sábado, 5 de septiembre de 2020

Verdaderamente especial

 Bernardo Guinand Ayala

Andrés - mi sobrino - es un ser verdaderamente especial. Como la gran mayoría que me lee lo conoce, no habrá que dar mayores explicaciones y, para quien no lo conoce, esta historia será solo un abrebocas. Lo que hace especial a Andrés es su actitud frente a la vida, es poder enfocarse siempre en lo bueno que hay a su alrededor, de esos que ven el vaso medio lleno siempre, independientemente de cómo esté en realidad. Andrés es, por sobre todas las cosas, un tipo feliz. Y esa bendición hace particularmente feliz a su mamá, a sus hermanas y a quienes lo queremos.

No vengo a contar la historia de cómo Andrés, contra toda dificultad sacó su bachillerato en un

país donde no hablaba ni el idioma. Ni tampoco cómo se graduó en la universidad - FIU - en un programa orientado a sus talentos. Ni hablar de sus logros atléticos, que a pesar de parecer poco ágil, ha practicado más disciplinas deportivas que todos sus tíos y primos juntos y nunca dudó cuando Mimina lo retó a hacer una media maratón en Miami cuando apenas corría algo más de 5 kilómetros. Tampoco hablaré de cómo influenció para que mi ahijada - su hermana mayor - siendo más bien científica pura orientada a los números y la ingeniería, decidiera hacer un minor en discapacidades en la universidad y que ello repercutiera en el postgrado que decidió estudiar y recién empieza.

Vengo a contar tres breves anécdotas que relacionan a Andrés con lo que yo hago y que me emociona contarlas pues denotan su personalidad, así como la sangre que corre por sus venas para hacer el bien.

La anécdota primera se remonta a los años que Andrew aún estaba en bachillerato. Vivir en los Estados Unidos le permitió acceder a un programa que lo preparara para la vida. Mientras sus hermanas se fajaban con las materias formales que las catapultarían a la universidad, Andrés compartía algunas horas de estudio con oficios prácticos. En algún momento le tocó alistarse en un programa donde trabaja en los supermercados Publix y ayudaba en varias funciones. Recuerdo que le encantó la pasantía por la panadería; me temo que seguro picoteaba algún pedazo de pan de vez en cuando, pues su bondad es solo comparable con su apetito.

En dado caso, en un momento le tocó la labor de llenar las bolsas de los clientes en la caja, quienes amablemente y debido al buen servicio recibido, le dejaban alguna propina. El colegio, por norma, prohibía la recepción de tips por parte de los pasantes, cosa que preocupaba a mi hermana quien se lo recordaba frecuentemente. Un día Andrés llegó con unos dólares y le dice a Elisa: “Mamá, dije que no todo el tiempo, pero igual me lo dieron”. Poco tiempo después, en un viaje que hicieron a Londres, a mitad de vuelo las aeromozas pasaron haciendo una colecta y en menos de lo que espabila un cura loco, Andrés ¡zas! sacó sus dólares del bolsillo y los entregó íntegros a UNICEF. Cuando Elisa relató lo sucedido a dos de las profesoras del programa de educación especial, una de ellas dijo: “Daré la orden para que a este alumno se le permita recibir propinas

El segundo cuento es más reciente, hace algunos meses. Desde Fundación Impronta habíamos

activado la campaña “Cuarentena en Caucagüita” para apoyar con alimentos e implementos de higiene a las familias más vulnerables de Caucagüita. Viendo que mi lista de contactos ha sido ya bastante raqueteada, pedí a mis sobrinos del norte activarse a ver si expandíamos la base de donantes de la fundación. El acto de pedir no es tarea sencilla y la gran mayoría me transmite su dificultad o pena para llevarlo a cabo. Sin embargo, la personalidad de Andrés evade temas asociados a penas y otras dificultades clásicas de nosotros como seres humanos; así que diligentemente se activó y pidiendo apoyo a su mamá, comenzó a distribuir su propio mensaje entre sus amigos - y sus madres - del programa de Special Olympics del cual es un activo miembro en la ciudad del Doral. Además de recaudar unos buenos fondos, ahora las redes de Impronta cuentan con una variada y singular gama de seguidores muy activos, que honestamente me alegran la vida.     

Lo mejor queda para el final. La tercera anécdota está aún calientica. Entrada la cuarentena Andrés se graduó en un emotivo acto a distancia del cual, como de costumbre, nos hizo partícipes asegurando nuestra presencia vía Zoom con mucha antelación. A partir de allí y cuando las circunstancias lo permitieron, Elisa reactivó su trabajo y Andrés comenzó a acompañarla regularmente a Pompano Beach. Se trata de una pequeña fábrica de ductos de aires acondicionados que han asumido con mucho trabajo e ilusión. Luego de algunos días, uno de los socios dio a Elisa un billete de cien dólares para que se los entregara a Andrés como compensación por su esfuerzo al irse vinculando con el trabajo. Elisa, quien pondera en su justa medida el valor del trabajo, consideró inconveniente otorgarle a Andrés ese dinero pues estaba acompañándola sin realizar francamente un trabajo real.

