miércoles, 8 de diciembre de 2021

¿Por qué Fundación Impronta?

Bernardo Guinand Ayala
Palabras cena pro-fondos Fundación Impronta
Organizada por padres de la Escuela Campo Alegre ECA
MoDo Caracas


Muy buenas noches:

Les agradezco enormemente estos minutos para poder dar sentido al motivo pro-fondos que se dio a la cena de hoy. Estoy convencido que la gran mayoría no tiene ni la menor idea de qué hace Fundación Impronta y dejé plasmadas algunas líneas para procurar no encadenarme esta noche.

Agradezco muy especialmente a Alexandra de Chambra por postular a Impronta como beneficiaria de este maravilloso gesto que hoy nos cita, así como a todo el comité organizador de la cena y a todos ustedes por estar aquí. Mi nombre es Bernardo Guinand Ayala - y aunque Fundación Impronta tiene unos 5 años de haberla fundado - desde hace casi 23 años me he dedicado a tiempo completo a la gerencia, dirección y sostenibilidad de organizaciones sin fines de lucro en Venezuela.

¿Por qué cada uno de ustedes está hoy aquí? ¿Qué motivo los convoca? ¿Qué motivo los relaciona? No es precisamente el gusto por la comida, aunque no dudo que la disfrutarán un montón. Tampoco es el deseo puntual de ayudar, aunque tampoco dudo de su enorme generosidad. Hoy ustedes vinieron aquí por sus hijos, por seguir conectados con la escuela donde decidieron que ellos debían estar para pulir sus talentos, para estar en sintonía con aquellas otras familias que también forman parte del crecimiento integral de sus hijos. El motor de esta cena, la decisión de la escuela donde estudian y muchas otras de sus decisiones de vida, son sus hijos.

Hago esta introducción para explicar de manera muy directa por qué existe Fundación Impronta. Porque la pobreza, razón que nos mueve en una Venezuela marcada por la misma, estamos convencidos que más allá de la falta de recursos materiales, es la ausencia de recursos relacionales, afectivos, de nexos y oportunidades que te hagan prosperar. Sus chamos son privilegiados, no solo porque tengan los recursos materiales que les permitan acceder a sus necesidades fundamentales, son privilegiados porque cuentan con ustedes y toda una red de relaciones que les permiten pulir todo su potencial para poder ser a futuro ciudadanos útiles y productivos.

Cuando fundamos Impronta, buscamos por un buen tiempo cual era ese eje que nos definía. Que era aquello que “vendíamos” para poder explicar nuestra razón de ser. Entonces la palabra oportunidades apareció como gran elemento amalgamador de todo cuanto queríamos hacer. En Fundación Impronta “generamos oportunidades que transforman vidas” particularmente a niños y jóvenes en situación de vulnerabilidad a causa de la pobreza. Como solemos insistir, nosotros no le resolvemos la vida a nadie, porque la responsabilidad del individuo es intransferible, pero acercamos aquellas oportunidades que permitan, que chamos que no tienen el privilegio que probablemente tienen sus hijos, puedan ir desarrollando su potencial a pesar de los obstáculos que han tenido en su vida.

Quisiera darles algunos ejemplos de qué son para nosotros oportunidades, comentándoles además que todo ese esfuerzo lo focalizamos en la parroquia Caucagüita, al extremo este de Caracas, comunidad que ha sido muy receptiva con nuestras propuestas.

Así, en Caucagüita, hace años conocimos a la joven Inneris Sánchez. Después de conocer el trabajo de nuestro psicólogo, Inneris quiso estudiar psicología y hoy, por sus talentos, es nuestra primera becaria en la Universidad Católica Andrés Bello. Pero como el país no solo requiere universitarios, Melany, quien como adolescente se había formado como recreadora en nuestros planes vacacionales, hace algunos meses me dijo, tras una bonita reflexión, que desearía que la apoyáramos con sus estudios como Tripulante de Cabina  - lo que antes llamábamos aeromoza - y ahora la veo risueña, en la parada de la camionetica, uniformada para ir a estudiar.

Este próximo viernes, graduaremos a 45 jóvenes del Colegio de Fe y Alegría del sector Araguaney, de un programa intensivo de liderazgo juvenil y ciudadanía que realizamos en alianza con la escuela y otra organización aliada. Con emoción decimos que el programa no ha tenido deserción, aún en medio de la pandemia.  

Carlos Andrés, un niño de 12 años, que vive en un bloque de Los Guacamayos, aprendió a leer con una voluntaria que tiene años trabajando con nosotros y actualmente sigue en rutinas de refuerzo escolar cada semana. La situación del lugar donde vive - siendo el hacinamiento lo más leve que podría resaltarles - es verdaderamente terrible y ha llevado también horas de esfuerzo de nuestra trabajadora social. A Carlos Andrés le entregamos un par de zapatos en diciembre del año pasado, que él mismo había escogido. A diferencia de sus amigos, sus zapatos eran bastante formales y me sorprendió que su decisión se basaba en que le podían servir tanto para ir al colegio, como para alguna actividad más formal; pero sobre todo, porque ese modelo también lo podría compartir con una tía que calza lo mismo.    

