domingo, 7 de marzo de 2021

Estado de gracia

 

Bernardo Guinand Ayala


Una de las cosas que más valoro en la vida son las personas que te pone en el camino. Son, sin duda, uno de los mayores motivos para agradecer, para sentir que vivir vale la pena, para querer y sentirse querido, para demostrar cuan parecidos y a la vez distintos podemos ser unos de otros, lo cual nos hace únicos. Son motivo para recordar e inspiración para escribir.

No es la primera vez que escribo de Carlos Eduardo Paradisi, cosa que me hace reflexionar cuan profundas e interesantes eran nuestras conversas en aquellas tardes en que él terminaba de ver pacientes en el Centro de Salud Santa Inés UCAB y luego se acercaba a mi oficina para conversar, contarme de los pacientes del día, de los estudios y avances de sus hijos y cuanto tema se nos ocurriera. Nos agarraba la noche hablando de la vida o de los libros que estábamos leyendo en ese momento.

Médico de los jesuitas, Paradisi hacía honor a ese vínculo siendo un tipo controvertido, inteligente y en constante búsqueda del bien común. En sus últimos años de vida, combinaba su ajetreada agenda como médico y director con una maestría en filosofía que cursaba en la USB. La búsqueda de la felicidad se convirtió en uno de sus temas más recurrentes, espina que me dejó clavada profundamente como tema de interés y estudio.

Una de esas tardes me abordó un tema clave para encontrar la felicidad en la vida, a través de la disposición a lo que nos ocurre. El Doc me recordaba que los seres humanos solemos enfocarnos en destacar las cosas malas cuando nos suceden, lo que solemos llamar ¡Una verdadera desgracia! Esto pasa muy particularmente con temas de salud. Mi prima tiene cáncer, se me lujó otra vez el hombro, unos amigos tienen coronavirus, fulano se lesionó ¡Que desgracia! Incluso, a veces tenemos un pequeñísimo dolor que nos incomoda como cierta tensión en los hombros, tortícolis o una cortada minúscula en un dedo y sentimos que no podemos rendir en nuestras actividades diarias ¡Que desgracia!      

Paradisi entonces me recordaba qué poco resaltábamos lo casi a diario que todos vivimos en estado de gracia. - ¿Sabes todo lo que tiene que funcionar perfectamente bien en tu complejísimo organismo para que no tengas ningún dolor, molestia o incluso enfermedad? me recordaba Paradisi. - ¿Te das cuenta Bernardo de lo perfecto que es el cuerpo humano? ¿No es acaso eso vivir en completo estado de gracia? Por supuesto, Paradisi además de ser científico destacado, eran también un fiel creyente que no podía dejar por fuera la presencia de Dios.

Luego de unos 7 años corriendo largas distancias, maratones, sumando miles de kilómetros por años, mi cuerpo colapsó hacia finales de 2020. Una advertencia en 2017 indicaba que mi columna, con antecedentes hereditarios de lado y lado, estaba algo torcida. Y trabajamos en eso. En 2018, otro diagnóstico llegó a postular que debí haber sufrido un traumatismo de adolescente que no recuerdo - o quizás aquel accidente de 1995 -. Igual establecí mi mejor tiempo en maratón. A finales de 2020, luego de mis últimos 42k, una resonancia mostró un desplazamiento de las vértebras lumbares llamada espondilolistesis. Aun así, comenzando fortalecimiento para postergar una posible cirugía, este cuerpo es tan noble que fue capaz de subir a lo más alto de la Sierra Nevada de Mérida y en menos de un mes volver a la montaña para correr sobre 4.200 metros en el Ultra de Mifafí La Culata. Evidentemente, ahora habrá que parar un poco.

¿Es una desgracia lo que me está pasando? O más bien ha sido una verdadera bendición, que con la espalda comprometida, en los últimos 7 años haya podido hacer 9 maratones, corrido más de 15.000 kilómetros, subir las montañas más altas de Venezuela, viajar por el mundo, hacer nuevos amigos, sumar a mi familia a correr y escalar conmigo, organizar una extraordinaria carrera que vincula el deporte con mi fundación y para ñapa, sentarme a contar estas anécdotas.

Si bien hoy me siento desalentado y emocionalmente afectado pues tengo muchas metas que aun quisiera lograr, no puedo obviar que he vivido un largo período de gracia. Ahora foco en lo que toca, escuchar ese GPS interno que en español dice: ¡Recalculando! Y mientras tanto, mirar al cielo y agradecer a Paradisi por su reflexión y a Dios por haberlo puesto en mi camino.  

          7 de marzo de 2021

viernes, 5 de febrero de 2021

Mirada esperanzadora


 

Bernardo Guinand Ayala

 

Acción, suspenso, drama, terror o comedia. ¿Qué tipo de película venimos escribiendo en Venezuela? Si tuviéramos que entregar algo así como los premios Oscar de la Academia, la categoría del “Año más complejo” sería, sin duda, una de las categorías más disputadas y en la que cada año, tal como sucede en Hollywood, parece que los directores se esmeraran por elevar el nivel de la producción. 

