domingo, 3 de septiembre de 2023

¡Buena compañía!

Bernardo Guinand Ayala

 

“Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”

Proverbio africano

 

Recién aterrizaba en Caracas y percibía una sensación de guayabo. ¡Me he quedado sin meta! Acababa de correr el maratón de Londres y de repente me había quedado sin proyecto a la vista. Luego de la intervención en la columna, estuve casi dos años con la cabeza puesta en recuperarme y tal como había rezado tantas veces, poder correr de nuevo un maratón. ¡Lo había logrado! Y había sido un desafío de largo aliento, pues dependía de la recuperación, rehabilitación, fortalecimiento y empezar a correr de nuevo. Un plan de un par de años que, efectivamente, me dio foco durante ese lapso y alcanzó su objetivo.

 

“¿Y ahora qué?” llegué a pensar. Sin desesperación, ni apuro, ni drama, pero al llegar a Caracas tuve el impulso de agarrar papel y lápiz y plasmar en un papel algunos planes de corto plazo. Y así como escribo cada enero mis “propósitos de año nuevo”, esta vez, por primera vez, tuve la necesidad de establecer algunas metas para los próximos 4 meses, pues apenas arrancaba mayo y justo cerraría ese lapso en agosto, mes de mi cumpleaños, mes de mis 50 años.

 

Par de líneas para temas generales, otras tantas para propósitos de familia y de trabajo, para luego poner foco en un apartado que titulé: “salud y deporte”. Luego del maratón tenía claro que quería bajar la intensidad al trote, así que escribí: “más montaña”, y unas líneas más abajo, entre interrogantes, me desafié: “¿y si nos vamos pa Mérida?”.

 

Aún tenía la espina clavada del infructuoso ascenso al Bolívar en 2021 por aquella inesperada nevada en plena temporada de sequía. Pero la idea era solo una hipótesis, pues sabía que agosto corresponde a temporada invernal en los Andes venezolanos y ya había vivido cómo el clima puede afectar los planes, sobre todo al tratarse del Pico Bolívar, donde dependes de equipos y apoyo técnico. En fin, perfecta excusa para dejar el plan entre interrogantes, pero un expedito mensaje encauzó el futuro.

 

A un día de haber llegado a Caracas, decidí escribir a Ender Díaz, un guía de montaña merideño con quien habíamos hecho cumbre en el Humboldt en 2020. “Epa Ender, esta es una idea aún vaga, pero ¿sería posible hacer el Bolívar en agosto, en pleno invierno, ya que cumplo 50 años en esa fecha?”. El merideño, urgido en concretar montañistas, antes de responder a la duda ya estaba mandando un plan de varios días y sus noches, los potenciales lugares de acampada y el atractivo de sumar el Pico El Toro a la odisea. Proponía la ruta por la cara norte de la Sierra Nevada, siendo un atractivo para mí que ya había recorrido el trayecto por la cara sur desde Los Nevados. 

 

Una vez engarzado en el anzuelo, comencé a indagar quiénes podrían venir a mi fiesta. Por lo complicada que se vuelve la montaña cuando le sumas cuerdas, arneses, rapeles y clima invernal, tenía claro que debía ser un grupo pequeño, pues mientras más grande, más complejo suele ser todo. Dos primeros candidatos eran obvios: mi hermano José Antonio, compañero de innumerables aventuras, y mi hijo Nando, sólido en la montaña y quien me había acompañado en aquel intento fallido al Bolívar.

 

Como quien no quiere la cosa, una mañana en el Parque del Este lancé la iniciativa a mi team, autodenominados #CuelpoE’NiñoRunningClub esperando inicialmente un rotundo DPC (Dos Patadas por el C…) pues todos los intentos previos para subir montaña con ellos habían recibido, siempre, un sólido rechazo. Sin embargo, tanto Pedro Luis Álvarez, como Carlos Behrends se entusiasmaron con el plan, arrugando luego este último por lesión. El “Burri” Centeno se sumó más adelante, pero también se bajó del autobús lesionado.

 

La presencia femenina sumaría, lógicamente, su representación. Daniela Rodríguez “la trujillana”, corredora y amante de la montaña, sin pensarlo dijo: ¡Si, si, si a la primera! Luego Mimina, mi esposa, tratándose de mi cumpleaños y tras el desafío de llegar a lo más alto de Venezuela, también se apuntó, para mi asombro y duda.   

 

El team se consolidó con estos 6 aventureros – Mimina, Daniela, Pedro, Jose, Nando y yo – teniendo mi única reserva con Mimina, quien subió conmigo al Ávila siendo novios en el primer lustro de los noventa y más nunca volvió a encaramar una pata en el cerro, salvo un breve paso por Mifafí-La Culata en 2021. Por eso, estas líneas, más que de montaña, paisajes, desafíos, nevadas y frío, trata realmente de ella y de este grupo cercano de amigos y familia que decidieron hacerme compañía en esos 6 días y 5 noches de montaña, donde ni la altura, ni el clima, impidieron poner nuestros pies en lo más alto de la geografía venezolana y celebrar, muy a mi estilo, estos 50 años de vida.

 

Volamos vía El Vigía, la van del Señor Wilson nos llevó a Mérida, y el 16 de agosto ya estábamos en Mucunután, a casi 2.ooo metros de altura, dando los primeros pasos. Si bien el Bolívar puede tener la tentación de hacerlo en un ascenso flash subiendo en teleférico hasta Pico Espejo, a los puristas de la montaña nos gusta comernos la montaña a pedazos y entrompar el desafío desde la pata del cerro. Y así fue.

 

Más rápido de lo esperado, en poco más de 3 horas transitando el camino de “los callejones”, muy similar en vegetación y ruta al trecho desde El Banquito a No Te Apures en El Ávila, ya habíamos ascendido los casi 1.300 metros de desnivel para llegar a lo que sería nuestro hogar por las próximas tres noches, la casa de Pedro Peña, una humilde pero amplia casa convertida en posada provisional y ubicada en una privilegiada loma descampada de la montaña, con vistas maravillosas al Pico Bolívar en uno de sus flancos, a la sombra de los cachos del Pico El Toro encima nuestro y una panorámica distante de la discreta silueta de la Sierra de La Culata para contemplar de día y disfrutar el incansable relámpago del Catatumbo, detrás de ella, por las noches.