Me llama Elisa emocionada el día que me cuenta la siguiente parte de la anécdota. Fueron

pasando los días y Andrés empezó a vincularse con el trabajo. En palabras de ella “lo más bonito fue querer aprender y estar seguro de nuevos retos”. Por iniciativa propia se acercó a un trabajador que corta en el plasma, quien con una gran paciencia empezó a enseñarle a Andrés. Y así, cada día fue haciendo algunos cortes, doblando los extremos de los ductos y aprendiendo algo más del oficio, asumiéndolo con paciencia. Viendo los avances, Elisa le cuenta del billete de cien dólares que tenía guardado y se los da en reconocimiento de sus verdaderos avances. Me cuenta mi hermana que acto seguido de recibir el dinero, le pregunta: “Mamá ¿y cuánto es que cuestan las becas del plan vacacional de mi tío Nano en Venezuela?” a lo que Elisa le dice que son cincuenta dólares por cada chamo de Caucagüita. Casi, sin agarrar el billete responde: “bueno, allí tienes dos becas más para depositárselas a Impronta” 

En fin, lo que podríamos considerar su primer sueldo, sabiendo además que a Andrés le gusta de vez en cuando darse sus gusticos, ha decidido otorgarlo completico para que unos chamos acá en Venezuela puedan pasar una semana diferente. Sencillamente, no tengo palabras; díganme ustedes si eso no es ser verdaderamente especial.   

Este personaje está hoy resguardado en su cuarto con covid19. Seguramente habrá sido una semana sintiéndose como león enjaulado, pero atento a cada movida de la relación de Messi con el Barça, pues el fútbol y particularmente el equipo culé, además de la bondad son su otra gran pasión.  

5 de septiembre de 2020

sábado, 25 de julio de 2020

¿Por dónde sale el sol?

Bernardo Guinand Ayala

 

Diciembre de 2001, todavía rondaba mis veinte y todo acontecimiento era aprendizaje puro. Aún con los tres años previos de experiencia en una institución no lucrativa, poco sabía de fundraising y menos de diplomacia. Afortunadamente tuve excelentes maestros y esta anécdota se la debo a ellos.

 

El Padre Luis Ugalde me había encomendado la retadora tarea de hacer del Centro de Salud Santa Inés UCAB un modelo que aspirara al autofinanciamiento, pero sin descuidar jamás el perfil de los pacientes a los que queríamos atender. Durante esos primeros años nos habíamos abocado a la tarea de buscar la fórmula para lograrlo. Un componente clave en la ecuación era encontrar financiamiento externo para los equipos médicos, haciendo más accesible la tarifa al paciente al no trasladarle esa cuota de inversión. Por su parte, los pacientes – provenientes en su mayoría de Antímano, La Vega, Caricuao y Macarao - contribuían con los costos de insumos, honorarios médicos, personal y mantenimiento. Esa fórmula, convertida luego en una de las claves del éxito del modelo, la denominamos “corresponsabilidad en el financiamiento”.

 

En esos momentos, mi trabajo era más hacia lo interno, tratando de equilibrar ingresos con egresos, conociendo muy bien la estructura de costos de la institución y generando buenas alianzas para alcanzarlo. La labor de fundraising la encabezaba fundamentalmente nuestra recordada María Matilde Zubillaga, en su rol de Gerente General.

 

Santa Inés creció de manera vertiginosa durante muchos años. A medida que abríamos nuevos servicios, mayor era el nivel de autofinanciamiento, pues los nuevos servicios rápidamente cubrían sus costos directos y dejaban una cuota para cubrir los indirectos. El modelo funcionaba. Transcurría el 2001 y habíamos estado planificando la apertura del servicio de gastroenterología para el año entrante, lo cual representaba un desafío mayor, pues a diferencia de muchas otras especialidades, un buen servicio de gastro debía considerar de entrada el establecimiento de una unidad de video endoscopia de vías digestivas.

 

Durante meses, María Matilde, con el apoyo cercano del Dr. Carlos Eduardo Paradisi que, además de ser nuestro Director Médico era gastroenterólogo, había estado preparando el proyecto para una convocatoria que había realizado la Embajada del Japón en Venezuela. Recuerdo que hasta broma le echábamos a MM pues no hacía sino reunirse con el Sr. Ikuo Takahashi de la embajada. La dupla técnica Zubillaga-Takahashi abonó todo el terreno para completar - con rigurosidad japonesa - todas las demandas del proyecto, mientras Paradisi y yo buscábamos las diversas cotizaciones de los equipos de endoscopia avanzados para la fecha.

 

Con el verdadero trabajo ya realizado, fuimos invitados a la Embajada del Japón para presentar el proyecto directamente al embajador. De ese día vienen los aprendizajes que ahora, a la distancia, he valorado y me han servido de anécdota para hablar de claves del fundraising.

 

Al saber que seríamos recibidos por el embajador Dr. Masateru Ito, lo razonable era que nos acompañara a la cita el Padre Ugalde en su rol de máxima autoridad de la fundación. Agradecí profundamente la invitación, pero obviamente la clave estaba en la presencia de Ugalde, María Matilde, el Dr. Paradisi, así como la compañía de Mafer Mujica por prensa UCAB.

