sábado, 13 de septiembre de 2014

Esperanza y verdad

Esperanza y verdad
Discurso por los 15 años del Centro de Salud Santa Inés UCAB


Apreciados colaboradores, directivos y familiares del Centro de Salud Santa Inés UCAB:

Santa Inés llega a estos 15 años en tiempos turbulentos (muy turbulentos diría yo), aunque si recorremos nuestra historia, no hemos dejado nunca de estar en tiempos turbulentos. Y eso no nos ha frenado para construir lo que hoy vemos que hemos construido. Y no hemos construido sólo edificios, laboratorios, servicios, programas; hemos construido solidaridad y esperanza. Solidaridad y esperanza en un país que parece perderlas a ambas. Y lo hemos hecho nosotros, y lo hemos hecho JUNTOS.

Hoy quise escribir lo que quería decir para evitar el riesgo de encadenarme, pues todos queremos y deseamos más acciones que palabras. Y en ese esfuerzo de síntesis para definir de alguna manera lo que han representado estos 15 años, se me perfilaron dos palabras: justamente una que mencioné antes, ESPERANZA, y VERDAD.

Santa Inés es sin duda una señal de esperanza para nuestro país, una señal de esperanza para quienes día a día ven en nuestras manos una alternativa para su salud y su dignidad, y muy especialmente una señal de esperanza para quienes continuamos aquí. Para quienes viendo lo que somos capaces de edificar, no desfallecemos y seguimos soñando. Soñando y haciendo. Haciendo y volviendo a soñar. Fechas como las que hoy conmemoramos son espacios para evaluar, para reflexionar; pero también para celebrar esos sueños que se concretaron y que hoy hacen que podamos ser una institución reconocida por su prestigio.

Esperanza no quiere decir que no reconozcamos los problemas que tenemos, las dificultades, las angustias tanto institucionales como personales en cuanto a los inconvenientes económicos y de inseguridad que nos afectan día a día. Esperanza es que aún sintiéndonos frágiles seguimos adelante. Esperanza es afrontar el temor de ese duro dicho que reza: "lo que se construye con las manos, se destruye con los pies" y aún así, seguir poniendo nuestras manos para construir.

Somos un pedacito minúsculo de toda Venezuela, pero existiendo e impactado en lo que nos compete, somos ESPERANZA para toda Venezuela.

Pero Santa Inés también es VERDAD. Les confieso que procuro usar esa palabra con enorme precaución, pues siempre he percibido que suele usarse con mucha ligereza y cierto grado de prepotencia. La traigo a colación por la necesidad que tenemos como venezolanos de vivir en la verdad. Tomo la idea de un libro que me he estado leyendo de quien fuera un dramaturgo checoeslovaco y luego líder del cambio que dio su país desde 1989, Václav Havel. Escribió ese pequeño libro titulado "El poder de los sin poder" estando en la cárcel e hizo constantes críticas sobre los regímenes que viven de mentira en mentira, tapando una con otra como en un círculo vicioso interminable. Algo parecido a la Venezuela que vivimos hoy. Allí transmitió, que los ciudadanos comunes y corrientes, sin la necesidad de ser genios (sin necesidad de tener "poder" y de allí el nombre del libro) podían generar cambios con su particular voluntad de "vivir en la verdad”. Y allí radica el poder, de los sin poder.  

Yo creo de corazón que en Santa Inés como conjunto hemos vivido de verdad y hemos vivido en la verdad. Nada hay más contundente que nuestra historia juntos. Nuestras cifras, las historias de vida que hay detrás de cada paciente atendido, nuestro impacto, nuestro continuo caminar adelante a pesar de las adversidades y de nuestras diferencias individuales. Nada ha sido obra de una campaña comunicacional ni de una estrategia promocional. Ha sido el esfuerzo de quienes nos precedieron, de quienes pasaron por aquí y dejaron su huella y de los que estamos hoy aquí, con familia incluida como parte de ese gran logro.

Hoy nuestros 15 años transmiten una verdad.
Una verdad como que el 35% de los habitantes de las parroquias de Antímano, La Vega, Caricuao, Macarao y El Paraíso saben de nosotros o vienen a nosotros.
Hoy nuestros 15 años transmiten una verdad, así como:
las 472.993 consultas realizadas
las 66.334 sesiones de rehabilitación
los 282.969 pacientes servidos en laboratorio
los 313.999 estudios de diagnóstico por imágenes
los 65.300 procedimientos realizados en nuestros consultorios
los 20.110 estudios de exploraciones cardiovasculares
o los 100.096 diversos servicios generales dados en nuestro centro.

En fin, 1.321.801 servicios prestados desde el 13 de septiembre de 1999 cuando abrimos esas puertas, hasta ayer 12 de septiembre de 2014. Así como el empuje decidido para la creación de Avessoc, los programas de promoción de estilos de vida saludable, los adolescentes que hoy ven aquí una alternativa en salud sexual y reproductiva, la campaña Amigo Solidario que nos hace llegar a quienes queremos llegar. Y podemos seguir contando.

Nos toca decir la verdad, con obras, con trabajo. Y no con esto decimos que todo ha sido color de rosa. Somos parte de este país, con sus virtudes y sus defectos, con sus altas y sus bajas, con sus días soleados y también con los lluviosos. Pero por encima de toda adversidad, en nuestros 15 años hemos trabajado en la verdad para todos y hemos construido esperanza para todos.