Oportunidades son también los 3 programas de lectura que estamos arrancando, porque una cosa es que las encuestas reflejen los dos años de rezago escolar existente a causa de la pandemia y otra es que veas en primera fila, que el día que inauguras un programa de comprensión lectora, la mitad de los niños de 9 y 10 años no sepan leer.      

Oportunidades es tener una cancha deportiva, uniformes y balones para practicar como nos gustaría para nuestros hijos. Producto de una maravillosa campaña que nació en cuarentena - el Reto Impronta 42K - logramos remodelar una cancha deportiva que se ha convertido en el epicentro del deporte en Caucagüita. La cancha fue recuperada por los propios entrenadores a quienes formamos y hoy en día tienen un plan de sostenibilidad a través del movimiento económico local que se ha generado gracias a torneos y actividades culturales.

Como dije al principio, puedo encadenarme con historias, anécdotas y vivencias que hemos sostenido estos años. Quizás algunos piensen que esto es una gota en medio del océano y ciertamente las necesidades son enormes, pero estamos convencidos que estamos haciendo lo que nos corresponde y no dudo que con la suma de voluntades, podremos seguir avanzando.

Impronta es básicamente un espacio de articulación entre el que necesita un empujón y aquel que desea proponer alguna de tantas oportunidades. Un espacio también para ustedes, para sus hijos, para una Venezuela próspera.

Espero que pasen una noche maravillosa y nuevamente mil gracias


7 de diciembre de 2021


domingo, 22 de agosto de 2021

Cuestión de actitud

 

Bernardo Guinand Ayala

 

¡Si claro! suena a frase cliché, a propaganda de Sony Entertaiment Television de principios de siglo o a guía práctica de autoayuda, pero sin duda, entrompar la vida es cuestión de actitud. Generalmente es difícil comparar las razones de por qué a algunas personas les va mejor que a otras, pues hay tantas variables en esto que llamamos vida que parecería imposible determinar cuáles de esas variables tienen mayor ponderación, pero de que la actitud frente las circunstancias de la vida tiene un peso fundamental es totalmente cierto y hoy tengo el ejemplo perfecto.

 

Cada mañana, tres veces por semana, llego a la misma hora al lugar donde hago rehabilitación. El edificio cuenta con dos puestos de estacionamiento para los pacientes del tercer piso, que son custodiados, al igual que el resto del estacionamiento, por un par de vigilantes; uno unos días y el otro, los restantes.

 

El señor Pedro y su compañero Julián tienen exactamente la misma responsabilidad, tienen prácticamente la misma edad y trabajan en idéntico horario y condiciones. Mismo uniforme, asumo que igual salario y la misma sillita verde para sentarse al lado del portón que abren y cierran según vayan dando acceso a vehículos y personas que llegan a las instalaciones. Incluso, si bien uno es más alto y robusto que el otro, ambos tienen características muy similares del típico venezolano mestizo. Sin embargo, uno es gran conversador, mientras el otro tiene siempre cara enfurruñada que no le permite ni saludar.

 

Sin conocerme, Julián – quien suele mantener el gran portón entreabierto - me preguntó amablemente una mañana que a dónde me dirigía, y al avisar que iba a terapia no sólo aceleró su paso para remover el cono que tranca uno de los puestos reservados, sino que se aventuró a preguntar por mi salud. Otra mañana, el Sr. Pedro me dejó un rato frente al gran portón trancando parcialmente la calle mientras verificaba varias veces a dónde me dirigía y luego de constatado mi rol como paciente del servicio de rehabilitación, arrancó su lento paso al lugar del cono en cuestión.  

 

Al pasar los días, las conversas con Julián se hicieron más nutridas y agradables. Llegaba a terapia contento y dispuesto a la sesión del día. Sin embargo, una mañana, estando de turno el hosco Sr. Pedro percibo una actitud aún más reacia a dejarme entrar al estacionamiento. Como siempre, le recordé que iba a terapia pero rápidamente me dijo que los dos puestos estaban ocupados. Insistí que estaba aún con la columna algo débil pero me dijo que todos los puestos libres eran de la farmacia y no me podía dejar entrar. Entonces le pedí que me dejara acceder brevemente para no trancar la calle y poder llamar a la fisioterapeuta para evaluar opciones o incluso esperar si alguno de los otros pacientes iba de salida. ¡Fue imposible! Poco le importó mi salud, ni las propuestas sugeridas. Se le daba natural plantar su carota para decir: ¡No es no! Tuve que irme hasta el Centro Comercial cercano, estacionar lejos, subir varias escaleras, caminar un par de cuadras y por supuesto, llegar a la terapia más caliente que plancha e’ chino recordando a la señora madre del fulano Pedro.

 

Días después, me di el gusto de hablar algo más largo con Julián para felicitarle, contarle la experiencia vivida con el otro señor y enfatizar que él, con su actitud, además de transmitir ser más feliz, hacía que mi día también arrancara mejor. Insistí en que no se trataba solamente del “deber ser” y profundicé mi felicitación, cosa que recibió casi con lágrimas de agradecimiento. Me hizo el día, le hice el día, o viceversa.