 

Nuestro anfitrión irradiaba el auténtico carácter de un ermitaño, más cómodo con sus animales que con sus huéspedes, inicialmente. Se pavoneaba al ser nieto del célebre Domingo Peña, baquiano merideño inmortalizado por guiar a Enrique Bourgoin y a Heriberto Márquez en el primer ascenso al Pico Bolívar en 1935.

 

La Casa de Pedro Peña nos garantizaba cama en lo que otrora fuera la casita de su abuelo, una cocina con fogón de leña que Pedro avivaba cada madrugada junto a su fiel gato Benito y su perra Peluchina y donde nos calentaba, alcahueta total, una olla con agua para darnos un baño o asegurarnos café y té a cualquier hora. En fin, todo un Marriot a 3.240 msnm, atendido por su propio dueño.

 

El segundo día marcaría una pauta de la expedición. El cambio de planes. Se suponía que ese día haríamos una caminata relajada hasta Loma Redonda para establecer allí un segundo campamento, pero las autoridades de INPARQUES prohibieron acampar allí, salvo a otro grupo con vara más alta. Así que nos quedamos instalados en Casa de Pedro, a menor altura, cómodos, pero requiriendo mayores distancias para alcanzar los objetivos. Ese día, lejos de hacer aquel trecho corto y relajado, emprendimos una arremetida de casi 1.500 metros de ascenso hasta el Pico El Toro, conquistando, con un día de anticipación, una de las águilas blancas que ninguno de los invitados había coronado con anterioridad.

 

Madrugamos, tomamos café y a las 6:30 estábamos rumbo a La Aguada para seguir hacia Loma Redonda con el Bolívar siempre de compañía y la majestuosa cascada del Sol que cae abruptamente por su cara norte hacia el Valle de Los Calderones. El grupo iba compacto y animado, solo desalentados por una burocrática inspección en Loma Redonda, donde evidenciamos el poco interés de las autoridades por los senderistas. En medio de la imponente Sierra Nevada, los montañistas, esos que mayor amor y cuido profesamos por la naturaleza, nos sentimos tratados como turistas de segunda.

 

Desayunamos arepa andina rellena de pernil con la Laguna de los Anteojos a nuestros pies, para luego emprender el viaje hacia el camino de los Colorados y llegar al Alto de la Cruz donde una ruta sigue cuesta abajo hacia Los Nevados. Pedro Luis, a la cabeza, iba como el boyscout que fue en su infancia y giró a la derecha para tomar la vía de El Toro, guiado por los mojones de piedras puestos en la ruta para indicar el camino que se pierde entre los enormes peñascos que conforman la cordillera. Pasada la laguna Ojo de Agua, comenzó un ascenso más pronunciado que percibimos, más que por las piernas, por la agitación de nuestra frecuencia cardíaca, esperando llegar a la famosa canal que supondría la parte más técnica del trayecto, pero que, casi sin percatarnos, finalizamos sin contratiempos.

 

Presencié, con emoción, como Mimina, la que en teoría no iba a desgastarse subiendo a El Toro, rampaba cual felino por la piedra más pronunciada para llegar al tope, bajo la protección siempre atenta de Alexis, ese noble merideño que ya nos había acompañado al Humboldt y Bonpland, como fiel guardián protector de mis afectos. Mientras, Nando se colaba de primero en El Toro, alzando la voz de cumbre.

 

El tercer día fue más relajado, pero no exento de descubrimientos. Hicimos una travesía desde nuestro refugio, pasando por la estación de teleférico La Aguada, para continuar hacia la Laguna La Fría en un trayecto de pocos ascensos. Para disfrutar las maravillas de nuestras montañas no hay que buscar solo cumbres, sino cada rincón, laguna, río o valle escondido en sus entrañas. Caminamos, visitamos uno de los pocos refugios que aún quedan en la Sierra Nevada y nos deleitamos con salchichón, queso ahumado, dátiles y algún otro manjar que en la montaña siempre sabe mejor. Aquella tarde, cuando pensábamos recogernos para descansar, aún nos quedaría hacer otro viaje extra para llevar nuestros pesados morrales, ya sin ayuda de las mulas, hasta la estación del teleférico para ahorrarnos ese peso hasta el Espejo.

 

A la mañana siguiente nos despediríamos de Pedro Peña y su séquito de animales, especialmente de Spike, un cariñoso perrito criollo que nos había acompañado en cada excursión durante esos días. Nuevamente tocó la burocracia del teleférico para poder embarcar nuestros morrales y poder emprender la ruta hasta Pico Espejo. Paciencia. Así que más tarde, dejando atrás el peloteo, estábamos aventurándonos en uno de los días de montaña más extensos y preciosos de todo el recorrido, desde Loma Redonda hasta Pico Espejo.

 

Nuevamente divisamos los Anteojos, par de lagunas de idéntico tamaño a las faldas de la Loma Redonda, transitamos el terreno plano hacia Los Colorados con el imponente Toro a la derecha y el intocable Bolívar a la izquierda. Esta vez, antes de llegar al Alto de la Cruz, tomamos el desvío a la izquierda hacia tierras desconocidas para nosotros. Pasamos el Moya, un lugar propicio para acampar, aunque muy expuesto a las inclemencias de la naturaleza. ¡Ahí debe hacer “pacheco” en las noches, compadre! pues está en plena vía, sin protección alguna de rocas que mitiguen el viento, pero con un balcón natural que mira hacia Mérida que debe ser “5 estrellas” en una mañana despejada. Saqué mi celular, volteé y vi a José Antonio encaramado en un pedestal tomando una foto y alcancé a retratar una de las imágenes que más me gustó de la travesía. Neblina a medias, dos cumbres al fondo y la compañía del otro fotógrafo que le daba toque humano y perspectiva a la imagen.

 

Algo más adelante cruzamos la ventana que nos desviaría desde la cara norte a la cara sur de la montaña. Cambiamos de fachada y la sensación de estar más expuestos, más en medio de la nada, fue apoteósica. Transitando aquella ruta, siempre en continuo ascenso, coincidimos que había sido uno de los recorridos más bellos. Mientras más nos alejábamos, paradójicamente mejor divisábamos El Toro y El León a nuestras espaldas. Sobre nosotros empezaba a aparecer, como un cohete a punto de despegar, la Cresta del Gallo, otro de esos célebres riscos puntiagudos no apto para cardíacos. Un ligero picoteo en el camino nos avivó las fuerzas y más adelante divisamos a un hombre gigantesco encaramado en un punto que lucía inaccesible. El espolón Miranda. Una majestuosa estatua de Francisco de Miranda en un lugar inimaginable en la cresta de la montaña. Un recuerdo, más que de nuestro prócer, de la ambición del hombre por poner su estandarte donde ni siquiera lo podríamos imaginar.