La mayor celebración que podemos hacer es seguir apostando al futuro. Es la mejor manera de rendir homenaje a aquellos que hoy no están entre nosotros pero dejaron su sello: el Padre Azagra, el Doctor Paradisi, Flor Torcat, Zailé Noa, Lenny García. También muchos otros que decidieron su futuro profesional en otros horizontes, pero que dejaron su impronta. Particular mención hago de María Matilde Zubillaga quien dejó unos cimientos sólidos para lo que es hoy Santa Inés y a quien pedimos particularmente a Papá Dios por su salud; así como de Pari, una santa de carne y hueso que tuvimos el privilegio de conocer, quien vió que su futuro estaba en otras fronteras pero que recordamos día a día su capacidad de escuchar y servir al prójimo.

Miremos hacia adelante. Santa Inés quiere seguir construyendo edificios, servicios y programas, así como esperanza, solidaridad y verdad. Azagra siempre nos invitó a soñar. No podría yo transmitir algo distinto. Sigamos soñando y gracias a todos ustedes por hacer de esos sueños una realidad para Venezuela. Muchas gracias!


Bernardo Guinand Ayala
13 de septiembre de 2014

viernes, 5 de septiembre de 2014

Si no nosotros ¿quién?

Al empezar a escribir este post sólo tengo algo claro. Se que mi punto de vista no es único, no es el que es, no es toda la verdad. Habrá muchos que piensen igual. Otros que piensen totalmente distinto. Tampoco mi realidad es igual a la de todos y esa realidad de cada quien hace que cada quien tome una decisión, comprensible y a veces muy dura. Digo todo esto pues siento la necesidad de escribir de Venezuela y sobre esa decisión tan propia de quedarnos o no. 

Más allá de criticar un punto de vista o defender otro, manifiesto en estas líneas mi preocupación, mis angustias. Creo que todos tenemos razón. Razón tiene quién decide irse buscando oportunidades, seguridad, paz, desarrollo, bienestar para sus hijos.  Razón tiene quien se queda manteniendo familia y amistades, apostando y trabajando para que Venezuela de un giro, valorando las cosas buenas de nuestro país aún dentro de las adversidades. 

Como muchas familias venezolanas de hoy, de mis hermanos la mitad vive fuera y la otra mitad vivimos en Venezuela. Algo parecido sucede si extiendo mi familia a primos. Por lo cual procuro escribir tomando eso en cuenta como una realidad muy cercana, como una realidad muy "real", si tal redundancia fuese aceptable. 

Tengo aún pocos días de haber llegado de vacaciones y cada viaje al exterior hace que el regreso nos pegue con más contundencia. Sólo subir la Caracas-La Guaira hace que uno retroceda unos 30 años y se repita una y otra vez: ¿Qué coño nos pasó? Luego de pasar algunos días 'en desarrollo', se hace difícil entender cómo se puede seguir pensando en comunas, socialismo del siglo XXI o batallones de quién sabe que carajo. No se si peor o mejor, durante mis vacaciones no se me ocurrió mejor cosa que leer "El poder de los sin poder" de Vaclav Havel (http://es.m.wikipedia.org/wiki/Václav_Havel) y ver como repetimos una historia llena de fracasos, de modelos basados en la mentira, la cual no logra sino fabricar otra mentira para tapar la anterior. Esto me hace pensar que la falta de conocimiento de la historia nos condena a repetir los errores más absurdos del pasado. Y esa es la Venezuela que nos tocó transitar.

Este último viaje tuvo muchos elementos que me hicieron pensar en irse o quedarse. Nunca me habían vendido tan tajante una opción por irme del país como en una conversación con mi prima Nelly en su casa en Miami, que aunque me hacía medio el musiú mientras me hablaba, iba captando cada una de sus razones para salir de este berenjenal llamado Venezuela. Más o menos los mismos puntos los leí en un mensaje de Facebook de un amigo mío justo al llegar: "La Venezuela que soñamos, que nos enseñaron a querer, que defendemos... ya no existe". Eso que defendemos y queremos recuperar, es hoy una utopía. La verdad que el golpe es duro, y probablemente es así, pero ¿cómo desarraigar un sentimiento tan profundo?

Inclusive, Nelly me llegó a sugerir que hoy en día se podría ayudar más a Venezuela desde afuera. Ya que yo, al igual que ella, nos hemos dedicado al financiamiento de las organizaciones de la sociedad civil, pues probablemente estando afuera se pueda recaudar más fondos para Venezuela. Pero allí, justo allí, fue cuando me surgieron las mayores interrogantes al respecto. Si todos nos vamos, podremos levantar plata para Venezuela, pero ¿quién administra esos reales? ¿quién hace que rindan? ¿quién les da el valor que tienen? ¿quién ofrece bienes, servicios de calidad para todos los venezolanos? ¿quién es capaz de generar modelos de servicios de calidad para la gente? ¿quién? ¿quién? ¿quién?

Si no nosotros ¿quién?

Si no aquellos que hemos tenido el privilegio de visitar otros países y ver que podemos estar mejor ¿quién? Si no aquellos que les duele Venezuela ¿quién?

