

Bernardo Guinand Ayala
Si esto fuera una película me imagino perfecto la escena inicial. El campo húmedo por la lluvia y el comentarista dice: “Se prepara el camiseta 7 del Loyola. Puede ser el penal que defina…” y acto seguido, con el pateador frente al balón, una toma mostraría la grada repleta de padres, amigos y espectadores angustiados, para después dejarnos en un largo suspenso y hacer un vertiginoso flashback, diez años atrás, cuando los mismos jugadores estaban en preparatorio del colegio, pateando a lo loco, todos tras el balón.
En casa disfrutamos mucho las tradicionales historias de Hollywood, en especial esas de la vida real sobre deportes que te mueven la fibra y dejan una lección de resiliencia. Recuerdo en particular “Remember the Titans” o “We are Marshall” por mencionar algunas, pero ¿qué pasa cuando tu hijo y su equipo son los protagonistas de esas historias? ¿de dónde, sino de la vida real, salen esos guiones?
A Nando le ha hecho un enorme bien el fútbol. Más allá del salón de clases, fue este deporte el que le abrió la puerta a sus amistades desde preescolar. Como buen niño con necesidad de desarrollar sus habilidades y socializar, fue realmente la cancha de fútbol la que permitió su crecimiento, no solo en lo deportivo sino en lo personal.
Pero las adversidades no se hicieron esperar. La diáspora se llevó una buena cantidad de buenos jugadores y cada año había que ensamblar un nuevo equipo, entre los que asumían el liderazgo y nuevas fichas que subían de la categoría inferior y se abrían espacio, con ilusión, por las vacantes dejadas. Con el equipo en consolidación, también llegó la pandemia y otro importante número de buenos jugadores optó - razonablemente - por dejar el equipo ante la poca actividad en el colegio e inscribirse en academias particulares. Así, nos quedamos sin el goleador natural del equipo y sin un sólido defensa central, por mencionar solo a dos.
Cuando arrancaba aquel 2020 previo al covid-19, recuerdo que compartíamos en familia nuestros propósitos de año nuevo. Aquel año, recuerdo que Nando me pasa el papelito con sus propósitos y en uno de ellos decía: “ganar la liga”. Aquello me sirvió para hacer una reflexión con él, pues ese deseo superaba sus posibilidades personales, es decir, ese propósito no lo podría alcanzar individualmente y había muchos otros factores que le ponían condiciones a su intención. Recuerdo que luego de la reflexión replanteó su propósito así: “hacer mi mejor esfuerzo en la liga, ¡ojalá ganar!”
Pero en marzo de ese año llegó la pandemia y con ella se nos fueron dos años sin liga. Luego el colegio fue readaptándose poco a poco a la normalidad, así como los deportes. Los músculos, menos activos después de dos años atípicos, sufrieron tirones, agotamiento y lesiones al iniciar entrenamientos y ya entrado el 2022, casi a trompicones y con dudas, arrancó nuevamente la liga colegial de fútbol.
Si pudiera indicar el momento más esperado de cada semana, los 70 minutos en que Nando tenía juego estarían, sin duda alguna, en el top de la lista. Desgastar el concreto de la tribuna recorriendo de un lado al otro, pedir desesperadamente un gol, comentar con los demás papás cuál sería la alineación de ese día, empezaron a formar parte de cada viernes de la semana. Estaba más vigente que nunca esa trillada frase que reza: “se sufre, pero se goza”.
Y así, arrancamos la temporada, más sufriendo que gozando. Las ilusiones iniciales se desvanecieron muy temprano cuando perdimos consecutivamente los primeros cinco juegos de la temporada, asegurándonos el foso en la tabla. Mientras, varios jugadores titulares quedaron fuera del róster por lesiones, dejándonos aún más vulnerables. Aquel revés en Sierra Maestra frente a la UCV - en teoría el equipo más débil de la liga - significaba casi tirar la toalla. Aquella tarde, recuerdo que Nando y yo no cruzamos palabra en el carro. Sabía que no había nada que decir, cualquier mantra tratando de sacar lo positivo en medio de las adversidades, hubiese sido para que me mandara a callar.
A partir de allí la historia fue otra. Aún llena de adversidades, pero de las cuales se repusieron, siempre. No volvimos a conocer la derrota en adelante. Luego de esos cinco reveses, quedamos invictos en los siguientes siete juegos de temporada, con cinco ganados y dos empates, cinco juegos con la valla impoluta y dos remontadas que terminaron en victorias. Clasificamos en cuarto lugar para jugar la siguiente fase ante el Galicia y vencerlos en su casa para negociar luego un empate que nos llevaría a la semifinal ante el Club Ítalo, equipo temido y clasificado en primer lugar.