 

Recordarán el 2017, un año extraordinariamente complejo y gran candidato al premio. En medio de ese turbulento año nació Fundación Impronta con muchos sueños, algunas ideas plasmadas en un papel y muy pocos recursos. La adversidad no nos frenó y aquí estamos hoy. Recientemente cerró el 2020 y como ya suele ser costumbre, la complejidad no dejó de ser amenaza, convirtiendo nuestro ya espinoso acontecer nacional en una crisis de categoría mundial. Pero incluso al finalizar sus días, a alguna de nuestras colaboradoras le escuché decir: “ha sido el mejor año que hemos tenido” evaluando lo alcanzado a pesar de las dificultades. Y en medio de esta pandemia llegamos a celebrar nuestro cuarto aniversario, con más preguntas que respuestas, con dudas pero con planes y sobre todo, llenos de esperanza.

 

Hace un buen tiempo vengo leyendo algunos escritos de un dramaturgo y político checo – Vaclav Havel - que dedicó parte de sus discursos y obras a hablar de la esperanza. Reconocía, que la esperanza no es objetiva, no es algo que se basa en hechos concretos ni en análisis acertados del futuro. Tampoco es algo que se encuentra en el entorno, en los signos externos que nos permitan visualizar un mejor horizonte. ¡No! La esperanza es algo que nace dentro de uno, que algunos la tienen y puede que otros no. Es como un don. Y ese don permite que aunque objetivamente veas el camino oscuro, gris y sin ninguna señal real de que las cosas vayan a cambiar para mejor, aun así esa fuerza te mueve hacia adelante para hacer lo que crees que debes hacer y para siempre tener una mirada esperanzadora de ese futuro que deseas. Incluso cuando año a año sigan superándose con la categoría al más complejo de los premios Oscar de la Academia.

 

Impronta, como fundación, evidentemente tiene planes y proyectos que pueden ser medidos en su alcance y eficacia, pero creo, que en este momento de Venezuela que nos ha tocado vivir, Impronta es por sobre todo una especie de faro que alumbra de esa necesaria esperanza para poder seguir, para soñar, para construir juntos, para preocuparnos y ocuparnos por quienes puedan vivir en una Venezuela más digna, más solidaria y más constructiva.

 

En la Isla de Okinawa, en Japón, viven unas de las personas más longevas del planeta. En algún momento hicieron un estudio y en promedio la gente vivía 7 años más que sus similares en América. Estudiaron que hay muchas razones para ello como su alimentación, sin duda deben vivir más tranquilos y relajados que nosotros aquí en Caracas y también se percataron que la palabra “retiro o jubilación” no existe en su vocabulario. El deseo de mantenerse útiles es clave para ellos. Por otra parte, tienen una palabra en su léxico que tiene un significado muy poderoso para ellos. Esa palabra es lo que ellos denominan Ikigai cuya traducción al castellano sería algo así como “la razón por la que te levantas cada mañana”. La idea de tener un propósito, por sencillo que parezca es un elemento decisivo en sus vidas y en su longevidad. No hay que tener como meta llegar a la luna sino, en cada etapa de tu vida tener una razón importante y tangible que te entusiasme cada día: cuidar y ver crecer a tus nietos, impulsar el sueño de esa guardería en la que invertiste tus ahorros, enfocarte en esos estudios que te permitirán apuntar a un Ikigai aún más grande, impulsar el deporte, la cultura o la educación en tu comunidad, transformar un espacio en desuso en un laboratorio para generar oportunidades de transformación en la vida de los jóvenes.

 

En fin, tantos propósitos que nos pueden animar a saltar de la cama para procurar alcanzarlos, aún en medio de las adversidades. Cada uno de nosotros tendrá los suyos propios, pero sé que en conjunto, agrupados bajo ese paraguas de valores y sueños que representa Fundación Impronta, seguir siendo sembradores de esperanza donde otros ven oscuridad es un propósito que vale la pena y que sería nuestro mejor regalo de cumpleaños.

 

Probable y objetivamente, este pueda parecer otro año para una película de drama o incluso de terror, pero que nuestra mirada esperanzadora nunca deje de ser ese faro que alumbra para que las generaciones futuras puedan vivir una Venezuela con más películas llenas de alegrías y superación. ¡Gracias a todos y feliz cumpleaños Impronta!

 

          5 de febrero de 2021

domingo, 17 de enero de 2021

Al lado del camino

Bernardo Guinand Ayala


Cero punto seis grados centígrados marcaba el termómetro de Alex, el estadístico oficial de la expedición. Durante toda esa mañana variaría poco la temperatura, llegando incluso a estar bajo cero, cosa muy rara para quienes vivimos en Venezuela. Claro, estábamos a más de 4.500 msnm en plena Sierra Nevada de Mérida y habíamos madrugado para procurar hacer cumbre en el Pico Bolívar esa misma mañana. Semana y media antes ni idea tenía que estaría inaugurando el 2021 caminando nuevamente por nuestras cumbres, pero una llamada inesperada de Naty no me dejó dudarlo mucho y aproveché los días que quedaban de vacaciones para embarcarme, esta vez con Nando, a esta nueva aventura.


A las 4:30am habíamos coincidido en la carpa-comedor para agarrar calor y tomarnos un buen café y el desayuno necesario para la jornada que tocaría ese 8 de enero. Café, té, avena, cereal, arepas de trigo con queso ahumado… todo un festín obsequiado por nuestras queridas Goya y Norelis para poder asumir la pela del día de cumbre, aunque a esa hora Nando y yo optamos por compartir un poco de avena y media arepa cada uno. Y café por supuesto, siempre café.


