domingo, 10 de abril de 2016

La solidaridad existe

Vivimos momentos de desesperanza y a ratos pensamos que el país no podrá levantar cabeza debido a la terrible crisis – económica, política y moral - que padecemos. Esta semana dos hechos me levantaron alarmas, no tanto por la noticia en sí sino por quienes la transmitían. Mi hermano mayor, generalmente optimista y luchador comunicaba en nuestro chat familiar su total indignación frente a los anaqueles vacíos de la ferretería a la que asistía para comprar insumos necesarios para su trabajo. Reclamaba, enardecido y frustrado, la actitud pasiva y conformista de los venezolanos frente al deterioro generalizado de nuestra calidad de vida.

Por otro lado, Evelyn - vocera principal de la A.C. El Radar de los Barrios - una mujer echada pa´lante de Antímano, generalmente alegre y esperanzada, también me contaba con un dejo de tristeza su temor de que nos volvamos menos solidarios frente a la necesidad de supervivencia que se está viviendo, particularmente en zonas populares, quienes aún con poco destacaban por su capacidad de compartir sus bienes y alimentos con vecinos y familiares. 

Frente a esos hechos recordé también la crisis ocurrida esta semana en el Hospital de Niños, cuando salió a la luz pública la ausencia de fórmulas infantiles para alimentar a los lactantes. Pero más allá de engancharme con la crisis en sí, recordé una vivencia que tuve recientemente en el hall de entrada del mismo Hospital de Niños J.M de los Ríos.

Mientras esperaba que llegara la persona con quien me iba a entrevistar me acerqué al módulo de las damas de Acción Voluntaria de Hospitales, mejor conocidas como “Ángeles Azules” o “Damas de Azul”, organización fundada en 1969 y en cuya creación intervinieron los dos únicos hermanos de mi papá hoy fallecidos: Carlos Guinand Baldó, quien siendo Gobernador de Caracas impulsó su creación y Alberto Guinand Baldó, quien murió recientemente luego de una vida dedicada al servicio por los demás y casualmente encontré documentos que revelan que perteneció a la primera junta directiva de dicha organización voluntaria. Mi abuela paterna y algunas otras personas conocidas también fueron voluntarias de AVH hace ya 45 años. Es una organización presente en los principales hospitales públicos del país llevando una palabra de aliento, orientación, recreación, información y toda labor en la que puedan ser útiles estas mujeres con su característico uniforme azul.

Ese día conocí a la Sra. Judith, voluntaria de hace más de 25 años en el Hospital de Niños y que prácticamente suplía la labor de recepcionista del mismo. Me contó de su trabajo voluntario en el tiempo y la necesidad de formar una próxima generación. Con la realidad actual de la mujer trabajadora se ha hecho cuesta arriba crear el relevo pero estas mujeres siguen comprometidas día a día con su labor, ofreciendo una sonrisa a cuanto venezolano angustiado se acerca por ayuda. ¿Acaso una organización voluntaria que siga en pie luego de 47 años no es una señal de esperanza?

Los "Ángeles azules" realizan una labor maravillosa y
fundamental, bajo el más bajo perfil durante 47 años.
Mientras Judith atendía uno a uno a los visitantes y recibía palabras de agradecimiento de alguna madre a quien socorrió días atrás, se acercó una joven de unos 20 años o menos con su bebé en brazos. De una manera muy natural preguntó a la Sra. Judith - mientras sacaba un latica que traía en una bolsa - si podía dejar allí ese pote de fórmula infantil, pues su niño ya no la necesitaba y podría ser útil a algún otro niño del hospital.

Y allí estaba yo, como un simple testigo, viendo como en un país abrumado por el tema del bachaqueo y de la necesidad individual por sobrevivir o hacer trueque con alimentos, una joven madre de origen humilde dejaba una lata de fórmula láctea para que otro hijo de quien sabe quién pudiera aprovecharla ante la urgencia.

Ese caso no fue titular de periódicos y como hecho aislado tal vez no pueda tapar la crisis que efectivamente estamos sufriendo, pero por otro lado es un hecho fehaciente de que entre nuestra gente la solidaridad existe y esa será una extraordinaria base para poder luego reconstruir este país.        