No terminaron las vicisitudes. Quien había emergido como goleador del equipo y pieza clave para llegar a semifinales, sufrió un esguince de segundo grado y nos volvía a poner en aprietos. Aun queriendo más, yo ya me daba por satisfecho, pero los chamos no. Emergió de ellos tal sentido de compañerismo y ganas de avanzar, que jugaron uno de los mejores juegos de toda la temporada, haciendo dos goles fenomenales y con los sustitutos poniéndole un mundo ante la oportunidad recibida. Recuerdo haberle preguntado a Nando después del juego: “¿Qué les dijo Villalonga – el capitán – justo antes del juego?” A lo que Nando me responde: “que todos creen, incluso en el colegio, que hemos llegado demasiado lejos, que nuestro equipo nunca ha sido el mejor, pero que tenemos que demostrar que tenemos aún mucho más para dar. Es por nosotros”.
Y así fue. Luego de un maravilloso empate en el juego de vuelta, luego de cambios de posiciones de los jugadores para tapar huecos y sacrificarse por el equipo, luego de nueve largos años de espera, luego de millones de gritos, de conversas íntimas, de emociones, de lágrimas… el equipo del Loyola sub-16, el equipo de nuestros chamos, contra todo pronóstico, se metió en la final contra un talentoso y muy antiguo adversario: el Colegio San Agustín de El Paraíso.
“Se prepara el camiseta 7 del Loyola. Puede ser el penal que defina…” Si has leído hasta aquí, ya lo puedes imaginar: “Goooooool” Y los vi corriendo por toda la cancha y mis ojos enrojecieron. ¡Campeones, campeones, campeones! Luego de cinco derrotas, siguieron doce juegos invictos y un trofeo compartido que vale realmente oro. Toda la temporada me había preguntado: ¿cuál sería nuestro 11 ideal? para finalmente llegar a comprender que la clave fue no tener jamás un 11 ideal.
Hace 33 años yo tenía exactamente la misma edad que Nando y cursaba también tercer año de bachillerato. También, junto a mi equipo y contra todo pronóstico – pero en béisbol y con mi uniforme de La Salle – ganábamos el campeonato. El trofeo lo mantengo en el estudio de mi casa y los recuerdos los tengo más vivos que nunca. Así como mi equipo en 1989, los héroes del 2022 no olvidarán jamás este capítulo de sus vidas. ¡Viva el deporte!
5 de julio de 2022
Bernardo Guinand Ayala
Uno de los grandes desafíos que tienen las organizaciones sin fines de lucro, está en la dificultad de medir su impacto tal como ocurre en el mundo lucrativo, donde la efectividad se mide en unidades vendidas, rendimiento, utilidades, tasa de retorno y un sinfín de indicadores cuantitativos muy tangibles
Conversando con María Guinand, a propósito de la alianza entre la Schola Cantorum de Venezuela y Fundación Impronta para la creación del núcleo de Pequeños Cantores de Caucagüita, compartíamos ese punto. María me contaba cómo muchos colaboradores le seguían solicitando la fórmula que mostrara cómo medir el impacto del canto coral en un niño que se estaba formando. Entre bromas, me decía que alguna vez llegó a insinuarle a alguno de ellos, que aún no sabía de la existencia del “espiritómetro” para ver cómo la música elevaba el espíritu de sus pupilos.
Ciertamente y dependiendo del área de desempeño que aborde cada organización social, habrá algunos indicadores para mostrar, pero, casi siempre, el apoyo parte de un elemento esencial que es la confianza. La confianza que pone un colaborador en la organización con la que contribuye. La confianza que pone dicha organización en el individuo a quien sirve. Y la confianza se retribuye ciertamente con hechos y resultados, pero sin ella jamás se puede arrancar.
Peter Drucker, ese gurú de la gerencia de finales del siglo XX, aparte de su prolífica obra, escribió un libro sobre la gerencia de organizaciones no lucrativas y en la propia definición que hace de ellas al inicio de su libro, explica cuán ambicioso – pero tan complejo de medir - es el impacto de una ONG:
“La institución sin fines de lucro no provee bienes o servicios ni controla. Su ‘producto’ no es un par de zapatos, ni una reglamentación efectiva, sino un ser humano cambiado. Estas organizaciones son agentes del cambio humano. Su ‘producto’ es un paciente curado, un niño que aprende, un muchacho o muchacha transformado en un adulto que se respeta a sí mismo, una vida humana enteramente cambiada”[1]
“Una vida humana enteramente cambiada” ¡vaya desafío! En Fundación Impronta, nos identificamos con cada una de esas líneas, tan parecidas a nuestra proclama de misión y las páginas de este informe buscan dar cuenta de ello. Por eso, a quien nos lee, a quien nos acompaña, a quien colabora con su talento, recursos o tiempo, agradecemos la confianza puesta en nosotros para llegar a 5 años sin dejar de crecer y con las ganas de seguir.