Tengo unos hijos preciosos a quienes quisiera abrirles las puertas del mundo y que vivan felices, que puedan codearse con quien se lo propongan; pero esta realidad de país hace que sienta que mi labor sigue estando aquí. Suena romántico y probablemente con los pies fuera de la tierra, pero aún hoy, aún después de ver la calidad de vida de mis hermanos y primos que viven fuera, siento que sigo siendo más útil en Venezuela.

Reiterando mi comprensión por quienes han optado abrirse camino fuera de esta hostil Venezuela, en la historia he visto un par de modelos sobre el avance de los regímenes totalitarios, como el que hoy nos gobierna. Podemos ver Cuba y bajo esa premisa sin duda hay que correr. Podemos ver muchos países de Europa Oriental, como el caso de la Checoslovaquia de Vaclav Havel y tener esperanza. Hay muchos elementos que evaluar, pero sin duda, un caso destacado en el desenlace tuvo que ver con su gente. Muchos de la clase pudiente cubana se fueron y no quedó en la isla quien pudiese consolidar una disidencia u oposición. En Checoslovaquia, más que políticos, una disidencia formada por gente de la artes - como el propio Havel- empezaron a exigir una "vida en la verdad" en contraposición a la continua mentira en que se ven atrapados los gobiernos pseudo-socialistas. Ello, después de muchos años, derivó en la Revolución de Terciopelo y en la posterior transformación de dicho país. No fue fácil, no duró poco, pero hoy la historia nos dice que valió la pena. 

Hoy me topé con una joven recién graduada de la UCAB que hizo su tesis con nosotros y a quien ofrecimos trabajo, y nos manifestó que se iba próximamente a Panamá. Y me pegó! Estando de viaje, mi cuñado - quien también vive afuera - nos invitó un día a su casa pues se reuniría con varios de sus amigos del Colegio San Ignacio que también viven fuera. Eran como 5 amigos con sus familias, esos 5 amigos que sin duda hoy serían los empresarios o gerentes de instituciones importantes en Venezuela. Y me pegó! Dos de las psicólogas que trabajan con nosotros en nuestros programas de atención de adolescentes y promoción de estilos de vida saludables también se van. Sus argumentos, totalmente comprensibles....pero igual, me pegó! Así puedo seguir, y comprendo cada caso, pero mi angustia se mantiene: Si no nosotros ¿quién? 

Pues también tengo una realidad en la otra mano. Mientras estuve de vacaciones mi equipo de trabajo avanzó decididamente para poder re-inaugurar próximamente el servicio de diagnóstico por imágenes del Centro de Salud Santa Inés UCAB con una inversión importantísima. Allí está, tangible, a la vista de quién lo quiera constatar. Hoy también tuve un par de reuniones, una con el sector privado y otra con el sector público para establecer alianzas. Sigue existiendo gente que apuesta. No todo está perdido, no todos nos hemos ido, y aunque Venezuela posiblemente ya es otra, nunca se ha dicho que no podamos construir una mejor. Que tomará años, sin duda. Que costará Dios y su ayuda, sin duda. Que debemos pedir a Dios que nos proteja de la inseguridad, la inflación, la escasez, la desesperanza... sin duda. Pero, si no nosotros ¿quién?


lunes, 11 de agosto de 2014

Otra de casualidades

Hace ya unos cuantos años, en su época universitaria en la USB, Elisa mi hermana tuvo un novio con el cual duró un buen tiempo. Fue uno de esos novios que supo ganarse a la familia y que por su espíritu aventurero y los planes que cuadraban constantemente, nos tocó viajar y compartir muchas experiencias juntos. Su nombre, Adriano Sorci, evidentemente descendiente de italianos, de esas típicas familias que llegaron para echarle pichón a trabajar en este país. 

Como puede suceder con todo noviazgo, aquella relación terminó después de varios años, aún cuando todos los demás nos habíamos encariñado bastante con Adriano. El tiempo siguió, cada quién agarró su camino, pero la amistad mutua quedó allí.

Algún tiempo después, una noche ya acostado en mi cama a punto de dormir, José Antonio – mi hermano menor – entró en el cuarto dándome un mensaje algo confuso. Acababa de oír por radio que un familiar de Adriano Sorci necesitaba donantes de sangre. En ese momento no sabíamos si era para él o para su mamá, si era algo planificado o un accidente, en fin todas esas conjeturas que uno hace cuando no tiene toda la información a la mano. Por el programa de radio que oía, relacionado con cosas de aventura, coincidimos en que efectivamente se trataba de Adriano, pues a él siempre le gustó esa actividad y de allí supusimos su cercanía con el conductor o productor del programa.

José Antonio debía tener unos 18 años en ese momento pues nunca había donado sangre, pero rápidamente me dijo: “creo que habrá que ir mañana a la clínica”. En la casa, por tradición alentada fervorosamente por mi papá, así como nos animó a trabajar siempre en mesas electorales a partir de la mayoría de edad, de igual manera nos encaminó a ser donantes de sangre. Adicionalmente, tanto mi papá como varios de nosotros somos O Rh negativo, conocidos como donantes universales, lo cual significa que podemos darle nuestra sangre a cualquier otra persona sea cual sea su tipo, pero sólo recibir sangre de otros O-. Entiendo que somos algo así como el 7% de la población y eso hace nuestra sangre muy preciada, lo cual Jose constató al día siguiente cuando le confirmaron que también era O- y, al igual que a mi, le solicitaron darle una “exprimidita” extra para aprovechar tan buen material.


