPositivo con mi pana Juancho Pérez quien reporta estar optimista con una generación de jóvenes en formación a quienes tuvo la fortuna de dirigirse cuando la desesperanza reina.  
El Panabus de la Fundación Santa En Las Calles
        

Quien se centra en lo que sabe hacer y es capaz de servir con gusto a los demás, tiene en Venezuela, aún a pesar de las muy objetivas adversas circunstancias, un horizonte de posibilidades de acción.  Muchos de nosotros, al igual que Bill y Melinda Gates – pero sin la chequera claro está – somos unos optimistas impacientes. De hecho, hoy puede ser un gran día…. y mañana también!


11 de noviembre de 2017

jueves, 12 de octubre de 2017

4 lecciones de vida en 42k

 Bernardo Guinand Ayala

Llega el otoño al hemisferio norte y acabo de terminar mi quinto maratón y primero que
realizo de los World Marathon Majors. Aun cuando logro hacer el segundo mejor tiempo de mi corta carrera en el asfalto, no me siento satisfecho pues me había preparado e ilusionado para más. Un calambre en el último cuarto de la carrera me destrozó los planes iniciales y así como en la vida, tuve que reaccionar para poner en marcha el plan “Z”: terminar lo mejor posible. Paradójicamente, las lecciones más duras nos dejan los mayores aprendizajes.

Es impresionante como una “simple” carrera de 42 kilómetros puede tener tantas similitudes con la vida cotidiana. En un flash que nos puede tomar unas cuantas horas de una mañana, podemos ver a la velocidad de una película, una vida entera. No seré el primero en escribir una comparación entre la vida y un maratón, menos pretendo enseñar a otros cómo vivir, pero me atrevo a compartir estas 4 reflexiones [y una ñapa] que me llevo luego de haber recorrido las calles de Chicago.

Carrera de resistencia. El maratón, como la vida misma son carreras de resistencia. No son simples explosiones de velocidad que ocurren a la misma intensidad. Como todo proceso relativamente largo, encontramos a través de su recorrido altos y bajos, momentos de aprendizaje y también de ocio, momentos felices y otros no tantos.

En un maratón los primeros kilómetros suelen ser como la infancia, pasan demasiado rápido y somos plenamente felices, luego maduramos y solemos poner cierto piloto automático que nos permita ser “productivos” durante los largos kilómetros que suceden. El transcurrir de la vida de una persona trabajadora es algo así como lo que ocurre entre el kilómetro 10 y el 30. Pasan cosas importantes, pero estamos concentrados en comer kilómetros y mantener el ritmo para lo que suceda a futuro. Los últimos 10 - 12 kilómetros se asemejan a la vejez; nos hemos preparado para vivirla a plenitud, pero el cansancio está presente y es mucho más posible contar con algunos imponderables que la vida nos plantea. Debería ser un momento de goce y sosiego, pero sabemos que estamos retando a la vida misma.

Así pues, habrá momentos de velocidad efervescente, pero comprender que nos embarcamos en una aventura de resistencia, aguante y esfuerzo permanente es una primera similitud entre la vida y un maratón.
   
Nunca estamos lo suficientemente listos. Si algo queda claro al cruzar la meta, es que nunca terminamos de estar listos del todo. La primera vez que corrí un maratón lo hice prácticamente sin mucho conocimiento y supe que para mejorar debía asesorarme bien. Luego entrené con un buen plan y mejoré, pero al terminar me di cuenta de que no todo es correr, sino que debes fortalecer el core (abdomen, espalda, caderas) y cuando mejoré el core, pues aprendí que a las piernas o la nutrición les debes poner más atención. Y así ocurre también con la parte psicológica, las emociones, la preparación mental y la motivación.

Como todo en la vida, hay una gran cantidad de cosas que dependen de uno: el entrenamiento, la alimentación, la disciplina, el plan de carrera. En ello hay que poner todo el esfuerzo, pues no existen excusas. Sin embargo, hay también muchas otras cosas que se nos escapan de las manos: el clima del día de la carrera, situaciones no planificadas, alguna lesión o malestar de última hora. Allí no vale la pena mortificarse de más sino prepararse y, para los que somos creyentes, confiar en los planes de Papá Dios. Quizás una reflexión de San Ignacio resuma muy claro este punto: Haz las cosas como si todo dependiera de ti y confía como si todo dependiera de Dios”.