Quisiera relatar una
anécdota muy puntual, producto de uno de los planes más desafiantes que pudimos
concretar en 2021 y apenas comienza: el programa de Becas Impronta. Y digo
desafiante, pues del mismo se desprende un modelo de confianza hacia el
individuo, hacia aquel que apuesta por su futuro a través de la formación. Si
pensáramos en medir la “tasa se retorno” quizás nunca emprenderíamos tal
programa pues la incertidumbre es enorme. Pero, así como hemos recibido
confianza de quienes creen en nuestro trabajo, así también apostamos por cada
uno de nuestros jóvenes, a pesar de no tener certezas futuras.
En fin, durante esos días
habíamos tenido una reunión con el sociólogo Luis Pedro España, para interpretar
los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida ENCOVI que acababa de ser
presentada y entre las recomendaciones puntuales nos hizo mucho sentido esta: “deben
impulsar la formación para el trabajo, pero con herramientas prácticas, ágiles;
es decir, más allá de formación a largo plazo, deben proveer o promover cursos,
actualizaciones que sean muy pertinentes para la empleabilidad a corto plazo”.
En resumen, valorar el indiscutible nexo entre educación y trabajo, pero con
elementos de adaptabilidad a la Venezuela de hoy y a muy corto plazo.
Es decir, el análisis
académico y contexto país que acabábamos de recibir de Luis Pedro España, lo
había descifrado, con sus propias palabras, una adolescente de Caucagüita con
los pies sobre la tierra del país en el que vive. Poco nos costó decidir la
aprobación de su beca y semanas más tarde la vi, en la parada de la camioneta
en Caucagüita, uniformada de aeromoza con una sonrisota, para asistir a sus
clases.
Al momento de escribir
estas líneas, Melany obtuvo el grado de su curso siendo la primera en su clase y
aún no sabemos si encontrará o no trabajo en esa rama. Por supuesto esperamos
que así sea, pero su destino lo irá labrando día a día en esta Venezuela de
incertidumbres. El tema es que ella requería una oportunidad que además
valoramos totalmente coherente con nuestros planes. Melany, como cualquier ciudadano
en el mundo, acertará y errará durante su vida, no pretenderemos que todos sus
logros o fracasos se deban a nuestra vinculación, pero nos recuerda
constantemente que las personas, para prosperar, requieren oportunidades y la confianza
necesaria para avanzar. Será difícil de medir, pero es a lo que apostamos, con
pasión, en Impronta.
Abril de 2022
[1] Drucker, Peter F. Dirección de instituciones sin fines de lucro.
Editorial El Ateneo. 2001
Bernardo Guinand Ayala
“He entregado todo por estos chamos que están aquí” fueron las palabras de Henry
en un emotivo homenaje que la comunidad de Caucagüita le realizaba en el último
domingo que vivió. Luego de casi dos semanas sin dializarse y un diagnóstico
inminente, Henry agarraba fuerzas donde no había, para recibir todo el cariño
de la comunidad a quien tanto ayudó.
Frente a él, abrazados y con los ojos bañados en lágrimas, los jóvenes y
niños por quien dio todo, lucían sus nuevos uniformes de “Los Halcones”, último
deseo que Henry se dio el gusto de cumplir cuando pidió a su familia abandonar
la emergencia del Hospital Pérez Carreño para pasar esos últimos días en casa,
con su gente, con sus chamos, y entregar él personalmente cada uniforme. A
Carlos, uno de sus pupilos, le dejó instrucciones muy precisas: “Sabiduría Carlos,
sabiduría. Te toca seguir el legado, buscar apoyo y, cada vez que se pongan ese
uniforme, lúzcanlo con honor. No quiero que nadie lo esté usando por allí para
manguarear, ese uniforme es para usarlo en la cancha”.
Henry Vivas Reyes nació en Guasdualito, estado Apure, y aunque se vino
muy jovencito, siempre honró su gentilicio llanero, sobre todo en su comida, una
de sus pasiones. “Vente este sábado con tu viejo, que puse a secar la carne
para prepararles un picadillo llanero como nunca se han comido” decía siempre
animándome a acercarme con mi papá, por quien sentía un respeto muy especial,
que era recíproco. A diferencia mía, el papá de Henry había desaparecido de sus
afectos hacía mucho tiempo. Había sido un tipo bien posicionado económicamente
en su pueblo, pero lejos de significar una ventaja para Henry, su padre siempre
lo desafió. Luego de una dura - de muchas - palizas, un día Henry, aún siendo
niño, se rebeló e independizó y empezó a aprender a sobrevivir contra todo
obstáculo, desde contrabandear gasolina cruzando el Apure en una pequeña embarcación,
hasta despedirse de su Guasdualito natal siendo aún menor de edad.
Mi historia con Henry comenzó el 15 de julio de 2017. Ese día lo conocí
y marcó nuestro camino. Sin temor a equivocarme, Henry Vivas dio foco y un lugar
para que Fundación Impronta aterrizara tantos sueños; mientras que, a Henry, esta
sinergia le dio razones y fuerzas para vivir a plenitud sus últimos años de
vida. Aquel día, me acerqué por primera vez a Caucagüita por un motivo más que
social, ciudadano. Al día siguiente se celebraría aquel contundente plebiscito
que realizó la sociedad civil venezolana y Henry se encargó de coordinar tal
consulta en su parroquia. Yo había logrado reunir algún apoyo para el
refrigerio necesario para tal evento y el equipo del Radar de los Barrios me
insistió en tender la mano a aquel icónico líder social que trabajaba incansablemente
por su comunidad.