 

Luego de acomodarnos muy protocolarmente en el sofá del despacho del embajador, un atareado Sr. Takahashi entraba y salía como quien tiene todo el peso de la responsabilidad, afinando documentos y esperando que todo se cumpliera a la perfección. El Embajador Ito se comportaba con total normalidad y comodidad, hablando un perfecto español [gracias a este escrito supe que su verdadera vocación es ser traductor de obras de la literatura japonesa al español y viceversa] mientras que Ugalde también se movía a sus anchas.

 

Una vez hechas las introducciones de rigor, el embajador hizo una sola pregunta: “¿por qué nosotros?” Recuerdo que en ese momento lo primero que pensé fue: “tan sencillo como que ustedes abrieron una convocatoria, nosotros nos enteramos, las bases daban pie a financiamiento de equipos médicos y además los montos establecidos correspondían”. Menos mal no me tocaba responder. Yo era un espectador aprendiendo lecciones de diplomacia.

 

Toma la palabra mi muy recordado y querido Dr. Paradisi, quien siendo gastroenterólogo dice: “Señor Embajador: este equipo permitirá el diagnóstico temprano de tumores de vías digestivas, entre ellos cáncer de estómago que tiene una altísima tasa de incidencia en el Japón, es decir, este es un tema especialmente sensible para los japoneses” Evidentemente yo no tenía idea de ello, pero me pareció brillante la respuesta de Paradisi. Sin duda sabía de lo suyo e iba bien preparado. Pensé: “punto a favor”.   

 

Pero la cosa no quedó allí, el Doc retoma la palabra y continúa su exposición: “Pero aún más importante Sr. Embajador, dentro de las mayores casas comerciales con tecnología de punta, hay tres en Venezuela y dos de ellas son japonesas. Ustedes fabrican en Japón los mejores equipos de endoscopia y la cotización anexa al proyecto es un equipo marca Fujinon, representado por una empresa cuyo dueño es un japonés residenciado en Venezuela y con quienes queremos además establecer un contrato de mantenimiento” En pocas palabras, Japón se pagaba y se daba el vuelto. Yo estuve a punto de pararme a aplaudir a Paradisi; jamás había considerado que el proyecto estuviera tan redondito.

 

Sin embargo, como si no fuera suficiente, una vez que el Dr. Paradisi terminó su brillante

exposición, el Embajador voltea hacia Ugalde, así como esperando que su legítimo interlocutor le responda a su pregunta “¿y por qué nosotros?”. Al sentir la mirada encima, como quien se siente interpelado pero con una actitud de profunda calma, Ugalde capta el mensaje y responde muy suavemente: “Y a quien más íbamos a pedir de primero, si el sol sale es por el Oriente” Bueno, casi caigo como Condorito ¡Plop! Pronto en 2002 estaríamos inaugurando nuestra consulta de gastroenterología junto a su modernísima unidad de video-endoscopia de vías digestivas marca Fujinon y financiada al 100% por el proyecto de cooperación japonesa.    

 

Esta anécdota la he usado luego en todos los talleres, diplomados y clases de fundraising que he dictado para recordar dos premisas claves. La primera, es quizás uno de los mayores y principales aprendizajes en fundraising: “People give to people”- “Las personas dan a las personas”. Obvio que existen instituciones, procedimientos, parámetros, convocatorias estructuradas, pero a la hora de pedir, la gente es la clave, la que pide y la que da. La confianza nunca se genera entre procedimientos o instituciones sino entre las personas que las representan. Las personas, las instituciones y los gobiernos dan a quienes confían.

 

La segunda moraleja tiene mucho que ver con el relacionamiento con grandes donantes. En dichos casos, el que pide, es clave. Por más expertos que puedas hacerte en materia de fundraising, quien abre la puerta, quien da entrada porque conoce a un donante, es fundamental. Así como para el embajador, Ugalde suponía su contraparte válida, muchas veces nos queremos lucir tratando de deslumbrar a un potencial donante con nuestro conocimiento técnico de un proyecto, cuando lo primordial es que nos dé entrada alguien en el cual el donante confía.

 

Cuando, años más tarde, Ugalde me propuso formarme en esta materia, no solo aproveché la oportunidad de hacerlo técnicamente, sino que traté de identificar y transmitir a otros, el bagaje de experiencias vividas al haber visto en acción a quienes saben por dónde siempre sale el sol.    

 

          25 de julio de 2020


lunes, 6 de julio de 2020

Un hombre bueno


Bernardo Guinand Ayala

Llegamos finalmente a la calle Guatemala en Palermo Viejo, pero Paco - como siempre - se
Celebrando el Día de los Voluntarios
quejaba que le hacía correr un maratón en Buenos Aires. “No te quejes Paco, hoy no hemos caminado casi nada y ya en esa esquina debe ser”. El día anterior, que había sido domingo, nos habíamos llevado un chasco almorzando en Puerto Madero luego de una caminata kilométrica y no podíamos regresar a Caracas sin reivindicar a la parrilla argentina. 

Aquel domingo había sido día libre luego de haber asistido nuevamente a un congreso de fundraising en Buenos Aires. Probablemente Paco era de las personas que más sabía hacer fundraising en Venezuela, pero tan discreto y humilde como solía ser, se quedaba bien calladito y decía que el experto era yo. Así era él, mucho más trabajo efectivo que parafernalia, fotos o redes. Y ese trabajo efectivo ha ayudado, junto al tesón indiscutible de Erika - su fundadora - a consolidar por casi 25 años una de las organizaciones sociales de mayor prestigio en Venezuela: Hogar Bambi.   