Al día siguiente estábamos temprano en la Clínica El Ávila, siguiendo las directrices del mensaje en radio. Para quien no ha donado sangre, el proceso es sencillo y no es doloroso, pero siempre da su “culillito” y no es tampoco agradable que lo estén pinchando a uno. Jose estaba aún más asustado pues era su día de iniciación en tales prácticas. Al terminar de donar y tomarnos el respectivo juguito, nos dieron las tarjetas que acreditan que uno ha donado sangre y también la tarjeta para entregar a los familiares como constancia que han recibido en su cuenta del banco “de sangre” unos nuevos activos “líquidos”. Como teníamos tiempo sin ver a Adriano y a su familia – a la cual Jose y yo por ser los hermanos menores de Elisa conocíamos menos – decidimos pasar por la habitación ahora conociendo que efectivamente su mamá era la paciente. 

Entramos tímidamente en la habitación y estaba la señora acostada en su cama con unos cuantos familiares a su alrededor. Adriano no se veía entre los presentes. Estuvimos un rato hablando de como se sentía, que acabábamos de donar sangre y le dijimos que veníamos por parte de Adriano pues habíamos oído el mensaje en radio, lo cual generó buenos comentarios entre los presentes por lo efectivo de Adriano y sus amistades. Luego nos preguntaron cual era nuestra relación con Adriano y explicamos que nosotros éramos hermanos de Elizabeth Guinand. Nuestra sorpresa fue ver la cara de extrañeza en el rostro de esa familia ante el nombre de mi hermana. “¿Elizabeth Guinand? ¿Esa es una amiga de Adriano?”. Todos se veían la cara sin tener idea de quien estábamos hablando. Me dio como impotencia pues Elisa no es precisamente de esas personas – mucho menos una novia – que pasa desapercibida. Segundos después caí en cuenta de la situación y fuimos cortando poco a poco la conversa, hasta despedirnos gentilmente.

Ya afuera en el pasillo, Jose se voltea y me dice aún con tono inocentón: “¿Cómo es posible que no se  acuerden de Elisa? Pareciera que esta no es la misma gente”. A lo cual le respondí: “Claro que no es la misma gente. Acabamos de donarle sangre a la mamá de otro Adriano Sorci”. 

Yo entiendo que en el mundo hay muchos nombres repetidos, pero ¿Adriano Sorci? ¿Dos Adriano Sorci en Caracas? Cuando en la vida pudimos imaginar que un nombre tan particular y tan italiano pudiese toparse dos veces en nuestro camino. 

La verdad es que este cuento y casualidad pudiese quedar aquí y ya es bastante impresionante. De hecho, tiempo después nos hemos vuelto a topar con Adriano Sorci - el nuestro – y hemos compartido esta anécdota entre risas e impresión. Se volvió de hecho en un cuento recurrente cuando hablamos de casualidades, de recuerdos, de cómo donar sangre es siempre un acto realmente voluntario.

Lo cierto es que el cuento no llegó sólo hasta allí. Hace menos de un año, en un festival de videos de deportes de aventura me encontré nuevamente con Adriano. Nos pusimos al día, conversamos un rato y justo antes de entrar al auditorio se detiene y me dice: “¿Sabes que lo del otro Adriano no quedó sólo allí?”. Y entonces comenzó la otra parte de esta anécdota.

Me contó que había estado viajando bastante a Calabozo en el Estado Guárico, pues estaba en la búsqueda de una tierritas por allá. En una de esas visitas y en vísperas de su aniversario de matrimonio vio en una ferretería de Calabozo una vieja máquina de hacer raspados, una antigüedad que su esposa siempre había querido tener, así que la fecha venía bien a ver si la compraba de regalo. Cuando se disponía a pagar y el empleado le pide su nombre para la factura, él dice: “Adriano Sorci”, pero el empleado le comenta que es imposible, pues Adriano Sorci es el dueño de la ferretería. Sacó su cédula de identidad y no sólo comprobó su identidad, sino que confirmó con el despachador que ambos se escribían exactamente igual. 



Evidentemente para ese momento, ambos Adrianos Sorci sabían de la existencia del otro pero no se conocían. Ese día tampoco estaba “el otro”, sin embargo “el nuestro” si pudo conocer a su hermano, así como a su esposa e hijo. Echaron broma un buen rato, compartieron anécdotas a raíz de la diversas confusiones que ambos han tenido a lo largo de los años y la coincidencia de llegar ese día a tal ferretería.

Al despedirse y cuando ya casi se iba, la esposa del otro Adriano Sorci le dijo en tono serio: “Por cierto, tanto Adriano como mi suegra te estarán eternamente agradecidos por enviar esas dos almas caritativas que llegaron a donarle sangre hace ya muchos años”. 

En fin, hacer el bien siempre trae recompensas, agradecimientos muy particulares y anécdotas maravillosas para disfrutar la vida.

sábado, 7 de junio de 2014

El día que contraté a una santa

En abril de este año tuve el privilegio de conocer y compartir el día entero con el P. Adolfo Nicolás SJ, Superior General de la Compañía de Jesús en el mundo. Aparte de su maravilloso encuentro de esa mañana en el Parque Social UCAB, cuyas palabras fueron transcritas y divulgadas por las redes sociales de la UCAB por su emotivo y alentador significado, la tarde fue otra experiencia increíble al poder acompañar al “Papa Negro” en la visita que realizara a la parte alta de La Vega, donde la UCAB desarrolla un trabajo con esa comunidad desde hace muchos años.