“¿Qué no hicimos Bernardo?” me decía un Henry ya abatido por su enfermedad
renal. “¿Cuantos inventos no nos apoyamos?” y así fue. Mientras Impronta
no lograba concretar sus propuestas iniciales en otros barrios de Caracas,
bastó una primera jornada de salud en casa de Henry y ya todo es historia. - “Henry,
necesitamos 100 chamos…” - “Te los tengo”. - “Henry: ¿será posible hacer 200
arepas en tu casa? – “¿Sólo 200? – “Henry: ¿podemos hacer la comida del plan
vacacional en tu casa?” – “Ah bueno, ¿y donde más la ibas a hacer?” En el
léxico de Henry Vivas, la palabra NO estaba ausente, y en 2018, Fundación
Impronta tomó la importante decisión de focalizar todos sus esfuerzos en Caucagüita.
El responsable fue Henry, no por su capacidad de darnos luz verde a cuanto plan
le proponíamos, sino que, además, dejando de lado todo interés personal, nos
fue presentando a muchas otras personas o acercando a otros sectores para
ampliar nuestro espectro. La Embajada, Los Sapitos, Los Guacamayos, La A, Los
Bloques, Ciudad Tablita, El Milagro, Rosa Mística, Turumo, Calle Bolívar, Villa
Esperanza, 28 de Julio… todos fueron sectores que fuimos conociendo de la mano
de Henry, quien, como baquiano de la zona, salía de copiloto a bordo del
Improntomóvil transmitiéndole confianza a la gente: “Ellos son de Fundación
Impronta y vienen conmigo”. En lenguaje futbolístico, Henry fue una estrella
abriendo y repartiendo juego.
En todo este trabajo, sin descanso, en paralelo aprendí lo que significa
ser paciente renal. Los riñones de Henry fallaban desde hacía unos 20 años y
dependía de los servicios de diálisis de un hospital público. El trasplante de
un riñón donado por su hermano Aaron había colapsado años atrás, así que Henry
tenía tres riñones, pero ninguno funcionaba. Tres veces por semana, Henry salía
a las 4:00 de la madrugada de Caucagüita - en el extremo este de la ciudad -
hasta el Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño - en el extremo oeste - para
conectarse a una máquina de hemodiálisis por 4 horas que purificara su sangre.
Luego debía volver en transporte público a su casa o incluso, asistir a alguna
reunión de trabajo, cuando su cuerpo pedía descanso. “Dame unos minutos y me
repongo” decía jadeando, pero nunca dejó de aprovechar una reunión post diálisis,
a la que llegaba exhausto y a la vez rechazando algo para beber, para aguantar
hasta su próxima visita al hospital.
La expectativa de vida de un paciente renal, con el trajín que Henry le
imponía a la suya, es muy inferior a lo vivido por él. Su vida con propósito,
su servicio a los demás, sus ganas de cumplir metas fueron realmente
admirables. Tanto así, que sus médicos y particularmente sus enfermeras se convirtieron
en testigos de primera fila de una vida que no dejó de luchar un solo día, hasta
que el último catéter para diálisis que logramos encontrar y colocarle en la
vena cava también colapsó y redujo sus probabilidades.
Henry Vivas no dejó jamás de buscar aliados donde fuera posible. Cuando
lo conocí ya se había incorporado a la política como vía para aspirar a un
mejor país. En paralelo, nunca dejó de tocar puertas a empresarios y otras
fundaciones para llegar a más. Su trabajo no le permitía depender de un solo
aliado. Supo, muy claramente, desligar su vocación partidista con el trabajo social
cuando se vinculaba con nosotros e incluso, ir en búsqueda del encuentro con
quienes pensaban distinto. Cuando re-inauguramos la cancha de La Embajada,
recuperada por Fundación Impronta, a pesar de ser artífice clave de aquel
logro, se quedó tras bastidores para minimizar cualquier manifestación política
que repercutiera en el acto y en el sentido real de aquel espacio deportivo.
Desde la llegada de Henry del hospital, su casa volvió a ser la de
siempre, atiborrada de gente, atiborrada de jóvenes que vieron en él la necesaria
figura masculina entre la ausencia de sus padres. Henry fue un verdadero
referente clave para sus vidas. A pesar de la conflictiva relación de Henry con
el suyo, se comportó como un padre, en el más amplio sentido de la palabra, no
solo para Henry y Angelina, sino para decenas de chamos a quien dio cobijo. Y vaya
que Henry no era una perita en dulce, sino un personaje que decía de
manera muy directa y fuerte las cosas a sus muchachos. Tal como hace un padre. Sería
difícil determinarlo, pero ¿a cuántos niños le habrá salvado Henry su futuro?