Cierro rescatando unas palabras de Vaclav Havel cuando apenas comenzaba a soñar con la reconstrucción de Checoslovaquia luego de 40 años de yugo soviético y en una situación de desesperanza similar a la que tenemos hoy en Venezuela: “Nuestros principales enemigos hoy son nuestros principales defectos: la indiferencia ante el bien común, la vanidad, la ambición personal, el egoísmo y la rivalidad. La batalla tendrá que librarse en ese ámbito” (Discurso de Año Nuevo a la nación. Praga, 1 de enero de 1990)

10 de abril de 2016

domingo, 7 de febrero de 2016

Petróleo, no subas nunca

No se trata de un tema coyuntural. No planteo el tema como estrategia para que caiga el gobierno actual. Estoy hablando a largo plazo. Soy de los que piensa que el petróleo – o mejor dicho, sus alzas astronómicas de precios - han sido una calamidad para los venezolanos, al igual que para muchos otros países dependientes del preciado oro negro.

Trataré de explicar mi posición, ya que sin duda tendrá muchos detractores y con razón. Jamás será descabellado reconocer el inmenso potencial de crecimiento que tendría un país con los ingresos que nos provee la industria petrolera, pero aun así, el saldo final - desde mi óptica - ha sido negativo y ha degenerado en más problemas como sociedad, que los que ha resuelto con su prodigiosa chequera.    

Lo primero que hay que aclarar, es que si bien el régimen chavista ha representado el
culmen del modelo rentista-populista, todos los gobiernos de la era democrática han sucumbido ante el oasis de la bonanza petrolera y en cada caso, hemos terminado peor. Uno puede argumentar que lo que ha faltado es un buen gobierno que sepa administrar eficientemente la renta, ahorrando e invirtiendo en época de “vacas gordas”. Pero tanto adecos como copeyanos y chavistas han fallado en tan obvia recomendación y es que la desproporción que genera los casi inimaginables recursos que entran, termina desbocando hasta al más conservador y echando al traste la sensatez de políticas económicas de largo plazo. Más aún cuando la tentación de usar esa “varita mágica” en el plano electoral, anima al detentor del gobierno a aumentar el gasto público en busca de popularidad.


No es casual que la matriz de opinión pública ubique el punto de quiebre de nuestra era democrática entre el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez y el de Luis Herrera Campins. Es decir, veníamos por década y media construyendo una democracia - no exenta de dificultades - y en el momento justo que aparece en nuestra historia una gran bonanza ¡cataplum! empezamos a quebrar la institucionalidad, aumentar en forma desmedida el gasto público, padecer de la corrupción como modo de vida de funcionarios gubernamentales, por nombrar solo algunas secuelas de la rumba petrolera.

Carlos Andrés Pérez fue el primer protagonista de esta lluvia de petrodólares, que muy bien le calzaba con su estilo populista latinoamericano. En el imaginario popular quedó sembrado ese quinquenio como de gran bonanza (razón que le hizo ganar de nuevo las elecciones en 1988, así como apresurar el sacudón de febrero de 1989 al exigir sacrificios que contrastaban con lo que la gente soñaba de su regreso) mientras algunos críticos denunciaban la tragedia de no haber gerenciado correctamente esa riqueza.

Luego Luis Herrera, quien comenzaba su mandato estableciendo políticas coherentes en materia económica debido al “país hipotecado” que reconocía recibir, sucumbió a la tentación de medidas más populares apenas el precio del barril petrolero se volvió a disparar. Lo demás, es historia. A partir de esa fiebre petrolera, temas como control cambiario, inflación, corrupción, gasto público, devaluación, endeudamiento, han sido titulares cotidianos de los periódicos venezolanos.

Mientras más ha subido el petróleo, más bajo hemos caído. Por el contrario, el único presidente  de la era democrática que culminó completamente dos mandatos y en sana paz, no exento de críticas pero con la reputación en alto, fue Rafael Caldera, justamente quien transitó sus dos períodos con precios muy bajos del petróleo y poderes públicos no complacientes.

Venezuela salió recientemente de la década más escandalosa en recursos petroleros. La cifra de ingresos es prácticamente imposible de cuantificar y aun así el país vive una verdadera ruina en cualquier área o sector productivo que podamos imaginar. Ni siquiera en la propia industria petrolera se hicieron las inversiones necesarias para producir más. La corrupción de la IV se quedó pálida al lado de las fortunas alcanzadas por funcionarios actuales, enchufados, boliburgueses y testaferros. “Lo que fácil llega, fácil se va” dice un trillado refrán popular. Y en efecto, de todos los ingresos recibidos a lo largo de estos años, no queda nada, sino un país en medio de una crisis a todo nivel. Es vergonzoso.   