 

Hace pocas semanas, el mismo Julián se me acercó para notificarme que había encontrado un mejor trabajo, con mejores beneficios y sueldo. Se acercó a despedirse y agradecer los días y conversas compartidas. Lo sentí mucho por los clientes y trabajadores del edificio, pero me alegré profundamente por él.

 

Pensé, días atrás cuando revoloteaba en mi cabeza escribir esta anécdota, que con la historia hasta aquí estaba más que clara la moraleja: el de buena actitud encuentra mejores oportunidades y sale por la puerta grande, mientras que el amargado se queda con opciones limitadas, con la puerta más cerrada y la mirada esquiva al resto de la humanidad. Pero el viernes pasado, la mala actitud elevó la conclusión de este episodio.

 

Haciendo mis ejercicios empiezo a escuchar que otra de las terapeutas tiene un inconveniente con un paciente al que esperaba. No era clara la razón por la cual no llegaba, pero yo comento a mi fisioterapeuta: “Hoy está el Sr. Pedro, no dudo que allí esté la razón”. Cuento corto, el paciente venía por una vía que el vigilante consideró inadecuada y teniendo al vehículo frente a su puerta lo increpa a darle otra vuelta a la manzana para llegar por la auténtica calle de acceso. Entre molestia e intercambio de palabras, el paciente opta por dar la larga vuelta y al llegar de nuevo el vigilante decide que, por lo grosero, ese día no iba a entrar. Sin tener mayores detalles, el asunto terminó con el paciente bastante más molesto que yo en la otra oportunidad, bajándose del carro y dándole, al menos, un empujón y media trompada al viejo gruñón.

 

Sin pretender justificar la escaramuza, ese paciente no volverá, afectando ahora los honorarios de fisiatras y fisioterapeutas que dependían recurrentemente de esos ingresos. Y con toda seguridad, lejos de bajar la guardia, la actitud de este señor vigilante se vuelva aún más hostil y desafiante inundando con su mal humor el clima del lugar.

 

Hay miles de circunstancias que nos afectan en nuestro día a día, pero por aquello manejable intrínsecamente con tus propios recursos - como tu actitud - es absurdo arruinarse y arruinarle la vida al resto. La actitud no sólo determina tu propio camino, sino es capaz de afectar también el de los demás, así tu labor sea la de dirigir una nación como la de mover el cono del estacionamiento para que un paciente llegue feliz a su consulta. La vida sí, claro que sí, ¡es cuestión de actitud!  

  

          22 de agosto de 2021

sábado, 14 de agosto de 2021

Más allá de la cancha

Samuel tiene 8 años y es el primero que se acerca a la cancha deportiva en Caucagüita cuando ve movimiento, aunque ahora no sea para montar una partidita de basquetbol o futbolito. La cancha está cerrada por reparación, pero lejos de dejar solo a los adultos trabajando, agarra una escoba para barrer o una brocha para pintar, pues entre todos están dejando la cancha como nueva.

Luego de varias semanas de trabajo junto a su tío - que allí ayuda como entrenador -  Samuel lucía contento su uniforme nuevo de “Los Jaguares” el día que se reinauguraba la cancha, celebrando no sólo lo moderna que quedó, sino el proceso cómo se llevó a cabo, sumando mano de obra voluntaria de la comunidad junto al apoyo en formación y materiales suministrados por Fundación Impronta para su  ejecución.

Nada de esto habría ocurrido sin la suma de tanta gente que formó parte del Reto Impronta 42k a finales de 2020, a pesar de la incertidumbre causada por la pandemia. Esta historia es, en primer lugar, para decirles nuevamente a cada uno de esos corredores: ¡GRACIAS!, pero sobre todo para mostrar que lo prometido, lo hemos alcanzado con creces y es lo que más nos emociona transmitir al hacer nuestro trabajo.  

Junto a la cancha, hemos venido dotando a las diversas escuelas deportivas tanto de varones como de niñas – voleibol, basquetbol y fútbol sala – con balones, uniformes, zapatos e implementos como mallas y redes para mejorar sus prácticas y torneos. La noticia pica y se extiende y nos alegra que ello haya sido motivo para que se reactiven otras canchas y escuelas deportivas de toda la parroquia que sueñan ahora con mejorar sus condiciones y sobre todo, poner a los chamos a hacer deporte en condiciones ideales.

Pero más allá de implementos e infraestructura, cuyo logro es muy tangible y podemos transmitir con contundencia a través de redes, la transformación que proponemos se centra más en las personas; en adultos, niños y jóvenes que, como Samuel, inspiramos y formamos por medio de nuestro trabajo. Esa es la verdadera historia que deseamos contar en Impronta.

Durante estos meses, antes de entregar un solo balón o reparar una cerca, nuestro trabajo se orientó a brindar formación a una red de entrenadores de Caucagüita como Junior - el tío de Samuel – así como Alex o Alexander que lideraron la renovación de la cancha; pues solo fortaleciendo las propias capacidades existentes en la comunidad podremos llegar a más niños y adolescentes usando el deporte como herramienta de superación.