Aquel sábado, desayunando, recibí una video llamada y veo la cara de
Henry diciéndome: “me voy Bernardo, me voy”. Aquel sábado, aprovechó la increíble
lucidez que tenía para despedirse y dar directrices a todos sus seres queridos.
Llegué corriendo a su casa y un vecino me cedió la silla junto a su cama.
Henry, más que hablarme a mí, habló para sus familiares cercanos. Les habló de
por qué nuestra amistad había sido fructífera y fue la cátedra de humanidad más
maravillosa que haya presenciado en mi vida. “Respeto mutuo, siempre nos
tuvimos respeto mutuo. Y no solo para mantener una amistad, fue respeto en la construcción
de un proyecto común”. Y después de hablar las más maravillosas anécdotas
de todo lo que hicimos y sufrimos con Impronta, agregó: “La clave Bernardo,
es que tú siempre te sentiste bienvenido en mi casa, así como yo me sentí en la
tuya”.
Además de Lucy, su esposa, y su hija, también estaba Nancy, su madre,
quien jamás se despegó de Henry en cada momento duro de su vida. Henry enfatizaba
que lo que él era, lo había aprendido en su casa. ¿De quien más sino de su
madre? Henry murió un viernes de concilio, había perdonado a su padre y había
recibido en vida el homenaje que merecía. Fue velado en su cancha de La Embajada,
donde Los Halcones vistieron su uniforme, con honor, para su último juego, de
donde salió cargado en brazos.
12 de abril de 2022
Bernardo Guinand Ayala
“¿Cómo ves la cosa?” ha sido una pregunta recurrente en la
Venezuela de finales de 2021 y principios de 2022. La verdad que no hay nada más
complejo que tomarle el pulso a esta Venezuela tan enrevesada y cambiante, que
ni siquiera quienes vivimos aquí, logramos descifrar.
Hay personas que se enfurecen si alguien insinúa la existencia de alguna
mejoría económica, como si eso significara una victoria para el régimen, o como
si seguir ahogados en nuestras miserias sea la vía para salir de él. Hay otros
que con sarcasmo declaran que, si Venezuela ya se mejoró, entonces no hay que
seguir apoyando ningún programa de desarrollo social.
En fin, opiniones hay muchas y diversas, pero ciertamente la voluntad
del ser humano es seguir hacia adelante y aprovechar cada brecha para colarse y
aspirar a su propio bienestar. Efectivamente comienza como una burbuja, pero
que va ampliándose en la medida que llegue a quienes tienen alguna capacidad
productiva, mientras aquellos sin capacidades, lamentablemente puedan quedar
atrapados en una espiral de mayor desigualdad.
En definitiva, tanto hemos retrocedido que Venezuela necesitará
inversión y crecimiento por muchos años. Pero como la economía es cosa de mayores
y decisiones cargadas de análisis, cuando a mi me preguntan ¿cómo ves la
cosa? se me ocurre más bien ver las lecciones que estoy recibiendo de niños
y maestros en el sector educativo, que, aun siendo siempre tan subestimado, me
está dando los mejores aprendizajes de ese deseo de la gente común de avanzar.
Y este es el cuento. Al retomar actividades en escuelas en esta fase “post pandemia”, desde
Fundación Impronta hemos impulsado, con mucho ánimo, programas educativos en
Caucagüita con especial foco en cerrar la brecha agravada por el Covid, mejorar
la lectura y comprensión lectora e impulsar la lectura por placer. Lo primero
que vale la pena resaltar, aunque parezca obvio, es el alarmante rezago de nuestros
niños. Los dos años sin clases presenciales parecen como si el tiempo se
hubiese detenido a principios de 2020. Una evaluación en una pequeña escuela en
la parte alta de Turumo demostró que hay al menos un niño en 6to grado que no
sabe leer, pero solo uno que sabe leer en 2do grado.
Como podrán imaginarse, hablar de lectura por placer, cuando ni siquiera se
lee, ha venido replanteando el alcance y las estrategias de los programas, con
un equipo docente animado a adaptarse a los cambios. Y así, el programa Lectura
sobre Ruedas que apenas arrancamos, rápidamente y con mucha creatividad ideó
una respuesta creando el “taller mecánico” como el espacio donde acuden los niños
que requieren ajustar algunas piezas o darles alineación y balanceo.
El primer día de Lectura sobre Ruedas, que nació para incentivar el amor por la lectura y hacerlo de manera lúdica, se acercó Yeiler, un niño des-escolarizado de 13 años que deambula por las calles del sector Marín de Turumo y que Pily interceptó al ver el interés del niño en averiguar qué estaba sucediendo esa tarde en esa escuela. Al enterarse que no sabía leer, Pily lo invitó a pintar, lo cual agradeció con una sonrisa. Honestamente pensé que Yeiler iría solo ese día, pero desde aquella acogida, no ha perdido una sola clase los martes y jueves, aún con su desventaja. Yeiler, con su cara siempre feliz y su sonrisa inocultable, pasó a ser inspiración para todos siendo aplicado en todas las actividades y alumno ejemplar del taller donde Vanessa tiene el desafío de enseñarle a leer.