Si para hacer mi mejor carrera pretendo estar totalmente listo, nunca voy a salir a correrla, pues justamente los tropiezos son los que nos van diciendo qué cosas debemos perfeccionar. De igual manera, uno no puede parar de vivir para estar listo del todo. Recuerdo que una gran amiga, en esos momentos que se sentía abrumada por alguna situación de estrés, solía decir: “paren el mundo que me quiero bajar”.

Por otro lado, los seres humanos tenemos esa particularidad de chocar con la misma piedra varias veces. En todos y cada uno de los maratones he vuelto a cometer los mismos errores. El deseo de conquistar una meta o imponer un récord ciertamente te hace mejorar, pero también te tropiezas mil veces con obstáculos que ya conocías. Y así, la vida.     

Carrera individual: Nadie puede correr una carrera por ti, mucho menos, alguien puede vivir la vida por ti. Cada uno de nosotros viene equipado con su caja de herramientas útiles, así como defectos que nos pesan en la espalda. Lo que me sirve a mí, no necesariamente sirve a los demás y algunas virtudes que no logramos desarrollar probablemente a otros se les den de manera natural.

Casualmente esta carrera la terminé casi en sincronía con el cuñado de mi hermano. Solo 19
segundos nos separaron y aún así, ambos preparamos estrategias y planes diferentes. Ambos sufrimos los últimos kilómetros, pero mientras mi principal problema fueron calambres y rigidez de mis piernas, para él la alimentación durante la carrera fue el tema crucial.

De igual manera, la vida, así como el maratón dependen fundamentalmente de las expectativas que pongamos en ellos y esas expectativas son individuales. Yo no pretendería ganarle a los keniatas, pero basado en mi entrenamiento y experiencia previa, tuve la expectativa de hacer un mejor tiempo. Y en base a ello puedo sentirme desilusionado. Por el contrario, mi primo llegó algunos minutos detrás de mí, pero para él significaba su récord personal y el tiempo que soñaba hacer. Cada quien debe trazar su carrera [y su vida] de la manera que pueda desarrollar su máximo potencial.  

Compartida, es mejor.  Recalco que cada carrera es un desafío individual. Nadie vive la
vida de otro. Cada vida, cada persona es única, sin embargo, podemos compartir nuestra vida con otros y eso nos aligera el peso y le da mucho más sentido. Originalmente tanto por costos como por logística, mi esposa me dijo que me fuera solo a correr Chicago, sin embargo, aunque era mi reto, el compartirlo con mis seres queridos le da un valor extraordinario.

Junto con otro grupo de venezolanos, mi esposa recorrió toda la ciudad para vernos pasar en tres puntos de la carrera. Gritaron y animaron a los élites, a los latinos, a atletas con silla de ruedas y a los invidentes. Habré pasado frente a ellos unos pocos segundos y sin embargo la emoción es indescriptible. Creo que si se hace un estudio quedará demostrado cómo al pasar frente a tus familiares instintivamente aceleras el paso y se te pone la piel de gallina al escuchar tu nombre.

Cada uno de nosotros debe construir y trabajar en su propia vida, sin embargo, que emoción cuando alguien, manteniendo su individualidad, quiere además ser parte de la tuya. Quien anima, apoya y acompaña es tan clave como el que corre y el que vive.

Consejo final. No importa que tan dura haya sido la prueba, cuanto de logros o cuanto de aprendizaje haya representado. La vida va a tener imponderables, altos y bajos, emociones y decepciones, pero cada carrera como la vida misma es una sola, así que más vale que disfrutes su trayecto, aprendas de los tropiezos y seas capaz siempre, siempre, siempre, de levantar la cabeza al final y cruzar la meta con una gran sonrisa.        

12 de octubre de 2017

domingo, 21 de mayo de 2017

Lecciones de Havel para Venezuela

Bernardo Guinand Ayala

Corría el año 1993, el último chance en mi infructuoso intento por estudiar ingeniería. Ya creía tener claro que no era lo mío y sin embargo una materia me dio luces para el futuro. Humanidades III, impartida de manera muy particular por el P. Manolo Ríos, un jesuita maracucho que rápidamente captó mi interés. Entre discutir de beisbol con ese fanático de las Águilas o comentar acerca de nuestras películas favoritas, aquellas clases me acercaron de alguna manera a lo que luego de aquel semestre sería mi nuevo destino: las ciencias sociales.

