Bernardo Guinand Ayala
Por sexta vez crucé la misma
línea de meta en Los Caobos, puse los brazos en jarra y cerré los ojos,
compungido, denotando agotamiento y hasta cierto nivel de frustración, más que
por el tiempo realizado, por la impotencia de haberme quedado sin combustible
en una media maratón. Facturas acumuladas que la cabeza y las ganas se niegan a
aceptar. No pasaron ni quince segundos cuando mi hija llegaba con sus brazos
abiertos para aferrarse a mi cuello con todas sus fuerzas y luego colgarme,
ella misma, la medalla de finisher. La rabia se desvanecía y me percataba que,
a pesar del descontento, volvía a cruzar la meta de una larga distancia; sano,
recuperado, en mi ciudad, entre los míos.

Alexandra se había involucrado
con la organización del maratón CAF siendo pasante de la productora
comunicacional del evento, lo cual hacía que los cuatro que conformamos nuestro
núcleo familiar más íntimo estuviésemos esa mañana allí. Nando, por su parte, el
menor del clan, cruzaría la meta solo un minuto después, siendo su primera
media maratón y logrando clasificar tercero en la categoría juvenil, cosa que
sabríamos horas más tarde. Lo recibí en el Parque Los Caobos con otro abrazo,
de esos donde debe haber percibido que su logro yo lo evidenciaba más relevante
que él mismo. Joven al fin, que hasta ciertas gestas las realizan sin divisar la
magnitud que representan.
Un maratón tiene tantos
héroes o historias como corredores inscritos, tantos héroes como quienes se
atreven a organizarlo o como quienes salen a animar ese día. Incluso un maratón
puede permitir, por ejemplo, que la ciudad sea ese protagonista. Tantos héroes que
esta historia podría sumar a miles. Podría ser yo, podrían ser mis hijos o
incluso podrían ser esas quince almas que salieron a correr esa mañana con un propósito
adicional, que incluso sin conocerme salieron a correr por la fundación que represento
o mejor aún, por los niños de Caucagüita que apoyamos con nuestro trabajo. Pero
de esos miles de desconocidos, de esos quince maravillosos corredores con causa
y de esos cuatro más cercanos de mi círculo familiar; esta historia finalmente confluye
en una persona. Esta historia se ha ido convirtiendo, a medida que la digiero y
que tecleo cada palabra, en una historia de amor.

Salimos apresurados de Los
Caobos y encontramos un aventón para regresar al este de la ciudad. En el
kilómetro 35 del recorrido, a la altura de Los Dos Caminos, se había instalado bien
temprano, todo el equipo de Fundación Impronta junto a niños, jóvenes y
maestras de Caucagüita para animar, en ese lugar tan duro y solitario del
maratón, a todos los maratonistas, pero muy especialmente a esos quince que
habían recaudado fondos por nuestros programas educativos y deportivos.
Sabía que no llegaría para
ver pasar a los primeros que cruzaron por allí, pues entre abrazos, distracciones
y hasta alguna foto con panas en Los Caobos, el cronómetro había seguido marcando
su inclemente paso. Pero sabía el tiempo que estaría rondando esa persona que
no podía dejar de ver. Me dejaron en casa, busqué a Kivo - nuestro Golden
Retriever - y estacionamos frente al Millenium Mall a media cuadra del punto de
animación, que a esa hora estaba repleto de nuestros voluntarios vestidos color
naranja, ahora convertidos en fanáticos del maratón, quizás por vocación o
quizás por capricho mío y de algunos corredores miembros de la directiva la
fundación. En fin, entre Fundación Impronta y el running habíamos estado
coqueteando desde la pandemia y, desde entonces, esa dupla no ha dejado de proveernos
alegrías y buenos retos.
¡Genial! Mimina no había pasado
aún. Entonces, junto a Kivo, quien rodeado por nuestros chamos de Caucagüita
presentía a quien yo estaba esperando, tuve el chance de recordar cuando ella
ni soñaba en correr. Por ese eterno dilema de vivir ajustados, casi bajo
protesta me acompañó a Chicago porque me había ganado la lotería para correr
ese maravilloso maratón. Y fue justo allá, en la ciudad de los vientos que, como
espectadora, se percató que quería correr alguna vez 42 kilómetros. No fue por
adrenalina o por bienestar, ni siquiera por seguirme; realmente fue al ver a
ciegos guiados por un tutor, a personas en sillas de rueda, a cientos de
veteranos bien entrados en canas o hasta mujeres bastante pasadas de peso, lo que
inspiró a Mimina a decir: ¡si esta gente corre un maratón, yo lo tengo que
intentar alguna vez en mi vida!
Y allí estaba yo, con mi
perro, mi equipo y mi gente querida de la comunidad por la que trabajamos,
esperando ver pasar a Mimina rumbo a la meta de su quinto maratón, tercero en
Caracas y segundo CAF, pues tuvo que esperar a la vuelta de este significativo
maratón para vivir esa experiencia de una carrera de primer mundo, en nuestra
agobiada ciudad.
Pasito a pasito, sin
pretensiones de tiempo, pero sin descanso, sin quejadera alguna, sin calambres
ni achaques y sin dudas que cruzaría la meta, finalmente venía. Puse la mirada hacia
el oriente y divisé a lo lejos el tormentoso distribuidor de Los Ruices, desde
donde se asomaba la silueta de ella con su característico tumbao. Kivo parecía
que lo sentía, aun cuando no supiera que el encuentro sería efímero. Si yo
hubiese tenido la resistencia, pero sobre todo la concentración de Mimina, sin
importar lo torcido de mi columna o la persistente debilidad de mis piernas,
quizás habría realizado algunas hazañas más relevantes en maratón, pero
reconocerlas en ella, que sin impaciencia y sin pretensiones es verdaderamente
capaz de gozar esa distancia, no tiene precio.
En 2023, Mimina había
corrido por primera vez los 42 kilómetros de CAF, pero ese maratón lo había
dedicado personalmente a su papá, quien había fallecido el diciembre anterior. Este
año, la foto de mi suegro volvía a estar presente en su atuendo, adherida de
manera artesanal a su reloj, para poder echarle un ojo cada vez que fuera a
chequear su ritmo. Además del recuerdo de mi suegro en la correa de su Garmin,
Mimina también llevaba a cuestas los sueños de varios jóvenes de Caucagüita,
becados por nuestra Fundación, pues ella era una de esos quince que estaban
corriendo con propósito. Así, cuando finalmente la vi acercarse, con su muy
característica mano en forma de puño, agitando de arriba a abajo su brazo en
señal de ánimo y esa sonrisa como si fuera posible gozar esa tortura sobre el
kilometro 35, supe que nuevamente conquistaría aquella meta.

