domingo, 27 de abril de 2025

Venezuela suena a gasoil

 Bernardo Guinand Ayala

Barquisimeto, tarde de un lunes cualquiera de finales de febrero. Camino por las calles de Nueva Segovia antes del primer día de taller que me llevaría a recorrer 6 ciudades del país formando organizaciones sociales en esos temas que me gustan y algo tengo para compartir. Veo todos los negocios a mi alrededor, perfectamente iluminados, pero un incómodo sonido zumba en toda la cuadra ¡¡¡Brrrrrrrrrrrrr!!!

No suena realmente “brrrrrrrr”, pues es más molesto que eso, pero no encuentro cómo escribirlo. Imagínalo en la nota más grave que puedas y onomatopéyicamente ronco. Me doy cuenta que los sonidos son muy difíciles de escribir y describir. Suena a planta eléctrica prendida. Pero a planta eléctrica en todos los lugares que recorro. Y por el sonido descubro también el olor a combustible.

Dos noches después, luego de cumplir exitosamente la jornada, decido no cenar en el hotel y recompensarme con una pizza y un whiskycito en una bonita terraza no lejos de allí. Me decido por la de mortadela, stracciatella y pistacho y, de repente, a mitad de un sorbo del elixir escocés, quedamos todos a oscuras. Mi mayor sorpresa no era la penumbra, sino la tranquilidad de todo el local – cocineros, mesoneros y clientes – en medio del percance. Ni un “coño” se escuchó y, al voltear hacia el gran horno de leña, veo a un trabajador asistiendo de manera relajada al chef, con la luz de su celular encendida, mientras aquel evaluaba si las pizzas, dentro del imponente horno, estaban a punto. Todo seguía su curso.

A Barquisimeto siguieron visitas a Caracas, Maracaibo, Mérida, Valencia y Pampatar. En todas, en TODAS, menos en Caracas, se fue la luz en una o más oportunidades, incluso en medio del taller. Razón tienen los provincianos en arrecharse por el trato privilegiado dado a la capital, lo cual genera tensión, como si los caraqueños tuviéramos la culpa o alguna injerencia. En fin, una manera de enfrentarnos a todos, por todo. Perder-perder dirían los sabios. Aunque alguna broma bien hecha, en torno a ello, canalizara luego la tensión en atención. Y seguíamos.

Recuerdo a Juan Carlos, en Mérida, cuando relataba su última visita al páramo y el impacto que vivió al regreso, al ver la ciudad de lejos, ya de noche, y sorprenderse al constatar que solo una mitad estaba iluminada. Aquella vez no correspondía exclusivamente al caos eléctrico, sino a la triste migración a la que se ha enfrentado la ciudad por la crisis que les ha golpeado. Duro ¿no? Una de esas mañanas salí a trotar en la “ciudad de los caballeros” y, en efecto, una altísima cantidad de viviendas se veían abandonadas. Mis jornadas de formación, acompañadas por el ejercicio madrugador en cada ciudad donde estuve, se convirtieron en agudos momentos de reflexión, catarsis y, por supuesto, una honda preocupación por nuestra vapuleada Venezuela.

Un día me encontré dando el taller, creo que era en Mérida o en Valencia, y se fue la luz en medio de mi exposición. Me sorprendió la capacidad de seguir dando mi clase como si nada hubiese sucedido, totalmente a oscuras. Algunos lo evaluarán como adaptación o resiliencia, pero lo cierto es que luego sentí una gran desazón conmigo mismo, porque no podemos acostumbrarnos a lo hostil, a vivir sin criterios básicos de dignidad. Menos aún en un país que tiene todo para que cada casa, cada empresa, cada hotel, cada taguara y cada escuela, tengan la electricidad y los servicios necesarios para prosperar. No hay derecho.

La única diferencia que encontré entre una ciudad u otra; entre cada uno de los hoteles donde amablemente fui recibido e invitado para inspirar esperanza y conocimientos, fue en el tiempo – medido en segundos o minutos – en que cada planta eléctrica, con su zumbido característico, reaccionaba ante cada apagón. Y es que toda Venezuela suena al son del gasoil.   

El viernes pasado, instalado en mi oficina en Caracas, mientras atendía por Zoom a una de las organizaciones marabinas en una suerte de mentoría post taller, mi internet comenzó a fallar. Un minuto después quedó mi oficina a oscuras y la conexión duró unos segundos de más justo para avisarles que me había llegado el turno. Seis de seis, como para que mi relato concluyera con un contundente 100% de oscurantismo y los del interior se sintieran un poquito acompañados en su horror.

No quiero más resiliencia. No quiero acomodarme en un país con sonido a gasoil. Merecemos un país que suene a prosperidad.