Bueno, estoy como mi papá yéndome por las ramas. Ese domingo habíamos comenzado la jornada, a petición de Paco, asistiendo a misa en la Catedral de Buenos Aires, la mismita donde fue arzobispo el Papa, por cierto, el mismo nombre de Paco: Francisco. Agradecí su insistencia y luego fuimos a caminar por San Telmo. “Bernardo, recuerda que yo no estoy para grandes trotes, siempre me llevas engañado” Y entre conversa, tiendita aquí, tiendita allá, mercado de San Telmo y una cuadra más allá, se fue pasando el día. “Pide un taxi, que ya recorrimos San Telmo enterito” Y de verdad traté de parar el taxi o el remise o incluso tratar de pedir un Uber, pero algo pasaba ese día en la ciudad que ninguno quiso llevarnos a Puerto Madero. En fin, fui el responsable de las ampollas de Paco y del regaño permanente, pero sé que sinceramente disfrutó el trayecto.

Vaya larga introducción para hablarles de Francisco “Paco” Segnini, esa maravillosa persona, que aunque varios años mayor que yo, pude llamar amigo. Ayer, al saber la noticia de su inesperada partida, me di aún más cuenta de la amistad que nos teníamos. ¡Cómo he llorado Paco, cómo me ha pegado tu pronta despedida! Que pérdida tan sensible para las organizaciones de la sociedad civil venezolanas.

Paco llevaba una pila de años vinculado a Bambi y entre aquel convenio que hicimos para atender a los niños de Bambi en el Centro de Salud Santa Inés UCAB, así como la presencia permanente en redes como REDSOC y FIPAN, fuimos construyendo la amistad. Él, calladito, fue haciéndose un verdadero experto en fundraising, pues Hogar Bambi no ha dejado de crecer en casas de acogida para niños y adolescentes y hay que ver lo que significa mantener 4 casas, adquirir y remodelar la 5ta y sobre todo atender, dar cariño, amor, educación, cuidados médicos, atención psicológica, alimentación completa y un largo etcétera a 105 niños que dependen de ellos.

Una anécdota cuenta que Paco estaba tan compenetrado con Hogar Bambi que se “llevaba el trabajo a la casa”. Lo contaban a manera jocosa a raíz de su vínculo afectivo con los chamos, pero muy especialmente con Rodrigo, a quien adoptó más adelante. Rody, como muchos niños de Bambi había llegado de bebé y según recuerdo, una noche que necesitaba cuidados muy especiales, Paco lo llevó a su casa. Luego vinieron una serie de operaciones de corazón y Paco se convirtió en su protector. Al crecer, Rody lo empezó a llamar “papá”, cosa por la cual le llamaban la atención en Bambi. Él decía que Rody lo hacía motu proprio y efectivamente había escogido a su papá.

Recuerdo el día que Paco me contó que Rodrigo había sido aceptado para estudiar en la UCAB. Lloraba de emoción, orgulloso y feliz. Yo solo podía pensar en la fortuna de Rody de haber podido tener esa oportunidad en la vida de encontrarse a Paco en el camino. Hoy, lloroso y descompuesto, pero sacando temple para no quebrarse, junto al ataúd de su padre, le prometió completar su carrera, sacar lo mejor de él y seguir adelante. Solo le recriminó el hecho de que hubiese sido tan sobreprotector y ahora se siente indefenso.

Paco fue mucho más nueces que ruido, más trabajo efectivo que figuración, fue – parafraseando a San Ignacio – de aquellos que puso el amor más en las obras que en las palabras. Fue hombre de valores, de compromiso, de entrega;  donde la dignidad de las personas – particularmente la de los niños de Bambi – siempre estuvo por delante. Recuerdo verlo molesto en un congreso de fundraising, cuando los expertos nos explicaban las técnicas de mercadeo sobre el efecto de las emociones en los donantes. Se negaba a mostrar a sus niños vulnerables. “Mis chamos no saldrán tristes ni desprotegidos, así eso ‘venda más’. Justamente por tener a Hogar Bambi es que, a pesar de sus adversidades, son hoy niños felices”.   

FIPAN nos acercó y acrecentó nuestra amistad. Veo hacia atrás, cuando acepté ser parte del
Consejo Directivo de FIPAN, de las cosas que más agradezco son las personas que he tenido cerca, sus consejos, su amistad sincera. Aprendí con Paco a valorar mucho más el voluntariado, al punto que ahora lo veo como cimiento clave de mi propia fundación. Quizás la celebración del Día Internacional del Voluntariado, cada 5 de diciembre, haya mantenido vigente a FIPAN durante estos últimos años y eso no ha sido, sino la terquedad de Paco de mantenerlo vivo, de poner encaletadito unos fondos que siempre logró encontrar para seguir, de involucrar a su gente, de celebrar con otros, de reconocer el trabajo de muchos, mientras él, literalmente se escondía tras los telones. “¡Grande Paco, qué nivel!” diría José Bernardo Guevara una y otra vez cuando proponía y hacía. 

