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domingo, 27 de marzo de 2022

Algo raro está pasando

 

Bernardo Guinand Ayala


¿Cómo ves la cosa?” ha sido una pregunta recurrente en la Venezuela de finales de 2021 y principios de 2022. La verdad que no hay nada más complejo que tomarle el pulso a esta Venezuela tan enrevesada y cambiante, que ni siquiera quienes vivimos aquí, logramos descifrar.

 

Hay personas que se enfurecen si alguien insinúa la existencia de alguna mejoría económica, como si eso significara una victoria para el régimen, o como si seguir ahogados en nuestras miserias sea la vía para salir de él. Hay otros que con sarcasmo declaran que, si Venezuela ya se mejoró, entonces no hay que seguir apoyando ningún programa de desarrollo social.

 

En fin, opiniones hay muchas y diversas, pero ciertamente la voluntad del ser humano es seguir hacia adelante y aprovechar cada brecha para colarse y aspirar a su propio bienestar. Efectivamente comienza como una burbuja, pero que va ampliándose en la medida que llegue a quienes tienen alguna capacidad productiva, mientras aquellos sin capacidades, lamentablemente puedan quedar atrapados en una espiral de mayor desigualdad.

 

En definitiva, tanto hemos retrocedido que Venezuela necesitará inversión y crecimiento por muchos años. Pero como la economía es cosa de mayores y decisiones cargadas de análisis, cuando a mi me preguntan ¿cómo ves la cosa? se me ocurre más bien ver las lecciones que estoy recibiendo de niños y maestros en el sector educativo, que, aun siendo siempre tan subestimado, me está dando los mejores aprendizajes de ese deseo de la gente común de avanzar.

 

Y este es el cuento. Al retomar actividades en escuelas en esta fase “post pandemia”, desde Fundación Impronta hemos impulsado, con mucho ánimo, programas educativos en Caucagüita con especial foco en cerrar la brecha agravada por el Covid, mejorar la lectura y comprensión lectora e impulsar la lectura por placer. Lo primero que vale la pena resaltar, aunque parezca obvio, es el alarmante rezago de nuestros niños. Los dos años sin clases presenciales parecen como si el tiempo se hubiese detenido a principios de 2020. Una evaluación en una pequeña escuela en la parte alta de Turumo demostró que hay al menos un niño en 6to grado que no sabe leer, pero solo uno que sabe leer en 2do grado.

 

Como podrán imaginarse, hablar de lectura por placer, cuando ni siquiera se lee, ha venido replanteando el alcance y las estrategias de los programas, con un equipo docente animado a adaptarse a los cambios. Y así, el programa Lectura sobre Ruedas que apenas arrancamos, rápidamente y con mucha creatividad ideó una respuesta creando el “taller mecánico” como el espacio donde acuden los niños que requieren ajustar algunas piezas o darles alineación y balanceo.

 

El primer día de Lectura sobre Ruedas, que nació para incentivar el amor por la lectura y hacerlo de manera lúdica, se acercó Yeiler, un niño des-escolarizado de 13 años que deambula por las calles del sector Marín de Turumo y que Pily interceptó al ver el interés del niño en averiguar qué estaba sucediendo esa tarde en esa escuela. Al enterarse que no sabía leer, Pily lo invitó a pintar, lo cual agradeció con una sonrisa. Honestamente pensé que Yeiler iría solo ese día, pero desde aquella acogida, no ha perdido una sola clase los martes y jueves, aún con su desventaja. Yeiler, con su cara siempre feliz y su sonrisa inocultable, pasó a ser inspiración para todos siendo aplicado en todas las actividades y alumno ejemplar del taller donde Vanessa tiene el desafío de enseñarle a leer.

 

No ha habido, a la fecha, un representante adulto como intermediario, solo el deseo de un niño de 13 años que, por alguna razón, se quedó atrás, pero vio en esta movida una tabla de salvación para su futuro. Igual sucedió en una de las últimas lecciones de Lectura sobre Ruedas, donde dos representantes llevaron a su hijo a una sesión con la psicopedagoga de la escuela, quien les recomendó que dejaran al niño aquella tarde en el programa. Es un niño de 1er grado con algún tipo de dificultad de aprendizaje, pero que, bajo el asombro de sus acompañantes, por primera vez se quedó trabajando con otros niños y aunque está algo debajo de la edad del programa, también se quedó fijo ante la súplica de los padres.

 

Algo raro está pasando. Los mismos niños están saliendo al encuentro de oportunidades. Como Omar, de 12, que hace algunos años abandonó el programa de refuerzo escolar que tenemos con Vanessa en Los Guacamayos, pero al ver que su primo - quien si siguió - aprendió a leer y a escribir, acaba de pedir por cuenta propia, ser readmitido en el programa.

 

Como los adultos con la economía, estamos palpando a través de niños en edad escolar, ese deseo de avanzar. Ciertamente, la voluntad de nuestros niños no será suficiente si no viene acompañada por un impulso institucional y la suma de voluntades a todo nivel. En todas las organizaciones que apoyo estamos poniendo especial énfasis en este tema, así como la visualización de cómo la tecnología nos permitirá avanzar más rápidamente. Hace poco, un potencial colaborador me hablaba de la necesidad de dar “un salto de rana” hacia adelante, al hacer uso de nuevas estrategias en educación que aceleren el proceso de aprendizaje. A eso queremos dedicar tiempo y recursos en apoyo a las escuelas donde echamos una mano.

 

Algo raro ciertamente está pasando. Y para mí, más allá de la burbuja económica o el fenómeno de bodegones y movimiento comercial que viene creciendo, es ver el deseo de los más vulnerables, por tomar decisiones en su vida a través de la educación.          