27 de abril de 2025

viernes, 25 de abril de 2025

Bajo las nubes de Calder

Bernardo Guinand Ayala

Bernardo, tengo una situación que espero me puedas ayudar” dijo una voz femenina al otro lado del auricular. “Sé que Impronta apoya la educación y puso su mirada en Caucagüita. Por eso me atrevo a tocarles la puerta” me abordó rápidamente.

Mi hija estudia medicina en la UCV, va para cuarto año de carrera, pero una compañera suya está a punto de desertar. Vive en una situación muy precaria, es de Caucagüita y manifiesta problemas gastrointestinales que creemos pueda ser producto de desnutrición

Por insólito que parezca, hay estudiantes de medicina en la Venezuela del siglo XXI que sufren desnutrición. Por insólito que parezca, hay estudiantes universitarios que viven en situación de pobreza ¿Cómo se avanza a cuarto año de medicina así? aún no me lo puedo explicar.

A nuestra trabajadora social le fue suficiente una visita domiciliaria para evidenciar que Yitsell vivía en situación de pobreza extrema, en un rancho de bloques al borde de la antigua carretera Petare-Guarenas. Hacinamiento, costos de movilización, espacios inadecuados para sus estudios e ingresos insuficientes - producto de la venta de topochos que su papá trae esporádicamente de Barlovento - eran el abrebocas de la situación familiar, sin entrar en detalles.

La solución de los interesados fue unánime. Había que buscarle un alojamiento, fuera de su entorno y más cerca del Hospital Vargas, así como garantizar una beca para gastos de vida, para comer. 

Como Dios ha sido cómplice en esto de hacer milagros, porque en efecto yo los veo – o quizás los busco – con bastante frecuencia, las hermanas de Santa Ana que regentan una residencia en La Pastora, justo desocuparon una habitación destinada a recibir estudiantes que llegan a Caracas.

Un techo, una cama, un baño, un escritorio, una neverita y una beca de manutención de $100 al mes bastó para que Yitsell, por primera vez, tuviera privacidad para descansar y estudiar, así como ganar 7 kilos en el primer mes y medio de beca, dejando atrás la palidez de su rostro y la timidez. Con su cara ahora rozagante, ocasionalmente pasaba a saludar por la oficina a contar sobre sus avances, las pasantías en las diversas áreas o el estetoscopio que se pudo comprar estirando los $100 de cada mes.

Han pasado 2 años y 3 meses desde que se incorporó al plan de becas Impronta.

Hoy, su nombre - Yitsell Ruiz - retumbó con cristalina acústica, bajo las nubes de Calder.        


13 de diciembre de 2024


sábado, 31 de agosto de 2024

Todos la llaman Democracia

BGA
 
Entra un hombre en un burdel, altanero y guachamarón, con ínfulas de conquistador, y le pregunta a la prostituta que lo recibe: “¿cómo te llamas?”, a lo que la meretriz le responde: “¿cómo quieres llamarme?”

Así mismo está ocurriendo con diversas formas de gobierno que cada quien tuerce a su antojo y, como si se tratara de una prostituta, todos quieren llamarla Democracia. 

Ningún totalitarista habla en nombre del totalitarismo.
Ningún dictador se afana en proclamarse dictador.
Ningún nepotista habla en favor del nepotismo.
Incluso las monarquías hoy se refugian bajo su tutela.
Todos la llaman Democracia.
 
No es secreto que ella, otrora refinada dama, símbolo de la libertad, la justicia y la equidad, ahora está en crisis y reducida a dama de compañía en el mundo entero. Bajo su pulcro manto aprendieron a resguardarse violadores disfrazados de caballeros. Y es un fenómeno del que no escapan diestros o zurdos, libertarios o comunistas, europeos o americanos. La democracia está en crisis.
 
Reducir la práctica de la democracia exclusivamente al “acto electoral” es tan simplista como peligroso. Así que es preciso encender alarmas a tiempo, pues cuando creas que “no te puede pasar” quizás sea demasiado tarde. 
   
  • Si insisten que “necesitan tiempo” … pongan freno en el acto. La reelección indefinida es la afrenta más grande contra una democracia. La alternancia es innegociable.
  • Si usan como pretexto “nosotros tenemos dignidad” … húyanles. Quien se llena la boca diciéndolo suelen ultrajar la dignidad del ser humano.
  • Si se escudan en “la autodeterminación de los pueblos” … desconfíen. Suelen ser explotadores que quieren mantener al mundo a raya de sus fechorías.
  • Si la mentira - obvia y grotesca - la normalizan como un mantra… no se rían. Decía Havel: “la mentira, aún cuando no la aceptes, ratifica el sistema, lo consolida, lo hace …”
  • Si siempre se trata de un enemigo externo, sin importar el nombre que le inventen… pilas. El autoritarismo siempre fabrica un culpable, un traidor, un otro.
  • Si cada vez se parecen más a lo que criticaron… están advertidos. La doble moral es siempre un indicador de alarma. Promesas para ganar, mentiras al gobernar.