No ha habido, a la fecha, un representante adulto como intermediario, solo
el deseo de un niño de 13 años que, por alguna razón, se quedó atrás, pero vio
en esta movida una tabla de salvación para su futuro. Igual sucedió en una de
las últimas lecciones de Lectura sobre Ruedas, donde dos representantes
llevaron a su hijo a una sesión con la psicopedagoga de la escuela, quien les recomendó
que dejaran al niño aquella tarde en el programa. Es un niño de 1er grado con
algún tipo de dificultad de aprendizaje, pero que, bajo el asombro de sus acompañantes,
por primera vez se quedó trabajando con otros niños y aunque está algo debajo
de la edad del programa, también se quedó fijo ante la súplica de los padres.
Algo raro está pasando. Los mismos niños están saliendo al encuentro de oportunidades. Como Omar, de 12, que hace algunos años abandonó el programa de refuerzo escolar que tenemos con Vanessa en Los Guacamayos, pero al ver que su primo - quien si siguió - aprendió a leer y a escribir, acaba de pedir por cuenta propia, ser readmitido en el programa.
Como los adultos con la economía, estamos palpando a través de niños en
edad escolar, ese deseo de avanzar. Ciertamente, la voluntad de nuestros niños
no será suficiente si no viene acompañada por un impulso institucional y la
suma de voluntades a todo nivel. En todas las organizaciones que apoyo estamos
poniendo especial énfasis en este tema, así como la visualización de cómo la tecnología
nos permitirá avanzar más rápidamente. Hace poco, un potencial colaborador me hablaba
de la necesidad de dar “un salto de rana” hacia adelante, al hacer uso
de nuevas estrategias en educación que aceleren el proceso de aprendizaje. A
eso queremos dedicar tiempo y recursos en apoyo a las escuelas donde echamos
una mano.
Algo raro ciertamente está pasando. Y para mí, más allá de la burbuja económica o el fenómeno de bodegones y movimiento comercial que viene creciendo, es ver el deseo de los más vulnerables, por tomar decisiones en su vida a través de la educación.
27 de marzo de 2022
Bernardo Guinand Ayala
Hay una
imagen que me encanta y que de vez en cuando circula en redes, donde se muestra
a tres figuras deportistas en lo alto de un podio con sus medallas de oro,
plata y bronce siendo aplaudidos y retratados por la prensa. En la parte
superior de esa imagen dice: “aquello que vemos”; pero más abajo, debajo del
suelo, detrás del podio, así como la típica simbología del iceberg con la punta
que se ve y lo que hay debajo del agua, muestra aquello “que no vemos” y entonces
aparecen talladas en peldaños subterráneos de ese podio, palabras como:
sacrificio, pasión, fracasos, madrugonazos, aprendizajes, miedos, visión, dudas,
planificación y pare usted de contar.
Como buena historia,
esta tiene muchísimos antecedentes, pero quiero comenzar este relato hacia
finales de 2015. Como Venezuela es tan cambiante política y económicamente, ya
no tenemos idea de qué sucedió en cada período, pero recuerdo que en diciembre
de aquel 2015, las clásicas recomendaciones de finales de año de Luis Vicente
León y otros analistas expertos daban alertas de un país en crisis y recetaban
pautas como las siguientes: “no es momento de cambios”, “si usted tiene un
trabajo consérvelo”, “cuide el presupuesto familiar”… y en ese preciso momento,
luego de varias conversaciones y todo el respaldo de Mimina, a mí se me ocurre todo
lo contrario, renunciar a mi trabajo y por primera vez en mi actividad
profesional quedarme sin un quince y último y con muchos sueños pero sin planes
concretos.
Ese mismo diciembre,
en pleno almuerzo de Navidad, una conversa totalmente fortuita con Oscar
Grossmann, que él mismo catalogó como una “serendipia”, me abrió las puertas
para poder, al menos, arrancar aquel 2016 con cierta estabilidad involucrándome
con el trabajo de la Fundación MMG. El transcurrir de ese año fue para ordenar
planes, sueños y proyectos; de evaluar mis capacidades para saber qué podía y
qué quería hacer. Ese año, a todo decía que sí, al punto de llegar a participar
como en unas siete juntas directivas de diversas instituciones, por supuesto, todas
ellas sin fines de lucro y ad honorem.
