lunes, 5 de julio de 2021

Paciencia y fe


Bernardo Guinand Ayala

 

Nada te turbenada te espantetodo se pasaDios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta. Santa Teresa de Jesús

 

 Abrí los ojos y allí estaba el Dr. Scholtz de pie, frente a mí, esperando. “Nos diste trabajo, ha tomado más tiempo de lo esperado, pero ya salimos de eso”. Sentía un extraño dolor en un hombro, producto de estar 5 horas anclado en la mesa de un quirófano boca abajo, pero curiosamente no sentía esa extraña sensación de resaca que suele dejar la anestesia. Vamos bien, pensé… ¿Cómo podría haber imaginado que estaría en el mismo lugar en menos de dos semanas?

 

Desde la primera consulta que tuve y a pesar de que las placas demostraban un deterioro importante de mi columna, me consta la cautela del Dr. Scholtz en intervenir la columna. Cuando un cirujano busca medidas alternativas antes de entrar a quirófano, particularmente me da mucha confianza. Nunca lo dijo así, pero siempre leí entre líneas que su mensaje transmitía: “tocar la columna no es juego de carritos” y por meses procuramos seguir fortaleciendo, hasta que los hechos pesaron más y la junta de neurocirujanos recomendó escalar al siguiente nivel.

 

Diez días después volví a abrir los ojos, en la misma sala, ahora quizás con más temor y buscando nuevamente la mirada del doctor. Al ratico apareció con un mensaje muy similar. La cirugía había vuelto a tardar algo más de lo esperado, pero el inconveniente había sido resuelto. Unos fragmentos de hueso que habían sido colocados entre las vértebras afectadas para propiciar su fusión, se habían desprendido y fueron justo a parar a la raíz de los nervios produciendo el dolor que esa semana había padecido, e incluso fisurando la duramadre causando una fuga de líquido cefalorraquídeo, lo que explicaba los dolores de cabeza y el bulto en mi espalda que había sido drenado dos días antes.  

    

Si hubiese podido escribir en aquel instante la experiencia entre la primera y segunda cirugía, quizás este artículo lo hubiese titulado “dolor y miedo”, pues los días y las noches se tornaron en horas interminables buscando alguna posición que no molestara. Obviamente sabía que la recuperación sería gradual, pero no esperaba el persistente dolor lumbar, la terrible ciática que ahora lanzaba corrientazos seguidos en la nalga izquierda y la aparición de presión aguda en la cabeza que me obligaba a acostarme, siempre y cuando el nervio aceptara la posición. El dolor produce al menos dos efectos muy complejos: la molestia o dolor físico en sí mismo y la capacidad de anularte mentalmente para desarrollar el resto de tus destrezas. Estás a merced de ese dolor, sintiéndote totalmente inútil y vulnerable.

 

Es desde esa misma vulnerabilidad desde donde escribo mi experiencia y la avalancha de pensamientos que se cruzan por la cabeza cuando estamos tan expuestos a ella. Aunque evidentemente no se trata de un interruptor que se pasa instantánea y definitivamente a modo on, en un momento procuré dejar de enfocarme en el dolor y adoptar como receta dos condiciones indispensables para asumir la recuperación: paciencia y fe.     

 

“La vida es un maratón y no una carrera de 100 metros” traté de repetirme para mis adentros, así que el punto de partida era tomarlo con serenidad y darle tiempo al tiempo. Generalmente las horas del día se quedan cortas para todo lo que deseamos hacer, pero ahora me encontraba con exceso de horas esperando pasar a otro día para sentirme mejor. Independientemente de la complicación y el retraso, la reflexión ha sido útil para saber que este tránsito será largo y que debe ser vivido a plenitud durante su trayecto. Cultivar la paciencia, entonces se convirtió en uno de los aprendizajes claves.

 

Afortunadamente, aunque me tomó muchos días dedicarle así fuera un ratico a la lectura, el momento de la intervención me agarró leyendo el “Libro de la Alegría” que resume una serie de conversaciones entre el arzobispo surafricano Desmond Tutu y el Dalai Lama, en la India, lugar donde está exiliado el monje budista tibetano. Ambos líderes espirituales, en las reflexiones sobre la alegría, coinciden que uno de sus pilares claves está en cultivar la compasión, cuya traducción del latín sería “sufrir con”. Así entonces, mientras pasaba largas horas viendo - literalmente - el techo, comencé a pensar, más allá de mis propias molestias, en las de tanta gente que sufre o han sufrido males muchísimo mayores. Pensar en otros, tratar de ponerme en sus zapatos, aliviaba entonces mis dolencias temporales y me recordaba cómo en cada uno de esos casos, la espera paciente ha sido clave.

 

Pensé, por primera vez con verdadera conciencia, en el padecimiento de San Ignacio, a 500 años de haber recibido un balazo de cañón que le volvió trizas una pierna y en su proceso de sanación durante un año sin antibióticos ni analgésicos. Pensé en Henry de Caucagüita, yendo 3 veces por semana a dializarse en un hospital público, durante muchos años y agarrando una camionetica de vuelta a casa cuando las fuerzas están en el suelo. Pensé en Mario, mi pana del colegio, intervenido 3 veces de columna con mucha incertidumbre y pasando por un largo período hospitalizado. Pensé en personas con alguna discapacidad o desplazados o heridos en alguna guerra, en aquellos que aguantan verdaderamente dolor por haber perdido alguna parte de su cuerpo en condiciones además infrahumanas. Pensé en tanta gente pobre en el mundo, que después de una enfermedad o una cirugía, si es que pudieran acceder a ella, deben subir o bajar las escaleras empinadas de su barrio y asumir su recuperación bajo condiciones muy precarias. Ese sufrir con, que define a la compasión, lejos de sumirte en una ola de tristeza, sirve como motor para asumir con temple tu propia historia.