Hacia el final de la tarde hicimos una parada en la casa donde viven 3 jóvenes jesuitas justo al lado de la Escuela Andy Aparicio de Fe y Alegría, y en medio de una interesante conversación entre curas sobre quien está más cerca de Dios, me senté al lado del Padre Nicolás y – a propósito del tema en discusión y de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II que había sucedido el domingo anterior – me aventuré a comentarle que yo había conocido a una santa. Durante esa mañana, habíamos mostrado al “General” el video del Parque Social en donde los mensajes más significativos sobre lo que somos y queremos transmitir con nuestro trabajo son expresados con la característica sencillez, alegría y picardía de la Hna. María del Carmen Pariente, mejor conocida por todos como Pari. En ese video, Pari es quien describe al Parque Social como “la pasarela” que conecta a la universidad con las comunidades que la rodean, justo la simbología que tomó como ejemplo el P. Nicolás durante toda su visita por lo claro y contundente de su mensaje. “Creo que aquí en el Parque Social se están realizando todos los sueños que tenemos en la Compañía de Jesús de hacer un puente, la pasarela esa famosa que hemos visto” habría dicho esa mañana.


A raíz de mi comentario, el jefe máximo de los jesuitas, en un típico despliegue de las características dotes jesuíticas, me contó su posición personal frente a los santos, tema que da para escribir otro artículo más adelante. Al final de su clasificación, compartía mi apreciación: hay santos no canonizados, ni reconocidos, ni promocionados, pero que pasan la vida entre nosotros con su maravillosa y silenciosa labor de santidad. Ello me confirmó mi sospecha: yo tuve el privilegio de contratar a una santa.

María del Carmen Pariente Gombau nació en Madrid en 1931, hija menor de un total de siete hermanos en una familia trasladada de Tarragona a la capital española a raíz de la I Guerra Mundial. Mafer Mujica destaca detalles de la infancia de Pari en una entrevista que le hiciera en 2013: Cuando tenía siete años quedó huérfana. Su padre que era simpatizante de los republicanos, pero católico, fue fusilado por los rojos, y su madre que era monárquica, recorrió cárceles y hospitales buscándolo y murió en uno de esos recorridos porque su salud menguaba. Fueron despojados de su casa y cuando eso sucedió, la hermana mayor tenía doce años. (Años más tarde) Pari se ordena en la congregación del Sagrado Corazón y en 1959 la destacan a Chile que viene a ser, según sus propias palabras, su primer amor”.


Pari vivió muchos años en el Chile de Pinochet y luego de ayudar a un sinnúmero de chilenos a resguardar sus vidas por la característica represión que encarnan las dictaduras, tuvo que partir apresuradamente un día pues trabajaba en la Vicaría de la Solidaridad de la mano del Arzobispo de Santiago, Cardenal Raúl Silva Henríquez, acérrimo defensor de los DDHH durante la dictadura militar. Luego fue a parar al Zaire (actual República Democrática del Congo) durante el gobierno de Mobutu, donde colaboró en diversas actividades en una escuela dedicada a personas discapacitadas. Su continua presencia en países con gobiernos militares dictatoriales o autoritarios la marcó profundamente. Como ella misma tantas veces me dijo: “me confieso devota, pero ni de broma de botas.

Después de algunos ajustes, Pari llega nuevamente a su consentida Suramérica y al tocar Venezuela dedica 15 años a la Federación de Familias de Desaparecidos y Detenidos de América Latina (Fedefam), siendo por ocho años su Directora Ejecutiva. Sobre esta época de su vida, conservo un mail que me envió Ligia Bolívar, reconocida defensora de los DDHH en Venezuela sobre el día que conoció a Pari: En 1984, siendo Secretaria Ejecutiva de Amnistía Internacional en Venezuela, por intermedio de Arturo Sosa, hice contacto con el escritor y dramaturgo argentino Juan Carlos Gené, quien generosamente donó la premier de su obra "Golpes a mi puerta" a beneficio de Amnistía Internacional. Gené insistió en que fuera a ver un ensayo de la obra. Asistí al ensayo y en él se encontraba un grupo de monjitas. Una de ellas temblaba como una hojita al final de la presentación. Para quienes no conocen la obra, se trata del drama ético de unas religiosas que esconden a un perseguido en un país bajo gobierno militar. Me acerqué para hablarle a esta monja temblorosa y así conocí a Pari, quien todavía tenía demasiado frescas las heridas y traumas por la persecución en tiempos de la dictadura de Pinochet”.

Luego el destino y la obediencia la llevan a apoyar a la Conferencia de Religiosas y Religiosos de Venezuela CONVER, de donde se produciría el afortunado acercamiento al Parque Social. Desde el Centro de Salud Santa Inés UCAB, nuestra Junta Directiva nos había encomendado la tarea de apoyar la creación de una red de centros de salud de inspiración cristiana, es decir, el comparativo de la AVEC – Asociación Venezolana de Educación Católica - pero en salud. La idea fue apoyar esta iniciativa desde la UCAB y la CONVER, pues esta última ya tenía unos años desarrollando algo similar. Así nace la Asociación Venezolana de Servicios de Salud de Orientación Cristiana AVESSOC y la CONVER tuvo la brillante de idea de destinar a Pari a tal misión. Así pues, Pari junto al Padre Azagra SJ (Director del Parque Social) y María Matilde Zubillaga (Gerente General de CSSI para esa fecha) fueron los fundadores y primer equipo de trabajo de la recién creada AVESSOC.