Valores, entrega, compromiso, pasión, dignidad, humildad, trabajo bien hecho. Paco fue un tipazo, un súper héroe como siempre lo llamó su hijo, incluso en aquel mensaje que nos hizo de sorpresa cuando entrevisté a Paco para el Radar en Positivo en RCR y que nunca nos perdonó por haberlo hecho llorar en vivo. Y es que Paco era sobre todo, un hombre bueno.   

Llegamos finalmente a la calle Guatemala en Palermo Viejo. “Viste Paco, aquí llegamos, Parrilla Don Julio en la esquina Gurruchaga. Te prometo que almorzamos y nos regresamos en taxi” Esa tarde Buenos Aires retribuyó toda la fama de sus carnes y su atención. El lugar estaba a reventar, pero tuvimos chance de encontrar una mesa para nosotros. Así te recordaré Paco, una buena conversa, soñando en la sostenibilidad de nuestras organizaciones, en cómo apoyar a FIPAN, en seguir a pesar de las adversidades. Y dando gracias a Dios por la amistad, por reconocer el privilegio de estar allí, comiéndonos aquel jugoso bife de chorizo, con papas y la ensalada de rúgula que casi te comes el plato. ¡Ah! claro y aquella botella de Malbec mendocino que coronó la tarde. Regresamos en taxi, así como ayer decidiste tomar otro rumbo al cielo de manera prematura. Hubiese preferido que hubiésemos caminado un rato más.      
                   
          
          6 de julio de 2020

sábado, 23 de mayo de 2020

Un típico jesuita


Bernardo Guinand Ayala

Junto al P. Adolfo Nicolás sj
Había sido una mañana extraordinaria. Desde hacía algunos meses, la curia provincial de los jesuitas en Venezuela nos había encomendado recibir aquel día al Superior General de la Compañía de Jesús en el mundo, tradicionalmente conocido como el “Papa Negro”. Para esa fecha - abril de 2014 - el Padre General era un jesuita español, que de manera muy similar a otro recordado superior como el Padre Arrupe o incluso uno de los fundadores de la orden como San Francisco Javier, había destinado su carrera pastoral en Asia. Su nombre Adolfo Nicolás y hoy he decidido contar esta anécdota, que por años he tenido en el tintero, a propósito de su fallecimiento este pasado 20 de mayo.

La famosa pasarela del Parque Social. Caricatura de Meollo Criollo
Aquella visita había estado en tres y dos. El primer trimestre de aquel 2014 había sido terrible en Venezuela a raíz de las protestas que se agudizaron en febrero a partir del día de la juventud. Sin embargo, aún con la situación de tensión - ¿cuándo no? - aquella mañana de finales de abril nos permitió mostrarle al P. Nicolás sj el trabajo social que venía desarrollando la UCAB con gran compromiso. Pasear al Padre General por todo el Parque Social P. Manuel Aguirre sj era todo un privilegio. Recuerdo que en su alocución en medio de la plaza concluyó diciendo “Creo que aquí en el Parque Social se están realizando todos los sueños que tenemos en la Compañía de Jesús de hacer un puente, la pasarela esa famosa que hemos visto. Ánimo, esta es la vía… sigan construyendo pasarelas y puentes que nos acerquen a la gente”

Después de una mañana que casi valdría para otro cuento, tuve la suerte de anotarme en la
Recorriendo el Parque Social junto a Adolfo Nicolás sj
visita que daríamos con nuestro insigne invitado a la parte alta de La Vega, donde los jesuitas y la Universidad Católica han sostenido una dilatada trayectoria de trabajo pastoral, voluntariado estudiantil y verdadero compromiso social. Debía ser algo más de mediodía y con el calor a cuestas nos resguardamos en la casa de la comunidad de jesuitas que queda contigua al Colegio Andy Aparicio de Fe y Alegría en el sector Las Casitas. Para ese momento tres jesuitas jóvenes residían allí y con mucho entusiasmo transmitían al “gran jefe” los avatares de su vida en comunidad.

No sé cómo llegamos a ese punto, ni cómo sucedieron las cosas pero en cierto momento arrancó una interesante conversa entre curas sobre quien estaba más cerca de Dios. El disparador había sido la reciente canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II ya que el tema de la santidad despierta múltiples emociones, más aún entre los siempre agudos jesuitas. Ahora bien, lo verdaderamente insólito es que después de esa disertación me quedé solo en un pasillo de la casa y sin saber cómo, de repente me encontré conversando en privado con el Superior de la Compañía de Jesús.

Hna. Pari (Una Santa de carne y hueso)
Después de tanta conversación teologal, no me quedaba más que aterrizar el tema a un plano más terrenal y le comento al padre Nicolás que yo estaba convencido de la existencia de los santos más cercanos, los de carne y hueso, aquellos que seguramente no van a ser canonizados pero llevan una verdadera vida de santidad. En mis comentarios me refería sin duda a la hermana Pari, sobre quien escribí uno de mis primeros post titulado “El día que contraté a una Santa” http://revistasic.gumilla.org/2015/el-dia-que-contrate-a-una-santa/ y le hice mención al video en el cual ella hablaba justamente de la pasarela – del Parque Social - como símbolo de conexión entre la universidad y nuestros vecinos más vulnerables, tal cual como él había también referido esa misma mañana.