Tenía aún reciente en mi memoria la anterior subida al Humboldt y Bonpland, así que la adrenalina se dispara aún sin haber dado un paso. Es increíble cómo moverse por encima de cierta altura acelera el ritmo cardíaco. No me quiero ni imaginar dar un paso sobre los 7.000 u 8.000 metros, debe ser una verdadera odisea. A las 5:20 am nos pusimos en marcha, creo que a menos cero en ese instante según anunciaba Alex con su particular estilo alemán. Marcus siempre a la cabeza, como todo jefe de expedición y más cargado que los demás pues a él y a su equipo les tocaba llevar las cuerdas y equipos necesarios para la seguridad del trayecto.

 

Salimos de la Charca Alta - nuestro campamento base - y luego de unos 35 minutos ya estábamos en la explanada denominada Albornoz, que suele usarse también de campamento. Íbamos todos juntos, quizás una de las mayores virtudes de ese grupo que heredé una vez nos montamos en el autobús. Desde que salimos de Los Nevados siempre estuvimos todos muy cerca y a muy buen ritmo, cosa que le dio un significado y disfrute especial a toda la expedición y la felicitación de nuestro experto guía. Así que nos disfrazamos de andinistas pro con cascos, arneses, mosquetones y pa’ arriba. Un pequeño “toque técnico” de Marcus a esa altura, cosa que todos agradecimos y seguimos subiendo, encarando la Sierra Nevada por su vertiente sur.
P. Abanico y garganta Bourgoin

 

Algo más arriba divisamos la Laguna de Timoncito ¡cuántos recuerdos de mi infancia escuchar ese nombre! De chamo siempre me había fascinado oír hablar del color turquesa de esa laguna - aunque la veía en un librito en blanco y negro - y del famoso Glaciar de Timoncito, lamentablemente ya desaparecido. Al frente también se asomaba “El Abanico”, la garganta Bourgoin y a la izquierda, sobre nosotros, el famoso “Vértigo”, un pico que también me emocionaba de niño por lo puntiagudo y estilizado, aunque estaba envuelto en nubes y niebla, que no nos abandonarían durante toda esa mañana, a pesar de estar en plena sequía y se esperaba cielo azul intenso. Imaginé los años que me tomó llegar allí y mi chamo, de apenas 14, ya estaba enrumbado al tope de nuestras montañas. Hacerlo con él, con su paso seguro y sus ganas de estar siempre a la cabeza, le daba un toque aún más especial. A veces se quejaba ¡claro! sobre todo del frío, pero sube como una cabra y ni se inmuta con la altura.

 

Laguna de Timoncito


Llegamos a una parada obligatoria. El giro que hay que tomar hacia la izquierda para atacar la Ruta Weiss nos exigía una primera escalada relativamente sencilla, pero Marcus se adelantó para tender una primera cuerda que facilitara la subida y ofreciera seguridad. Nando ascendió rápidamente y luego de seguirlo apreciamos la dinámica propia de escalada en roca: enganchar equipos, subir, asegurarte y esperar pacientemente, sobre todo eso. Ir en grupo e ir seguro exige paciencia, así que dos tramos más arriba nos agarró montados en la ladera de una roca grande donde esperábamos que el resto del team subiera mientras Marcus ascendía algo más y aseguraba un nuevo tramo. En medio de esa espera, con cielo gris y frío intenso, veo unas pequeñas gotas que caen y pienso: “lluvia, lo que faltaba”. Pero las gotas bajaban lento y acto seguido veo a Sirius y Manuel - los pupilos de Marcus - poner la palma de la mano hacia arriba como quien quiere agarrar lo que cae del cielo. Eran las 7:27 de la mañana según reporta el primer video que grabé cuando indudablemente lo que caía del cielo no eran gotas sino nieve. Manuel y Sirius parecían unos carajitos con juguete nuevo y yo no cabía de la emoción en decirle a Nando que estábamos presenciando una nevada más que inesperada. Curiosamente la noche anterior Marcus había considerado la probabilidad de nieve como algo similar a que nevara en Madrid… pero en verano.

 

Nando en plena nevada

Poco a poco se fue pintando todo de blanco. No era la típica agua-nieve que se derrite al tocar suelo, sino que fueron unas 3 horas con intensas ráfagas que fueron cambiando el panorama gris a un intenso blanco de unas dos pulgadas de espesor. Ver hacia arriba los copos cada vez más gruesos y todos los picos nevados y hacia abajo Timoncito en su esplendor como cuando hubo glaciar y se hablaba de la leyenda de las cinco águilas blancas no tenía precio. Un espectáculo que por más que programes, sería imposible sin que Dios lo agendara. Nadie más rondaba la montaña, así que además te sientes testigo de algo maravilloso del cual solo tú - y tus fotos - pueden dar fe.

 


Pero como un buen gusto tiene sus consecuencias, llegó la hora de constatar lo que todos
Descenso en Rapel
 imaginábamos. Por prudencia, Marcus prefirió abortar la subida a cumbre faltándonos apenas 160 metros de desnivel. Habíamos subido desde 2.700 msnm hasta algo más de 4.800 y justo allí nos retiraríamos. Como consuelo, ese mantra que te dice que la montaña seguirá allí, pero esa experiencia es irrepetible, la llevamos todos confiados de que era así. Ni siquiera los López, nuestros compañeros de Valencia que por tercera vez se les negaba el Bolívar, se sentían frustrados. Era una bendición ser testigos de esa nevada y caminar por más de 4 horas por nieves vírgenes venezolanas. Tan así, que efectivamente la bajada fue lenta y tediosa, ajustando varios puntos de cuerdas para bajar en rapel, pero de uno en uno hasta completar los 17 expedicionarios lo que se convirtió en una espera larga con un frío intenso sobre todo en manos y pies.