Los petroestados caen en un vicio común. Al dispararse los precios del petróleo, el gobierno de turno prácticamente puede gobernar dándole la espalda a la sociedad, cosa totalmente inconcebible en países con economías diversificadas. Es decir, un gobierno de un país no petrolero necesita de una sociedad con economía próspera - con inversión privada y empleo bien remunerado - pues de ella sacará sus ingresos - a través de los impuestos - para poder administrar transitoriamente ese Estado. A esos países les interesa generar bienestar, es decir, crear riqueza, pues de ella depende su subsistencia y crecimiento. El gobierno depende de la sociedad. 

En oposición, en países petroleros durante períodos de abundancia, es tanto el flujo de divisas que entra, que podrían quedarse produciendo solo petróleo. El gobierno podría “darse el lujo” de prescindir de cualquier otra empresa productora de bienes y tener la tentación de traer todo lo demás de afuera. Pero esa situación acaba con el empleo y crea un ciclo de pobreza y dependencia, tal como hemos vivido de manera aguda en años recientes.  En estos casos, se voltea la fórmula y es la sociedad la que depende del gobierno, lo cual acarrea graves consecuencias.

Dichas consecuencias fueron analizadas por el periodista (3 veces ganador del Pulitzer) Thomas Friedman, quien relacionó los precios del petróleo con las libertades democráticas: “En los países petroleros el precio del crudo y el ritmo de las libertades se mueven siempre en direcciones opuestas…. Mientras más se eleva el precio promedio global del crudo, más se erosionan la libertad de expresión, la viabilidad de elecciones libres y transparentes, la independencia de los jueces, el imperio de la ley y el sistema de partidos políticos”.  (Recomiendo leer "La Primera Ley de la Petropolítica" por Ibsen Martínez )

Desde que tengo uso de razón, he oído el anhelo de acabar con el modelo dependiente de la renta del petróleo, pero erróneamente se empiezan a tomar medidas en esa dirección justo cuando el precio ha caído. Craso error. El modelo rentista se acaba si durante la bonanza el gobierno se concentrase en invertir esos excedentes en lo que le toca: desarrollo en infraestructura, vialidad, promoción de inversiones, mejora en la calidad de servicios educativos y sanitarios que eleven el nivel de competitividad del venezolano; de manera que al caer la renta, el país esté preparado en compensar tal baja con oferta turística y competitividad en otras áreas de la economía. Hablar de acabar con el modelo rentista cuando la renta cayó ya no es ninguna estrategia, es simple sobrevivencia. Y eso nos ha pasado una y otra vez. El vicio de usar los excedentes de manera populista es una práctica muy tentadora para seguir ostentando el poder. Es muy difícil hacer lo que se debe hacer cuando tienes caja de sobra para inventar y presiones de todo tipo en el entorno para distribuir esos recursos. Duro, triste, pero cierto. Y esa es la sombra que oscurece a las economías petroleras.

Por eso espero que el petróleo tenga también un “precio justo”, que permita desarrollar dicha industria pero obligue a consolidar el aparato productivo del resto de la economía no petrolera necesaria para ofrecer millones de empleos bien remunerados.

De no ser así, temo que se cumpla el vaticinio de Arturo Uslar Pietri: “La manera como el petróleo ha deformado la vida venezolana nos ha corrompido... Podría llegar ese día trágico... en que la historia de Venezuela se escribirá con tres frases: Colón la descubrió, Bolívar la liberó y el petróleo la pudrió”. 

viernes, 15 de enero de 2016

Maduro debe renunciar

Sí, soy muy ingenuo, lo sé. Pero no digo lo que va a suceder, digo lo que debería suceder si existiese un ápice de sensatez en el gobernante y si por un instante, una luz cegadora (como dice la canción de Silvio Rodríguez) iluminase al señor presidente y pusiera al país primero. ¡Ojalá!   

El discurso de Maduro está totalmente desgastado, repetitivo y vacío. Se evidencia en cada nueva presentación la ausencia absoluta de planteamientos para resolver la terrible crisis que afronta el país y su juego de enroques ministeriales y burocracia creciente, se alejan cada vez más del elemento clave que todo gobernante debería tener: confianza.

Uno tras otro he oído, no solo al presidente, sino a cada uno de los ministros repetir la eterna cantaleta del capitalismo, imperialismo, guerra económica, burguesía, derecha. Parece retórica, pero ante la situación a puertas de una crisis humanitaria, el discurso ya raya en la más absoluta irresponsabilidad y evidencia la total incompetencia en resolver la crisis. Son gobierno desde hace 17 años, pero se siguen sintiendo contendores, revanchistas y en campaña, cuando el país está exigiendo otro nivel de responsabilidad.