Luego de esa introducción a la conversación, toma la palabra, baja el volumen de la voz y me dice - más o menos - algo así: “te voy a confesar algo, yo siempre tuve algún tipo de problema con esto de los santos. A mí me incomodaba profundamente ver las campañas que se hacen o las presiones que en la historia han existido para que alguien llegue - formalmente - a ser santo”. Mi sorpresa no se hizo esperar, imagino que mi cara - entre la confesión y ser receptor de tan abierta conversa - se debe haber notado. Pero el Padre Superior continuó: “Tenía ese problema e incomodidad hasta que yo mismo tuve que hacer mi propia clasificación de los santos y sentirme en paz. Ahora los tengo clasificado en cuatro escalafones y cada vez que pienso en alguno que me genere tal incomodidad, lo pongo en mi orden y listo”

Entonces, pasó a revelar sus cuatro categorías de santos, que si mi memoria no falla o con algún pequeño detalle que quizás pueda haber variado sería algo así. “La primera categoría son los Santos Indiscutibles, donde fundamentalmente yo ubico a los fundadores de la Iglesia, a los apóstoles. El mejor ejemplo de esta categoría vendría dado por San Pedro y San Pablo, indiscutiblemente. Allí nadie tiene dudas”

Volteo para los lados y nadie se acerca ni interrumpe nuestra conversación. Sigo siendo el privilegiado de tener exclusivamente esa tertulia, aunque supongo que a muchos más lo habrá contado a lo largo de su vida. Entonces pasa a hablar de la segunda categoría cuyo nombre era algo así como Vidas de Santidad. “En esta segunda categoría yo ubico a aquellas personas que verdaderamente llevaron una vida admirable y un legado importante para la Iglesia, una vida de santidad. Allí ubico a algunos grandes fundadores de órdenes religiosas, así como aquellos que sentaron unas bases sólidas para llegar a la Iglesia de hoy” Por supuesto que entre los primeros que nombró destacó a San Ignacio de Loyola, sin embargo aparecen allí grandes hombres y mujeres como San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Santa Teresa de Jesús, San Francisco de Asís por nombrar algunos.

Llegó el momento crucial de la conversación. La tercera categoría realmente ere el meollo de todo su conflicto con la iglesia, que recordemos, está conformada por hombres y mujeres, con sus egos, deseos y toda típica característica del ser humano. Entonces me dice: “Antes me enojaba mucho ver en un mismo pedestal a santos destacados con algunos otros que creo que no están a la misma altura; mucho peor cuando sentía que su canonización venía por presiones de ciertos sectores de la iglesia. Pero para ellos inventé la categoría Medalla de Honor. Entonces, cuando siento que algún caso me genera algo de conflicto interno me digo internamente, a ese le otorgaron su medalla de honor, me tranquilizo y paso la página. Desde que asumí eso, soy más feliz”.

Curiosamente, había dicho todo eso y aún estábamos él y yo. Quizás para la cuarta categoría podría haberse acercado alguien, pero allí no había mucho más que agregar: “La cuarta categoría ya me la has dicho tú, son esos santos de carne y hueso, sin duda esas vidas increíbles de santidad que solo la gente que vivió alrededor de ellos lo pueda constatar. Allí está la religiosa que mencionas y cientos de miles de historias similares”.

P. Adolfo Nicolás sj y P. Arturo Peraza sj 
Llegó el tiempo de agarrar el jeep y bajar de La Vega. Después de la cena de aquel día en la residencia de los curas en la UCAB no lo volví a ver, aunque seguí su trayectoria. Siendo un hombre de estos tiempos - aunque su cargo fuera vitalicio - decidió dar un paso a un lado en 2016 y convocó una nueva Congregación General de la cual resultó electo el venezolano Arturo Sosa Abascal como nuevo Superior General, siendo el primer jesuita no europeo en llegar allí. Esta semana Adolfo Nicolás sj murió en Japón; no podría especular sobre todos los detalles de su vida, pero entre la manera en que lo describen como “una persona de espíritu alegre y servicio”, así como la agudeza mezclada con ese humor tan peculiar que pude disfrutar en vivo, podría decir que fue un típico jesuita. ¡Descansa en paz!                 
          
23 de mayo de 2020

jueves, 7 de mayo de 2020

Mi mamá lo llama milagro

Bernardo Guinand Ayala

Reaccioné desconcertado, sentado en una acera, adolorido y totalmente desubicado. Apenas amanecía, no sé cuánto tiempo tenía fuera del carro y la gente empezaba a ubicarse a mi alrededor. Alguien me ofreció un teléfono, ni idea si era hombre o mujer, pero me dijo: “llama a un familiar” y lo primero que recuerdo fue la pesadilla que significaba que mis papás no estuviesen en Venezuela. Empezaba a caer en cuenta sobre qué podía haber pasado y sería muy difícil afrontarlo sin ellos cerca.