 

La noche anterior, en una agradable conversa en torno a la cocina y previo al gran día, uno a uno fue diciendo qué canción le pondría a la excursión. Se nos fue grabando un play-list de canciones maravillosas de las cuales, grandes y pequeños, éramos afines. Puros clásicos, cero reggaetón; todos emocionados con las propuestas de los demás que ávidamente iba reproduciendo el apodado DJLo en su iPod: Queen, The Beatles, U2, Sinatra, Fito, Yordano, Cold Play, Paul Simon, Soda y otros más. Nos alegró escuchar la historia de Marcus sobre Beautiful Day” de U2 que había marcado la exitosa expedición al Everest de Proyecto Cumbre hace casi 20 años, con un radiecito de cassettes a cuestas en pleno Himalaya. Y en efecto eso fue lo que terminamos viviendo, aún sin cumbre: un día espectacular.

 

Todos. Foto: Naty Lashly


“La verdadera cumbre está en el caminodicen los tibetanos y la verdad es que nos lo tomamos muy en serio, tanto así, que el día de bajada extrañamente fue un día realmente maravilloso y que queda en mis recuerdos. Esos días de retorno suelen ser largos, tediosos, cansones, “de trámite” como dirían en un juego de fútbol que no tiene ningún valor para la clasificación, pero para nosotros pasó a ser un día más de disfrute y de sensaciones muy a flor de piel sobre la montaña, el valle, la experiencia por la que veníamos descendiendo. Ese día se abrió y pudimos apreciar la cordillera desde el Pico Espejo en un extremo, hasta el Bonpland en el otro; enfilarnos nuevamente al Valle del Indio, un lugar indescriptible que vale la pena conocer así no vayas buscando cumbres. En fin, un día para repasar los días previos y recordar al más puro estilo de Fito Páez que: “me gusta abrir los ojos y estar vivo”. Hoy, agradezco a Marcus, a su maravillosa gente de su escuela de montaña Sagarmatha y a cada uno de mis compañeros por permitirme estar a su lado en el camino.                                      

          

          17 de enero de 2021

domingo, 13 de diciembre de 2020

Parábola del buen padre

Bernardo Guinand Ayala

 

-“¿Qué es un padre?” preguntó el niño al viejo sabio. Este, que se encontraba pendiente de otros asuntos se limitó a responderle: - “Un padre es aquel que te ayuda a crecer”. Pero al niño, que era entrometido y avispado, no le satisfizo la respuesta y replicó: - “¿A crecer? pero desde cuándo, pues siempre he escuchado que los primeros años de vida son muy importantes, pero luego no recordamos nada”.

 

El sabio, tentado a responder cualquier cosa pero dándose cuenta que el pequeño no cesaría en su interés, dejó a un lado lo que estaba haciendo y le comentó: – “Te voy a contar esta anécdota. Quizás así pueda responder a tu pregunta”. Y dándose el tiempo necesario, mientras se sumaban otros curiosos a la conversación, comenzó su relato.

 

Un niño nació en un hogar afortunado, no por tener lo necesario materialmente sino por la calidez que lo rodeaba. En sus recuerdos más lejanos, esos que los estudiosos dirían que era demasiado pequeño como para recordarlos, se dibujaba en su memoria una escalera semicircular. Era una escalera muy bonita y bien elaborada que iba transcurriendo la pared que la limitaba de un lado y un pasamanos de madera caoba oscura del otro. La escalera y su pasamanos siempre estaban relucientes y por ser de madera daban la impresión de elegancia y buen gusto. Si bien esa escalera solía usarla para subir de la planta baja al primer piso, donde vivía, algunas veces conectaba a un segundo piso ubicado en lo alto de la torre, pues esa parte de la casa tenía forma de castillo y la planta superior le despertaba muchísima intriga.

 

Al llegar a la parte más alta, la circunferencia de la torre estaba revestida por una bella biblioteca caoba oscura como la escalera, que solo se interrumpía por unas ventanas que daban hacia la montaña, mostrando, además del verdor impactante de sus frondosas siluetas, un cielo azul intenso como fondo, que se intensificaba sobre todo en diciembre.         

 

Debía tener unos 4 años y aun así ubica sus recuerdos o su imaginación, tal vez, en un sillón que había en esa enigmática biblioteca. No podría recordar el color o forma de la butaca, pues en ella, cada vez que le tocó la aventura de subir hasta la cima de la torre, estaba su padre sentado con un libro entre las manos. Era un libro gordo, con muchas historias y cuentos, y al igual que la escalera y la biblioteca, tenía la tapa color caoba oscura, lo recuerda clarito. Eran varios cuentos los que estaban allí escritos y su autor sonaba como inglés, o eso creía recordar, pero siempre su papá lo abría en la misma página.