 

A la paciencia se suma la fe como motor. A lo largo de los años he desarrollado mi conexión con la fe a través de las obras más que por vía de la oración. Aunque es algo que considero clave, confieso que me cuesta enormemente concentrarme para orar o meditar. Este momento surgía como una oportunidad de oro y aun así me costó muchísimo, pero descubrí una terapia maravillosa en el camino. Si bien la paciencia es algo que no se puede transferir a un tercero, la fe si es algo compartido donde la fuerza colectiva la potencia. De esa manera y sobre todo en esa larga semana totalmente acostado tras la segunda operación, tomé con mayor conciencia cada mensaje que recibía preguntándome cómo estaba o deseándome una pronta recuperación, y sobre todo, ofreciendo sus oraciones para ello. Así, esas verdaderas redes de apoyo se convirtieron en alegría y confianza cada vez que alguien me decía: “seguimos rezando”. Desde las visitas de mis padres e hijos, la cercanía de mis médicos y enfermeras, el chat de mis hermanos, tíos y amigos, gente que incluso conozco a través de Instagram, encontré palabras que me generaban consuelo y me exigían también una oración por cada uno de ellos y por cada persona que sufre en el mundo. Me he sentido querido por tanta gente, que conmueve y emociona, así como constaté el poder de la fe y la oración como alivio e impulso para seguir.

 

Dentro de tanta contención, no hay palabras que hagan mérito suficiente a quien tuvo que aguantar los quejidos en las noches o consolarme cuando entré en pánico por un dolor de cabeza luego de la segunda cirugía. En su libro “El hombre en busca de sentido” Víctor Frankl aborda por primera vez ese sentido que te aferra a la vida cuando habla del recuerdo de su esposa. “…la salvación del hombre está en el amor y a través del amor”. La vida es un camino tan maravilloso como complejo, pero doy gracias infinitas a Dios por poder hacer este recorrido acompañado. Qué tanto más fácil se me ha hecho con Mimina al lado, sin dejar además de atender a nuestros hijos y mis suegros quienes también han vivido etapas de convalecencia. A pocos días de arribar a 20 años de matrimonio y 30 juntos, que tan cercanas han sido esas palabras: “en la salud y en la enfermedad”. ¡Que privilegio el mío!

 

Junto al Dr. Scholtz y equipo de
neurocirugía del CMDLT

Volví a abrir los ojos y ya no estaba el Dr. Scholtz frente a mí. Me encontré nuevamente escribiendo, en casa, mejorando. Y mientras fueron transcurriendo los párrafos, mi columna remendada aceptó un poco más la posición en esta silla. Quizás escribo para mí, para que cuando la vorágine de la vida cotidiana me atrape de nuevo, pueda en algún momento revisar este texto y recordar cuán vulnerables somos y cuánto debemos seguir cultivando la compasión y el amor. Y quizás esas ideas que me han guiado durante estos días, recuerden a las descritas con mayor elegancia por Alejandro Dumas al final de El Conde de Montecristo: “…toda la sabiduría humana estará contenida en estas dos palabra: ¡Espera y confía!”                          

          5 de julio de 2021


PD: Mi agradecimiento profundo por cada palabra, oración, compañía de cada uno de ustedes y al talento de todo el equipo de salud del CMDLT, encabezado por el Dr. Herman Scholtz, con quienes me he sentido en casa.                            


domingo, 30 de mayo de 2021

La mayor osadía feminista

 

Bernardo Guinand Ayala

 

No tendría por qué que leer un libro o ver una película basada en hechos reales para conocer las desigualdades que han transitado las mujeres a lo largo de la historia. Tampoco tendría que revisar textos de siglos anteriores como parte de un pasado que ha quedado atrás. Me basta con cruzar a la casa de mis padres y sentarme un rato a conversar con mi mamá sobre las desventajas con las cuales tuvo que enfrentarse durante su juventud para poder aprovechar al máximo su talento. Mi abuelo, por quien mi mamá profiere una adoración y respeto inconmensurables, fue un padre ultra conservador que, por un lado dilató las posibilidades que una mujer de la inteligencia de mi mamá podría haber explotado en su adolescencia y por otro, forjó su temple y carácter.     

 

La mayor de 11 hermanos manejaba clandestinamente un Buick enorme alcahueteada por el chofer de la casa, hurgaba a escondidas en la biblioteca de su abuelo para leer libros “censurados” para una mujer, sacó su bachillerato bastante mayorcita pues solo le habían permitido estudiar primaria y sacó su carrera ya con seis hijos encima, a los cuales nos tocó alguna vez acompañarla a clases en la UCV. Odió de joven las clases de comercio a las cuales sí podían asistir las señoritas, mientras soñaba perfectamente haber sido doctora, abogada o representante diplomática ante las Naciones Unidas.