Sin poder articular palabras, balbuceé los números de un teléfono y rápidamente me lo pasaron al oído: “Guachamarón, creo que choqué, porfa ven a ayudarme”. Mientras Luis Alfredo - mi pana de la universidad - llegaba en mi rescate, deambulé como un zombi entre la calle y la acera sin querer aún creerlo. Mi carro, mejor dicho, el carro de mi hermana que había estado usando casi en comodato, estaba tirado hacia la acera, pero contra un carro de frente. Recuerdo haber visto la silueta de una cara humana esculpida en el parabrisas del otro carro. Sin saber qué hacer, me montaba una y otra vez en mi carro, pero casi no había suficiente espacio para entrar. El volante se pegaba contra el cuerpo y comprendí entonces el dolor en la nariz y una rodilla, aunque mucho menores al de la clavícula izquierda. El cinturón, sin duda, había hecho su trabajo, pero aun así era absurdamente ilógico el buen estado en el que estaba con el poco espacio que había en la cabina y lo destrozado en general del carro.

Venía de una fiesta y me quedé completamente dormido camino a mi casa. Había dejado previamente a una amiga, emocionado pues la había pasado genial. Más nunca volví a llamarla. Me encerré a partir de ese día y la vergüenza duró mucho. Hasta ese día, jamás había experimentado lo que era vivir con tensión. Pasaron meses hasta que mis hombros cedieron a la contractura por estrés. Ahora, cada vez que sufro alguna situación así sea leve, mi cuello y hombros se entumecen y me recuerdan que todo nació ese día.   

Hoy se cumplen 25 años de aquel accidente y casualmente pasé trotando esta mañana por allí. Es una ruta que transito con cierta frecuencia, como para recordarme las segundas oportunidades que te da la vida. Hoy también se cumplen 25 años de la
Beata Madre María de San José 
beatificación de la Madre María de San José. Revisando luego detalles, mi choque sucedió, no solo el mismo día, sino que fue también a la misma hora que en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, el Papa Juan Pablo II elevaba a los altares a la primera beata venezolana. Mis papás no pudieron estar a mi lado aquel fatídico día, pues justamente estaban en el Vaticano, en la Plaza de San Pedro, en la ceremonia de beatificación. Mis papás estaban rezando, por su familia, por Venezuela.

No sé cómo sobreviví esos días, fueron terribles moralmente. Mi familia en todo ayudó y afortunadamente la otra familia también. Recuerdo que cuando mis papás llegaron a Venezuela y tuvieron que afrontar el tema legal, la abogada de quienes yo había chocado - jueza de oficio - dijo a las familias en disputa: “Si solo existieran familias como ustedes, el mundo no necesitaría abogados”. Los padres de aquel chamo, cuya cara quedó plasmada en su parabrisas y una pierna bastante más afectada que la mía, reconocieron a mis papas que el solo hecho de haber asumido mi responsabilidad, fue para ellos una aval para resolver las cosas en paz.  

Tiempo después llegó el carro a la casa. Repararlo era más costoso que venderlo para repuestos, así que se declaró la pérdida total. Mi papá no dejó de sorprenderse que hubiese salido de allí sin lesiones. Mi mamá nunca quiso ver el carro, siempre supo, amparada en su fe, que se trataba de la Madre María de San José. Mi mamá lo llama milagro.               


7 de mayo de 2020

jueves, 23 de abril de 2020

Generamos oportunidades que transforman vidas


Bernardo Guinand Ayala

Ciudad Tablita
Entrar en casa de Verónica en Ciudad Tablita - Caucagüita - es visualizar un pedacito de Venezuela en miniatura. Empinadas escaleras para llegar hasta su casa, piso de tierra, paredes de latón y madera y una humilde pero útil cocina que sirve de epicentro de la vida familiar. Si bien en Ciudad Tablita los servicios básicos son insuficientes o mejor dicho inexistentes, al menos hay espacio para sembrar matas de parchita, lechosa, aguacate y tomates que cultiva con gran orgullo.

Si algo me apena, en los meses que tengo visitando la casa de Verónica, es que aún me cuesta diferenciar quiénes son sus hijos y cuáles sus nietos. Todos se confunden en edades similares pues las hijas mayores de Verónica también son madres y coincidió su estreno de abuela mientras tenía más hijos con otra pareja. Hoy ninguna de sus parejas pinta en el panorama.

Verónica es de Güiria, estado Sucre y siempre habla de Dios. En medio de la pobreza, la fe es
Verónica con 2 de sus hijos y 2 nietos
un sostén valiosísimo para seguir adelante, algo así como lo que ahora llamamos resiliencia. No le gusta vivir en un rancho, me cuenta que nunca había vivido en uno así, pero siguiendo a una de las hijas mayores a Caracas, se quedó como cabeza de familia procurando que las más grandes salgan adelante y los más pequeños estudien. Lamentablemente, una de sus hijas adolescentes salió también embarazada y se suma una boca más que alimentar, con pocos produciendo, aunque otra de las hijas - desde Colombia - trata de enviar alguito, aunque no alcanza ni para cubrir lo que demandan los hijos que ahora Verónica también debe criar. El fenómeno migratorio ha pasado a ser uno de esos nuevos desafíos para nuestra sociedad, a todo nivel.         