 

La rutina era la misma, no tenía por qué cambiar pues siempre daba resultado. Cuando llegaba a lo alto de la torre, se sentaba en las piernas de su padre, quien con pleno gusto volvía a tomar el pesado libro marrón, abría la página del cuento del señor inglés o irlandés y pacientemente se disponía a leerle. El libro no tenía dibujos, así que el padre hacía esfuerzos por describir los lugares y personajes y entonar sus mejores voces para hacer el cuento lo más real posible. No era tampoco un cuento cualquiera, pues definía claramente valores y creencias y estaba narrado como toda buena historia donde no todo era bonito, sino que transcurrían situaciones alegres, intrigantes, desafortunadas, tristes, otra vez emocionantes y con un final inesperado que cada vez que lo escuchaba parecía que fuese por primera vez.             

 

Entonces el niño astuto y preguntón interrumpe al sabio y le dice: - “Ya entendí, ya entendí. Un padre es entonces quien te carga cuando eres pequeño, quien dedica su tiempo cuando llegas a su lado y además te deja las más bonitas enseñanzas de los libros para poder crecer”. A lo que el sabio replica: - “Es cierto, pero más aún, un buen padre es quien lo sigue haciendo al transcurrir los años y sus enseñanzas, más allá de los libros, las modela con el ejemplo”.

     

13 de diciembre de 2020

viernes, 27 de noviembre de 2020

La solidaridad es la fuerza que nos mueve

Bernardo Guinand Ayala

 

“¡Epa primo! En unas semanas debo estar en Caracas ¿crees que puedas apoyarme coordinando unas visitas a La Vega para mi tesis de grado?” Debía ser 2014 y algo así era el mensaje que recibía de Roberto quien viajaba desde Harvard a la parte alta de La Vega para realizar una serie de entrevistas a propósito del duro tema que escogía para su tesis de post grado: la violencia.

 

A Roberto no le gustan los retos fáciles; decidió meterse en lo social, en la política, abordar el tema de la violencia en Venezuela y escoger como foco de acción el complicadísimo municipio Libertador de Caracas. Como buen millennial y miembro de la generación 2007 ha sabido “vender” muy bien su trabajo, solo que a diferencia de muchos otros, no es solo fotos y redes sociales, sino que sus propuestas llevan mucho en la bola y los resultados están a la vista.

 

Caracas Mi Convive - su organización madre - propone vías de erradicación de la violencia en Caracas con base a las mejores prácticas del mundo, con programas concretos, con un equipo multidisciplinario y con investigaciones que, más allá de mostrar resultados y desnudar este tema tan álgido, ofrece orientaciones para el resto del país con una rigurosidad académica.

 

Alimenta La Solidaridad - su consentida - es un programa convertido en organización que nace sin tenerlo previsto, dando respuesta al terrible drama del hambre presente en el país. Ha crecido vertiginosamente en cada parroquia del municipio Libertador, sirviendo también como franquicia social que ha sido exitosamente implementada en otros 13 estados del país con apoyo de líderes y aliados regionales.

 


Recuerdo, cuando eran muy pocos los comedores, fuimos como familia a preparar hallacas por estas fechas en el Colegio Andy Aparicio - Fe y Alegría - en conjunto con las familias de la comunidad de La Vega, lo que derivó en una de las primeras propuestas de auto-sostenibilidad del programa. De ese primer comedor y menos de un centenar de niños, ahora el programa se extiende a 239 comedores dando de comer a decenas de miles de niños todos los días.     

 

Esta semana, regresando a casa para almorzar, me percato que una camioneta del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional SEBIN - que todos sabemos al “servicio” de quien está - le hacía “la visita” a los padres de Roberto. La persecución, el hostigamiento y hasta el miedo se nos hacían más tangibles como familia. Y a pesar de lo obvio, es decir, que sabemos que los sistemas totalitarios no necesitan excusas para perseguir a quien le provoque, muchos se preguntarán por qué Roberto aparece como nuevo objetivo. Me atrevo a especular que Robertico - como le solíamos decir en familia - combina un par de características que aterran al régimen: talento y legitimidad.

 

El talento de Roberto no viene por lo académico. O no solo viene de allí. No depende de sus estudios y reconocimientos en la USB o Harvard, sino que tiene una gran capacidad para estar siempre un par de pasos adelante. Cuando le dicen que Alimenta La Solidaridad es un proyecto asistencialista, él tiene rato pensando y ejecutando como se transforma en un proyecto de formación y desarrollo comunitario. Cuando le dicen que será difícil la sostenibilidad a largo plazo, ya Roberto y su equipo han dado varias vueltas ejecutando programas de autofinanciamiento - como Sustento - u otras iniciativas. No han sido programas oportunistas o puntuales, sino que siempre pone la mirada en el largo plazo, incluso demostrando que el éxito del programa – así como del país – será cuando desaparezcan los comedores. Y trabaja para ello.                     

 

Por otro lado, la legitimidad de Roberto, sobre todo en las barriadas donde trabaja, generando cimientos de tejido y compromiso social en lugar de visitas esporádicas tipo campañas politiqueras, es quizás el mayor temor de quienes hoy controlan el país.

 

En 2018, preparaba con Roberto una intervención para un congreso internacional de fundraising; congreso al cual no pudo asistir en ese entonces por una señal de alerta que provenía desde el nefasto programa del fulano ese del mazo. Mientras trabajábamos en ello, analizamos los elementos de éxito que habían hecho de su programa alimenticio un caso exitoso desde el punto de vista de la consecución de recursos. Destacamos muchos factores: una cartera diversa, la constante innovación, acceso a financiamiento, mensajes claros con vías de comunicación adecuadas, inversión en campañas; pero Roberto siempre tuvo claro que el pivote central del proyecto, el verdadero motor de Alimenta La Solidaridad no es el financiamiento internacional o las alianzas desarrolladas, sino la gente de la comunidad, el aporte voluntario de las madres de cada comedor. Ese, indiscutiblemente, es el mayor aporte en recursos y representa la verdadera sostenibilidad del programa. Pagar por ello, lo haría sencillamente imposible, así que esas madres no son - solo - beneficiarias o voluntarias, sino las principales contribuyentes de ALS. Destacar, trabajar y profundizar en ello ha repercutido en la legitimidad que hoy tienen.  