 

Hago esta introducción tan cercana para entrar en un tema que hoy en día hay que tratar con pinzas: el feminismo. Y digo “con pinzas” pues la opinión pública y las redes hoy se encienden con demasiada volatilidad ante temas sensibles y ante cualquier posición que no sea exactamente igual a la nuestra. Ciertamente en las últimas décadas, las mujeres han logrado enormes avances en las más variadas áreas del acontecer mundial, pero igualmente también siguen existiendo muchas brechas por cerrar.

 

La igualdad - de oportunidades, de ingresos, de justicia, de acceso a la educación - son consideraciones claves para seguir avanzando, aunque también soy de los que valoro que hombres y mujeres seamos diferentes. Iguales, sin duda, en todos los derechos demandados y oportunidades ofrecidas, pero enriquecedoramente diferentes en aquellos aspectos tan propios de cada género que nos complementan. Y eso es espectacular.

 

Hay feministas de feministas. Aquellas que luchan por esa igualdad de oportunidades pero también aquellas que pareciera que su lucha es contra los hombres. Aquellas que buscan inclusión o aquellas que buscan desarrollar propuestas exclusivas para mujeres. En fin, el tema puede ser muy amplio y debatible, pero lo que quiero destacar es que en cada una de las propuestas o reivindicaciones que hoy se postulan, poco se habla o incluso se minimiza una de las cosas más maravillosas de las mujeres: ser madres.

 

Soy de los que siempre quiso ser papá, que tuve mis hijos en un hogar que los recibió con los brazos abiertos, que he tenido un modelo de padre presente y cercano, que he tratado de ser ese mismo modelo, aderezado con un involucramiento propio de estos tiempos. Aún así, me doy cuenta lo prácticamente imposible que es llegar al nivel de vínculo que una madre tiene con sus hijos. Es una poderosa mezcla de ingredientes tan exclusiva, que por más que uno aspire a llegarle a los talones, parece inalcanzable. Mi papá siempre ha sido un padre amoroso, sin embargo mi mamá siempre supo intuitivamente cada situación que estaba transitando. Ahora veo que el modelo se replica con mi esposa y mis hijos. Y hay casos de casos, obviamente, pero espero poder expresar con palabras lo que creo que todos pueden comprender con sentimientos.  

 

Celebro, aplaudo, impulso los avances en todos los campos que sumen a las mujeres. Tengo plena conciencia que al camino le faltan cientos de kilómetros por recorrer. Tengo además una larga tradición de trabajo junto a ellas que me ha enriquecido, ya sea como par, supervisor o supervisado. También constato como en el barrio, poner esfuerzos en generar oportunidades para mujeres y niñas es garantía de éxito y es así porque la mujer pone en el centro de sus prioridades a su familia, a sus hijos. Por eso creo en un feminismo que no se centra únicamente en alcanzar los espacios aún no alcanzados, sino que pondera con verdadero valor aquellos espacios que las hacen únicas y esenciales. Sumemos nuevos espacios, pero sin dejar atrás esa naturaleza.

 

Hoy, ser mamá, con todo lo que ella implica, me parece que sigue siendo una verdadera osadía feminista. He tenido el privilegio de contar con los mejores ejemplos.       

 

          30 de mayo de 2021

domingo, 11 de abril de 2021

Cómplices

Bernardo Guinand Ayala

“Nos hemos acostumbrado al sistema totalitario y lo hemos aceptado como un hecho inmutable, lo que nos ha ayudado a perpetuarlo”  Vaclav Havel

 

La historia se conoce, se escribe, se enseña abiertamente y aun así, que difícil resulta no repetirla incluso teniendo en nuestras manos el libreto de miseria que dejan como legado autócratas delirantes de poder. La clave de todo sistema totalitario consiste, o bien en despacharte o en acomodarte como a un rehén a sus reglas. Y el ser humano, con su instinto natural a la sobrevivencia, termina siendo cómplice de su propia calamidad. Es rudo reconocerlo y más chocante decirlo, pero es una de las características clásicas de estos sistemas hacerte saber que si no alzas demasiado la voz, podrías incluso aspirar a un poco de sosiego en la vida.


Recientemente, en un almuerzo familiar, vivía una típica conversación sobre esta situación. Asumiendo mi libre interpretación, la conversa versaba sobre algo así: “No se pongan a alborotar el avispero, ni a exponerse demasiado, que ahora por lo menos estamos un poquito mejor. Ustedes solos no van a cambiar nada, así que mejor no vayan a exponernos a los demás” La conversa incluso se ponía más aguda, indicando que unos - por sus ideales - podrían ser responsables de perjuicios a los otros. Me vino a la mente la clásica alusión que teníamos de nuestros mayores cuando se hablaba de la dictadura de Pérez Jiménez: “Si tú no te metías con el régimen, podías sobrellevar la vida tranquilamente”. No me toca sentar posición sobre quien tiene la razón - de hecho, cada visión es válida según cual sea tu prioridad - pero sí exponer que esa es la estrategia de los “poderosos” y nos neutralizan haciéndonos convenientemente cómplices de su régimen aterrador.  