Democracia, esa con letras grandes aún sin ser perfecta, debe ser, sobre todo, respeto fundamental al estado de derecho, tolerancia y diálogo, convivencia, alternancia, libertad para elegir y ser elegido, equilibrio de poderes, oportunidades para todos. Al quebrarse cualquiera, póngale otro nombre. La democracia no debería prostituirse a tal punto que solo caliente la cama de la “jornada electoral”, pues reducida a tal punto, puede llegar el momento que hasta eso sea violado.    
 
La democracia está en crisis y hay que reinventarla. No podemos seguir llamando Democracia a una cualquiera.
 
31 de agosto de 2024

sábado, 20 de julio de 2024

Acto de grado Colegio San Ignacio 2024

Palabras Acto de Grado Colegio San Ignacio
(En representación de las familias de los graduandos)

Apreciadas autoridades del colegio, docentes y trabajadores, familiares y - muy especialmente - jóvenes graduandos:

Cierto día, cuando Bernardo – nuestro hijo – apenas iniciaba sus estudios en Villa Piscina, luego de recogerlo al colegio, Mimina le preguntó: “Ajá ¿qué hiciste hoy?”, a lo que Nando respondió: “Mamá: hoy fuimos a la parrilla”.  “¿A la parrilla?” preguntó de vuelta Mimina sorprendida. “¿Y qué hiciste en la parrilla?”. “Lo que nos dijo la Hermana, mamá, fuimos a rezar con Jesús”.
 
Confundir parrilla con capilla puede parecer, sencillamente, una anécdota divertida, sin embargo, en esta confusión hay muchas similitudes; porque a cada una de ellas – sea parrilla o capilla – uno asiste para compartir y creo que esa es una buena definición de lo que ha sido el Colegio San Ignacio para nuestros hijos y nuestras familias; un colegio que sobrepasa los requerimientos básicos de formación académica para ser un espacio de crecimiento humano, espiritual, intelectual y de relaciones. Un espacio donde, ciertamente, nos puede convocar un acto de acción de gracias – como acabamos de tener minutos antes – así como una disciplina deportiva o cultural, alguna actividad extracurricular, formación académica y, por qué no, una sabrosa parrilla entre panas.  
 
Entonces, nuestras primeras palabras, procurando ser eco de las cientos de familias aquí representadas es de agradecimiento al colegio y a todo su personal directivo, docente, administrativo, servicios generales y de las numerosísimas actividades que aquí confluyen, por habernos acompañado en la formación de nuestros hijos, en estos años tan significativos para sus vidas.
 
La educación vive, en el mundo entero, enormes desafíos marcados por la velocidad en que están ocurriendo los cambios, la imprescindible necesidad de actualización docente, los avances vertiginosos de las nuevas tecnologías y un larguísimo etcétera. Deseamos, como familias salientes, que el colegio siga asumiendo tales desafíos con talento y creatividad, en esta Venezuela llena de retos.
 
Para ustedes graduandos, tres mensajes que quisiera recordaran en la celebración de este día tan significativo para todos nosotros.
 
En primer lugar, no voy a hablarles de valores, aun cuando fue la única directriz que nos dieron para estas palabras. Aunque realmente sí quiero resaltarlos. Los valores no podemos enseñarlos en un discurso, los valores se viven, se reconocen en aquel que nos sirve de modelo, en aquellos que son consistentes entre lo que dicen y lo que hacen. Y aquí, aún con todos los defectos que tanto sus padres como maestros podamos tener, les aseguro que han tenido buenos ejemplos.  Hoy, ese privilegio que han tenido se convierte en un compromiso que deben asumir, porque de nada les sirve haber salido de estas aulas recitando “En Todo Amar y Servir” como si fuera un pasaporte que les abre automáticamente las puertas, si verdaderamente no están dispuestos a ponerlo en práctica. Venezuela y el mundo entero requieren gente preparada, pero, sobre todo, requieren ciudadanos con don de gente. Ustedes están llamados a serlo.
 
Segundo mensaje. Agarré mi celular, abrí Copilot, la aplicación de inteligencia artificial que uso y le escribí: “dame frases inspiradoras sobre educación dichas en Venezuela”. Y más allá de las frases me llamó la atención que todas esas citas eran de venezolanos que ya murieron, incluso la mayoría hace muchos años: Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, Andrés Bello o José María Vargas. Entonces más que inspirarlos con sus frases, creo que la gran conclusión es que ustedes forman parte de una generación que les tocará reinventar la educación, la política, el país… y que sean sus frases y sus logros los que en un futuro alguien, aquí parado, los ponga de ejemplo.
 