 


La solidaridad es una fuerza poderosísima. Justo porque no se sustenta en la dependencia o la sumisión. La solidaridad no es una vía o calle angosta de un solo sentido, sino una autopista con múltiples canales de ida y de vuelta; el que da también recibe y el que recibe puede compartir también lo que tiene. Eso genera pavor para aquellos que desean que la pobreza siga reinando y que las relaciones sean unidireccionales. Hoy se criminaliza a la solidaridad, como se hizo con las protestas, con el que produce, con el que sueña, con el que piensa distinto. Otra piedra en el camino. Contra el atropello y hostigamiento, que siga siendo la solidaridad, esa fuerza que nos mueve. ¡Contigo primo!              

 

          27 de noviembre de 2020

domingo, 8 de noviembre de 2020

Momentos

Bernardo Guinand Ayala

Momentos. La vida es la suma de efímeros momentos que se plasman en nuestra memoria y al recordarlos volvemos a vivir. Mil veces se ha escrito que un maratón es como la vida resumida en 42 kilómetros de intensidad y manteniendo la comparación, también está cargado de fugaces momentos y emociones muy marcadas. Suelo escribir de mis carreras y siempre ha habido similitudes pero también grandes diferencias entre ellas sobre esos momentos épicos que se quedan grabados y que generalmente suelo recordar por el kilómetro que recorría. Este año no podía ser diferente y aunque en lo deportivo hice quizás la peor carrera posible, vengo cargado de momentos maravillosos que son con los que me quedo.

A diferencia de cualquier experiencia previa, donde siempre exponía los momentos vividos a partir de kilómetros muy avanzados o de máxima exigencia, este maratón tuvo un toque muy especial desde muy temprano. La salida y quizás los primeros tres kilómetros, esos que ni cuenta te das en cualquier carrera - no solo competitiva sino cotidiana - tuvieron un significado muy especial para mí. Desde la convocatoria, el encuentro madrugador aún oscuro y la llegada de participantes que se unieron porque nos empeñamos que este año no dejaríamos de correr un maratón. Habíamos logrado congregar no solo al hatajo de locos que saldría a correr, sino a un contingente de apoyo entre ciclistas y motorizados para la ruta, aguateros para puestos claves, fotógrafos y familia. Habíamos convertido un reto muy personal en una fiesta de muchos.

La semana previa, Ricardo y Edgard habían decidido participar también en los 42k, así que después de la angustia con el GPS de Limón que no agarraba señal, nos vimos once locos - los tres ya mencionados más Pedro Luis, Jose, Karina, Adil, Ovid, Alex el alemán, Kike y yo - tras la cinta de salida como si de élites se tratara, en posición de ataque, cosa que no me hubiese creído si no fuese por las maravillosas fotos de Naty a esa hora de la madrugada. Al finalizar la cuenta regresiva salimos todos disparados y Ovid D’Jesús - sub 3 este mismo año en Miami - rápidamente nos dejó el pelero quedando en segunda avanzada Pedro, Jose, Adil y yo.

Días atrás, Pedro había dejado muy claro que cada quien debía hacer su propia carrera. Yo llegaba nuevamente agotado al día de la prueba y por el contrario, Jose llegaba en gran momento; sin embargo, ese tramo de menos de 3 kilómetros sobre la Francisco de Miranda, quizás bastante más rápido de lo planificado, fue verdaderamente especial. Íbamos rápido pero me sentí ligero y feliz. Esos minutos ya lo valieron, viendo como ninguno quería quedarse, teniendo a ratos a Pedro jalando, a veces Jose quien se notaba cómodo y otras tantas a Adil. No sé si será la amistad o la emoción acumulada con la planificación del Reto Impronta 42k, pero esa madrugada, entrompando lo que sería mi noveno maratón, fue un momento que dejo grabado en algún lugar de mi cabeza.

Un segundo momento está en el otro extremo de la carrera: la llegada. La verdad, la llegada de cualquier maratón es especial, pues lo vulnerable que te hace el desgaste físico, así como la finalización tangible del logro suele afectar enormemente tus emociones; pero lo del domingo 1 de noviembre fue casi de guión de Hollywood. Aunque venía muy sobregirado de tiempo, ese día sabía que a toda costa debía llegar a la meta, pero jamás imaginé la cantidad de gente que se congregaría a la llegada. Justo marcar el kilómetro 42 y empezar a sentir la algarabía mientras llegaba. Miré rápidamente a los lados y divisé a mis viejos, siempre presentes en cualquier logro o dificultad de nuestras vidas. A pesar del covid19 y que ellos han guardado pacientemente su cuarentena, días antes mi mamá me dijo que querían estar presentes. También vi a Pedro Luis acercarse, aplaudiendo, con su clásico gesto y presencia motivadora, así como a muchos otros a quienes les guardo un profundo agradecimiento. Me sentí verdaderamente especial.