Llevado a otro terreno, muy particularmente en los momentos de mayor auge de protestas, la clase media recriminaba a los más pobres poco acompañamiento en sus reclamos, casi acusándolos de depender vergonzosamente de una bolsa de alimentos suministrada por el régimen. Y es así, la bolsa Clap - y una larga lista de condicionantes como esta - es tan responsable del silencio de millones de venezolanos como algo de sosiego y libertades económicas lo son para los más pudientes. Y todos lo necesitamos, pero en ese silencio aletargado vamos olvidando en el camino, los anhelos, los sueños y las vidas de quienes han quedado atrás o de lo que podríamos ser como nación.

 

Soy también de los que busca una vida más ordenada y confortable, pero bajo esta reflexión me toca traer nuevamente sobre la mesa a aquellos neutralizados por tratar de no seguir siendo cómplices, pues tal como han hecho los judíos con el holocausto, a veces nos toca refrescar la memoria para nunca olvidar los atropellos de quienes abusan del poder. ¿Acaso nos podemos olvidar de la muerte de Franklin Brito o de cada persona herida o asesinada que salió a patear la calle en busca de libertad? ¿Acaso ya pasamos la página de aquellos que han cruzado las fronteras o han muerto en una balsa escapando de abusos y falta de oportunidades? ¿Qué hay de las víctimas de tortura o presos o exiliados por pensar distinto? ¿Qué hay de los niños víctimas de desnutrición o “dejados atrás” por haberles tocado fortuitamente nacer en el socialismo del siglo XXI? ¿Acaso hemos rebajado nuestra dosis de dignidad para pasar agachados y sobrevivir?


Y no, no reclamo a nadie más que a mí mismo para tratar de escapar de la complicidad silenciosa que nos obliga este tipo de sistema, que nos pone a unos contra otros para olvidarnos quien es el verdadero responsable de nuestras desgracias como país. Así, la clase media reclama al pobre su sumisión a la Clap, mientras el pobre hubiese esperado de este otro, acompañamiento en sus demandas por servicios básicos dignos. El que se fue pretende canalizar su impotencia dirigiendo el camino del que sigue aquí; mientras el de aquí cree que el que se fue vive todo color de rosa. Somos más crueles con nuestros propios dirigentes políticos y a su vez los dirigentes revientan la confianza de sus seguidores cada vez que se creen los elegidos. Y en ese circo interminable de auto-saboteo, el régimen aplaude y se consolida. Cómplice no es solo el soplón del barrio, el guardia nacional desalmado, el enchufado con las agallas más grandes o el narcotraficante aliado; cómplices terminamos siendo todos, que aun siendo una inmensa mayoría seguimos sintiendo que “solos no vamos a cambiar nada” y es mejor esperar la llegada de un salvador de otras tierras pues ya bastante hemos sacrificado.    


Luego de 40 años de atropellos del régimen totalitario en Checoslovaquia, Vaclav Havel tomaba el poder un primero de enero de 1990 en Praga y lejos de enfocar su discurso en los abusos de sus predecesores, mostraba la responsabilidad colectiva:   

             

“No podemos culpar de todo a los anteriores gobernantes, no sólo porque sería falso sino también porque desgastaría al deber que cada uno de nosotros se enfrenta hoy: concretamente, la obligación de actuar independiente, libre, razonable y rápidamente… La libertad y la democracia conllevan participación y, por tanto, responsabilidad por parte de todos nosotros”.    


No tengo plan, ni recetas mágicas. Quizás estas líneas sean para repetirme a mí mismo que, aun buscando algo de sosiego en la vida, dejar de sentir indignación no es una opción. Que quizás sea cierto que “un solo palo no hace montaña”, pero nunca olvidemos el inmenso poder que tendríamos como colectivo cuando hayamos logrado dibujar una propuesta de país en la que nos veamos todos representados. Esa sigue siendo una tarea pendiente y responsabilidad de todos.         

 

          11 de abril de 2021

domingo, 7 de marzo de 2021

Estado de gracia

 

Bernardo Guinand Ayala


Una de las cosas que más valoro en la vida son las personas que te pone en el camino. Son, sin duda, uno de los mayores motivos para agradecer, para sentir que vivir vale la pena, para querer y sentirse querido, para demostrar cuan parecidos y a la vez distintos podemos ser unos de otros, lo cual nos hace únicos. Son motivo para recordar e inspiración para escribir.

No es la primera vez que escribo de Carlos Eduardo Paradisi, cosa que me hace reflexionar cuan profundas e interesantes eran nuestras conversas en aquellas tardes en que él terminaba de ver pacientes en el Centro de Salud Santa Inés UCAB y luego se acercaba a mi oficina para conversar, contarme de los pacientes del día, de los estudios y avances de sus hijos y cuanto tema se nos ocurriera. Nos agarraba la noche hablando de la vida o de los libros que estábamos leyendo en ese momento.

Médico de los jesuitas, Paradisi hacía honor a ese vínculo siendo un tipo controvertido, inteligente y en constante búsqueda del bien común. En sus últimos años de vida, combinaba su ajetreada agenda como médico y director con una maestría en filosofía que cursaba en la USB. La búsqueda de la felicidad se convirtió en uno de sus temas más recurrentes, espina que me dejó clavada profundamente como tema de interés y estudio.