Entonces llegué a
vaciar en una página de Excel, una lista de iniciativas que venía cocinando,
para poder definir dónde debía poner mi mayor esfuerzo. Recuerdo tener algunas
variables a ponderar que era algo así como: cuál de estas te apasiona, en qué
tienes talento, cuáles tienen posibilidad de algún ingreso garantizado, personalidad
jurídica constituida, etc. Y así, empecé a trabajar en paralelo en la propia
Fundación MMG, en el Instituto de Previsión del Niño, dando consultoría en
temas de recaudación de fondos, sentando las bases de una asociación para la
profesionalización del fundraising en Venezuela y la posibilidad de crear una
nueva fundación. Y esta última, aunque tenía la gran desventaja de no tener un
céntimo para fundarla ni figura jurídica creada, siempre era la que más me
movía el piso.
Así, luego de ese
año de transición, un 3 de febrero de 2017, en el Registro de Los Ruices,
estampaba mi firma como miembro fundador de Fundación Impronta y empezaba a
buscar gente que me acompañara en este viaje, empezando por mis viejos.
De allí en adelante,
el camino, ese camino empedrado que está por detrás del podio, esa masa del
iceberg gigante que está bajo del agua y que nadie ve, ha estado siempre
presente, recordándonos lo difícil ¡sí!, pero lo satisfactorio de alcanzar
metas cuando los desafíos son grandes. Y vaya que Venezuela nos la ha puesto
complicado.
El propio 2017
estuvo plagado de protestas y fue sentar las bases de una novel institución a
tiempo compartido con la labor ciudadana de hacer país. Un par de años más
tarde, el apagón eléctrico nacional nos cambió las reglas del juego y desafió
nuestro talento, mientras en paralelo familiarmente decidíamos nuestro futuro,
para volver a optar por Venezuela e Impronta aún con Green Card en el bolsillo.
Y qué hablar de los dos últimos años donde ya las palabras sobran sobre el
tránsito en las turbulentas aguas de la pandemia. Impronta, así como un sinfín
de instituciones y personas que han optado por nuestro golpeado país, parece ser
forjada en acero. Quizás, muy en lo personal, ser fanático de los Tiburones de
la Guaira me ha preparado para aquello que hoy llamamos resiliencia y ha sido
clave para levantarnos cada día a brindar oportunidades.
Cinco años en los
que no hemos dejado de crecer, aun cuando algunas alianzas que parecían obvias
se caen en el camino, pero donde siempre hay muchas más puertas que se abren;
la mayor de ellas, una gigantesca, como las puertas de una catedral que tiene
nombre en lengua cumanagoto: Caucagüita. La otra gran puerta, cada una de las
personas que nos hemos topado en el camino, amistades maravillosas puestas al
servicio del otro, haciendo voluntariado, aportando recursos o talentos,
involucrándose dentro y fuera de la comunidad. Quiero que todos los que nos
acompañan hoy aquí, sepan que este mensaje es con ustedes. Ni en mis más
extraordinarios sueños pude imaginar, en este relativo poco tiempo, tanta gente
levantando una bandera por una causa común llamada Impronta.
¿Y el podio? ¿Qué
hay de ese podio, esa medalla, que nos hace visibles cuando el esfuerzo que hay
detrás da resultados? No pretendo hacer una rendición de cuentas, ya pronto
saldrá nuestro informe de gestión con data suficiente para medir y analizar
cuánto hemos logrado. Hoy, en esta celebración aniversario solo expreso, muy
simbólicamente algunas medallas doradas que para mí, brillan en ese podio y que
me recuerdan que ha valido la pena:
Y así podría seguir
sin parar. Solo para recordar o recordarme, que ha valido la pena.
A todos ¡muchísimas
gracias!
3 de febrero de 2022
Bernardo Guinand Ayala
* A mis hijos Alexandra Elena y Bernardo Andrés Luis
La llegada de un nuevo año es momento oportuno para reflexionar, revisarnos, plantearnos metas. Cuando uno va creciendo, aprendes a valorar ciertas cosas por encima de otras y enfocarte en aquellas que te brindan mayor tranquilidad, alegrías y esa tan ansiada felicidad. Hay muchas recetas y muchos autores que han escrito sobre ello, algunas veces hasta las hemos puesto en la cartelera de la cocina ¿recuerdan?, pero hoy quiero compartir estas que – si bien no son todas – se me presentaron como un regalo de año nuevo para ustedes, pues nada me alegraría más como papá, a que ustedes puedan seguir sus propios sueños, siendo gente de bien y por sobre todo, personas felices.
Coman bien: suena muy trillado y repetido, lo sé, pero estar bien con nosotros mismos depende mucho de todo aquello que comamos. Coman rico, variado, de todo. Habrá, lógicamente, cosas que les gusten más y otras no tanto, pero variar y no excederse es clave para sentirse bien. La comida es además motivo de reunión, de tradición, de compartir. También recuerden que el alcohol puede alegrarnos una comida o fiesta, pero hay que tenerle respeto, ya saben que hay historias desafortunadas con su exceso. Y sobre las drogas, ni de lejos. Ellas matan. Punto.