Para los que quedan con la intriga, me quedo con una frase atribuida a Miguel Rojas Sánchez: “La educación es el vestido de gala para la fiesta de la vida”. Y allí los veo, vestidos de gala, ahora enrumbados a seguir nuevos desafíos en sus estudios. 
 
Último mensaje. Insistí con la asistencia de la inteligencia artificial, pero esta vez fui mucho más específico: “¿qué mensaje transmitirías a jóvenes venezolanos en su grado de bachiller, que han vivido la pandemia del Covid, la migración de sus familiares y amigos, los apagones, la crisis económica y la polarización política”… y luego de una serie de sugerencias sobre resiliencia, solidaridad, persistencia, ciudadanía…el texto concluye (y oigan bien): “les diría que son capaces de enfrentar cualquier desafío y que su generación tiene el poder de transformar Venezuela”.
 
Hoy, empiezo a sentir un guayabo grande al dejar atrás ese momento tan especial de cada semana. Venir a compartir con mi hijo, desde una grada, esa pasión que descubrió entre amigos y en un colegio que ha sido mucho más que un salón de clases. Pero celebro la alegría de que seguirá siendo su colegio, con las puertas abiertas para siempre.
 
Y cierro con algo que la inteligencia artificial definitivamente no podrá sustituir nunca, y es una mamá o un papá, parado frente a ustedes y que les diga de corazón: los queremos, estamos completamente orgullosos de ustedes y saben que estaremos acompañándolos en todos los desafíos que están por venir.      
 
¡Felicitaciones y viva la 97!
  

Familia Guinand Frías
19 de julio de 2024

lunes, 1 de julio de 2024

Sentido de trascendencia

Bernardo Guinand Ayala

 

Esa tarde estaba conociendo a Laura y sus ojos aguados me movieron la fibra. Una vez más supe que estaba en el lugar correcto, haciendo lo correcto, con la gente correcta. Echemos la película para atrás porque no fue casualidad que, aquella tarde en Turumo, Laura me hiciera aquella confesión.

 

Al fundar Impronta establecimos cinco valores orientadores: dignidad, solidaridad, pasión, impacto y un quinto valor bastante particular: trascendencia. Personalmente me mueve profundamente la trascendencia, no tanto – o no solo – por el interés en ser memorables, sino como una especie de antídoto contra un flagelo que tenemos tatuado en nuestra idiosincrasia: el cortoplacismo. El mundo entero se ha vuelto obsesionado con el ¡para ya!, ¡para ahora!, ¡lo que me dé rédito inmediato! y un largo etcétera.

 

En Venezuela, habernos echado al pico la enorme bonanza que supuso el petróleo, sin haberlo invertido en el futuro, en un verdadero plan de desarrollo, así como en educación, es uno de los ejemplos más tristes de las gríngolas cortoplacistas. No sembramos el petróleo, nos reclamaría Uslar Pietri. Adicionalmente, la premura del corto plazo actúa como caldo de cultivo para vicios acaba-países como la corrupción y el clientelismo.   

                                                 

En contraposición, una impronta – una huella – tiene que ver con el largo plazo e invita a transitar una vida coherente – con la maravillosa oportunidad de equivocarnos en el camino – pero que apunta a dejar ese legado para nuestros seres queridos, nuestra comunidad y el país.

 

Como fundación, la trascendencia también ha sido una invitación para que otros apunten a ese largo plazo, a visibilizar su legado sumándose a nuestra causa. Y vaya que hemos visto casos, pero hoy vengo a recordar uno en particular con dos historias paralelas.

 

Hace algunos años, la familia De Sola se acercó a nosotros para, en alianza, ayudar a cumplir con el legado de su abuelo. Don René De Sola, luego de una larga y muy productiva vida, encomendó a sus nietos la noble tarea de crear una fundación familiar que hoy lleva el nombre de “Letras en Acción” para promover la lectura con foco en niños en su temprana edad escolar. De esta alianza nació “Lectura sobre Ruedas”, probablemente el programa más bonito y contundente que, hasta ahora, hemos desarrollado en Fundación Impronta.

 

Además de su dilatada trayectoria y destacada hoja de vida como jurista al servicio del país, René De Sola era un ávido lector y motivador por excelencia de la literatura en su núcleo familiar. Sus hijos recuerdan, con especial lucidez, la práctica rutinaria de la lectura a la que su padre los animaba, leyendo él en paralelo los mismos libros para luego poder comentarlos junto a cada uno de ellos.