Una de esas tardes me abordó un tema clave para encontrar la felicidad en la vida, a través de la disposición a lo que nos ocurre. El Doc me recordaba que los seres humanos solemos enfocarnos en destacar las cosas malas cuando nos suceden, lo que solemos llamar ¡Una verdadera desgracia! Esto pasa muy particularmente con temas de salud. Mi prima tiene cáncer, se me lujó otra vez el hombro, unos amigos tienen coronavirus, fulano se lesionó ¡Que desgracia! Incluso, a veces tenemos un pequeñísimo dolor que nos incomoda como cierta tensión en los hombros, tortícolis o una cortada minúscula en un dedo y sentimos que no podemos rendir en nuestras actividades diarias ¡Que desgracia!      

Paradisi entonces me recordaba qué poco resaltábamos lo casi a diario que todos vivimos en estado de gracia. - ¿Sabes todo lo que tiene que funcionar perfectamente bien en tu complejísimo organismo para que no tengas ningún dolor, molestia o incluso enfermedad? me recordaba Paradisi. - ¿Te das cuenta Bernardo de lo perfecto que es el cuerpo humano? ¿No es acaso eso vivir en completo estado de gracia? Por supuesto, Paradisi además de ser científico destacado, eran también un fiel creyente que no podía dejar por fuera la presencia de Dios.

Luego de unos 7 años corriendo largas distancias, maratones, sumando miles de kilómetros por años, mi cuerpo colapsó hacia finales de 2020. Una advertencia en 2017 indicaba que mi columna, con antecedentes hereditarios de lado y lado, estaba algo torcida. Y trabajamos en eso. En 2018, otro diagnóstico llegó a postular que debí haber sufrido un traumatismo de adolescente que no recuerdo - o quizás aquel accidente de 1995 -. Igual establecí mi mejor tiempo en maratón. A finales de 2020, luego de mis últimos 42k, una resonancia mostró un desplazamiento de las vértebras lumbares llamada espondilolistesis. Aun así, comenzando fortalecimiento para postergar una posible cirugía, este cuerpo es tan noble que fue capaz de subir a lo más alto de la Sierra Nevada de Mérida y en menos de un mes volver a la montaña para correr sobre 4.200 metros en el Ultra de Mifafí La Culata. Evidentemente, ahora habrá que parar un poco.

¿Es una desgracia lo que me está pasando? O más bien ha sido una verdadera bendición, que con la espalda comprometida, en los últimos 7 años haya podido hacer 9 maratones, corrido más de 15.000 kilómetros, subir las montañas más altas de Venezuela, viajar por el mundo, hacer nuevos amigos, sumar a mi familia a correr y escalar conmigo, organizar una extraordinaria carrera que vincula el deporte con mi fundación y para ñapa, sentarme a contar estas anécdotas.

Si bien hoy me siento desalentado y emocionalmente afectado pues tengo muchas metas que aun quisiera lograr, no puedo obviar que he vivido un largo período de gracia. Ahora foco en lo que toca, escuchar ese GPS interno que en español dice: ¡Recalculando! Y mientras tanto, mirar al cielo y agradecer a Paradisi por su reflexión y a Dios por haberlo puesto en mi camino.  

          7 de marzo de 2021

viernes, 5 de febrero de 2021

Mirada esperanzadora


 

Bernardo Guinand Ayala

 

Acción, suspenso, drama, terror o comedia. ¿Qué tipo de película venimos escribiendo en Venezuela? Si tuviéramos que entregar algo así como los premios Oscar de la Academia, la categoría del “Año más complejo” sería, sin duda, una de las categorías más disputadas y en la que cada año, tal como sucede en Hollywood, parece que los directores se esmeraran por elevar el nivel de la producción. 

 

Recordarán el 2017, un año extraordinariamente complejo y gran candidato al premio. En medio de ese turbulento año nació Fundación Impronta con muchos sueños, algunas ideas plasmadas en un papel y muy pocos recursos. La adversidad no nos frenó y aquí estamos hoy. Recientemente cerró el 2020 y como ya suele ser costumbre, la complejidad no dejó de ser amenaza, convirtiendo nuestro ya espinoso acontecer nacional en una crisis de categoría mundial. Pero incluso al finalizar sus días, a alguna de nuestras colaboradoras le escuché decir: “ha sido el mejor año que hemos tenido” evaluando lo alcanzado a pesar de las dificultades. Y en medio de esta pandemia llegamos a celebrar nuestro cuarto aniversario, con más preguntas que respuestas, con dudas pero con planes y sobre todo, llenos de esperanza.

 

Hace un buen tiempo vengo leyendo algunos escritos de un dramaturgo y político checo – Vaclav Havel - que dedicó parte de sus discursos y obras a hablar de la esperanza. Reconocía, que la esperanza no es objetiva, no es algo que se basa en hechos concretos ni en análisis acertados del futuro. Tampoco es algo que se encuentra en el entorno, en los signos externos que nos permitan visualizar un mejor horizonte. ¡No! La esperanza es algo que nace dentro de uno, que algunos la tienen y puede que otros no. Es como un don. Y ese don permite que aunque objetivamente veas el camino oscuro, gris y sin ninguna señal real de que las cosas vayan a cambiar para mejor, aun así esa fuerza te mueve hacia adelante para hacer lo que crees que debes hacer y para siempre tener una mirada esperanzadora de ese futuro que deseas. Incluso cuando año a año sigan superándose con la categoría al más complejo de los premios Oscar de la Academia.