 

A golpe de las 2:00 pm coronábamos el Pico Espejo topándonos con la estatua de Nuestra Señora de Las Nieves, patrona de los alpinistas, bajo la mirada sorprendida de algunos turistas del teleférico que nos veían como héroes. Tarde de práctica de rapel en un sector llamado La Cloaca, justo detrás de la Virgen, para cenar un buen plato de pasta y tratar de descansar para el madrugonazo, y las sorpresas, que nos tocaban al día siguiente.

 

Noche de poco dormir. Entre el "culillómetro" activado, la dificultad de conciliar el sueño a 4.765 msnm y la tronamentazón que ponía aún más emoción al espectáculo, mi fiesta de cumpleaños vendría con sorpresas inesperadas. A las 3:00 am sonó el despertador. Algún compañero del refugio, aún bajo el calor del sleeping, disparó el primer ¡Feliz cumpleaños! Había llegado el día.

 

Solo tomamos café. Craso error. Esperábamos una parada más adelante, con algún rayo de sol para desayunar, pero los acontecimientos que vendrían retrasaron al máximo ese momento. Y nunca veríamos aquel rayo de sol. Con toda la artillería encima - chaqueta, guantes, gorro, buff, arnés, casco y linterna – salimos a paso conservador, por la vertiente sur en un tramo lleno de rocas sueltas y mucha bajada. “¡Ay! Lo que nos espera de regreso” fue lo que pensé, sin imaginar lo cansado que estaría para ese momento. 

 

A lo lejos empezábamos a ver unas luces que pronto aparecieron en movimiento. En efecto, el mismo grupo que habíamos visto acampando en Loma Redonda, había pernoctado esa noche en el campamento Albornoz y también pensaban coronar, aquel domingo, el Bolívar. Por ser un grupo más pequeño y situarse más cerca de la cumbre, era lógico que se adelantaran y sus luces empezaban a mostrar su ascenso por la laguna de Timoncito.           

             

Seguimos a paso firme y aún en la oscuridad trataba de recordar el camino recorrido en enero de 2021. Subimos el trecho llamado La Escalera y rápidamente me ubiqué y le dije a Nando: “aquí fue donde nos empezó a nevar aquella vez”. Ahora, a pesar de lo encapotado y el rugir de los truenos a la distancia, parecía que avanzaríamos más, pero apenas terminamos de subir La Escalera y divisar la larga canal que había hasta Roca Táchira, algo de agua empezó a caer en nuestra cabeza. “¡No puede ser coño, no otra vez!” pensé, y recordé a la familia López, unos amigos valencianos conocidos en la montaña, a quienes el Bolívar les había sido esquivo en varias oportunidades.

 

El otro grupo de montañistas había atacado la canal previamente y lo que era agua comenzó a convertirse en nieve. Los movimientos, entre fijar cuerdas y subir con prudencia, se volvían más lentos y nuestro guía trató de abrir una ruta alterna para ver si avanzábamos en paralelo. Fue infructuoso y aquella idea terminó retrasándonos más.  Así que, no mucho más arriba de dónde nos había tocado volver caras la vez pasada, estaba nuevamente ante el mismo dilema, pero con la firme convicción de que el día levantaría. Hubo un minuto, no más de eso, que el cielo mostró su azul por encima de nosotros. Pero fue un solo minuto y el estruendo volvió a marcar la pauta.

 

Pelo a pelo subimos la canal. Habíamos dejado de ser montañistas para ser escaladores, sujetos a nuestra cordada y más adelante ayudados por un jumar o ascendedor, una especie de gancho colocado en la cuerda que permite halar hacia arriba, pero se bloquea hacia abajo. Nos habíamos dividido en dos grupos, asistidos cada uno por un guía. En el grupo 1 estaban las dos mujeres de la expedición acompañadas por Pedro Luis. En el grupo 2 estábamos, supuestamente, los más versados en montaña: Nando, Jose y yo. Lo cierto es que al team número 1 les tocó ascender en condiciones más precarias y sin quejarse. Con el sonido de sus risas, a ratos, iban desafiando la gravedad y las condiciones de la naturaleza, con las montañas ahora pintadas de blanco.  

 

Ese grupo iba a la cabeza y otras veces invertíamos. Pasamos la canal, Roca Táchira, el Diamante y Nando perdió la paciencia. “Otra vez me metiste en este f$/&@ Bolívar” llegó a reclamarme mostrando sus guantes emparamados. Con tanta agua era mejor quitárnoslos y soplar nuestras manos con aire caliente. Pero peor aún era la falta de desayuno que habíamos dejado atrás sin esperar que nos sorprendiera nuevamente una nevada. En fin, volvía a tener la sensación de estar cerca, pero en condiciones adversas y tratando de manejar las emociones. Escuchamos al otro grupo de montaña gritar “cumbre” y la verdad pensé: “yo corono hoy este fulano pico”.

 

Llegamos a La Ventana, un célebre paso que suele dar vértigo a los escaladores pues quedas expuesto, de espaldas, con un largo acantilado que apunta a la ciudad de Mérida. Estaba tan nublado que la verdad ni chance nos dio de asustarnos. Aseguramos nuestra línea de vida al pasamanos puesto en la pared y nos dispusimos a un último y rudo ascenso por una chimenea que lleva a la ante cumbre. Avancé de primero, sujeto a mi cuerda y con la mano derecha manipulando el jumar, hasta el último escalón, muy complicado, en el cual había que utilizar la fuerza de ambos brazos y buscar muy bien dónde apoyar los pies. Uno a uno, vi como todos mis compañeros de ruta se abrazaban al peñón tratando de salvar ese último obstáculo, siempre con una mano amiga de apoyo. Nando creyó que habíamos llegado y al decirle que faltaba un trecho, casi se queda allí sentado. Pero resulta que estábamos más cerca de lo pensado.