 

Pero Samuel y nuestros chamos de Caucagüita, siguen siendo nuestro norte. Las oportunidades que hoy brindemos a ellos, para aspirar a un mejor futuro son el eje de nuestro trabajo. De esa manera, quizás uno de los logros que más celebramos a lo interno, ha sido la evaluación a profundidad de 78 chamos y sus familias, que como Samuel, viven en un sector popular en la Venezuela actual. Ciertamente los hallazgos son muy alarmantes, pero lejos de desalentarnos nos dan pistas clarísimas sobre las áreas que, además del deporte, debemos atender con prioridad: fortalecimiento académico, salud, contención social y emocional, así como seguir siendo foco de oportunidades de todo tipo para ellos.   

Cientos de venezolanos en casi 70 ciudades alrededor del mundo atendieron nuestra invitación para correr por “los chamos de Caucagüita” y en menos de un año convertimos el programa deportivo de Fundación Impronta en un motor para el desarrollo de la comunidad de Caucagüita. No hay palabras suficientes para agradecer la confianza, pero si trabajo tangible para mostrarlo.


Hoy, Omar y Angelito – algunos de nuestros consentidos y amigos de Samuel – se acercaron a preguntarnos cuándo íbamos a repetir la carrera de 5k que hicimos en 2020 en Caucagüita. ¡Qué maravilla cuando el compromiso lo imponen los chamos a quienes nos debemos! “¡Claro que la haremos!” respondimos. Y tú, luego de lo que hemos podido construir juntos: ¿te animas a repetir el #RetoImpronta este próximo noviembre y animar a familiares y amigos a hacerlo?

 

Sigamos haciendo del deporte, un motor de la solidaridad con propósito real. ¡Gracias!


lunes, 5 de julio de 2021

Paciencia y fe


Bernardo Guinand Ayala

 

Nada te turbenada te espantetodo se pasaDios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta. Santa Teresa de Jesús

 

 Abrí los ojos y allí estaba el Dr. Scholtz de pie, frente a mí, esperando. “Nos diste trabajo, ha tomado más tiempo de lo esperado, pero ya salimos de eso”. Sentía un extraño dolor en un hombro, producto de estar 5 horas anclado en la mesa de un quirófano boca abajo, pero curiosamente no sentía esa extraña sensación de resaca que suele dejar la anestesia. Vamos bien, pensé… ¿Cómo podría haber imaginado que estaría en el mismo lugar en menos de dos semanas?

 

Desde la primera consulta que tuve y a pesar de que las placas demostraban un deterioro importante de mi columna, me consta la cautela del Dr. Scholtz en intervenir la columna. Cuando un cirujano busca medidas alternativas antes de entrar a quirófano, particularmente me da mucha confianza. Nunca lo dijo así, pero siempre leí entre líneas que su mensaje transmitía: “tocar la columna no es juego de carritos” y por meses procuramos seguir fortaleciendo, hasta que los hechos pesaron más y la junta de neurocirujanos recomendó escalar al siguiente nivel.

 

Diez días después volví a abrir los ojos, en la misma sala, ahora quizás con más temor y buscando nuevamente la mirada del doctor. Al ratico apareció con un mensaje muy similar. La cirugía había vuelto a tardar algo más de lo esperado, pero el inconveniente había sido resuelto. Unos fragmentos de hueso que habían sido colocados entre las vértebras afectadas para propiciar su fusión, se habían desprendido y fueron justo a parar a la raíz de los nervios produciendo el dolor que esa semana había padecido, e incluso fisurando la duramadre causando una fuga de líquido cefalorraquídeo, lo que explicaba los dolores de cabeza y el bulto en mi espalda que había sido drenado dos días antes.  

    

Si hubiese podido escribir en aquel instante la experiencia entre la primera y segunda cirugía, quizás este artículo lo hubiese titulado “dolor y miedo”, pues los días y las noches se tornaron en horas interminables buscando alguna posición que no molestara. Obviamente sabía que la recuperación sería gradual, pero no esperaba el persistente dolor lumbar, la terrible ciática que ahora lanzaba corrientazos seguidos en la nalga izquierda y la aparición de presión aguda en la cabeza que me obligaba a acostarme, siempre y cuando el nervio aceptara la posición. El dolor produce al menos dos efectos muy complejos: la molestia o dolor físico en sí mismo y la capacidad de anularte mentalmente para desarrollar el resto de tus destrezas. Estás a merced de ese dolor, sintiéndote totalmente inútil y vulnerable.

 

Es desde esa misma vulnerabilidad desde donde escribo mi experiencia y la avalancha de pensamientos que se cruzan por la cabeza cuando estamos tan expuestos a ella. Aunque evidentemente no se trata de un interruptor que se pasa instantánea y definitivamente a modo on, en un momento procuré dejar de enfocarme en el dolor y adoptar como receta dos condiciones indispensables para asumir la recuperación: paciencia y fe.     

 

“La vida es un maratón y no una carrera de 100 metros” traté de repetirme para mis adentros, así que el punto de partida era tomarlo con serenidad y darle tiempo al tiempo. Generalmente las horas del día se quedan cortas para todo lo que deseamos hacer, pero ahora me encontraba con exceso de horas esperando pasar a otro día para sentirme mejor. Independientemente de la complicación y el retraso, la reflexión ha sido útil para saber que este tránsito será largo y que debe ser vivido a plenitud durante su trayecto. Cultivar la paciencia, entonces se convirtió en uno de los aprendizajes claves.