 

Impronta, como fundación, evidentemente tiene planes y proyectos que pueden ser medidos en su alcance y eficacia, pero creo, que en este momento de Venezuela que nos ha tocado vivir, Impronta es por sobre todo una especie de faro que alumbra de esa necesaria esperanza para poder seguir, para soñar, para construir juntos, para preocuparnos y ocuparnos por quienes puedan vivir en una Venezuela más digna, más solidaria y más constructiva.

 

En la Isla de Okinawa, en Japón, viven unas de las personas más longevas del planeta. En algún momento hicieron un estudio y en promedio la gente vivía 7 años más que sus similares en América. Estudiaron que hay muchas razones para ello como su alimentación, sin duda deben vivir más tranquilos y relajados que nosotros aquí en Caracas y también se percataron que la palabra “retiro o jubilación” no existe en su vocabulario. El deseo de mantenerse útiles es clave para ellos. Por otra parte, tienen una palabra en su léxico que tiene un significado muy poderoso para ellos. Esa palabra es lo que ellos denominan Ikigai cuya traducción al castellano sería algo así como “la razón por la que te levantas cada mañana”. La idea de tener un propósito, por sencillo que parezca es un elemento decisivo en sus vidas y en su longevidad. No hay que tener como meta llegar a la luna sino, en cada etapa de tu vida tener una razón importante y tangible que te entusiasme cada día: cuidar y ver crecer a tus nietos, impulsar el sueño de esa guardería en la que invertiste tus ahorros, enfocarte en esos estudios que te permitirán apuntar a un Ikigai aún más grande, impulsar el deporte, la cultura o la educación en tu comunidad, transformar un espacio en desuso en un laboratorio para generar oportunidades de transformación en la vida de los jóvenes.

 

En fin, tantos propósitos que nos pueden animar a saltar de la cama para procurar alcanzarlos, aún en medio de las adversidades. Cada uno de nosotros tendrá los suyos propios, pero sé que en conjunto, agrupados bajo ese paraguas de valores y sueños que representa Fundación Impronta, seguir siendo sembradores de esperanza donde otros ven oscuridad es un propósito que vale la pena y que sería nuestro mejor regalo de cumpleaños.

 

Probable y objetivamente, este pueda parecer otro año para una película de drama o incluso de terror, pero que nuestra mirada esperanzadora nunca deje de ser ese faro que alumbra para que las generaciones futuras puedan vivir una Venezuela con más películas llenas de alegrías y superación. ¡Gracias a todos y feliz cumpleaños Impronta!

 

          5 de febrero de 2021

domingo, 17 de enero de 2021

Al lado del camino

Bernardo Guinand Ayala


Cero punto seis grados centígrados marcaba el termómetro de Alex, el estadístico oficial de la expedición. Durante toda esa mañana variaría poco la temperatura, llegando incluso a estar bajo cero, cosa muy rara para quienes vivimos en Venezuela. Claro, estábamos a más de 4.500 msnm en plena Sierra Nevada de Mérida y habíamos madrugado para procurar hacer cumbre en el Pico Bolívar esa misma mañana. Semana y media antes ni idea tenía que estaría inaugurando el 2021 caminando nuevamente por nuestras cumbres, pero una llamada inesperada de Naty no me dejó dudarlo mucho y aproveché los días que quedaban de vacaciones para embarcarme, esta vez con Nando, a esta nueva aventura.


A las 4:30am habíamos coincidido en la carpa-comedor para agarrar calor y tomarnos un buen café y el desayuno necesario para la jornada que tocaría ese 8 de enero. Café, té, avena, cereal, arepas de trigo con queso ahumado… todo un festín obsequiado por nuestras queridas Goya y Norelis para poder asumir la pela del día de cumbre, aunque a esa hora Nando y yo optamos por compartir un poco de avena y media arepa cada uno. Y café por supuesto, siempre café.


Tenía aún reciente en mi memoria la anterior subida al Humboldt y Bonpland, así que la adrenalina se dispara aún sin haber dado un paso. Es increíble cómo moverse por encima de cierta altura acelera el ritmo cardíaco. No me quiero ni imaginar dar un paso sobre los 7.000 u 8.000 metros, debe ser una verdadera odisea. A las 5:20 am nos pusimos en marcha, creo que a menos cero en ese instante según anunciaba Alex con su particular estilo alemán. Marcus siempre a la cabeza, como todo jefe de expedición y más cargado que los demás pues a él y a su equipo les tocaba llevar las cuerdas y equipos necesarios para la seguridad del trayecto.