 

Esperamos que Mimina terminara de subir la chimenea, para tomar el último pasamanos esperando ver el busto del Libertador. Empezamos a escuchar un sonido como electrificado en el ambiente y Nando me preguntó si era la cuerda. Me detengo y pregunto: “Epa Ender, aquí hay un sonido extraño”. A su estilo nos dijo que eso era normal y frente a nosotros apareció Bolívar, mucho más grande de lo que imaginaba, pero casi soltando chispas. Era entonces evidente que con la descarga eléctrica que había sucedido, el busto del Libertador estuviese bien cargado de energía al darnos la bienvenida.  

 

No hubo grito de cumbre, no hubo foto todos juntos, menos se nos ocurrió sacar el postre que había cargado para celebrar el cumpleaños. Lo único parecido a una celebración fueron los 20 segundos del video que Pedro Luis, bajo una intensa nevada, dedicó a Mate, su esposa, donde declaraba con Simón Bolívar de testigo: “aquí, ahorita, mi amor Mate, no hay un hombre más alto en Venezuela que yo ahorita, en este momento”.  

      

A esas alturas, solo Pedro Luis lograba sacarle una sonrisa a Nando y sólo su mamá lograba ofrecerle lo que necesitaba: una galleta más, un abrigo extra, una palabra tranquila. Mientras, José Antonio asistía diligentemente a los guías por tener más experiencia en cuerdas y Dani se concentraba en aguantar la pela de frío que nos envolvía.  

 

Por primera vez pensé que, en efecto, la verdadera cumbre no era aquella sino regresar sin contratiempos a nuestro refugio. Y bajo la nevada tocaba aún descender y volvernos expertos en rapel. Casi desde la cumbre se había abierto una ruta de descenso, bautizada como “El Desahogo” que permite que los escaladores que descienden no topen con los que van en ascenso. Eso supuso lanzarnos unos 60 metros en vertical al comenzar el retorno. Bajé de último y no pude sino sorprenderme de la destreza de mis invitados en el descenso. Podrían estar pasando trabajo, pero esa gente vino a gozar.

 

La siguiente parada desafió nuestra paciencia al mantenernos inmóviles a la altura del Diamante por mucho tiempo y terminó de demostrarme la actitud de Mimina en la montaña. No solo se dedicó con ternura a alentar y calentar a Nando en ese momento de tensión, sino que se ofreció de voluntaria para conectar el tramo que descendía hacia Roca Táchira. Casi sin darnos cuenta, Mimina estaba derrapando hacia abajo tratando de conectar el lugar dónde estábamos con el siguiente punto de anclaje. Sin visual tras una gran piedra, no alcanzábamos a ver las peripecias de Mimina, quien se balanceaba de un lado a otro, según las instrucciones de los guías, para ser luego auxiliada por uno de ellos y tender con claridad la cuerda por donde descenderíamos los demás.

 

Objetivamente, fue el momento más tenso y, a su vez, el que Mimina recuerda con más emoción al sentirse como Ethan Hunt completando alguna Misión Imposible. Salir de aquella inercia había sido clave y Mimina, la supuesta inexperta, fue quien lo lideró, no solo por la aventura, sino, como buena mamá, asegurar que Nando descendiera lo antes posible para darle abrigo y algo más sustancioso de comer.

 

Nando bajó aquella zanja descompuesto, pero bastó la rápida intervención de Alexis, brindándole su chaqueta y una arepa resuelta, que ya estaba rozagante para cuando yo descendí. Un último rapel largo, menos inclinado, nos ahorró todo el trecho de las Escaleras y finalmente pisábamos firme para completar, con nuestras piernas, el largo camino que aun nos quedaba entre Timoncito y Pico Espejo.      

 

Mimina quedó aquel último trecho pendiente de mí. ¿Quién lo diría? La oí girar instrucciones a Alexis para que no me dejara. Madre y también esposa al rescate, sin desfallecer un solo segundo. Y ahora me veo, escribiendo esta dilatada bitácora, para realmente llegar a este párrafo y destacar el verdadero sentido que tuve a la hora de escribirla. Y es que la travesía al Bolívar refleja perfectamente la travesía emprendida en nuestras vidas y donde la clave está en la ¡buena compañía! que escojas para hacerla.

 

¡Qué mejor recuerdo y aprendizaje puedo recalcar! El camino, el clima, las circunstancias pueden ponerse difíciles, de allí que la clave está en quiénes quieres que estén a tu lado para transitarlo. Y yo no puedo estar más agradecido. En el Bolívar y en mi vida.    

 

Gracias Pedro, Dani, Jose, Nando… y gracias Mimi, por estar siempre a mi lado.             

                              

 

          3 de septiembre de 2023

 

sábado, 27 de mayo de 2023

Yo veo milagros

Bernardo Guinand Ayala


Ángela levantó la mirada y se dirigió, con el temple que la caracteriza, a las 15 mujeres que tenía enfrente haciéndoles una sola pregunta: ¿por qué ustedes son imprescindibles para lo que está ocurriendo aquí? Por un rato pensé que el adjetivo utilizado era exagerado, pero con la realidad que vivimos comprendí que, efectivamente, en la Venezuela actual, quienes trabajan con profesionalismo, dedicación y pasión, pasan a ser imprescindibles.  

 

Esas 15 mujeres, a quienes Ángela hablaba, son maestras de nivel inicial y primaria de diversas escuelas de Caucagüita. Y lo que ocurría allí era una maravillosa jornada del programa Lectura sobre Ruedas, del cual esas mujeres son facilitadoras en la Escuela Don Bosco, en el lugar más alto de toda la comunidad de Turumo. Muchas de ellas, también están implementando en sus escuelas, la metodología de enseñanza de lectura del programa Leo, Juego y Aprendo apoyado por la Universidad Metropolitana y cuyo cerebro ha sido Ángela Márquez de Arboleda, una experta apasionada en educación, a quien tuvimos la fortuna de recibir desde Colombia.

 

Una a una fue hablando, pero ninguna arrancó respondiendo la pregunta de las fortalezas que las hacían imprescindibles. Ellas, antes, contaron sus experiencias, de dónde venían, su grado de preparación, sus anhelos y su amor por la educación, por los niños y por su trabajo. También relataron, con emoción, la fortuna de haber escuchado la conferencia que, el día antes, Ángela había dado en el Paraninfo de la Universidad Metropolitana. Ellas querían ser escuchadas, hacer catarsis y llenarse de la mayor energía posible.