 

Afortunadamente, aunque me tomó muchos días dedicarle así fuera un ratico a la lectura, el momento de la intervención me agarró leyendo el “Libro de la Alegría” que resume una serie de conversaciones entre el arzobispo surafricano Desmond Tutu y el Dalai Lama, en la India, lugar donde está exiliado el monje budista tibetano. Ambos líderes espirituales, en las reflexiones sobre la alegría, coinciden que uno de sus pilares claves está en cultivar la compasión, cuya traducción del latín sería “sufrir con”. Así entonces, mientras pasaba largas horas viendo - literalmente - el techo, comencé a pensar, más allá de mis propias molestias, en las de tanta gente que sufre o han sufrido males muchísimo mayores. Pensar en otros, tratar de ponerme en sus zapatos, aliviaba entonces mis dolencias temporales y me recordaba cómo en cada uno de esos casos, la espera paciente ha sido clave.

 

Pensé, por primera vez con verdadera conciencia, en el padecimiento de San Ignacio, a 500 años de haber recibido un balazo de cañón que le volvió trizas una pierna y en su proceso de sanación durante un año sin antibióticos ni analgésicos. Pensé en Henry de Caucagüita, yendo 3 veces por semana a dializarse en un hospital público, durante muchos años y agarrando una camionetica de vuelta a casa cuando las fuerzas están en el suelo. Pensé en Mario, mi pana del colegio, intervenido 3 veces de columna con mucha incertidumbre y pasando por un largo período hospitalizado. Pensé en personas con alguna discapacidad o desplazados o heridos en alguna guerra, en aquellos que aguantan verdaderamente dolor por haber perdido alguna parte de su cuerpo en condiciones además infrahumanas. Pensé en tanta gente pobre en el mundo, que después de una enfermedad o una cirugía, si es que pudieran acceder a ella, deben subir o bajar las escaleras empinadas de su barrio y asumir su recuperación bajo condiciones muy precarias. Ese sufrir con, que define a la compasión, lejos de sumirte en una ola de tristeza, sirve como motor para asumir con temple tu propia historia.

 

A la paciencia se suma la fe como motor. A lo largo de los años he desarrollado mi conexión con la fe a través de las obras más que por vía de la oración. Aunque es algo que considero clave, confieso que me cuesta enormemente concentrarme para orar o meditar. Este momento surgía como una oportunidad de oro y aun así me costó muchísimo, pero descubrí una terapia maravillosa en el camino. Si bien la paciencia es algo que no se puede transferir a un tercero, la fe si es algo compartido donde la fuerza colectiva la potencia. De esa manera y sobre todo en esa larga semana totalmente acostado tras la segunda operación, tomé con mayor conciencia cada mensaje que recibía preguntándome cómo estaba o deseándome una pronta recuperación, y sobre todo, ofreciendo sus oraciones para ello. Así, esas verdaderas redes de apoyo se convirtieron en alegría y confianza cada vez que alguien me decía: “seguimos rezando”. Desde las visitas de mis padres e hijos, la cercanía de mis médicos y enfermeras, el chat de mis hermanos, tíos y amigos, gente que incluso conozco a través de Instagram, encontré palabras que me generaban consuelo y me exigían también una oración por cada uno de ellos y por cada persona que sufre en el mundo. Me he sentido querido por tanta gente, que conmueve y emociona, así como constaté el poder de la fe y la oración como alivio e impulso para seguir.

 

Dentro de tanta contención, no hay palabras que hagan mérito suficiente a quien tuvo que aguantar los quejidos en las noches o consolarme cuando entré en pánico por un dolor de cabeza luego de la segunda cirugía. En su libro “El hombre en busca de sentido” Víctor Frankl aborda por primera vez ese sentido que te aferra a la vida cuando habla del recuerdo de su esposa. “…la salvación del hombre está en el amor y a través del amor”. La vida es un camino tan maravilloso como complejo, pero doy gracias infinitas a Dios por poder hacer este recorrido acompañado. Qué tanto más fácil se me ha hecho con Mimina al lado, sin dejar además de atender a nuestros hijos y mis suegros quienes también han vivido etapas de convalecencia. A pocos días de arribar a 20 años de matrimonio y 30 juntos, que tan cercanas han sido esas palabras: “en la salud y en la enfermedad”. ¡Que privilegio el mío!

 

Junto al Dr. Scholtz y equipo de
neurocirugía del CMDLT

Volví a abrir los ojos y ya no estaba el Dr. Scholtz frente a mí. Me encontré nuevamente escribiendo, en casa, mejorando. Y mientras fueron transcurriendo los párrafos, mi columna remendada aceptó un poco más la posición en esta silla. Quizás escribo para mí, para que cuando la vorágine de la vida cotidiana me atrape de nuevo, pueda en algún momento revisar este texto y recordar cuán vulnerables somos y cuánto debemos seguir cultivando la compasión y el amor. Y quizás esas ideas que me han guiado durante estos días, recuerden a las descritas con mayor elegancia por Alejandro Dumas al final de El Conde de Montecristo: “…toda la sabiduría humana estará contenida en estas dos palabra: ¡Espera y confía!”                          