 

Salimos de la Charca Alta - nuestro campamento base - y luego de unos 35 minutos ya estábamos en la explanada denominada Albornoz, que suele usarse también de campamento. Íbamos todos juntos, quizás una de las mayores virtudes de ese grupo que heredé una vez nos montamos en el autobús. Desde que salimos de Los Nevados siempre estuvimos todos muy cerca y a muy buen ritmo, cosa que le dio un significado y disfrute especial a toda la expedición y la felicitación de nuestro experto guía. Así que nos disfrazamos de andinistas pro con cascos, arneses, mosquetones y pa’ arriba. Un pequeño “toque técnico” de Marcus a esa altura, cosa que todos agradecimos y seguimos subiendo, encarando la Sierra Nevada por su vertiente sur.
P. Abanico y garganta Bourgoin

 

Algo más arriba divisamos la Laguna de Timoncito ¡cuántos recuerdos de mi infancia escuchar ese nombre! De chamo siempre me había fascinado oír hablar del color turquesa de esa laguna - aunque la veía en un librito en blanco y negro - y del famoso Glaciar de Timoncito, lamentablemente ya desaparecido. Al frente también se asomaba “El Abanico”, la garganta Bourgoin y a la izquierda, sobre nosotros, el famoso “Vértigo”, un pico que también me emocionaba de niño por lo puntiagudo y estilizado, aunque estaba envuelto en nubes y niebla, que no nos abandonarían durante toda esa mañana, a pesar de estar en plena sequía y se esperaba cielo azul intenso. Imaginé los años que me tomó llegar allí y mi chamo, de apenas 14, ya estaba enrumbado al tope de nuestras montañas. Hacerlo con él, con su paso seguro y sus ganas de estar siempre a la cabeza, le daba un toque aún más especial. A veces se quejaba ¡claro! sobre todo del frío, pero sube como una cabra y ni se inmuta con la altura.

 

Laguna de Timoncito


Llegamos a una parada obligatoria. El giro que hay que tomar hacia la izquierda para atacar la Ruta Weiss nos exigía una primera escalada relativamente sencilla, pero Marcus se adelantó para tender una primera cuerda que facilitara la subida y ofreciera seguridad. Nando ascendió rápidamente y luego de seguirlo apreciamos la dinámica propia de escalada en roca: enganchar equipos, subir, asegurarte y esperar pacientemente, sobre todo eso. Ir en grupo e ir seguro exige paciencia, así que dos tramos más arriba nos agarró montados en la ladera de una roca grande donde esperábamos que el resto del team subiera mientras Marcus ascendía algo más y aseguraba un nuevo tramo. En medio de esa espera, con cielo gris y frío intenso, veo unas pequeñas gotas que caen y pienso: “lluvia, lo que faltaba”. Pero las gotas bajaban lento y acto seguido veo a Sirius y Manuel - los pupilos de Marcus - poner la palma de la mano hacia arriba como quien quiere agarrar lo que cae del cielo. Eran las 7:27 de la mañana según reporta el primer video que grabé cuando indudablemente lo que caía del cielo no eran gotas sino nieve. Manuel y Sirius parecían unos carajitos con juguete nuevo y yo no cabía de la emoción en decirle a Nando que estábamos presenciando una nevada más que inesperada. Curiosamente la noche anterior Marcus había considerado la probabilidad de nieve como algo similar a que nevara en Madrid… pero en verano.

 

Nando en plena nevada

Poco a poco se fue pintando todo de blanco. No era la típica agua-nieve que se derrite al tocar suelo, sino que fueron unas 3 horas con intensas ráfagas que fueron cambiando el panorama gris a un intenso blanco de unas dos pulgadas de espesor. Ver hacia arriba los copos cada vez más gruesos y todos los picos nevados y hacia abajo Timoncito en su esplendor como cuando hubo glaciar y se hablaba de la leyenda de las cinco águilas blancas no tenía precio. Un espectáculo que por más que programes, sería imposible sin que Dios lo agendara. Nadie más rondaba la montaña, así que además te sientes testigo de algo maravilloso del cual solo tú - y tus fotos - pueden dar fe.

 


Pero como un buen gusto tiene sus consecuencias, llegó la hora de constatar lo que todos
Descenso en Rapel
 imaginábamos. Por prudencia, Marcus prefirió abortar la subida a cumbre faltándonos apenas 160 metros de desnivel. Habíamos subido desde 2.700 msnm hasta algo más de 4.800 y justo allí nos retiraríamos. Como consuelo, ese mantra que te dice que la montaña seguirá allí, pero esa experiencia es irrepetible, la llevamos todos confiados de que era así. Ni siquiera los López, nuestros compañeros de Valencia que por tercera vez se les negaba el Bolívar, se sentían frustrados. Era una bendición ser testigos de esa nevada y caminar por más de 4 horas por nieves vírgenes venezolanas. Tan así, que efectivamente la bajada fue lenta y tediosa, ajustando varios puntos de cuerdas para bajar en rapel, pero de uno en uno hasta completar los 17 expedicionarios lo que se convirtió en una espera larga con un frío intenso sobre todo en manos y pies.

 

La noche anterior, en una agradable conversa en torno a la cocina y previo al gran día, uno a uno fue diciendo qué canción le pondría a la excursión. Se nos fue grabando un play-list de canciones maravillosas de las cuales, grandes y pequeños, éramos afines. Puros clásicos, cero reggaetón; todos emocionados con las propuestas de los demás que ávidamente iba reproduciendo el apodado DJLo en su iPod: Queen, The Beatles, U2, Sinatra, Fito, Yordano, Cold Play, Paul Simon, Soda y otros más. Nos alegró escuchar la historia de Marcus sobre Beautiful Day” de U2 que había marcado la exitosa expedición al Everest de Proyecto Cumbre hace casi 20 años, con un radiecito de cassettes a cuestas en pleno Himalaya. Y en efecto eso fue lo que terminamos viviendo, aún sin cumbre: un día espectacular.