 

Desirée estalló en lágrimas al articular un par de palabras, relatando el arraigo que tenía por esa escuela de la cual, su madre, había sido maestra fundadora. Expresó su pasión por ser maestra, aunque tuviera que hacer mil cosas más para rebuscarse, pero que lo que realmente la llenaba era estar en un aula de clases.

 

Marilú comenzó diciendo que era de Carúpano y que soñaba que algo de lo que estaba ocurriendo allí, también llegara a los niños carupaneros en el oriente del país.

 

Yuleima, la psicopedagoga que atiende a los niños con mayor rezago escolar, se emocionaba al decirle a Ángela que su método funcionaba y que estaba segura que daría buenos resultados si se aplicaba desde más temprana edad.

 

Libizay, quien imparte tareas dirigidas, confesaba que había metido a cuanto niño fuera posible al programa, porque “allá afuera” quedan aún miles por atender. Todas coincidían sobre lo maravilloso que sería llegar a toda Caucagüita y, por qué no, al país.

 

Mientras cada una respondía, lloraba, reía, contaba anécdotas, yo pensaba qué respuesta podría dar si llegasen a hacerme la misma pregunta. ¿Qué valor sumaba yo a todo aquello que está sucediendo a mi alrededor? Y la verdad es que la respuesta no me pareció complicada. Yo tengo la capacidad de ver milagros. Y es ese don el que me abre la posibilidad de verlos a menudo, en la cotidianidad de lo que hacemos, en las personas sencillas que los crean a diario. Esa misma tarde, yo presenciaba un milagro.

 

En una Venezuela cargada ciertamente de desesperanza, veo esperanzas en cada esquina. En medio de una hecatombe real de la educación en el país, veo posibilidades inimaginables para cambiarlo todo. En lugar del objetivo pesimismo por las avasallantes cifras de rezago y analfabetismo, veo con optimismo el movimiento contagioso de quienes están poniendo a la educación como prioridad.

 

Faltan ciertamente algo así como 255.000 docentes en todo el país, pero me contagia ver el milagro de estas 15 maestras quienes, en un mundo hipnotizado por influencers y estrellas de reguetón, recibieron a Ángela, a una educadora, como una verdadera “rock star” a quien agradecieron ser tomadas en cuenta para hablar de lectura.

 

Indiscutiblemente, las escuelas están en ruinas, la educación está en una fase de revisión trascendental en el mundo entero, pero tenemos un par de semanas impulsando acontecimientos donde los auditorios se han quedado pequeños para recibir a docentes de escuelas públicas y subsidiadas, queriendo poner a la educación en primera página.

 

El maestro Cruz Diez, a sus noventa y pico de años dijo sobre Venezuela: “Está todo por hacer, ¡qué maravilla!”. Creo que, como yo, también tenía la capacidad de ver milagros.


27 de mayo de 2023

domingo, 7 de mayo de 2023

Mis respetos señora Maratón

 Bernardo Guinand Ayala

 

Acabo de volver a acariciar tus curvas, a sufrir tus desplantes, a sonreír y llorar mientras te recorría de punta a punta. Me he desbordado nuevamente, sin mesura, como si fuese la primera vez. 

 

Lástima que te conocí después de mis 40. ¿O mejor así? Quizás fue la crisis que atribuyen a la edad, pues, a pesar de la supuesta madurez, ha sido un amor intenso y apasionado, como si más bien fuese adolescente.


Mis respetos, señora Maratón. Hoy te llamo señora, en femenino, a la española - la maratón -pues pensándolo bien, nuestra relación ha sido así de tradicional. Un hombre y una mujer con pasiones desbordadas y deseos por cumplir. Y como es normal con las mujeres ¡cómo me has desafiado! … y me las has ganado todas, señora Maratón, todas. Y aún así, yo contento. Eres como una droga que, aunque sufra, siempre vuelvo a caer en la tentación.

Pero no he venido a reprocharte con mis lamentos y quejas, aunque duelas y una tras otra te diga: “ya no más”. He venido a agradecerte, pues nunca ha quedado en mi recuerdo los dolores, sino la satisfacción de cada rincón del mundo donde me has llevado o cada nervio de mi cuerpo que has hecho vibrar.


¿Quién hubiese imaginado que una pasión madura me llevaría a darme una escapada a Chicago, Berlín, Washington, Buenos Aires o incluso a Londres, donde volví para reconquistarte, aún con un cuerpo remendado? ¿Cuándo en mi vida soñé en levantar los brazos en la Puerta de Brandemburgo, con los ojos aguados, tan solo minutos después que alguien sí te vencía a ritmo de “récord mundial”? ¿Cuándo siquiera sospeché que se podría burlar al mismísimo Palacio de Buckingham dándole la espalda en shorts, para arrebatarte luego con todo? O incluso ¿cuántas veces he podido ver con otros ojos a mi desamparada Caracas, que siempre se ve más linda y amable cuando se trata de ti? ¡Cuántas experiencias señora Maratón! ¡cuántos lugares visitados gracias a usted!  


Ni hablar de amistades. Tu amor no ha sido egoísta y me ha permitido conocer a mis panas de hoy, con quienes comparto mi día a día y con quienes me anima inventar cada plan de fin de semana. Pero también me has puesto en contacto con extraños que te recorren sin distingo de quien es profesional o aficionado al arte de amarte. Quizás eres la única a quien un simple mortal te hace exactamente las mismas caricias que tus pretendientes que salen en las revistas. Así, mientras te he transitado, he sabido que coqueteas el mismo día con hombres como Kipchoge, Bekele o Kiptum; mujeres como Kosgei o Hassan; e incluso hasta con un caballero inglés, un tal Sir Mo Farah, que ha pretendido decirte adiós el mismo día que yo.   


Te agradezco la gentileza, pero confieso que nunca me he atrevido a llevar tu apellido. Proclamarme “maratonista” me ha parecido muy pretencioso de mi parte, pues aquellos que lo usan correctamente te dominan con más destreza. Aunque tampoco me has vencido del todo. Siempre ha habido algún motivo que me ha impulsado a arrancarte hasta esos últimos 2 kilómetros y 195 metros que se inventó una reina caprichosa, justamente en Londres. Mi cuerpo puede que no te haya conquistado del todo, pero mi cabeza te ha vencido; a veces por ignorancia, a veces por testarudo, a veces por buscar el brillo de la recompensa y algunas otras por un propósito mayor, pues conquistarte lo he convertido en un sueño compartido, en un reto con propósito. 