 

No cabe ninguna duda que, cuando casi 140 niños de Caucagüita del programa reciben una palabra de aliento por parte de los familiares directos de ese señor mayor a quien no conocieron o incluso escriben un cuento sobre quien dio la oportunidad de que existiese Lectura sobre Ruedas, sigue vivo el recuerdo de Don René De Sola. Eso, justamente, es trascender. Y no solo por tenerlo muy presente, sino porque cuando un niño de Turumo es capaz de llevarse durante un año escolar, sin obligación, más de 30 cuentos para leer en casa, es como si ese niño o niña hubiese estado sentado en un puesto de aquella biblioteca del Doctor De Sola en su casa de Caracas.

 

Pero trascender va más allá. Quizás es común que una persona de la talla de un abogado destacado, que vivió casi 100 años y tuvo la fortuna de juntar algunos recursos en su carrera, pueda darse el lujo de seguir presente a través del deseo que manifestó a sus nietos. Pero quizás otros nos sintamos algo más pequeños frente a tal desafío o pensemos que solo la riqueza material puede acercarnos a semejante nivel de trascendencia. Yo también lo creía así, hasta que Laura, con sus ojos claros y brillosos detrás de sus lentes, me hablara aquella tarde.

 

Laura asistió para sacarnos unas fotos que iban a ser publicadas junto a una entrevista realizada para Debates IESA. La verdad que la foto la hemos podido hacer en nuestra oficina, pero ha sido maravilloso conectar a la gente con el trabajo que hacemos, en el lugar donde lo hacemos. De esa forma, aprovechando una tarde cualquiera del programa en la Escuela Don Bosco en la parte más alta de Turumo, Laura se encaramó en el Impronto Móvil junto a Virgilio – el redactor de la entrevista – y terminó recorriendo cada una de las estaciones donde los niños hacían sus actividades y apuntando con su lente cada circunstancia que le llamaba la atención.  

 

Al cerrar la tarde, Laura se me acerca, baja la voz en medio del bullicio de una escuela repleta de niños y me pregunta si puede comentarme algo. Allí me confiesa que su hijo murió hace 11 años, que era también un ávido lector y que ella – y su esposo – aún no habían podido desprenderse de muchas de sus cosas. Entre palabras pausadas y sus ojos húmedos se evidenciaba ese duelo tan profundo que está aún presente. Simón, su hijo, tenía apenas 13 años. Entonces me dijo: “Bernardo, aún conservamos muchas de sus cosas, entre ellas sus cuentos. No habíamos tenido el valor de desprendernos de ellos. Hasta hoy. Creo que encontré el lugar donde quiero que estén los cuentos de mi hijo”.

 


Volví a ver a Laura hace pocas semanas. La invitamos al cierre de Lectura sobre Ruedas nuevamente nos regaló sus maravillosas fotografías. Luego de haber hablado con su esposo, ambos llegaron ese día con los cuentos de Simón, cuentos que ahora son leídos por nuestros niños y niñas de Caucagüita, como legado de aquel niño lector y de sus padres.

 

Ese día aprendí que para trascender no hacen faltan grandes proezas ni riqueza, sino vivir de manera auténtica entre nuestros seres queridos y mirando un poco más allá de nuestra zona de confort. En Impronta honramos tanto el legado de Don René De Sola, como de Simón, así como de tantos otros que nos apoyan pensando en el futuro de nuestros niños y no sólo en algún resultado o beneficio inmediato.      

 

01 de julio de 2024

sábado, 29 de junio de 2024

¡De la pena al orgullo! El arte del fundraising

Bernardo Guinand Ayala

 

¡A ver! ¿Te ha pasado? ¿Quién no entra maravillado a una tienda Apple o Samsung? La iluminación de sus espacios, la disposición de sus productos, la facilidad de encontrar la información que deseas; y ese vendedor, perfectamente preparado, que te susurra: “Señor, si necesita más información no dude en preguntarme”. No hay duda de que encontrará el celular o la tablet adecuada para ti. Pagarás su valor y saldrás contento porque el amable trabajador te vendió justo lo que necesitabas.
 
¿Eres más de deportes? ¿Has entrado en una tienda Nike o Adidas y querer llevarte todo? El futbolista querrá tener los zapatos de Messi, la futbolista los de Deyna, el corredor sentirá que vistiendo la camisa de Kipchoge correrá como un keniata, algún tenista soñará con ser Nadal o una tenista lucir como María Sharapova. Esos referentes, actuando como embajadores de sus marcas, te harán sentir lo prestigioso que es lucirlas.
 