Luego de varios años de trabajo junto a nosotros desde AVESSOC, pero abrumada por encontrarse nuevamente en una situación militarista - ahora en Venezuela - y con la añoranza de no haberse despedido nunca de los afectos que dejó en Chile, decide retornar a ese país del sur. Allí pasaría solo un año, pues luego contaría que no se fue preparada para tal reencuentro, que las cosas habían cambiado, que no sintió que podía desarrollar todo su potencial en las nuevas tareas asignadas, y que fundamentalmente se dio cuenta que fue a cerrar un ciclo que su abrupta salida a finales de los setenta no le había permitido.

Así, un día de febrero de aquel 2009 en los pasillos de Santa Inés, me reencontré con Pari a sus 77 años y buscando trabajo. AVESSOC estaba en proceso de cambios y no me parecía el mejor destino para ella. Ese día, a pesar de que la lógica gerencial consideraría poco práctico contratar a alguien de esa edad, hice una oferta de trabajo a quien luego reconocería como uno de los santos que en vida he conocido. Creo que ha sido la contratación más acertada que he hecho en mi vida. Tenía algún tiempo pensando en la necesidad de acercarnos más a nuestros pacientes, y justo con eso en mente, apareció ella como caída del cielo. Sólo dos indicaciones le hice para su trabajo y ella lo convirtió en la mejor experiencia para conocer el alcance de nuestro trabajo en el Centro de Salud Santa Inés UCAB. Esas dos indicaciones pautaban en primer lugar que su oficina debía ser los pasillos de CSSI para conocer las necesidades de nuestros pacientes y en segundo lugar, que debía encargarse que nadie se fuera por falta de recursos económicos para pagar. De allí nació la campaña de recaudación Amigo Solidario y las anécdotas más bonitas y a la vez duras que hayamos conocido sobre nuestra gente, nuestros pacientes, nuestros servicios, el alcance de nuestra solidaridad, el agradecimiento del que es escuchado, así como los dramas más profundos del venezolano y la posibilidad de ayudar en lo que está a nuestro alcance. Ha sido descubrir en rostros y nombres, el verdadero sentido de nuestro trabajo. Y eso se lo debemos a Pari y su capacidad de conectarse con la gente sencilla, quienquiera que fuera.

Este blog sería insuficiente para relatar todas las historias que tarde tras tarde Pari me contaba al acercarse a mi oficina, a veces llorosa por la cruda realidad que le toca vivir a nuestra gente: la joven madre adolescente de un niño con Síndrome de Down, sin recursos económicos ni relacionales que necesita que la orienten; la señora – ya mayor - de La Vega que ahora vive en una profunda soledad y que al decir que lo único que sabe hacer es cantar, Pari dedicó 45 minutos a oírla en silencio en su pequeña oficina. La Sra. Dalia (quien tuvo el detalle de contar su historia al Padre General en su visita) a quien Pari acompañó en su depresión y toma de decisión de amputarse una pierna y poder ver que el mundo no terminaba allí.

Lo más sorprendente de Pari es que logra identificar silenciosamente las necesidades. Recientemente alguien me comentó que una vez la vio acompañar a una señora, a quien sus vecinos reconocen por una enfermedad de la piel parecida a la lepra, abrazada a ella sin inmutarse, al más puro estilo del Papa Francisco pero de un bajo perfil inigualable. Y como la necesidad espiritual no tiene distingo ni clase social, una vez recibí este correo de una profesora de la UCAB quien se sorprendía de cómo Pari pudo identificar su necesidad entre el tumulto de gente que día a día visita Santa Inés: Conocí a la Hna. Pari en un momento en el cual yo necesitaba que alguien sencillamente me mirara y entendiera solo con ello que necesitaba ayuda y allí se me apareció Pari, antes de cualquier cosa me metió en su pequeño cubículo y me dijo lo que parecía más inimaginable: suelta tus lágrimas primero y luego me dices qué necesitas. Siguió un largo camino por Santa Inés para hacer lo que tenía que hacerme”. Después de un tiempo supe que esa dosis la aplicó a un sinfín de personas y para colmo de humildad, ella nunca dejó de agradecerme por haberle dado “el mejor trabajo que había tenido”. Años más tarde, jocosamente contaba que cuando le ofrecí el trabajo me dijo que lo pensaría y su respuesta afirmativa fue al día siguiente, pero que evidentemente en el mismo momento que se lo ofrecí quiso comenzar a trabajar, pero no quiso hacerlo pues debía “darse cierta importancia y preservar algo su orgullo”. Siento que es demasiada bendición que Dios me ha dado a mí por ponerla en mi camino y hacerme sentir verdaderamente útil.


Tanto la historia de la conversa con el Padre Nicolás en La Vega como la de Pari, se la conté a Juan Salvador Pérez, un amigo con quien comparto la cercanía con los jesuitas y nuestra vocación por ser profesionales con una visión cristiana de la vida. Producto de esa conversación me prestó un libro titulado “Mi Vida con los Santos” escrito por un jesuita norteamericano llamado James Martin SJ que no ha hecho sino confirmarme la presencia de santos entre nosotros.