 

Me has hecho llorar, me has hecho reír, me has hecho rezar como pocas veces he podido. Pero, sobre todo, me has hecho sentir profundamente vulnerable y debo reconocer, que lejos de avergonzarme, ha sido gratificante.


Mil gracias, señora Maratón ¡mis respetos! Me has dado con todo. Me has hecho sentir vivo.


          7 de mayo de 2023

domingo, 1 de enero de 2023

Hombre de familia

 

Bernardo Guinand Ayala
 
Hubo una Venezuela donde el trabajo, la modernización y la posibilidad de superación eran el norte. Hubo una Venezuela donde la honestidad, la integridad y el ideal de familia eran valores compartidos. En esa Venezuela creció mi suegro, Álvaro Frías Lacruz, en el seno de una familia clase media trabajadora, donde ser profesional y levantar una familia no solo era aspiracional, sino perfectamente alcanzable, sin necesidad de atajos deshonrosos.
 
Odontólogo de profesión, paciente a paciente, Álvaro levantó a su familia con el esfuerzo de
toda una vida de trabajo honesto y bien hecho, en un país que se lo permitió en gran medida. Cada una de las cosas materiales que alcanzó, como su casa, su clínica, sus bienes, le costaron cada una de sus canas; pero todas, absolutamente todas, puestas en unas prioridades totalmente claras: una esposa a quien conquistó siendo una adolescente y no duró un día sin mostrar, a su manera, lo acertado de su visión; cuatro hijos, distintísimos todos, pero que tienen en común el profundo amor y respeto por su papá; nueve nietos que tendrán, por siempre, un modelo de honradez y valores en su Elo.   
 
Álvaro fue un personaje sin medias tintas ni poses, auténtico en su forma de ser, independientemente de con quien se relacionara. Siempre me impresionó el cariño que podía generar, aun pareciendo “diplomáticamente incorrecto” en sus opiniones. De allí aprendí lo valioso de mostrarse abiertamente transparente, en vez de pretender figurar ser otra cosa. Le gente quiso a mi suegro por quien era, y nunca mostró una faceta distinta a quien, en esencia, realmente era. Abiertamente anti-adeco, tema para el cual tuvo siempre preparada su más ácida artillería, nunca imaginó que aquellos a quienes tanto adversó podría reconocer, años más tarde, al menos como demócratas. Todos aprendimos que siempre puede haber algo más oscuro, y así, enfiló su talante ciudadano para protestar activamente por el retorno de la institucionalidad en Venezuela.   
 
Álvaro fue, ante todo, un hombre de familia. No era un tipo especialmente cariñoso, ni de palabras floridas, mucho menos religioso. Pero era, sobre todo, esposo y papá. Estaba allí, siempre allí, ilusionado con los logros de sus hijos y nietos, o simplemente recordando las interminables horas que compartían en torno al lugar más preciado de la casa: su cama, que podía servir para ver juntos “The Price is Right”, “La Rueda de la Fortuna” o - más recientemente - “Pasapalabras”, así como para montar una partidita de cartas o de bola de fuego, donde la bola de algodón y alcohol en llamas volaba de mano en mano, sobre la cabeza de mi suegra, procurando que no cayera en las sábanas. No fue un hombre de extravagancias ni gustos particulares, quizás, el único lujo que le vi expresar en su vida fue atiborrarse de perolitos de Navidad para guindarlos al arbolito. Decorar su casa de Navidad era uno de sus placeres mundanos, al punto que recuerdo haber viajado con un reno y un San Nicolás gigantes, desde los Estados Unidos, en el primer viaje que hice con los Frías Arnal, allá por el año 1993.     
 
Recordar a mi suegro, más allá de mi relación con él o anécdotas con mis hijos, es apreciar el vínculo de respeto que siempre tuvo Mimina con él. En cierta medida, esa relación me recuerda mucho a la que mi mamá transmite con su papá. Una relación donde admiras, quieres y respetas a tu padre, no por sus logros profesionales, o las hazañas que haya alcanzado o los títulos que pudo ostentar en vida, sino sencillamente, por haber sido padres, buenos padres. Y el mundo sería tanto mejor con buenos padres.   
 
Esta Navidad, su última Navidad, allí estuvo el arbolito decorado, con San Nicolás y el reno gigante bajo sus ramas. Álvaro tuvo la fortaleza para regalarnos una Navidad más donde cantó, rio y refunfuñó. Así te tendremos siempre presente, esperando que esa Venezuela que conociste, vuelva a florecer y que sepamos poner siempre a la familia como nuestra prioridad.

31 de diciembre de 2022

martes, 5 de julio de 2022

Los héroes del 22

Bernardo Guinand Ayala

Si esto fuera una película me imagino perfecto la escena inicial. El campo húmedo por la lluvia y el comentarista dice: “Se prepara el camiseta 7 del Loyola. Puede ser el penal que defina…” y acto seguido, con el pateador frente al balón, una toma mostraría la grada repleta de padres, amigos y espectadores angustiados, para después dejarnos en un largo suspenso y hacer un vertiginoso flashback, diez años atrás, cuando los mismos jugadores estaban en preparatorio del colegio, pateando a lo loco, todos tras el balón.

En casa disfrutamos mucho las tradicionales historias de Hollywood, en especial esas de la vida real sobre deportes que te mueven la fibra y dejan una lección de resiliencia. Recuerdo en particular “Remember the Titans” o “We are Marshall” por mencionar algunas, pero ¿qué pasa cuando tu hijo y su equipo son los protagonistas de esas historias? ¿de dónde, sino de la vida real, salen esos guiones?

Si yo fuera guionista de cine, tendría que contarles la historia de los “Héroes del 22” probablemente con un marcado sesgo personal por contar con uno de sus protagonistas dentro de casa. Esta es una historia que no se reduce a una temporada particular, sino a muchos años tras este preciado momento, con sus alegrías y sus lágrimas.

A Nando le ha hecho un enorme bien el fútbol. Más allá del salón de clases, fue este deporte el que le abrió la puerta a sus amistades desde preescolar. Como buen niño con necesidad de desarrollar sus habilidades y socializar, fue realmente la cancha de fútbol la que permitió su crecimiento, no solo en lo deportivo sino en lo personal. 