El tren ministerial, nombrado después de un mes que sucedieran las elecciones, no puede contar con confianza pues más que ministros es el presidente quien carece de ella. Un “bate quebrao” no puede formar un equipo ganador, eso es así y punto. Así que el país estará, lamentablemente cayéndose a pedazos, en la medida que Maduro mantenga la primera magistratura y los rostros que escoja para afrontar esta coyuntura nos aconsejen sembrar cebollín en una botella vieja o una  latica (Emma Ortega, Ministra Agricultura Urbana) o el responsable de la cartera de Comercio Exterior e Inversión Extranjera (Jesús Faría) arranque su gestión aseverando que “la guerra económica existe”. Venezuela no aguanta más tal nivel de caradurismo.   

El modelo chavista, revolucionario, socialista - como lo quieran llamar - fracasó desde su concepción, pero con la caída de los precios del petróleo y la ausencia de liderazgo se reventaron sus costuras y muestra el vacío que lleva dentro. Y así como el modelo bipartidista se agotó luego de 40 años sin re-oxigenarse, este modelo populista alcanzó su agotamiento inclusive para quienes se sintieron esperanzados con él.   

Me duele Venezuela y siento que cada día sin decisiones agrava nuestro futuro inmediato, inclusive en términos de necesidades elementales. Maduro debe renunciar y darle al país la oportunidad de reestructurarse. Es la salida más expedita y menos dañina.

Maduro debe renunciar, pero eso está a la altura de los demócratas y no de aquellos comprometidos con violaciones a los DDHH y actos de corrupción inconmensurables, lo cual hace que su única escapatoria sea aferrándose al poder.


15 de enero de 2016

domingo, 10 de enero de 2016

A Flor de Piel

Hoy me terminé de leer mi primer libro del 2016: “A Flor de Piel” de Javier Moro. Es el tercer libro que me leo de Moro y cada uno me ha gustado más que el anterior, pero ninguno como esta fabulosa novela histórica que relata una de las proezas más maravillosas y desafiantes de la historia de la salud pública internacional: “la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna”, la cual consistió en llevar el recién descubierto método para combatir la viruela al territorio del Reino de España fuera de la Península Ibérica (América y Filipinas) en los albores del siglo XIX bajo el reinado de Carlos IV.  (Procedimiento al cual se llamó vacuna pues su antídoto venía del mismo virus de la viruela bovina o “vacuna” y muchísimos años después Pasteur acuña el término de vacuna a su descubrimiento en honor a esta hazaña).   

Creo que todo médico, epidemiólogo, especialista en salud pública o interesado en la historia de la humanidad debería leerse esta fascinante historia novelada que destaca las hazañas de médicos notables y de temperamentos tan particulares como Francisco Xabier Balmis y Josep Salvany, así como la entereza y dedicación de una mujer como Isabel Zendal, proveniente de una familia gallega “pobre de solemnidad” y hoy en día considerada la “primera enfermera de la Historia en misión internacional” por su entrega a la expedición y el cuidado de todos los niños huérfanos de la travesía a través de los cuales se “transportaba” la vacuna.

Dr. José Ignacio Baldó
Esta historia me hizo pensar y pedir mucho por los médicos venezolanos entregados a la salud pública y a la profesionalización de la medicina en Venezuela. Me hizo recordar las grandes proezas en la erradicación de enfermedades llevadas a cabo en este país y que sirvieron de modelo para el resto del mundo. Particularmente la campaña contra la malaria, encabezada por el Dr. Arnoldo Gabaldón (quien fuera abuelo de mi recordada María Matilde Zubillaga), así como la campaña contra la tuberculosis, encabezada por mi tío abuelo Dr. José Ignacio Baldó y en cuyo hospital modelo “Sanatorio Antituberculoso Simón Bolívar – El Algodonal”  (hoy lamentablemente en pésimas condiciones) involucró a mi abuelo - Arq. Carlos Guinand Sandoz - para edificar una de las instalaciones más modernas para curar esta terrible enfermedad que afecta principalmente a los más pobres.
Dr. Arnoldo Gabaldón
También he tenido presente a mi querido Tío Alberto (Dr. Alberto Guinand Baldó), sobretodo en estos momentos en que su salud ha estado muy comprometida. Me hubiese encantado sentarme un rato a compartir impresiones del libro con él. Su obra la ha dedicado tanto a la salud pública como privada, en las áreas de cardiología y nefrología, destacando su increíble visión como fundador del Centro Médico Docente La Trinidad.