Animar un maratón, cuando
tienes a tus afectos corriendo, es un verdadero acto de amor. Esperas por horas
para verlos solo un par de segundos sin saber realmente si escucharon lo que le
gritaste, si leyeron la pancarta que preparaste o si el fugaz encuentro sirvió
realmente como la dosis de adrenalina que esperabas. Pero la vibra de Caracas
tiene un plus adicional, quizás por ser nuestra ciudad o quizás por la sangre latina
que nos atribuye ese toque de cercanía. Así que habría que estirar esos dos
segundos. Y es que ante el agotamiento de Nando luego de sus primeros 21k que,
en teoría acompañaría a su mamá a correr algunos kilómetros y mis compromisos
con mi equipo de seguir animando al resto de los embajadores de Impronta, fue Carlos,
un joven de origen muy humilde de Caucagüita, que conocemos desde que llegamos
a la comunidad en 2017 - y a quien este mismo año otorgamos una beca para
estudiar el oficio de barbería - quien se apuntó rápidamente para acompañar a
Mimina en los últimos 7 kilómetros que la separaban de la meta.
Y es que eso es lo más
bonito que tiene la solidaridad; que nunca va en una sola dirección, sino que
es recíproca. De esa manera, Mimina salió esa mañana a correr por Carlos, por
sus estudios, por sus anhelos, por su futuro, y Carlos lo correspondía de la
manera más cercana y útil que tenía; corriendo a su lado, con aquella franelilla
sin mangas del maratón de Buenos Aires que hacía varios años yo mismo había
donado a la comunidad y terminó en el armario de Carlos.
En efecto, 7 kilómetros más
adelante y con Carlos a su lado, Mimina levantaba los brazos en el arco de
llegada del maratón, siendo también recibida en la meta por Alexandra, quien le
ofrecía la misma receta que todo maratonista anhela: la medalla que simboliza esa
élite que logra desafiar la mítica distancia establecida por Filípides hace más
de 2.500 años y el abrazo cálido de un ser querido.
Mimina sabe lo que es gozar
un maratón. Aún habiendo hecho más tiempo que el año anterior, sin importarle horas,
minutos ni segundos, tuvo la capacidad de decirme lo mucho que había disfrutado
esta carrera. Y es que ciertamente la competitividad, así sea con nosotros
mismos, alimenta a la mayoría de las personas, pero la capacidad de disfrutar
el momento presente de manera consciente está reservada para personas especiales.
Y tengo la dicha que esa
persona especial es la madre de mis hijos, es mi pareja desde hace 33 años y es
la que se sumó a correr, además de la inspiración dada por ciegos o personas
mayores, por tener algún plan más que hacer juntos. O me pongo las pilas o
pronto alcanzará el número de maratones que he corrido. Así que Caracas, parece
que esta historia de amor continuará, nuevamente en tus calles.
17 de abril de 2024