Muevan el cuerpo: mucha gente descubre los beneficios del ejercicio y lo bien que se sienten ya de adultos. No esperen demasiado para decir luego: “si hubiese intentado antes”. No importa lo que hagan: fútbol, bici, aerobics, cerro, trote, yoga, pilates, tenis, caminata… lo importante es mantenerse activos y si es al aire libre, mucho mejor. La mente, el estudio, la felicidad, necesitan un cuerpo sano.
Cultiven amistades: las relaciones humanas son las mayores generadoras de alegrías, de apoyo, de ideas. Algunos estudios dicen que uno es parecido al promedio de las cinco personas más cercanas que te rodean, así que busquen estar cerca de personas positivas, optimistas, echadas para adelante, que les hagan reír y sentir a gusto, que los valoren y respeten y que los impulsen a ser mejores personas.
Familia es familia: quienes tienen la bendición de tener familia cerca, más aún familia grande y más aún familia que los quiere, deben cuidar y cultivar ese tesoro. Ciertamente, como en toda familia – y en la convivencia en general – habrá con quienes nos llevamos mejor y también habrá algún que otro pleito que, cuando queremos de corazón, nos pega un poco más. Pero la sabiduría estará en buscar siempre la armonía pues la familia brinda soporte en todo momento y alegrías en toda celebración, tal como lo acabamos de vivir en Navidades.
Busquen a Papá Dios: Dios está en todos lados. Algunos lo encuentran en la iglesia, otros en su cuarto, otros en libros, otros en la montaña o en la tranquilidad de la cama. Algunos son más de oración y otros somos más de encontrarlo en la acción, en las obras que hacemos. El Padre Azagra siempre recordaba a San Juan, quien decía que para poder amar a Dios – a quien no vemos – no hay mejor manera que amar al prójimo – a quienes si podemos ver, querer, tender una mano –. Busquen ustedes el mejor lugar y forma para dedicarle un tiempito a Dios. Recuerden siempre ser agradecidos en los momentos que nos sentimos afortunados y en paz, pero también pedirle cuando nos sentimos más vulnerables y nos flaquean las fuerzas. Cuando estuve de reposo, un amigo solía recordarme que Dios es un padre y a los padres es normal pedirles. Así que denle gracias y también pídanle, con la mejor manera que cada uno de ustedes sabrá cultivar.
Sean apasionados: con quienes quieren, con lo que hagan… sean apasionados. Mucho de ello dependerá en buena medida de poder encontrar aquello para lo cual se sientan útiles y encontrarse con aquellas personas que les muevan el piso. Pero nadie encuentra eso que lo apasiona echado en su cuarto sin moverse o inmerso permanentemente en la pantalla de un aparato electrónico. Deben probar cosas nuevas, aventurarse a cosas desconocidas, viajar, leer, conocer gente nueva y conocerse ustedes mismos. Cuando uno logra dedicarse a aquello que lo apasiona, la cara, los ojos, las palabras lo transmiten. Eso no significa que todo va a ser maravilloso ¡no!, la vida tiene altas y bajas, pero si permite conectarse permanentemente con lo que nos identifica y nos permite seguir avanzando, seguir viviendo.
Miren adentro: la felicidad no es un destino, ni un lugar. Ni siquiera es igual para todo el mundo. Mucha gente tiene millones y son seres totalmente infelices y hay algunos muy pobres que saben darle sentido maravilloso a su vida y ser felices. No quiero decir que pretendan ser pobres, pero sí que pongan lo verdaderamente importante por encima de cosas materiales. La felicidad deben hallarla dentro de cada uno de ustedes, es poder vivir en armonía entre nuestros sentimientos, afectos, condiciones de vida, decisiones que tomamos. También es tener un propósito que nos haga consistentes entre nuestros deseos y sueños y nuestras posibilidades y talentos para alcanzarlos. Unos japoneses, en la isla de Okinawa, suelen vivir muchos años; algunos investigaron el secreto de eso y además de su dieta y algunas otras lecciones, coincidieron en que promovían como cultura lo que ellos denominan “ikigai” cuya traducción sería algo así como “la razón por la que te levantas cada mañana”, es decir, viven con un propósito. No pretendo que eso sea un foco que ahora les preocupe, ya habrá tiempo para descubrir su propósito mientras siguen preparándose, pero si pueden irse conociendo internamente, buscando dentro de ustedes mismos cómo cada cosa o circunstancia los afecta. Conocerse internamente, a través de ustedes mismos o con ayuda, es una buena manera para ir construyendo su propósito en esta vida.
Finalmente, porque ya se me hizo larga esta página que quería escribirles, la felicidad en la vida no es la ausencia de sufrimiento o de circunstancias difíciles. Es más, ciertos momentos duros y tristes les harán valorar aún más los destellos de felicidad en su día a día. Y aquí tampoco están todas las lecciones, solo quise plasmar algunas que recordé con este nuevo año y dejar que ustedes sigan también construyendo su propia receta. Para mí, tenerlos a ustedes, quererlos a ustedes, escribirles a ustedes, es parte de las cosas que más feliz me hace. Los quiero.
5 de enero de 2022