          5 de julio de 2021


PD: Mi agradecimiento profundo por cada palabra, oración, compañía de cada uno de ustedes y al talento de todo el equipo de salud del CMDLT, encabezado por el Dr. Herman Scholtz, con quienes me he sentido en casa.                            


domingo, 30 de mayo de 2021

La mayor osadía feminista

 

Bernardo Guinand Ayala

 

No tendría por qué que leer un libro o ver una película basada en hechos reales para conocer las desigualdades que han transitado las mujeres a lo largo de la historia. Tampoco tendría que revisar textos de siglos anteriores como parte de un pasado que ha quedado atrás. Me basta con cruzar a la casa de mis padres y sentarme un rato a conversar con mi mamá sobre las desventajas con las cuales tuvo que enfrentarse durante su juventud para poder aprovechar al máximo su talento. Mi abuelo, por quien mi mamá profiere una adoración y respeto inconmensurables, fue un padre ultra conservador que, por un lado dilató las posibilidades que una mujer de la inteligencia de mi mamá podría haber explotado en su adolescencia y por otro, forjó su temple y carácter.     

 

La mayor de 11 hermanos manejaba clandestinamente un Buick enorme alcahueteada por el chofer de la casa, hurgaba a escondidas en la biblioteca de su abuelo para leer libros “censurados” para una mujer, sacó su bachillerato bastante mayorcita pues solo le habían permitido estudiar primaria y sacó su carrera ya con seis hijos encima, a los cuales nos tocó alguna vez acompañarla a clases en la UCV. Odió de joven las clases de comercio a las cuales sí podían asistir las señoritas, mientras soñaba perfectamente haber sido doctora, abogada o representante diplomática ante las Naciones Unidas.

 

Hago esta introducción tan cercana para entrar en un tema que hoy en día hay que tratar con pinzas: el feminismo. Y digo “con pinzas” pues la opinión pública y las redes hoy se encienden con demasiada volatilidad ante temas sensibles y ante cualquier posición que no sea exactamente igual a la nuestra. Ciertamente en las últimas décadas, las mujeres han logrado enormes avances en las más variadas áreas del acontecer mundial, pero igualmente también siguen existiendo muchas brechas por cerrar.

 

La igualdad - de oportunidades, de ingresos, de justicia, de acceso a la educación - son consideraciones claves para seguir avanzando, aunque también soy de los que valoro que hombres y mujeres seamos diferentes. Iguales, sin duda, en todos los derechos demandados y oportunidades ofrecidas, pero enriquecedoramente diferentes en aquellos aspectos tan propios de cada género que nos complementan. Y eso es espectacular.

 

Hay feministas de feministas. Aquellas que luchan por esa igualdad de oportunidades pero también aquellas que pareciera que su lucha es contra los hombres. Aquellas que buscan inclusión o aquellas que buscan desarrollar propuestas exclusivas para mujeres. En fin, el tema puede ser muy amplio y debatible, pero lo que quiero destacar es que en cada una de las propuestas o reivindicaciones que hoy se postulan, poco se habla o incluso se minimiza una de las cosas más maravillosas de las mujeres: ser madres.

 

Soy de los que siempre quiso ser papá, que tuve mis hijos en un hogar que los recibió con los brazos abiertos, que he tenido un modelo de padre presente y cercano, que he tratado de ser ese mismo modelo, aderezado con un involucramiento propio de estos tiempos. Aún así, me doy cuenta lo prácticamente imposible que es llegar al nivel de vínculo que una madre tiene con sus hijos. Es una poderosa mezcla de ingredientes tan exclusiva, que por más que uno aspire a llegarle a los talones, parece inalcanzable. Mi papá siempre ha sido un padre amoroso, sin embargo mi mamá siempre supo intuitivamente cada situación que estaba transitando. Ahora veo que el modelo se replica con mi esposa y mis hijos. Y hay casos de casos, obviamente, pero espero poder expresar con palabras lo que creo que todos pueden comprender con sentimientos.  

 

Celebro, aplaudo, impulso los avances en todos los campos que sumen a las mujeres. Tengo plena conciencia que al camino le faltan cientos de kilómetros por recorrer. Tengo además una larga tradición de trabajo junto a ellas que me ha enriquecido, ya sea como par, supervisor o supervisado. También constato como en el barrio, poner esfuerzos en generar oportunidades para mujeres y niñas es garantía de éxito y es así porque la mujer pone en el centro de sus prioridades a su familia, a sus hijos. Por eso creo en un feminismo que no se centra únicamente en alcanzar los espacios aún no alcanzados, sino que pondera con verdadero valor aquellos espacios que las hacen únicas y esenciales. Sumemos nuevos espacios, pero sin dejar atrás esa naturaleza.

 

Hoy, ser mamá, con todo lo que ella implica, me parece que sigue siendo una verdadera osadía feminista. He tenido el privilegio de contar con los mejores ejemplos.       