No pude dejar de pensar a lo largo de la historia en mi queridísimo Dr. Carlos Eduardo Paradisi, mi maestro en el tema de salud y cuya personalidad pudiese ser una extraña mezcla entre lo particular del Dr. Balmis y la bondad del Dr. Salvany, líderes de la expedición. Así como en cada uno de los médicos del Centro de Salud Santa Inés UCAB y en médicos más jóvenes pero dedicados a la salud pública en nuestro país como Julio Castro y mi prima Leonor Pocaterra. También hago una nota especial a una doctora y enfermera no titulada, pero que desde muy joven se apasionó por la asistencia en salud y se convirtió luego en nuestra médico de cabecera y enfermera a tiempo completo: mi adorada mamá, quien por cierto, me introdujo en la pasión por la lectura y por supuesto fue ella quien me regaló este libro en Navidad.   

En fin, un libro que nos reengancha con la palabra filantropía (del griego: “amor a la humanidad”) y nos recuerda que hasta en tiempos tan turbulentos como los inicios del siglo XIX en las colonias de España, hubo gente pensando en cómo salvar al mundo - y especialmente a las comunidades indígenas - del azote de la viruela. Para los momentos que vivo, con la idea de fundar una organización para ayudar a gente necesitada a canalizar sus problemas de salud, ningún libro pudo transmitirme más “a flor de piel” que estoy en buena senda.      


viernes, 4 de diciembre de 2015

Carta a mis amigos chavistas

Cuando escribes, generalmente asumes que quien te lee coincide en gran medida con tu línea de pensamiento. Suele uno plasmar la realidad que percibes desde una mirada crítica y personal, tratando de aportar algo positivo desde el lugar en que vives los acontecimientos. Recurrentemente escribo sobre Venezuela, pues la realidad que nos ha tocado vivir – a todos los venezolanos de esta Venezuela de principios del siglo XXI – es compleja y da para reflexionar mucho.

Hago esta introducción pues hoy quisiera dedicar mis líneas justamente a quienes no suelen ser mis lectores. Me encantaría poder llegar al pueblo chavista, aunque me conformo con llegar a algunos cuantos a quienes considero mis amigos e incluso mis colaboradores. Pienso en algunos en particular con quienes he discutido por largas horas sobre nuestro país, siempre en un ambiente cordial y de respeto mutuo; pero a medida que escribo vienen a mi mente muchísimas personas con quienes he compartido a lo largo de los años, provenientes de los más variados lugares y áreas de dedicación; desde médicos, enfermeras, técnicos y personal de seguridad, hasta militares, entrenadores deportivos, líderes de consejos comunales y testigos de mesa oficialistas.

¿Por qué les escribo? Por lo mismo que hemos conversado tantas veces. Por Venezuela, por su presente y por su futuro. Porque a la final la gran mayoría queremos exactamente lo mismo: trabajo, prosperidad, calidad de vida, paz, inclusión, oportunidades. Solo en el camino para llegar a ello nos hemos topado con diferencias y he tratado de entender sus razones para defender al gobierno, así como he tratado de transmitir que la polarización y los problemas que estamos padeciendo son - desde mi punto de vista - producto de políticas públicas erradas y un clima de confrontación que nos desvía de nuestros objetivos comunes.

No es para nadie un secreto que Venezuela no anda bien. De hecho, las críticas más agudas al gobierno actual se las he oído a personas afines al gobierno. A esos que han apoyado una, dos, quince veces esta revolución, pero que no son ajenos a los problemas de escasez, alto costo de la vida, inseguridad y corrupción, por mencionar solo algunos. Y las críticas son más agudas pues además de sufrir, como todos, los inconvenientes propios de esta situación, también viven la desilusión de ver en mal camino el sueño por el que tanto han trabajado.

Los gobiernos, así como todas las instituciones, necesitan renovaciones. Eso es así aquí y en Pekín. Hasta el mejor gobernante del mundo necesita bajarse del pedestal del poder para volver a tocar el piso de la realidad. “El poder tiende a corromper…” decía un célebre historiador católico y eso suele ser más cierto cuando las personas ejercen de manera indefinida ese poder. Para nosotros es aún más cercano el pensamiento de Bolívar expresado en su Discurso de Angostura: “Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía". El fragmento “el pueblo se acostumbra a obedecerle” es lo que más me ha impactado en el entorno venezolano, pues veo que efectivamente vamos tendiendo a ello. Nos vamos haciendo la vista gorda con irregularidades que impiden el desarrollo de una democracia sana. Temas como la ausencia en la separación de poderes o la confusión entre gobierno y partido suceden ahora cotidianamente y sería triste “acostumbrarnos” a ello.