          27 de marzo de 2022

sábado, 24 de febrero de 2018

Pies descalzos

Bernardo Guinand Ayala

Caminar sobre la arena cálida en alguna playa de Venezuela. Sentir esa sutil y agradable textura entre los dedos de los pies mientras vas dejando tu huella tras cada paso. O caminar en tu casa, en tu hogar, desprovisto de calzado por el simple y hasta raro gusto de hacerlo en la más estricta intimidad.


Esas, son quizás las imágenes que primero nos vienen a la mente cuando hablamos de pies descalzos.  No es mi caso. Lamentablemente no es mi caso. Ayer, nuevamente quedé descalzo en contra de mi voluntad. No decidí quedar así, no lo hice por gusto, placer o excentricidad. Ayer nos robaron. Nuevamente en un parque, en un espacio de recreación, para lo cual era vital llevar zapatos. Anteriormente fue en El Ávila, ayer en nuestro Parque del Este, ese espacio público orgullo de todo caraqueño que mi abuelo con su tenacidad nos regaló, no precisamente para ser guarida de antisociales sino para todo lo contrario, para ser refugio y vivero de buenos ciudadanos.   

Hace varios años tocó bajar la cuesta del “Estribo de Duarte” entre piedras y matorrales con los pies totalmente desnudos y algunos garrotazos sobre la espalda. Ayer, cuando volteé al piso, luego de ver que mis compañeros de trote también estaban bien, recordé aquella escena de años atrás. Otra vez descalzo porque a ciertos individuos se les hace más “fácil” robar que trabajar o porque el país no brinda oportunidades, o porque hay hambre, o porque si hubiese trabajo igual no alcanza, o porque la humanidad siempre ha tenido ladrones. Escojan la causa que más les convenza, el hecho es que uno se siente vejado, herido en su dignidad; así incluso termines sin un rasguño.

Curioso es que tanto nos hemos acostumbrado de las probabilidades que esto ocurra, que el primer comentario post evento fue: “creo que hemos actuado de la mejor manera posible”. Serenos, tranquilos, sabiendo que cualquier invento no solo nos pone en riesgo a nosotros, sino que podría afectar a tus compañeros de robo o a tu familia. Hace años solo me preocupaba por Mimina, me daba pánico que algo pudiese sucederle y cuando en pleno Ávila me pidieron los zapatos me tranquilicé. “Se trata de un robo” pensé, colabora y todo saldrá adelante. Y así fue. Ayer igual, vi que el malandro que me “atendía” a mi no iba armado, pero si el que atracaba a Jose. No sabemos si el arma era potente o de mentira, pero no tuvimos intenciones de averiguarlo.

Y es aquí donde toca la clásica reflexión después de un robo. Lo material se recupera. Y es cierto, pero no podemos acostumbrarnos jamás a ello. Lo material no solo es “algo que tiene determinado valor monetario”; lo material, que se ha ganado con esfuerzo propio o por herencia constituye también alguna partecita de nosotros.

Los zapatos de José Antonio los estaba estrenando ese día, literalmente. Habérselos comprado no solo significa tantos bolívares o dólares, representa su trabajo como arquitecto en medio de una economía donde hasta comprar unos zapatos representa un esfuerzo importante. Frente a la realidad del niño que volví a ver esta misma semana en el comedor de Caucagüita, que no va a la escuela porque, entre otras cosas, no tiene zapatos, podría quedar Jose sin argumentos para lamentarse, pero la realidad es que su esfuerzo bien habido y su deseo son plenamente reales y auténticos.

La medalla de Pedro Luis cayó al suelo entre la hojarasca. Al momento de escribir esto no ha aparecido. Su maleante, creemos, que era el más asustado, tanto así que olvidó pedirle los zapatos y en vez de sugerirle que se quitara la cadena, haló de ella cayendo la medalla al suelo. Esa medalla era de su abuelo, más allá de lo que cueste por el valor del metal, representaba una herencia familiar y sentimental. Eso fue lo que realmente se llevó el ladrón, cosa que a él no le representa ningún valor.

Mi reloj corría conmigo desde 2016, un regalo de mi esposa e hijos al entusiasmarme con esto del running. Más allá del costo, lo que para mí representaba ese artefacto son los más de 4.400 kilómetros recorridos que quedaron plasmados en mapas de distintas calles de Caracas o del mundo, así como haberme acompañado en 5 de los 6 maratones que he corrido a la fecha. Quizás suene a capricho o extravagancia, pero entonces ¿de que está hecha la vida si no es de momentos vividos y recuerdos compartidos?

Por último, para aquellos que, sin dudar de su buena fe, se centran en advertir todo tipo de riesgos: que si la hora de trotar no es la más segura, que por ese lugar sabemos que roban, que la calle es insegura, incluso hasta llegar a decir que mejor no corras que te estás exponiendo; mi reflexión es muy sencilla. Efectivamente vivimos en una ciudad que hay que tomar medidas extremas hasta para respirar y que cada uno de nosotros las hemos ido aplicando en nuestra cotidianidad, pero sin duda alguna también he tomado como máxima aquello que, de forma tan clara, le he escuchado a Maickel Melamed: “Yo he decidido vivir, no únicamente limitarme a sobrevivir”. Así que seguiré trotando y, desde mi trabajo, procuraré generar oportunidades para que más jóvenes venezolanos se entusiasmen con explotar sus talentos para el trabajo honesto y cada vez menos se dediquen a la salida fácil de la delincuencia.

Quiero vivir en una Venezuela donde estar descalzo sea una elección para todos. No porque la pobreza, un arma, garrote o cualquier otra amenaza nos lo imponga.          

24 de febrero de 2018