 

Todos. Foto: Naty Lashly


“La verdadera cumbre está en el caminodicen los tibetanos y la verdad es que nos lo tomamos muy en serio, tanto así, que el día de bajada extrañamente fue un día realmente maravilloso y que queda en mis recuerdos. Esos días de retorno suelen ser largos, tediosos, cansones, “de trámite” como dirían en un juego de fútbol que no tiene ningún valor para la clasificación, pero para nosotros pasó a ser un día más de disfrute y de sensaciones muy a flor de piel sobre la montaña, el valle, la experiencia por la que veníamos descendiendo. Ese día se abrió y pudimos apreciar la cordillera desde el Pico Espejo en un extremo, hasta el Bonpland en el otro; enfilarnos nuevamente al Valle del Indio, un lugar indescriptible que vale la pena conocer así no vayas buscando cumbres. En fin, un día para repasar los días previos y recordar al más puro estilo de Fito Páez que: “me gusta abrir los ojos y estar vivo”. Hoy, agradezco a Marcus, a su maravillosa gente de su escuela de montaña Sagarmatha y a cada uno de mis compañeros por permitirme estar a su lado en el camino.                                      

          

          17 de enero de 2021

domingo, 13 de diciembre de 2020

Parábola del buen padre

Bernardo Guinand Ayala

 

-“¿Qué es un padre?” preguntó el niño al viejo sabio. Este, que se encontraba pendiente de otros asuntos se limitó a responderle: - “Un padre es aquel que te ayuda a crecer”. Pero al niño, que era entrometido y avispado, no le satisfizo la respuesta y replicó: - “¿A crecer? pero desde cuándo, pues siempre he escuchado que los primeros años de vida son muy importantes, pero luego no recordamos nada”.

 

El sabio, tentado a responder cualquier cosa pero dándose cuenta que el pequeño no cesaría en su interés, dejó a un lado lo que estaba haciendo y le comentó: – “Te voy a contar esta anécdota. Quizás así pueda responder a tu pregunta”. Y dándose el tiempo necesario, mientras se sumaban otros curiosos a la conversación, comenzó su relato.

 

Un niño nació en un hogar afortunado, no por tener lo necesario materialmente sino por la calidez que lo rodeaba. En sus recuerdos más lejanos, esos que los estudiosos dirían que era demasiado pequeño como para recordarlos, se dibujaba en su memoria una escalera semicircular. Era una escalera muy bonita y bien elaborada que iba transcurriendo la pared que la limitaba de un lado y un pasamanos de madera caoba oscura del otro. La escalera y su pasamanos siempre estaban relucientes y por ser de madera daban la impresión de elegancia y buen gusto. Si bien esa escalera solía usarla para subir de la planta baja al primer piso, donde vivía, algunas veces conectaba a un segundo piso ubicado en lo alto de la torre, pues esa parte de la casa tenía forma de castillo y la planta superior le despertaba muchísima intriga.

 

Al llegar a la parte más alta, la circunferencia de la torre estaba revestida por una bella biblioteca caoba oscura como la escalera, que solo se interrumpía por unas ventanas que daban hacia la montaña, mostrando, además del verdor impactante de sus frondosas siluetas, un cielo azul intenso como fondo, que se intensificaba sobre todo en diciembre.         

 

Debía tener unos 4 años y aun así ubica sus recuerdos o su imaginación, tal vez, en un sillón que había en esa enigmática biblioteca. No podría recordar el color o forma de la butaca, pues en ella, cada vez que le tocó la aventura de subir hasta la cima de la torre, estaba su padre sentado con un libro entre las manos. Era un libro gordo, con muchas historias y cuentos, y al igual que la escalera y la biblioteca, tenía la tapa color caoba oscura, lo recuerda clarito. Eran varios cuentos los que estaban allí escritos y su autor sonaba como inglés, o eso creía recordar, pero siempre su papá lo abría en la misma página.

 

La rutina era la misma, no tenía por qué cambiar pues siempre daba resultado. Cuando llegaba a lo alto de la torre, se sentaba en las piernas de su padre, quien con pleno gusto volvía a tomar el pesado libro marrón, abría la página del cuento del señor inglés o irlandés y pacientemente se disponía a leerle. El libro no tenía dibujos, así que el padre hacía esfuerzos por describir los lugares y personajes y entonar sus mejores voces para hacer el cuento lo más real posible. No era tampoco un cuento cualquiera, pues definía claramente valores y creencias y estaba narrado como toda buena historia donde no todo era bonito, sino que transcurrían situaciones alegres, intrigantes, desafortunadas, tristes, otra vez emocionantes y con un final inesperado que cada vez que lo escuchaba parecía que fuese por primera vez.             

 

Entonces el niño astuto y preguntón interrumpe al sabio y le dice: - “Ya entendí, ya entendí. Un padre es entonces quien te carga cuando eres pequeño, quien dedica su tiempo cuando llegas a su lado y además te deja las más bonitas enseñanzas de los libros para poder crecer”. A lo que el sabio replica: - “Es cierto, pero más aún, un buen padre es quien lo sigue haciendo al transcurrir los años y sus enseñanzas, más allá de los libros, las modela con el ejemplo”.

     

13 de diciembre de 2020