A diferencia de otras generaciones, nuestro equipo nunca destacó como “el equipazo”, aunque lógicamente, entre los chamos y sus padres, cada año arrancábamos con ilusión la temporada. Y desde primer grado, así como me ha tocado sufrir como fanático de los Tiburones, con el equipo de Nando también asumíamos cada año, que ese ¡sí sería el año!

Pero las adversidades no se hicieron esperar. La diáspora se llevó una buena cantidad de buenos jugadores y cada año había que ensamblar un nuevo equipo, entre los que asumían el liderazgo y nuevas fichas que subían de la categoría inferior y se abrían espacio, con ilusión, por las vacantes dejadas. Con el equipo en consolidación, también llegó la pandemia y otro importante número de buenos jugadores optó - razonablemente - por dejar el equipo ante la poca actividad en el colegio e inscribirse en academias particulares. Así, nos quedamos sin el goleador natural del equipo y sin un sólido defensa central, por mencionar solo a dos.

Cuando arrancaba aquel 2020 previo al covid-19, recuerdo que compartíamos en familia nuestros propósitos de año nuevo. Aquel año, recuerdo que Nando me pasa el papelito con sus propósitos y en uno de ellos decía: “ganar la liga”. Aquello me sirvió para hacer una reflexión con él, pues ese deseo superaba sus posibilidades personales, es decir, ese propósito no lo podría alcanzar individualmente y había muchos otros factores que le ponían condiciones a su intención. Recuerdo que luego de la reflexión replanteó su propósito así: “hacer mi mejor esfuerzo en la liga, ¡ojalá ganar!”

Pero en marzo de ese año llegó la pandemia y con ella se nos fueron dos años sin liga. Luego el colegio fue readaptándose poco a poco a la normalidad, así como los deportes. Los músculos, menos activos después de dos años atípicos, sufrieron tirones, agotamiento y lesiones al iniciar entrenamientos y ya entrado el 2022, casi a trompicones y con dudas, arrancó nuevamente la liga colegial de fútbol.

Si pudiera indicar el momento más esperado de cada semana, los 70 minutos en que Nando tenía juego estarían, sin duda alguna, en el top de la lista. Desgastar el concreto de la tribuna recorriendo de un lado al otro, pedir desesperadamente un gol, comentar con los demás papás cuál sería la alineación de ese día, empezaron a formar parte de cada viernes de la semana. Estaba más vigente que nunca esa trillada frase que reza: “se sufre, pero se goza”.

Y así, arrancamos la temporada, más sufriendo que gozando. Las ilusiones iniciales se desvanecieron muy temprano cuando perdimos consecutivamente los primeros cinco juegos de la temporada, asegurándonos el foso en la tabla. Mientras, varios jugadores titulares quedaron fuera del róster por lesiones, dejándonos aún más vulnerables. Aquel revés en Sierra Maestra frente a la UCV - en teoría el equipo más débil de la liga - significaba casi tirar la toalla. Aquella tarde, recuerdo que Nando y yo no cruzamos palabra en el carro. Sabía que no había nada que decir, cualquier mantra tratando de sacar lo positivo en medio de las adversidades, hubiese sido para que me mandara a callar.

A partir de allí la historia fue otra. Aún llena de adversidades, pero de las cuales se repusieron, siempre. No volvimos a conocer la derrota en adelante. Luego de esos cinco reveses, quedamos invictos en los siguientes siete juegos de temporada, con cinco ganados y dos empates, cinco juegos con la valla impoluta y dos remontadas que terminaron en victorias. Clasificamos en cuarto lugar para jugar la siguiente fase ante el Galicia y vencerlos en su casa para negociar luego un empate que nos llevaría a la semifinal ante el Club Ítalo, equipo temido y clasificado en primer lugar.

No terminaron las vicisitudes. Quien había emergido como goleador del equipo y pieza clave para llegar a semifinales, sufrió un esguince de segundo grado y nos volvía a poner en aprietos. Aun queriendo más, yo ya me daba por satisfecho, pero los chamos no. Emergió de ellos tal sentido de compañerismo y ganas de avanzar, que jugaron uno de los mejores juegos de toda la temporada, haciendo dos goles fenomenales y con los sustitutos poniéndole un mundo ante la oportunidad recibida. Recuerdo haberle preguntado a Nando después del juego: “¿Qué les dijo Villalonga – el capitán – justo antes del juego?” A lo que Nando me responde: “que todos creen, incluso en el colegio, que hemos llegado demasiado lejos, que nuestro equipo nunca ha sido el mejor, pero que tenemos que demostrar que tenemos aún mucho más para dar. Es por nosotros”.        

Y así fue. Luego de un maravilloso empate en el juego de vuelta, luego de cambios de posiciones de los jugadores para tapar huecos y sacrificarse por el equipo, luego de nueve largos años de espera, luego de millones de gritos, de conversas íntimas, de emociones, de lágrimas… el equipo del Loyola sub-16, el equipo de nuestros chamos, contra todo pronóstico, se metió en la final contra un talentoso y muy antiguo adversario: el Colegio San Agustín de El Paraíso.  

Vuelve el guionista de Hollywood a 2 minutos del pitazo final, juego empatado a cero y el narrador que dice: “Que cerca pasó el zurdazo de Guinand. Si esta entraba… que golazo iba a ser”. Así lo viví en la tribuna, emocionado por mi hijo y con el orgullo a mil cuando otros padres voltearon a verme aplaudiendo el bombazo que casi sella la partida. Pero la angustia debía durar más, solo que nuestro portero se erigiría como figura del encuentro al hacer varias atrapadas en tiempo regular y un paradón de feria en los penales, como seguro lo habría soñado aquella madrugada.

“Se prepara el camiseta 7 del Loyola. Puede ser el penal que defina…”  Si has leído hasta aquí, ya lo puedes imaginar: “Goooooool” Y los vi corriendo por toda la cancha y mis ojos enrojecieron. ¡Campeones, campeones, campeones! Luego de cinco derrotas, siguieron doce juegos invictos y un trofeo compartido que vale realmente oro. Toda la temporada me había preguntado: ¿cuál sería nuestro 11 ideal? para finalmente llegar a comprender que la clave fue no tener jamás un 11 ideal.     