¿Por qué les escribo? Porque estoy convencido que la alternabilidad es una de las condiciones claves para vivir en democracia. Porque nuevamente estamos frente a un evento electoral y siento que ustedes tienen una responsabilidad inmensa en el futuro de este país.

En algunas conversaciones que he tenido con ustedes me han transmitido que la oposición no los termina de convencer, pero que en estos momentos se vive un desencanto profundo con el gobierno. Así lo corrobora una reciente encuesta emitida por la organización Encuestas Libres: "… es interesante ver que la oposición no ha ganado tanto terreno, sino más bien las personas que no se identifican con ninguno de los dos bandos". (Encuestas Libres: El venezolano sigue esperando a un caudillo) Y no soy quien para forzar ni vender un mejor camino con determinada tendencia, aunque si les expreso claramente que el equilibrio de poderes es necesario para reencaminar el país y por ello la importancia de ustedes como factores críticos y elementos de cambio.

A diferencia de lo que se dice irresponsablemente a la ligera, tanto de un lado como del otro, la inmensa mayoría de los venezolanos - ya sean pro-chavistas o pro-oposición - son gente honesta y trabajadora. Caer en generalidades como que los chavistas son esto y los de oposición son aquello no nos ha hecho sino daño. Aquí hace falta el empresario, el obrero, el comerciante, el que piensa como yo y el que tiene otro punto de vista y lo defiende con argumentos. Si algo he reclamado a este proceso es habernos divido, sembrando en nosotros diferencias que no son tales. Venezuela como país, así como nuestra vinotinto en el fútbol, jamás podrá ganar con la mitad jugando para un lado y la otra mitad para el otro. Y creo que estamos en un momento clave para el encuentro, para jugar juntos. Y al igual que la vinotinto actual, nos tocará mucho esfuerzo para reconstruirla.   

¿Por qué les escribo? Porque el venidero 6 de diciembre hay un nuevo proceso electoral y aunque el resultado - sea cual sea  - no implica un cambio de gobierno ni va a incidir en soluciones a corto plazo de los problemas antes esbozados, si es una oportunidad para buscar un equilibrio de poderes que fortalezca la democracia, para el bien de todos.

¿Por qué les escribo? Porque quiero seguir trabajando por este país, pero siento que mi futuro y el de mis hijos está ahora en sus manos, más que en las mías.


4 de diciembre de 2015

viernes, 30 de octubre de 2015

Pobreza

A nadie le gusta ser pobre. A nadie. Es muy significativo que las Naciones Unidas vuelvan a fijar como primer Objetivo de Desarrollo Sostenible “poner fin a la pobreza, en todas sus formas, en todo el mundo” para el 2030. Es decir, esta debería ser la primera preocupación de todos los que habitamos este planeta.

Afortunadamente no nací pobre, aunque este año, por primera vez en mi vida y guardando las enormes distancias, he percibido lo que significa perder calidad de vida, lo cual me ha hecho reflexionar lo espantoso que debe ser vivir pobre. Salvo unos muy pocos, en Venezuela nos hemos empobrecido todos. Aquello que oíamos de los especialistas cuando hablaban que el sector más pobre usaba casi la totalidad de sus ingresos en comida, ha tocado la puerta de las familias profesionales “clase media”. El tema de que faltan diez días para volver a cobrar y ya se acabó la quincena, es ahora generalizado y cualquier consumo adicional a comida y colegio de los hijos parece ahora un gasto suntuoso.

En el país llevamos algo más de tres lustros oyendo hablar que la riqueza es mala y ser pobre es bueno. Con ese discurso se ha pretendido, con gran efectividad, igualar hacia abajo; justo lo opuesto a lo que propone la ONU para el mundo entero. Ser pobre casi que se ha convertido en un estatus. Estatus que el pobre “utiliza” para acceder a bienes y servicios por su condición, es decir, tiene que sufrir la humillación de decir que es pobre, justamente porque quiere dejar de serlo. Pero el sistema lo obliga a ser eternamente pobre, si quiere seguir subsistiendo. El modelo es perverso y mientras más se pule, más pobre queda el individuo, sobretodo en su dignidad.

Mucha gente afortunada, como yo, de no ser pobre, se refiere a ellos de manera distante y despectiva. Reclamamos al pobre cualquier cantidad de defectos y no somos capaces, con nuestro privilegiado conocimiento, de acercarnos o tratar de comprenderlos. ¿Acaso esta situación que estamos viviendo ayudará para ponernos en el zapato del otro?