 

          30 de mayo de 2021

domingo, 11 de abril de 2021

Cómplices

Bernardo Guinand Ayala

“Nos hemos acostumbrado al sistema totalitario y lo hemos aceptado como un hecho inmutable, lo que nos ha ayudado a perpetuarlo”  Vaclav Havel

 

La historia se conoce, se escribe, se enseña abiertamente y aun así, que difícil resulta no repetirla incluso teniendo en nuestras manos el libreto de miseria que dejan como legado autócratas delirantes de poder. La clave de todo sistema totalitario consiste, o bien en despacharte o en acomodarte como a un rehén a sus reglas. Y el ser humano, con su instinto natural a la sobrevivencia, termina siendo cómplice de su propia calamidad. Es rudo reconocerlo y más chocante decirlo, pero es una de las características clásicas de estos sistemas hacerte saber que si no alzas demasiado la voz, podrías incluso aspirar a un poco de sosiego en la vida.


Recientemente, en un almuerzo familiar, vivía una típica conversación sobre esta situación. Asumiendo mi libre interpretación, la conversa versaba sobre algo así: “No se pongan a alborotar el avispero, ni a exponerse demasiado, que ahora por lo menos estamos un poquito mejor. Ustedes solos no van a cambiar nada, así que mejor no vayan a exponernos a los demás” La conversa incluso se ponía más aguda, indicando que unos - por sus ideales - podrían ser responsables de perjuicios a los otros. Me vino a la mente la clásica alusión que teníamos de nuestros mayores cuando se hablaba de la dictadura de Pérez Jiménez: “Si tú no te metías con el régimen, podías sobrellevar la vida tranquilamente”. No me toca sentar posición sobre quien tiene la razón - de hecho, cada visión es válida según cual sea tu prioridad - pero sí exponer que esa es la estrategia de los “poderosos” y nos neutralizan haciéndonos convenientemente cómplices de su régimen aterrador.  


Llevado a otro terreno, muy particularmente en los momentos de mayor auge de protestas, la clase media recriminaba a los más pobres poco acompañamiento en sus reclamos, casi acusándolos de depender vergonzosamente de una bolsa de alimentos suministrada por el régimen. Y es así, la bolsa Clap - y una larga lista de condicionantes como esta - es tan responsable del silencio de millones de venezolanos como algo de sosiego y libertades económicas lo son para los más pudientes. Y todos lo necesitamos, pero en ese silencio aletargado vamos olvidando en el camino, los anhelos, los sueños y las vidas de quienes han quedado atrás o de lo que podríamos ser como nación.

 

Soy también de los que busca una vida más ordenada y confortable, pero bajo esta reflexión me toca traer nuevamente sobre la mesa a aquellos neutralizados por tratar de no seguir siendo cómplices, pues tal como han hecho los judíos con el holocausto, a veces nos toca refrescar la memoria para nunca olvidar los atropellos de quienes abusan del poder. ¿Acaso nos podemos olvidar de la muerte de Franklin Brito o de cada persona herida o asesinada que salió a patear la calle en busca de libertad? ¿Acaso ya pasamos la página de aquellos que han cruzado las fronteras o han muerto en una balsa escapando de abusos y falta de oportunidades? ¿Qué hay de las víctimas de tortura o presos o exiliados por pensar distinto? ¿Qué hay de los niños víctimas de desnutrición o “dejados atrás” por haberles tocado fortuitamente nacer en el socialismo del siglo XXI? ¿Acaso hemos rebajado nuestra dosis de dignidad para pasar agachados y sobrevivir?


Y no, no reclamo a nadie más que a mí mismo para tratar de escapar de la complicidad silenciosa que nos obliga este tipo de sistema, que nos pone a unos contra otros para olvidarnos quien es el verdadero responsable de nuestras desgracias como país. Así, la clase media reclama al pobre su sumisión a la Clap, mientras el pobre hubiese esperado de este otro, acompañamiento en sus demandas por servicios básicos dignos. El que se fue pretende canalizar su impotencia dirigiendo el camino del que sigue aquí; mientras el de aquí cree que el que se fue vive todo color de rosa. Somos más crueles con nuestros propios dirigentes políticos y a su vez los dirigentes revientan la confianza de sus seguidores cada vez que se creen los elegidos. Y en ese circo interminable de auto-saboteo, el régimen aplaude y se consolida. Cómplice no es solo el soplón del barrio, el guardia nacional desalmado, el enchufado con las agallas más grandes o el narcotraficante aliado; cómplices terminamos siendo todos, que aun siendo una inmensa mayoría seguimos sintiendo que “solos no vamos a cambiar nada” y es mejor esperar la llegada de un salvador de otras tierras pues ya bastante hemos sacrificado.    


Luego de 40 años de atropellos del régimen totalitario en Checoslovaquia, Vaclav Havel tomaba el poder un primero de enero de 1990 en Praga y lejos de enfocar su discurso en los abusos de sus predecesores, mostraba la responsabilidad colectiva:   

             

“No podemos culpar de todo a los anteriores gobernantes, no sólo porque sería falso sino también porque desgastaría al deber que cada uno de nosotros se enfrenta hoy: concretamente, la obligación de actuar independiente, libre, razonable y rápidamente… La libertad y la democracia conllevan participación y, por tanto, responsabilidad por parte de todos nosotros”.    