Recuerdo una oportunidad que nos dio a leer un texto sobre Václav Havel, para ese momento presidente de la República Checa de quien no había oído hablar nunca en mi vida. La pasión del Padre Ríos por Havel me hizo emocionarme también con aquel personaje que encaminaba una nueva república democrática luego de 40 años de opresión. Quizás aquella inspiración inicial sembrada por Ríos, sumada a la situación que nos ha tocado vivir en los últimos 18 años, me han hecho revisar algunos textos escritos por Havel y encontrar en ellos tremendas similitudes con lo que sucede en la Venezuela de hoy.

Guardando las distancias - de tiempo, de historia, de kilómetros de longitud - quisiera aventurarme a presentar tres ideas reiteradas en los textos de Havel que me impresionan al pensar en nuestro país.    

I La mentira como base del sistema totalitario:
Al entrar en la cuenta de Twitter del periodista Luis Carlos Díaz, suele tener un tuit fijo que dice: “El gobierno miente. No importa cuando leas esto”. Nada más real que esas tres simples palabras para describir a un régimen totalitario como el chavista-madurista. Recuerdo que, en sus inicios, antes de mostrar a cada rato la constitución de 1999, Chávez solía mostrar con cierta frecuencia “El arte de la guerra” de Sun Tzu, pues evidentemente su origen militar le hizo plantear su gobierno como una batalla que debía librar. Quien lea Sun Tzu se podrá dar cuenta que la lección más clara de todo el libro reza: “El arte de la guerra se basa por completo en el engaño” y así, en nuestra cara y con poco disimulo, la mentira - cada vez más burda - ha sido lo único sostenido por el gobierno.

En su célebre obra “El poder de los sin poder”, escrita en 1977-78 [13 años antes de llegar al poder] Havel toca la mentira, como uno de los ejes centrales del libro para describir al régimen:

"El sistema postotalitario con sus pretensiones toca al individuo casi a cada paso. Obviamente le toca con los guantes de la ideología. De ahí que en él la vida esté atravesada de una red de hipocresías y de mentiras: el poder de la burocracia se le llama poder del pueblo; a la clase obrera se le esclaviza en nombre de la clase obrera; la humillación total del hombre se contrabandea como su definitiva liberación; al aislamiento de las informaciones se le llama divulgación; a la manipulación autoritaria se la llama control público del poder y a la arbitrariedad, aplicación del ordenamiento jurídico; a la asfixia de la cultura se la llama desarrollo; a la práctica cada vez más difundida de la política imperialista se la difunde como la forma más alta de libertad; a la farsa electoral como la forma más alta de democracia; a la prohibición de un pensamiento independiente, como la concepción más científica del mundo; a la ocupación, como ayuda fraterna. El poder es prisionero de sus propias mentiras y, por tanto, tiene que estar diciendo continuamente falsedades. Falsedades sobre el pasado. Falsedades sobre el presente y sobre el futuro. Falsifica los datos estadísticos. Da a entender que no existe un aparato policíaco omnipotente y capaz de todo. Miente cuando dice que respeta los derechos humanos. Miente cuando dice que no persigue a nadie. Miente cuando dice que no tiene miedo. Miente cuando dice que no miente”.

Cualquier parecido con la Venezuela del siglo XXI no es pura coincidencia.

II Crisis moral y autocrítica:
El aspecto moral es otro consecuente tema en los documentos y vida de Havel, pero no solo al refirirse a sus opresores, sino fundamentalmente al resto de sus conciudadanos, convirtiéndolo en un autocrítico muy agudo.

Luego de seis semanas en resistencia pacífica a finales de 1989 - lo que se denominó la Revolución de Terciopelo - Checoslovaquia logró entrar en un proceso de transición y encomendó tal responsabilidad a Václav Havel. A solo 3 días de asumir esa misión, el 1ro de enero de 1990, Havel se dirigió a su país pronunciando uno de los discursos más espectaculares que haya leído de político alguno. Es alentador escuchar a un político apartado diametralmente del populismo. Es alentador escuchar a un político que en pleno auge es capaz de ver la corresponsabilidad de todos en lo sucedido y en lo que está por venir. Es alentador escuchar a un político ya en funciones, solicitar unidad para avanzar. Es alentador escuchar a un político plantear la ruta del período de transición. Todos esos aspectos que leo en ese discurso, es lo que sueño para Venezuela y para nuestros políticos. No en balde aquel discurso se tituló “La República que yo sueño”.