Ante la angustia de no poder suplir todas las necesidades de mi familia, percibo el terror que debe sentir quien no tiene como asegurar los tres golpes de comida a la suya. Ante la imposibilidad de cubrir el gasto del seguro del carro - siendo afortunado de tener carro y haberlo asegurado en un pasado – comprendo ahora más de cerca por qué los pobres se aferran más al azar, al horóscopo o a creencias religiosas, pues tengo mi carro full de estampitas de cuanto santo se me ha aparecido en el camino para que me lo proteja. Ser pobre, pobre de verdad debe ser muy jodido y hay que pensarse dos veces la situación antes de emitir un juicio.

Lo contrario a la pobreza es la riqueza. Una palabra casi vetada en Venezuela, casi que da pena nombrarla pues simboliza al individuo rico que lo que posee lo ha hecho a expensas de otros. Pero Venezuela necesita riqueza y no justamente de la que está en el subsuelo. Más bien hemos visto como toda riqueza material es insuficiente si no se aprovecha para enseñar a producir, sino que se abusa de ella como dádiva, manteniendo a los pobres en su estatus de pobres.

La riqueza que produce más riqueza, la riqueza que necesita ahora Venezuela, podría  resumirla y ejemplificarla con otros dos Objetivos de Desarrollo Sostenibles que me parecen clave: educación de calidad - poniendo especial énfasis en la calidad – y trabajo decente, es decir, empleo que garantice a las familias una vida digna y el desarrollo del potencial del ser humano.

A nadie le gusta ser pobre. Tenemos que poner todo nuestro talento y solidaridad efectiva para erradicar la pobreza en Venezuela y al modelo que la acentúa.

jueves, 13 de agosto de 2015

Encuentro con Jesús en Tocorón

Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis;  estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.… (Mt 25, 35-36)

La Torre - Centro Penitenciario de Aragua (Tocorón)
Tocorón parece más una ciudad feudal que una cárcel. Un pueblo feudal latinoamericano con prácticas del Medioevo en pleno siglo XXI. Cosas que parecen imposibles, pero que son. Visité Tocorón justamente un día después que saliera un reportaje que mostraba lo que se ha convertido ese centro penitenciario con piscina, parque infantil, zoológico, finca, gallera, discoteca, canchas deportivas. A quienes aún son escépticos, puedo decir que sólo faltó mencionar que está en construcción una manga de coleo. Pero también faltó describir la vida, el rostro humano, de algún preso de la “población”.

Boulevard Tocorón con parque infantil y piscina
(solo para uso de "los cachorros") 
Sin proponérmelo, Jesús se acercó a mí. Yo había ido por la organización del primer torneo de Rugby realizado dentro de un penal, ya que desde hace más de un año la Fundación Santa Teresa y Proyecto Alcatraz se trazaron la meta de acercar este deporte y sus valores a los privados de libertad. “Si yo salgo de aquí, ¿es verdad que en la Hacienda Santa Teresa podrían darme trabajo?” me dijo apenas me abordó. Jesús estaba pensando en su futuro y gracias a Alcatraz y su proyecto dentro de los penales reconoció que en Santa Teresa se cree en segundas oportunidades. Si ya el mercado laboral venezolano está complicado, uno puede imaginar la dificultad adicional que supone para alguien con antecedentes penales, un CV donde su universidad ha sido Tocorón y ninguna experiencia laboral formal.

Luego de su abordaje inicial y mientras sucedían varios juegos de Rugby entre el equipo de la casa y los visitantes, Jesús se quedó a mi lado y estuvimos conversando largo rato. Lleva 8 años preso y tiene entre ceja y ceja salir de allí. Cuando habla de eso mira a la distancia las torres de vigilancia de la guardia nacional apostadas a lo largo del perímetro como esperando vivir algún día sin estar bajo el acecho de algún “verde”.  Cayó al mes de haber cumplido 18 años. “Apenas recién había cumplido la mayoría de edad”, me recuerda lamentándose, pero muy claro que no puede echar el tiempo atrás. Su condena es de 15 años, pero tiene la esperanza de salir pronto de acuerdo a su historial.