¿Te gusta darte un gusto al comer? No siempre, claro, pero imagina que tienes la enorme fortuna de viajar y poder reservar en alguno de esos reconocidos restaurantes con alguna Estrella Michelin. Imagina la experiencia plato tras plato, siendo bien atendido por amables mesoneros que te describirán cada manjar y el vino perfecto con que maridan, para finalmente recibir al afamado chef entre aplausos por su destacada trayectoria.
 
Esas hipotéticas situaciones suceden a diario en nuestro entorno y mueven el gigante aparato económico alrededor del mundo. Cada vendedor, embajador de marca, emprendedor o empresario salen cada día convencidos al mostrarte que vale la pena comprar sus productos o servicios. No lo dudan y lo ejecutan.
 
¿Pero qué pasa cuando, quienes hacemos vida en las organizaciones sin fines de lucro, salimos a mostrar el producto de nuestro trabajo a potenciales compradores? Es decir, cuando encomendamos a algún miembro de nuestra junta directiva o de nuestros equipos de trabajo a buscar fondos – hacer fundraising – para financiar las actividades de la organización. ¿Arrugaste la cara verdad? Parece que es mucho más complejo y frecuentemente, incluso a aquellos que conocen y apoyan nuestra causa, les incomoda tener que salir a buscar fondos.
 
Esa es la realidad en una gran cantidad de organizaciones sociales y es una barrera que debemos vencer. Pues sí, parte de tu labor actual es convencerte y convencer a tu equipo a ser los mejores vendedores, embajadores y fanáticos de tu causa. Así como el vendedor de Apple o el deportista patrocinado por Nike o el chef del restaurant que te gusta sale convencido a vender sus productos ¿por qué quien hace un bien a la humanidad afronta con pena la noble tarea de buscar financiamiento para lo que hace su organización?
 
Hace algunos años vivía una situación similar en Fundación Impronta, tratando de convencer a un amigo a quien veía gran potencial para ayudarnos a recaudar fondos. Como es usual, aun estando él convencido e involucrado con lo que hacíamos en la Fundación, cuando le dije que sería un buen embajador de la causa me respondió: “¿Yo? Yo de eso no sé nada”. Afortunadamente, nuestra directora ejecutiva había preparado unas notas para tratar de convencerlo, que al inicio rezaba algo así:  
 
“Cambia la pena por orgullo. No estás pidiendo dinero para ti, lo haces para una causa social con la cual estás comprometido y convencido de poder hacer una diferencia. Además, estás dando a otro la oportunidad de participar contigo y compartir ese orgullo. Ayudar se siente bien”.    
 
No suele ocurrir en todos los casos, pero a este amigo, ese párrafo le bastó para cambiar su percepción de pena y asumir el compromiso con verdadero orgullo. Redactó un mensaje maravilloso para sus amigos hablando de ello y el resto es historia. Hoy en día, no solo se ha convertido en un activo embajador o fundraiser, sino en un permanente generador de ideas que lo ha llevado a convertirse en el vicepresidente de la Fundación por su capacidad de entrega y movilización.
 
El vendedor de Apple o Samsung nos hace sentir la necesidad de adquirir ese iPhone o Galaxy. ¿Acaso lo que representamos – educar a un niño, dar de comer al desnutrido, revertir las consecuencias del cambio climático – no son necesidades sentidas por todos?
 
El embajador de Nike o Adidas nos mostrará que vestir sus marcas, da prestigio. Entonces imagina el prestigio que debe sentir algún donante de nuestras organizaciones, al saber que le ha transformado la vida a quien pudo obtener un título universitario gracias a su apoyo. O aquel que haya ayudado a descubrir la cura para alguna enfermedad que azota al mundo.  
 
Finalmente, ese chef, más allá del banquete con que nos haya deleitado, realmente nos hace vivir una experiencia, que quedará en nuestra memoria por los recuerdos vividos. Y he aquí un reto para toda organización que pretenda sumar más y más gente como colaboradores: ¿qué experiencia queremos que nuestros donantes se lleven? ¿qué desafíos podemos plantear para convertir donantes pasivos en personas que viven la experiencia de nuestro trabajo?
 
Cubrir necesidades, generar prestigio y fomentar buenas experiencias son elementos que las empresas con ánimos de lucro vienen fomentando hace mucho tiempo. Estas empresas han usado esas estrategias de venta basadas en nuestras expectativas individuales. Entonces ¿te daría pena hacer lo mismo aún convencido del bien que generas a varias, cientos o miles de personas que impactas con el trabajo de tu ONG?
 
Es cierto, el fundraising necesita práctica y estrategia. Ya tengo más de un par de décadas aprendiendo, con aciertos y desaciertos, pero sin duda, la pena la dejé hace mucho tiempo atrás y ahora siento un profundo orgullo al buscar recursos para lo que hago.    
 