No tengo plan, ni recetas mágicas. Quizás estas líneas sean para repetirme a mí mismo que, aun buscando algo de sosiego en la vida, dejar de sentir indignación no es una opción. Que quizás sea cierto que “un solo palo no hace montaña”, pero nunca olvidemos el inmenso poder que tendríamos como colectivo cuando hayamos logrado dibujar una propuesta de país en la que nos veamos todos representados. Esa sigue siendo una tarea pendiente y responsabilidad de todos.         

 

          11 de abril de 2021

domingo, 7 de marzo de 2021

Estado de gracia

 

Bernardo Guinand Ayala


Una de las cosas que más valoro en la vida son las personas que te pone en el camino. Son, sin duda, uno de los mayores motivos para agradecer, para sentir que vivir vale la pena, para querer y sentirse querido, para demostrar cuan parecidos y a la vez distintos podemos ser unos de otros, lo cual nos hace únicos. Son motivo para recordar e inspiración para escribir.

No es la primera vez que escribo de Carlos Eduardo Paradisi, cosa que me hace reflexionar cuan profundas e interesantes eran nuestras conversas en aquellas tardes en que él terminaba de ver pacientes en el Centro de Salud Santa Inés UCAB y luego se acercaba a mi oficina para conversar, contarme de los pacientes del día, de los estudios y avances de sus hijos y cuanto tema se nos ocurriera. Nos agarraba la noche hablando de la vida o de los libros que estábamos leyendo en ese momento.

Médico de los jesuitas, Paradisi hacía honor a ese vínculo siendo un tipo controvertido, inteligente y en constante búsqueda del bien común. En sus últimos años de vida, combinaba su ajetreada agenda como médico y director con una maestría en filosofía que cursaba en la USB. La búsqueda de la felicidad se convirtió en uno de sus temas más recurrentes, espina que me dejó clavada profundamente como tema de interés y estudio.

Una de esas tardes me abordó un tema clave para encontrar la felicidad en la vida, a través de la disposición a lo que nos ocurre. El Doc me recordaba que los seres humanos solemos enfocarnos en destacar las cosas malas cuando nos suceden, lo que solemos llamar ¡Una verdadera desgracia! Esto pasa muy particularmente con temas de salud. Mi prima tiene cáncer, se me lujó otra vez el hombro, unos amigos tienen coronavirus, fulano se lesionó ¡Que desgracia! Incluso, a veces tenemos un pequeñísimo dolor que nos incomoda como cierta tensión en los hombros, tortícolis o una cortada minúscula en un dedo y sentimos que no podemos rendir en nuestras actividades diarias ¡Que desgracia!      

Paradisi entonces me recordaba qué poco resaltábamos lo casi a diario que todos vivimos en estado de gracia. - ¿Sabes todo lo que tiene que funcionar perfectamente bien en tu complejísimo organismo para que no tengas ningún dolor, molestia o incluso enfermedad? me recordaba Paradisi. - ¿Te das cuenta Bernardo de lo perfecto que es el cuerpo humano? ¿No es acaso eso vivir en completo estado de gracia? Por supuesto, Paradisi además de ser científico destacado, eran también un fiel creyente que no podía dejar por fuera la presencia de Dios.

Luego de unos 7 años corriendo largas distancias, maratones, sumando miles de kilómetros por años, mi cuerpo colapsó hacia finales de 2020. Una advertencia en 2017 indicaba que mi columna, con antecedentes hereditarios de lado y lado, estaba algo torcida. Y trabajamos en eso. En 2018, otro diagnóstico llegó a postular que debí haber sufrido un traumatismo de adolescente que no recuerdo - o quizás aquel accidente de 1995 -. Igual establecí mi mejor tiempo en maratón. A finales de 2020, luego de mis últimos 42k, una resonancia mostró un desplazamiento de las vértebras lumbares llamada espondilolistesis. Aun así, comenzando fortalecimiento para postergar una posible cirugía, este cuerpo es tan noble que fue capaz de subir a lo más alto de la Sierra Nevada de Mérida y en menos de un mes volver a la montaña para correr sobre 4.200 metros en el Ultra de Mifafí La Culata. Evidentemente, ahora habrá que parar un poco.

¿Es una desgracia lo que me está pasando? O más bien ha sido una verdadera bendición, que con la espalda comprometida, en los últimos 7 años haya podido hacer 9 maratones, corrido más de 15.000 kilómetros, subir las montañas más altas de Venezuela, viajar por el mundo, hacer nuevos amigos, sumar a mi familia a correr y escalar conmigo, organizar una extraordinaria carrera que vincula el deporte con mi fundación y para ñapa, sentarme a contar estas anécdotas.

Si bien hoy me siento desalentado y emocionalmente afectado pues tengo muchas metas que aun quisiera lograr, no puedo obviar que he vivido un largo período de gracia. Ahora foco en lo que toca, escuchar ese GPS interno que en español dice: ¡Recalculando! Y mientras tanto, mirar al cielo y agradecer a Paradisi por su reflexión y a Dios por haberlo puesto en mi camino.  

          7 de marzo de 2021