Jesús tiene una condición muy especial dentro de la cárcel. Así como uno logra reconocer claramente a los evangélicos pues visten camisa blanca con corbata y se dedican a ciertas labores serviciales, Jesús tiene cierto privilegio al ser “trabajador”. Así lo dice su camisa, mandada a bordar con un letrero más grande al dorso que dice Tokyo - como se le conoce cariñosamente a Tocorón -. Más tarde en el zoológico, lugar que fui a recorrer junto a él, vi que había otros trabajadores con camisas similares pero distinto color identificando el lugar donde se desempeñan. ¿Cómo lograste este trabajo? pregunté, y me respondió algo así como “echando el agua”. Al no entender muy bien, me dijo que allí en la cárcel hay un lenguaje propio: “aquí no puedes decir huevo, sino postura; a la mantequilla la llamamos quilla o mantecosa, y pare usted de contar”. “Echar el agua”, continuó diciendo, es algo así como “hacer portón”, término que utilizan los obreros que se apuestan al portón de una obra o fábrica en busca de empleo. Así que por mucho tiempo estuvo portándose bien y haciéndose notar para obtener ese trabajo.

Viviendas en Tocorón
Hoy comparte con sus compañeros un cuarto que está en la parte de atrás del duguot del campo de softball, donde duermen, cocinan y lavan todos los días la única camisa con que salen a trabajar cada jornada. Comparado con “la torre” y todos los ranchos de madera donde vive casi la totalidad de la población, ese cuarto es un lujo.

Cuando la confianza y la conversa me dieron la oportunidad me atreví a hacer la pregunta de las veinte mil lochas: Jesús, ¿qué hiciste para estar aquí? Además de la respuesta, me sorprendió la tranquilidad y sobretodo lo rápido que me respondió: “Asesinato, maté a un policía”. Es difícil mantener la cara sin mostrar asombro y seguir la conversación como si se tratara de cualquier otra cosa. El siguió más bien con ganas en contarme su historia: “Ese carajo me la tenía agarrada. Donde me veía me amenazaba, me señalaba, me decía que me iba a joder. Sí! yo robaba; de algo tenía que vivir ¿no? Un día el tipo me interceptó y teniéndome en el suelo me apuntó con su Glock. Disparó pero el arma se le trancó. La próxima vez era él o era yo”. Tenía 18 recién cumplidos y su mayoría de edad la ha celebrado año tras año en esa cárcel.

¿Cuál ha sido el peor momento que has vivido en la cárcel? Llegué a pensar que podría haber sido cuando llegó. Ese momento debe dar muchísimo miedo, inclusive para un homicida. Pero no, esa llegada fue un paseo en comparación con “la guerra”, hecho acontecido en 2010 donde un grupo de prisioneros decidieron arrebatar el control de la cárcel a los líderes del momento. Fueron días de plomo parejo para poder tomar la torre. Cuando le pregunté por el número de muertos solo me respondía “a morir, a morir” indicando tanto lo incontable como no querer recordar mucho esos hechos. A fin de cuentas, cada día no sabía si sobreviviría. Aún hoy en la fachada de la torre se ve la cantidad de plomo descargado que entiendo no se ha querido restaurar para recordar tal hazaña. Desde esa fecha ahora “hay un solo carro”. Quien lleva las riendas de una cárcel se le suele decir que “lleva el carro” y al estar claramente identificado el liderazgo del pran, hay cierto clima de paz en la cárcel. Aunque suene extraño, los presos de Tocorón prefieren las cosas así. “Si uno camina recto, no tiene por qué pasarte nada y más bien aquí tenemos la oportunidad de estar todos los días al aire libre, a diferencia de otros penales manejados por el gobierno”.

Su madre es la única persona que lo visita. Le lleva comida “seca” que él mismo cocina. De su papá no sabe desde que lo agarraron. Nunca lo visitó y la conversa se torna agria con el recuerdo. “Si estando aquí no recapacitas, ¿de qué vale?” me dice como queriendo ser otra persona cuando logre salir, aunque me confiesa el susto que da enfrentarse al mundo. Aprovecho y le cuento de Humberto Prado, director del observatorio de prisiones, a quien conocí hace poco y quedé maravillado con su historia de vida, superación, trabajo y estudio justo después de salir de la cárcel. Su testimonio da esperanza y así se lo quise transmitir. Y así sigo pensando qué puedo decirle que le sea útil a ese joven de 26 años que se me acercó buscando compañía por lo menos un ratico de su vida. No estoy para juzgar, sino aprovechar la bendición de haber entrado allí a acompañar, conocer y como siempre, recordar cuan privilegiado soy.


PD: Justo cuando empezaba a redactar este post se publicó este artículo del P. Alejandro Moreno sobre la vida de Don Bosco y su cercanía a los presos y jóvenes delincuentes. Más oportuno, imposible. Prevenir por Alejandro Moreno