Todo ese trayecto, esos últimos 200 metros, fue acompañado por los reales protagonistas de la jornada, nuestros chamos de Caucagüita, quienes habían sido el centro de la campaña de Fundación Impronta, propósito por el cual habíamos creado el #RetoImpronta42K. Escucharlos a lo lejos coreando mi nombre, verlos levantarse de la acera para disponerse a correr, oír que me animaban mientras se unían a mi alrededor para culminar la carrera juntos. Al segundo de tenerlos a mi lado, sentí la mano de uno de ellos sujetar la mía y rápidamente darme cuenta que era Angelito, uno de nuestros consentidos quien robó la atención de todos durante esa jornada por su carisma y picardía. Un poquito más y levantar las manos para cruzar la meta y observar ahora las fotos con los chamos tan alegres y entusiasmados como yo. ¿Qué más se puede pedir? Esas son emociones que perduran y animan a seguir, por ellos, por Venezuela.

Hay millones de pequeñas anécdotas y de personas en cada momento descrito o en el resto de

la carrera. Momentos también de soledad en los tramos duros, que son aquellos que suelo muchas veces relatar. Mientras escribo, recibo una foto donde ando parado, cabeza agachada y manos en las piernas adoloridas cuando quedaban aún 5 kilómetros por recorrer. Solo que hasta la soledad y dificultad en esta nueva odisea siempre vino acompañada de una sonrisa pues sabía que el propósito era más grande a mi reto personal. Al final, ningún chamo preguntó mi tiempo, ellos solo me vieron llegar y llegar alegre. Los calambres, las paradas, el reloj haciendo tic tac consumiendo tiempo quedaron atrás. Ya vendrán tiempos de mejorar, claro que sí.


Pero hay otro momento que quise dejar al final de este relato, aun cuando no fue el final espectacular de la carrera, pero que tiene mucha simbología para mí, para la vida. Iba llegando al kilómetro 40 y quizás quien lea piense que faltaba poco, pero cuando las piernas se engarrotan con cada trotada, se siente eterno. Iba dejando atrás el Estadio Universitario rumbo a la sede de Banesco cuando a lo lejos oigo unos gritos inesperados. Mimina, mis hijos Ale y Nando y mi comadre Caro, anticipando que había pasado roncha, habían salido calladitos a mi encuentro. Habían caminado más de dos kilómetros para encontrarme y los escucho animándome y dispuestos a acompañarme. Allí no había fotos ni algarabía, solo nosotros, en la estricta intimidad demostrando que en los momentos más duros, allí estaremos juntos. Sentí el alivio de encontrar con quien llegar y sin que ellos lo percataran, se me puso la piel de gallina - es increíble como se siente cuando corres un maratón – y se me “aguó el guarapo” por segundos. Tengo la imagen grabada de cuando levanté la cabeza, escuché el grito y vi a mis hijos, mientras mi cuerpo reaccionaba instantáneamente entre lágrimas y piel erizada.

Hoy observo las fotos finales y ellos se quedaron atrás, dejándome el protagonismo a mí y a los chamos de Caucagüita, sin embargo escribo estas líneas para recalcarles a ellos y a mí mismo, que nada hay más poderoso que una familia unida que se quiere, se acompaña, se da soporte en las buenas y en las malas. Y aunque lo vives cotidianamente y aunque esta cuarentena - afortunadamente en mi caso – ha sido una bendición para sentirlo, son esos breves momentos de vida, esa mirada levantada por un segundo, esa manifestación involuntaria del cuerpo, lo que te hace recordarlo con mayor intensidad.

Cada kilómetro, cada momento, ha sido una aventura. La salida y la llegada me emocionaron como nunca, la amistad y el compañerismo fueron alegría y soporte que agradezco sinceramente a Dios, unir mi pasión con el trabajo que hago fue algo que soñé mil veces y ese kilómetro 40 fue para recordar lo que verdaderamente importa. Vendrán carreras mejores, pero esta, me deja el corazón grandote.  

         8 de noviembre de 2020

sábado, 5 de septiembre de 2020

Verdaderamente especial

 Bernardo Guinand Ayala

Andrés - mi sobrino - es un ser verdaderamente especial. Como la gran mayoría que me lee lo conoce, no habrá que dar mayores explicaciones y, para quien no lo conoce, esta historia será solo un abrebocas. Lo que hace especial a Andrés es su actitud frente a la vida, es poder enfocarse siempre en lo bueno que hay a su alrededor, de esos que ven el vaso medio lleno siempre, independientemente de cómo esté en realidad. Andrés es, por sobre todas las cosas, un tipo feliz. Y esa bendición hace particularmente feliz a su mamá, a sus hermanas y a quienes lo queremos.

No vengo a contar la historia de cómo Andrés, contra toda dificultad sacó su bachillerato en un

país donde no hablaba ni el idioma. Ni tampoco cómo se graduó en la universidad - FIU - en un programa orientado a sus talentos. Ni hablar de sus logros atléticos, que a pesar de parecer poco ágil, ha practicado más disciplinas deportivas que todos sus tíos y primos juntos y nunca dudó cuando Mimina lo retó a hacer una media maratón en Miami cuando apenas corría algo más de 5 kilómetros. Tampoco hablaré de cómo influenció para que mi ahijada - su hermana mayor - siendo más bien científica pura orientada a los números y la ingeniería, decidiera hacer un minor en discapacidades en la universidad y que ello repercutiera en el postgrado que decidió estudiar y recién empieza.