“Lo peor es que vivimos en un entorno moral contaminado. Nos sentíamos enfermos moralmente porque nos acostumbramos a hablar diferente a como pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a ignorarnos unos a otros, a preocuparnos solo por nosotros. Conceptos como el amor, la amistad, la compasión, la humildad o el perdón perdieron su profundidad y dimensión…

Cuando hablo de esa atmósfera moral contaminada, no me refiero solo a los caballeros que comen verduras orgánicas y no miran por las ventanas del avión. Me estoy refiriendo a todos nosotros. Nos hemos acostumbrado al sistema totalitario y lo hemos aceptado como un hecho inmutable, lo que nos ha ayudado a perpetuarlo…

La libertad y la democracia conllevan participación y, por tanto, responsabilidad por parte de todos nosotros… Si reconocemos esto, la esperanza volverá a nuestros corazones.

Nuestra mafia local… ya no son nuestros principales enemigos… Nuestros principales enemigos hoy son nuestros propios defectos: la indiferencia ante el bien común, la vanidad, la ambición personal, el egoísmo y la rivalidad. La batalla tendrá que librarse en ese ámbito”

III La esperanza:
Pero Havel no se queda en la crítica y autocrítica, el principal aspecto que quiero resaltar de su legado es esa fuerza, inexplicable a veces, que nos mueve por dentro y que está hoy día en la vida de cada venezolano que, esté donde esté, sigue apostando por el país: la esperanza.

Havel estuvo preso, perseguido. Su lucha duró años y tal como nos ocurre a quienes nos vemos inmersos en una situación que nos sobrepasa, se sintió, a veces, desalentado. Ante una pregunta que lo increpaba: ¿por qué, simplemente, no pierdes la fe en todo? o más drástico aún: ¿por qué resistes, cuando tu vida es tan claramente inútil?, Havel no encuentra otra respuesta que una fuerza interna llamada esperanza:

“Cada vez, al final me daba cuenta de que la esperanza, en el más profundo sentido de la palabra, no viene de fuera; la esperanza no es algo que se encuentra en señales externas simplemente cuando algo puede que salga bien. Me di cuenta, una y otra vez, de que la esperanza es, ante todo, un estado de ánimo, y como tal, o la tenemos o no, independientemente de las circunstancias a nuestro alrededor. La esperanza es, sencillamente, un fenómeno existencial que no tiene nada que ver con predecir el futuro. Podemos ver las cosas muy oscuras, y aun así, por alguna misteriosa razón, no perdemos la esperanza”. [“El futuro de la esperanza” Hiroshima 1995]  

Más aún, este particular dramaturgo convertido en político checo, descubrió que, al vivir en la oscuridad de estos regímenes crueles, la esperanza, lejos de apagarse, puede verse potenciada. Así lo hizo saber ante el Congreso de los Estados Unidos de América en 1990:

"El sistema totalitario de tipo comunista causó a nuestras naciones... un sin fin de muertos,
una gama inconmensurable de sufrimientos humanos, un profundo atraso económico y, sobre todo, una humillación inmensa del ser humano. 

Sin embargo, al mismo tiempo nos dio - naturalmente que sin querer - algo bueno: una capacidad extraordinaria de ver, de vez en cuando, con antelación lo que no puede ver el que no vivió esta amarga experiencia. El hombre que no puede moverse y vivir de manera un poco normal por estar derrumbado por un bloque de piedra tiene un poco más de tiempo para pensar en sus ESPERANZAS, más que el que no está derrumbado".

Muchos leerán hasta aquí y pensarán que ni somos checos, ni tenemos un “Havel”. Lo mismo pensaban otros países sobre Checoslovaquia en ese momento. Nadie imaginó el talante democrático y el deseo de libertad de los jóvenes que no habían conocido algo diferente. Nos corresponde a todos acabar con el totalitarismo y su red repugnante de mentiras. Nos toca a todos rescatar la moral, siendo incluso muy críticos con aquellos quienes desean gobernar nuestro país en el futuro próximo y aquellos otros que deseen “hacer negocios”. Pero, sobre todo, nos corresponde mantener viva la esperanza, por nosotros, por nuestros hijos y especialmente por todos aquellos venezolanos menos favorecidos.

Agradezco al P. Ríos aquellas clases que me motivaron a levantar la mirada por lo que ocurría en el mundo y espero que estas líneas sean un aporte útil en este momento que vivimos.

21 de mayo de 2017