En esa Venezuela en miniatura, representada por la casa, la familia y las dificultades de Verónica, es la realidad que día a día decidimos asumir desde Fundación Impronta. La llegada a Caucagüita nos ha sumergido en anécdotas como la de Verónica y muchas más, a veces agobiante, pero sin duda desafiante. En medio del relato tan cuesta arriba que describo, nosotros observamos una rendija de esperanza que se muestra en cada caso. Es a eso lo que nosotros, desde Impronta, hemos denominado oportunidades. Hemos evidenciado, que más allá de las carencias económicas - sin duda tema clave a resolver - la pobreza se arraiga en las familias por la ausencia de oportunidades. Cosas convencionales en familias clase media o alta, son obstáculos gigantescos en entornos de pobreza.

Entonces encontramos que Verónica, con todas las dificultades que pueda tener – y vaya
En el Centro de Artes Integradas
que son muchas pues ella es una mujer con mucho sufrimiento a cuestas
- es capaz de manifestarnos que cree en la educación como herramienta para salir adelante. Nos insiste que a su nieto Samil le gusta la música o que su hijo Aarón dibuja muy bien, que ella misma desea emprender, pero también reconoce su necesidad de contención emocional. Y así, poco a poco, a cada uno de ellos les hemos ido brindando la oportunidad de ser niños, de participar en un plan vacacional, de ir en las tardes a formarse en artes, de establecer una jornada de salud en Ciudad Tablita para ser evaluados o ser atendidos por el psicólogo que logramos enraizar en pleno corazón de Caucagüita. Mucho por hacer, pero vamos avanzando paso a paso. Por eso, en Impronta  “generamos oportunidades que transforman vidas”.

Hasta aquí, el texto descrito era parte del editorial que redacté para el informe de gestión de Fundación Impronta, sin embargo, desde la fecha de publicación a este momento muchas cosas se han agudizado por la llegada del coronavirus. Lejos de congelarnos y dejar nuestro trabajo para otro momento, el compromiso con familias como la de Verónica se ha incrementado, respetando por supuesto la receta de aislamiento que la situación nos impone.

En medio de la adversidad, dos acciones concretas han nacido como respuesta a la crisis agravada por el Covid-19. Sin ser el tema alimentario nuestro foco, muy pronto en la cuarentena nos percatamos que las familias más vulnerables la iban a pasar aún peor pues dependen del ingreso que pueden levantar día a día. La necesaria cuarentena para protegernos del virus, afecta sobre todo a la economía de las familias más pobres. Si los grandes países con economías robustas han prendido la alarma, imagínense la repercusión en familias que ya venían pasando penurias.

Vista de Ciudad Tablita
Gracias a unos primeros recursos que llegaron sin buscarlos, iniciamos la campaña “Cuarentena en Caucagüita” que originalmente apoyaría a 5 familias, que estiramos a 15 y así - a la fecha de este post - hemos podido impactar en 107 familias que se traducen en 495 rostros, siendo fundamentalmente niños, adultos mayores y una increíble cifra de familias con algún miembro con discapacidad o enfermedad que limita sus posibilidades de estudio o trabajo. De todas esas familias, la cifra más alta (28%) corresponde a Ciudad Tablita, dando continuidad al trabajo allí avanzado y donde la familia de Verónica, con gran cantidad de bocas que alimentar, estuvo siempre en nuestro norte.

Pero la historia no termina aquí, porque cuando se suma y multiplica, los resultados no pueden ser sino más elevados. Íbamos a Caucagüita subiendo por un sector empinado llamado El Cují, justamente para hacer entrega del apoyo alimentario a las primeras 15 familias cuando me llama Silvia Itriago del Centro de Artes Integradas CAI, una de las principales alianzas que tiene Impronta para el desarrollo de talento de nuestros niños, donde hay 30 de ellos becados. Silvia, al igual que yo, se ha preocupado y movilizado bastante por la situación de los hijos y nietos de Verónica. Particularmente ha estado preocupada por Aarón, justo el primero de los hijos que Verónica me presentó por tener destrezas en las artes pero una condición probablemente neurológica que le hace meter una piernita. Desde el CAI, Silvia venía atenta también a la situación nutricional de ese hogar.

Hijos y nietos de Verónica rezan en nuevo comedor
Como decimos en criollo, “pa echá el cuento corto”  Silvia movilizó un primer financiamiento proveniente de padres y docentes de la Fundación de Acción Social del Colegio Integral El Ávila y en alianza con Fundana y por supuesto Fundación Impronta - donde contactamos a los líderes comunitarios que pudieran realizar la procura de alimentos, su preparación y el seguimiento - se creó un comedor en Ciudad Tablita en tiempo récord para dar respuesta al tema nutricional que nos preocupa de Aarón, sus hermanos y sobrinos. En medio de los mayores desafíos a nivel mundial, la solidaridad puesta en acciones genera resultados tangibles.

Aarón
Obviamente, esta necesidad ha repercutido al resto de las familias de la comunidad y al día de hoy nuestro reto es sumar a otros aliados claves, como Alimenta La Solidaria Petare para evaluar la viabilidad de escalar el programa y resolver no solo las dificultades de la familia de Verónica, sino a muchas otras más.

En fin, efectivamente son tiempos de resguardo y prudencia, pero que ello no limite nuestra capacidad de seguir proponiendo y generando oportunidades que transformen la vida de los más vulnerables.                 

23 de abril de 2020