Vengo a contar tres breves anécdotas que relacionan a Andrés con lo que yo hago y que me emociona contarlas pues denotan su personalidad, así como la sangre que corre por sus venas para hacer el bien.

La anécdota primera se remonta a los años que Andrew aún estaba en bachillerato. Vivir en los Estados Unidos le permitió acceder a un programa que lo preparara para la vida. Mientras sus hermanas se fajaban con las materias formales que las catapultarían a la universidad, Andrés compartía algunas horas de estudio con oficios prácticos. En algún momento le tocó alistarse en un programa donde trabaja en los supermercados Publix y ayudaba en varias funciones. Recuerdo que le encantó la pasantía por la panadería; me temo que seguro picoteaba algún pedazo de pan de vez en cuando, pues su bondad es solo comparable con su apetito.

En dado caso, en un momento le tocó la labor de llenar las bolsas de los clientes en la caja, quienes amablemente y debido al buen servicio recibido, le dejaban alguna propina. El colegio, por norma, prohibía la recepción de tips por parte de los pasantes, cosa que preocupaba a mi hermana quien se lo recordaba frecuentemente. Un día Andrés llegó con unos dólares y le dice a Elisa: “Mamá, dije que no todo el tiempo, pero igual me lo dieron”. Poco tiempo después, en un viaje que hicieron a Londres, a mitad de vuelo las aeromozas pasaron haciendo una colecta y en menos de lo que espabila un cura loco, Andrés ¡zas! sacó sus dólares del bolsillo y los entregó íntegros a UNICEF. Cuando Elisa relató lo sucedido a dos de las profesoras del programa de educación especial, una de ellas dijo: “Daré la orden para que a este alumno se le permita recibir propinas

El segundo cuento es más reciente, hace algunos meses. Desde Fundación Impronta habíamos

activado la campaña “Cuarentena en Caucagüita” para apoyar con alimentos e implementos de higiene a las familias más vulnerables de Caucagüita. Viendo que mi lista de contactos ha sido ya bastante raqueteada, pedí a mis sobrinos del norte activarse a ver si expandíamos la base de donantes de la fundación. El acto de pedir no es tarea sencilla y la gran mayoría me transmite su dificultad o pena para llevarlo a cabo. Sin embargo, la personalidad de Andrés evade temas asociados a penas y otras dificultades clásicas de nosotros como seres humanos; así que diligentemente se activó y pidiendo apoyo a su mamá, comenzó a distribuir su propio mensaje entre sus amigos - y sus madres - del programa de Special Olympics del cual es un activo miembro en la ciudad del Doral. Además de recaudar unos buenos fondos, ahora las redes de Impronta cuentan con una variada y singular gama de seguidores muy activos, que honestamente me alegran la vida.     

Lo mejor queda para el final. La tercera anécdota está aún calientica. Entrada la cuarentena Andrés se graduó en un emotivo acto a distancia del cual, como de costumbre, nos hizo partícipes asegurando nuestra presencia vía Zoom con mucha antelación. A partir de allí y cuando las circunstancias lo permitieron, Elisa reactivó su trabajo y Andrés comenzó a acompañarla regularmente a Pompano Beach. Se trata de una pequeña fábrica de ductos de aires acondicionados que han asumido con mucho trabajo e ilusión. Luego de algunos días, uno de los socios dio a Elisa un billete de cien dólares para que se los entregara a Andrés como compensación por su esfuerzo al irse vinculando con el trabajo. Elisa, quien pondera en su justa medida el valor del trabajo, consideró inconveniente otorgarle a Andrés ese dinero pues estaba acompañándola sin realizar francamente un trabajo real.

Me llama Elisa emocionada el día que me cuenta la siguiente parte de la anécdota. Fueron

pasando los días y Andrés empezó a vincularse con el trabajo. En palabras de ella “lo más bonito fue querer aprender y estar seguro de nuevos retos”. Por iniciativa propia se acercó a un trabajador que corta en el plasma, quien con una gran paciencia empezó a enseñarle a Andrés. Y así, cada día fue haciendo algunos cortes, doblando los extremos de los ductos y aprendiendo algo más del oficio, asumiéndolo con paciencia. Viendo los avances, Elisa le cuenta del billete de cien dólares que tenía guardado y se los da en reconocimiento de sus verdaderos avances. Me cuenta mi hermana que acto seguido de recibir el dinero, le pregunta: “Mamá ¿y cuánto es que cuestan las becas del plan vacacional de mi tío Nano en Venezuela?” a lo que Elisa le dice que son cincuenta dólares por cada chamo de Caucagüita. Casi, sin agarrar el billete responde: “bueno, allí tienes dos becas más para depositárselas a Impronta” 

En fin, lo que podríamos considerar su primer sueldo, sabiendo además que a Andrés le gusta de vez en cuando darse sus gusticos, ha decidido otorgarlo completico para que unos chamos acá en Venezuela puedan pasar una semana diferente. Sencillamente, no tengo palabras; díganme ustedes si eso no es ser verdaderamente especial.   

Este personaje está hoy resguardado en su cuarto con covid19. Seguramente habrá sido una semana sintiéndose como león enjaulado, pero atento a cada movida de la relación de Messi con el Barça, pues el fútbol y particularmente el equipo culé, además de la bondad son su otra gran pasión.  

5 de septiembre de 2020