Al igual que ocurre con los milagros, los cuales siento que están más cerca de lo que imaginamos y ocurren más seguido de lo que solemos reconocer, me pasa con los santos. Particularmente menciono dos de los santos que Martin SJ describe y comparto el por qué destaca su santidad. En primer lugar, al hablar de San Pedro, el autor lo titula “Porque soy un pecador”, destacando más bien el lado humano del fundador de la Iglesia: “Pedro se encuentra entre los santos más grandes debido a su humanidad, sus defectos, sus dudas, y sobre todo, su comprensión profundamente sentida de todas esas cosas”. Martin se pregunta “si Jesús eligió a Pedro no a pesar de sus imperfecciones, sino a causa de ellas”.

El otro santo que traigo a colación es a San José, pues Martin lo destaca en relación a las Vidas Ocultas, es decir, quienes viven una vida de santidad sin que sea realmente reconocida por todos. “Esa vida oculta la comparten muchas personas, incluso en las áreas más ricas del mundo. La mujer soltera de mediana edad que cuida a su madre anciana, pero cuyo sacrificio es apenas conocido por sus vecinos. Los amorosos padres de un niño autista que lo cuidarán toda su vida y cuyo dolor y tristeza no conocen ni sus amigos. La madre soltera que tiene dos trabajos para poder proporcionar a sus hijos una buena educación… Infinitas vidas ocultas de amor y servicio a los demás. El darse a uno mismo cada día por Dios”.

En fin, destaca Martin, todos estamos llamados a la santidad, solo que algunos, como Pari, parecen desarrollarlo – aún con su humanidad, defectos y dudas como Pedro– con mayor profundidad.

La situación política en Venezuela no mejoró, cosa que carcomía día a día a Pari y a sus 82 años, decidió nuevamente regresar a Chile en diciembre de 2013,  solo que esta vez sí se preparó con un joven jesuita a través de un largo proceso de acompañamiento y discernimiento. Bien le quedó el apodo que hace muchos años le puse “Pari Pariente, pata caliente”. Quien ha leído esta historia hasta aquí puede imaginarse la falta que me hace a mí, a la gente del Parque y a nuestros pacientes. La señora que le cantaba en su cubículo lloró profundamente al saber de su partida y ahora me visita cada vez más a menudo. Pido a Dios algunas de las virtudes de Pari para darle consuelo y a veces reír o llorar con ella.

Pari, para dejar una vez más su constancia de santidad, convirtió su carta de “renuncia” en una oración. Toda la carta es un poema de agradecimiento y de amor. Solo dejo sus últimas líneas:

Antes de terminar quiero confesarles dos cosas: pido a Dios que cuando alguien se acuerde de mí y me nombre, Él pueda sonreír. Lo segundo, hago mía una sencilla oración que rezaba una de mis hermanas, española, con quien viví en Chile y que al morir encontraron entre sus cosas, dice así: “Señor, enséñame a envejecer… has que sea yo todavía útil al mundo, contribuyendo con mi optimismo y oración a la alegría y el entusiasmo de quienes tienen ahora la responsabilidad… viviendo en contacto humilde y sereno con el mundo que cambia… que mi salida del campo de la actividad sea sencilla y natural, como una puesta de sol”

Mientras termino de escribir esto, la sonrisa de Dios no debe tener comparación. 

domingo, 27 de abril de 2014

Esperanza

Por motivos asociados a la represión que vive Venezuela en estos momentos, este post, que describe una experiencia reciente será publicado en otro momento, para no poner en riesgo a nadie.


viernes, 28 de marzo de 2014

Si tú fueras mago ¿qué harías?

Esta semana me ocurrió una de esas situaciones inéditas a las cuales está expuesto un papá en la Venezuela convulsionada y venida a menos como consecuencia del fulano “Socialismo del siglo XXI”. Miércoles por la tarde llego a mi casa en pleno momento en que las tareas están por terminar y la movida del baño y preparación de la cena a punto de arrancar. Me encuentro a Mimina - mi esposa - sola sentada en la mesa del comedor donde generalmente Ale (9 años) y Nando (7 años) hacen sus tareas cada tarde. Aprovechando la ausencia de ambos, Mimina me pela los ojos para que vea algo en el libro de tareas que tiene en frente. Son pocas palabras las que cruza: “mira la tarea de tu hijo hoy”.

Bernardo Andrés Luis (Nando) está en primer grado; ya lee bastante corrido, sin embargo, esas tareítas de comprensión lectora donde luego de leer tiene una serie de preguntas requieren de una paciencia especial, mas de los padres ciertamente. Ese día su tema tenía que ver con un mago llamado Chiviricoco. Luego de haber leído con su mamá, se quedó solo haciendo el esfuerzo de responder las preguntas. Cuando Mimina va a revisar se da cuenta que de primero respondió la pregunta 3) Si tú fueras mago ¿qué harías? La respuesta de Nando aún me genera todo tipo de sentimientos: “Aría que mi país tenga de todo”