Hace 33 años yo tenía exactamente la misma edad que Nando y cursaba también tercer año de bachillerato. También, junto a mi equipo y contra todo pronóstico – pero en béisbol y con mi uniforme de La Salle – ganábamos el campeonato. El trofeo lo mantengo en el estudio de mi casa y los recuerdos los tengo más vivos que nunca. Así como mi equipo en 1989, los héroes del 2022 no olvidarán jamás este capítulo de sus vidas. ¡Viva el deporte!    

          5 de julio de 2022

jueves, 5 de mayo de 2022

La confianza como clave

 

Bernardo Guinand Ayala


Uno de los grandes desafíos que tienen las organizaciones sin fines de lucro, está en la dificultad de medir su impacto tal como ocurre en el mundo lucrativo, donde la efectividad se mide en unidades vendidas, rendimiento, utilidades, tasa de retorno y un sinfín de indicadores cuantitativos muy tangibles

Conversando con María Guinand, a propósito de la alianza entre la Schola Cantorum de Venezuela y Fundación Impronta para la creación del núcleo de Pequeños Cantores de Caucagüita, compartíamos ese punto. María me contaba cómo muchos colaboradores le seguían solicitando la fórmula que mostrara cómo medir el impacto del canto coral en un niño que se estaba formando. Entre bromas, me decía que alguna vez llegó a insinuarle a alguno de ellos, que aún no sabía de la existencia del “espiritómetro” para ver cómo la música elevaba el espíritu de sus pupilos.

Ciertamente y dependiendo del área de desempeño que aborde cada organización social, habrá algunos indicadores para mostrar, pero, casi siempre, el apoyo parte de un elemento esencial que es la confianza. La confianza que pone un colaborador en la organización con la que contribuye. La confianza que pone dicha organización en el individuo a quien sirve. Y la confianza se retribuye ciertamente con hechos y resultados, pero sin ella jamás se puede arrancar. 

Peter Drucker, ese gurú de la gerencia de finales del siglo XX, aparte de su prolífica obra, escribió un libro sobre la gerencia de organizaciones no lucrativas y en la propia definición que hace de ellas al inicio de su libro, explica cuán ambicioso – pero tan complejo de medir - es el impacto de una ONG:

“La institución sin fines de lucro no provee bienes o servicios ni controla. Su ‘producto’ no es un par de zapatos, ni una reglamentación efectiva, sino un ser humano cambiado. Estas organizaciones son agentes del cambio humano. Su ‘producto’ es un paciente curado, un niño que aprende, un muchacho o muchacha transformado en un adulto que se respeta a sí mismo, una vida humana enteramente cambiada”[1]

 

Una vida humana enteramente cambiada” ¡vaya desafío! En Fundación Impronta, nos identificamos con cada una de esas líneas, tan parecidas a nuestra proclama de misión y las páginas de este informe buscan dar cuenta de ello. Por eso, a quien nos lee, a quien nos acompaña, a quien colabora con su talento, recursos o tiempo, agradecemos la confianza puesta en nosotros para llegar a 5 años sin dejar de crecer y con las ganas de seguir.

 

Quisiera relatar una anécdota muy puntual, producto de uno de los planes más desafiantes que pudimos concretar en 2021 y apenas comienza: el programa de Becas Impronta. Y digo desafiante, pues del mismo se desprende un modelo de confianza hacia el individuo, hacia aquel que apuesta por su futuro a través de la formación. Si pensáramos en medir la “tasa se retorno” quizás nunca emprenderíamos tal programa pues la incertidumbre es enorme. Pero, así como hemos recibido confianza de quienes creen en nuestro trabajo, así también apostamos por cada uno de nuestros jóvenes, a pesar de no tener certezas futuras.

 

En fin, durante esos días habíamos tenido una reunión con el sociólogo Luis Pedro España, para interpretar los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida ENCOVI que acababa de ser presentada y entre las recomendaciones puntuales nos hizo mucho sentido esta: “deben impulsar la formación para el trabajo, pero con herramientas prácticas, ágiles; es decir, más allá de formación a largo plazo, deben proveer o promover cursos, actualizaciones que sean muy pertinentes para la empleabilidad a corto plazo”. En resumen, valorar el indiscutible nexo entre educación y trabajo, pero con elementos de adaptabilidad a la Venezuela de hoy y a muy corto plazo.      

 

En esos mismos días, Melany, una joven de 17 años que ha participado en cuanto programa hemos tenido desde que llegamos a Caucagüita y a quien habíamos puesto en la mira por su disposición a formarse, se me acerca un día y me dice algo que ya habíamos evaluado. Por su corta edad e inexperiencia se le dificultaba encontrar empleo, pero tampoco podía seguir estudiando por un tema de costos. Luego agrega: “He evaluado algunas opciones y creo que hay una que quiero plantearles. Conseguí un curso de Tripulante de Cabina y se ajusta a varios elementos que son importantes para mí: me gusta el servicio, me permite seguir estudiando, pero además es un curso relativamente corto y me permitirá encontrar trabajo en poco tiempo. No hay tiempo que perder”.

 

Es decir, el análisis académico y contexto país que acabábamos de recibir de Luis Pedro España, lo había descifrado, con sus propias palabras, una adolescente de Caucagüita con los pies sobre la tierra del país en el que vive. Poco nos costó decidir la aprobación de su beca y semanas más tarde la vi, en la parada de la camioneta en Caucagüita, uniformada de aeromoza con una sonrisota, para asistir a sus clases.

 

Al momento de escribir estas líneas, Melany obtuvo el grado de su curso siendo la primera en su clase y aún no sabemos si encontrará o no trabajo en esa rama. Por supuesto esperamos que así sea, pero su destino lo irá labrando día a día en esta Venezuela de incertidumbres. El tema es que ella requería una oportunidad que además valoramos totalmente coherente con nuestros planes. Melany, como cualquier ciudadano en el mundo, acertará y errará durante su vida, no pretenderemos que todos sus logros o fracasos se deban a nuestra vinculación, pero nos recuerda constantemente que las personas, para prosperar, requieren oportunidades y la confianza necesaria para avanzar. Será difícil de medir, pero es a lo que apostamos, con pasión, en Impronta.

                           

          Abril de 2022



 * Texto escrito para el editorial del informe de gestión 2021 de Fundación Impronta

[1] Drucker, Peter F. Dirección de instituciones sin fines de lucro. Editorial El Ateneo. 2001