 
6 de mayo de 2024


lunes, 6 de mayo de 2024

Una historia de amor

Bernardo Guinand Ayala

 

Por sexta vez crucé la misma línea de meta en Los Caobos, puse los brazos en jarra y cerré los ojos, compungido, denotando agotamiento y hasta cierto nivel de frustración, más que por el tiempo realizado, por la impotencia de haberme quedado sin combustible en una media maratón. Facturas acumuladas que la cabeza y las ganas se niegan a aceptar. No pasaron ni quince segundos cuando mi hija llegaba con sus brazos abiertos para aferrarse a mi cuello con todas sus fuerzas y luego colgarme, ella misma, la medalla de finisher. La rabia se desvanecía y me percataba que, a pesar del descontento, volvía a cruzar la meta de una larga distancia; sano, recuperado, en mi ciudad, entre los míos.


Alexandra se había involucrado con la organización del maratón CAF siendo pasante de la productora comunicacional del evento, lo cual hacía que los cuatro que conformamos nuestro núcleo familiar más íntimo estuviésemos esa mañana allí. Nando, por su parte, el menor del clan, cruzaría la meta solo un minuto después, siendo su primera media maratón y logrando clasificar tercero en la categoría juvenil, cosa que sabríamos horas más tarde. Lo recibí en el Parque Los Caobos con otro abrazo, de esos donde debe haber percibido que su logro yo lo evidenciaba más relevante que él mismo. Joven al fin, que hasta ciertas gestas las realizan sin divisar la magnitud que representan.


Un maratón tiene tantos héroes o historias como corredores inscritos, tantos héroes como quienes se atreven a organizarlo o como quienes salen a animar ese día. Incluso un maratón puede permitir, por ejemplo, que la ciudad sea ese protagonista. Tantos héroes que esta historia podría sumar a miles. Podría ser yo, podrían ser mis hijos o incluso podrían ser esas quince almas que salieron a correr esa mañana con un propósito adicional, que incluso sin conocerme salieron a correr por la fundación que represento o mejor aún, por los niños de Caucagüita que apoyamos con nuestro trabajo. Pero de esos miles de desconocidos, de esos quince maravillosos corredores con causa y de esos cuatro más cercanos de mi círculo familiar; esta historia finalmente confluye en una persona. Esta historia se ha ido convirtiendo, a medida que la digiero y que tecleo cada palabra, en una historia de amor.


Salimos apresurados de Los Caobos y encontramos un aventón para regresar al este de la ciudad. En el kilómetro 35 del recorrido, a la altura de Los Dos Caminos, se había instalado bien temprano, todo el equipo de Fundación Impronta junto a niños, jóvenes y maestras de Caucagüita para animar, en ese lugar tan duro y solitario del maratón, a todos los maratonistas, pero muy especialmente a esos quince que habían recaudado fondos por nuestros programas educativos y deportivos.


Sabía que no llegaría para ver pasar a los primeros que cruzaron por allí, pues entre abrazos, distracciones y hasta alguna foto con panas en Los Caobos, el cronómetro había seguido marcando su inclemente paso. Pero sabía el tiempo que estaría rondando esa persona que no podía dejar de ver. Me dejaron en casa, busqué a Kivo - nuestro Golden Retriever - y estacionamos frente al Millenium Mall a media cuadra del punto de animación, que a esa hora estaba repleto de nuestros voluntarios vestidos color naranja, ahora convertidos en fanáticos del maratón, quizás por vocación o quizás por capricho mío y de algunos corredores miembros de la directiva la fundación. En fin, entre Fundación Impronta y el running habíamos estado coqueteando desde la pandemia y, desde entonces, esa dupla no ha dejado de proveernos alegrías y buenos retos.


¡Genial! Mimina no había pasado aún. Entonces, junto a Kivo, quien rodeado por nuestros chamos de Caucagüita presentía a quien yo estaba esperando, tuve el chance de recordar cuando ella ni soñaba en correr. Por ese eterno dilema de vivir ajustados, casi bajo protesta me acompañó a Chicago porque me había ganado la lotería para correr ese maravilloso maratón. Y fue justo allá, en la ciudad de los vientos que, como espectadora, se percató que quería correr alguna vez 42 kilómetros. No fue por adrenalina o por bienestar, ni siquiera por seguirme; realmente fue al ver a ciegos guiados por un tutor, a personas en sillas de rueda, a cientos de veteranos bien entrados en canas o hasta mujeres bastante pasadas de peso, lo que inspiró a Mimina a decir: ¡si esta gente corre un maratón, yo lo tengo que intentar alguna vez en mi vida!


Y allí estaba yo, con mi perro, mi equipo y mi gente querida de la comunidad por la que trabajamos, esperando ver pasar a Mimina rumbo a la meta de su quinto maratón, tercero en Caracas y segundo CAF, pues tuvo que esperar a la vuelta de este significativo maratón para vivir esa experiencia de una carrera de primer mundo, en nuestra agobiada ciudad.


Pasito a pasito, sin pretensiones de tiempo, pero sin descanso, sin quejadera alguna, sin calambres ni achaques y sin dudas que cruzaría la meta, finalmente venía. Puse la mirada hacia el oriente y divisé a lo lejos el tormentoso distribuidor de Los Ruices, desde donde se asomaba la silueta de ella con su característico tumbao. Kivo parecía que lo sentía, aun cuando no supiera que el encuentro sería efímero. Si yo hubiese tenido la resistencia, pero sobre todo la concentración de Mimina, sin importar lo torcido de mi columna o la persistente debilidad de mis piernas, quizás habría realizado algunas hazañas más relevantes en maratón, pero reconocerlas en ella, que sin impaciencia y sin pretensiones es verdaderamente capaz de gozar esa distancia, no tiene precio.


En 2023, Mimina había corrido por primera vez los 42 kilómetros de CAF, pero ese maratón lo había dedicado personalmente a su papá, quien había fallecido el diciembre anterior. Este año, la foto de mi suegro volvía a estar presente en su atuendo, adherida de manera artesanal a su reloj, para poder echarle un ojo cada vez que fuera a chequear su ritmo. Además del recuerdo de mi suegro en la correa de su Garmin, Mimina también llevaba a cuestas los sueños de varios jóvenes de Caucagüita, becados por nuestra Fundación, pues ella era una de esos quince que estaban corriendo con propósito. Así, cuando finalmente la vi acercarse, con su muy característica mano en forma de puño, agitando de arriba a abajo su brazo en señal de ánimo y esa sonrisa como si fuera posible gozar esa tortura sobre el kilometro 35, supe que nuevamente conquistaría aquella meta.


Animar un maratón, cuando tienes a tus afectos corriendo, es un verdadero acto de amor. Esperas por horas para verlos solo un par de segundos sin saber realmente si escucharon lo que le gritaste, si leyeron la pancarta que preparaste o si el fugaz encuentro sirvió realmente como la dosis de adrenalina que esperabas. Pero la vibra de Caracas tiene un plus adicional, quizás por ser nuestra ciudad o quizás por la sangre latina que nos atribuye ese toque de cercanía. Así que habría que estirar esos dos segundos. Y es que ante el agotamiento de Nando luego de sus primeros 21k que, en teoría acompañaría a su mamá a correr algunos kilómetros y mis compromisos con mi equipo de seguir animando al resto de los embajadores de Impronta, fue Carlos, un joven de origen muy humilde de Caucagüita, que conocemos desde que llegamos a la comunidad en 2017 - y a quien este mismo año otorgamos una beca para estudiar el oficio de barbería - quien se apuntó rápidamente para acompañar a Mimina en los últimos 7 kilómetros que la separaban de la meta.

Y es que eso es lo más bonito que tiene la solidaridad; que nunca va en una sola dirección, sino que es recíproca. De esa manera, Mimina salió esa mañana a correr por Carlos, por sus estudios, por sus anhelos, por su futuro, y Carlos lo correspondía de la manera más cercana y útil que tenía; corriendo a su lado, con aquella franelilla sin mangas del maratón de Buenos Aires que hacía varios años yo mismo había donado a la comunidad y terminó en el armario de Carlos.


En efecto, 7 kilómetros más adelante y con Carlos a su lado, Mimina levantaba los brazos en el arco de llegada del maratón, siendo también recibida en la meta por Alexandra, quien le ofrecía la misma receta que todo maratonista anhela: la medalla que simboliza esa élite que logra desafiar la mítica distancia establecida por Filípides hace más de 2.500 años y el abrazo cálido de un ser querido.


Mimina sabe lo que es gozar un maratón. Aún habiendo hecho más tiempo que el año anterior, sin importarle horas, minutos ni segundos, tuvo la capacidad de decirme lo mucho que había disfrutado esta carrera. Y es que ciertamente la competitividad, así sea con nosotros mismos, alimenta a la mayoría de las personas, pero la capacidad de disfrutar el momento presente de manera consciente está reservada para personas especiales.


Y tengo la dicha que esa persona especial es la madre de mis hijos, es mi pareja desde hace 33 años y es la que se sumó a correr, además de la inspiración dada por ciegos o personas mayores, por tener algún plan más que hacer juntos. O me pongo las pilas o pronto alcanzará el número de maratones que he corrido. Así que Caracas, parece que esta historia de amor continuará, nuevamente en tus calles.      

 

17 de abril de 2024