Para quien esté leyendo esto, supongo que ha hecho una pausa en el párrafo anterior y le debe haber generado diversas reacciones. Evidentemente a mí como papá, todos los sentimientos habidos y por haber se me revuelven, pero por las diversas respuestas que al colgar la foto en redes sociales tuve, se que a todos nos toca está realidad diversas fibras. Unos me han demostrado haberse enfocado en la bondad de los deseos de mi hijito, a otros se les revuelve el estómago de pensar que nuestros hijos estén viviendo – por la ineficiencia y maldad de algunos – esta situación. Otros me cuentan que ellos saldrán fortalecidos de esto y algunos cuantos podrían inferir que los padres no deberían involucrar a sus hijos con la realidad dura del país. El hecho es que Nando nos movió el piso y sin embargo, como casi-siempre, procuro ver lo positivo de todo esto. Me conmueve sobremanera la forma en que redactó su oración y destaco el hecho de que a pesar de todo, Nando haya hablado de “mi país”. Pues eso es lo más cierto de todo, este es nuestro país, el único que tenemos, la única nacionalidad con un pasaporte a nuestro nombre; pero por sobretodo, es el país que nos han enseñado a amar, en el que hay una tradición arraigada a trabajar por él con honestidad y una historia en cada rincón que hayamos pisado de su tierra.

Ese día, ese miércoles, la tarea de Nando no fue la única conexión con Venezuela que vivimos como familia. Horas más temprano, Mimina había sostenido una conversa por teléfono con la esposa de un primo mío. El tema: el bendito plan B. Por supuesto que las mujeres, mas aterrizadas y menos románticas que estos hombres con sus particulares genes Guinand, ponían la mirada en el futuro y “lo mejor para los hijos”. A la final se dieron cuenta que ambas habían hablado con nosotros exactamente los mismos puntos y que tanto Juan como yo habíamos coincidido en respuestas. La primera inquietud en la cual coincidían era en descubrir cual era nuestro límite, ¿qué tendría que pasar para decidir irnos de aquí? Al final, Juan fue muy claro en comentar que no se ve trabajando en otro país viendo lo que ocurre en Venezuela sin poder hacer nada.

Otra cosa en la cual coincidimos, además de ese amor particular que nos han inculcado por este país, es que aquí, más que trabajo, algunos tenemos proyectos de vida y que justamente por la difícil situación que vive Venezuela, nuestro aporte no puede ser más relevante en ningún sitio sino aquí.
Por supuesto, las dos esposas de este par de Guinand no les quedó otra que reír y comentar que hemos sido cortados por la misma tijera. Y por supuesto que tampoco sé que ocurrirá a futuro y cual será nuestro destino. Hoy escribo estas letras mientras en Venezuela siguen asesinando a personas por pensar distinto, torturando jóvenes para sembrar miedo al más burdo estilo de las dictaduras del siglo XX y poniendo presos a políticos para truncar las vías democráticas.

Y si yo fuera mago ¿qué haría? Ciertamente, con el modelo que he tenido poco creo en soluciones fantásticas y apuesto por el estudio, el trabajo y las aspiraciones para construir país. Yo lo que haría es dar una oportunidad, la oportunidad de cambiar las cosas. Necesitamos que se nos abra una ventana para demostrar que podemos encaminar a Venezuela hacia el progreso, necesitamos que se abra una oportunidad de construir un país para TODOS. El trabajo no será fácil, pero pido todos los días a Dios que en algún momento se revierta este proceso destructivo y podamos empujar un país hacia adelante donde cada quien progrese y que el esfuerzo honesto que ponga cada quien sea el único límite para las aspiraciones individuales y colectivas.

Una oportunidad, eso haría, dar una oportunidad de viraje para que mi país – y el de mis hijos – tenga de todo, para todos.

viernes, 28 de febrero de 2014

Los cardenales también mean

A propósito de la reciente proclamación de Pietro Parolin como cardenal de la iglesia católica por parte del Papa Francisco, recordé una particular anécdota personal relacionada con el actual Secretario de Estado del Vaticano.

Antes de ser nombrado como segundo de a bordo en el Vaticano, Parolin fue Nuncio Apostólico de la Santa Sede en Venezuela entre 2009 y 2013, tarea nada fácil para los momentos que ha atravesado el país por las continuas atrocidades que el ex presidente Chávez profirió contra los representantes de la iglesia católica durante su mandato. Me atrevería decir que Parolin, junto al recordado André Dupuy han sido los Nuncios más firmes que ha tenido la iglesia en ese difícil período.

Como católico, me alegró haber tenido la oportunidad de compartir un par de misas presididas por el Nuncio, pero sin llegar a conocerlo. Recuerdo especialmente la de la celebración del aniversario de las Ursulinas, donde mi hijita, para ese momento de las más pequeñas de su colegio, cantaba en el coro frente al altar.


Por motivo de su labor, supongo que Parolin visitaría con alguna frecuencia la Conferencia Episcopal Venezolana, ubicada en Montalbán, muy cerca del Parque Social P. Manuel Aguirre SJ de la UCAB. Una de esas idas, derivó en una visita al Parque Social y particularmente al Centro de Salud Santa Inés UCAB. Para mi mala suerte, no me encontraba y no tuve la oportunidad de conocerlo y mostrarle personalmente la labor que desde nuestro rinconcito hacemos. Mi equipo tuvo ese privilegio y recuerdo sus cuentos entusiasmados de la cálida visita del Nuncio.

Afortunadamente, y como ha ocurrido en varias oportunidades con otros representantes de la iglesia y de otros sectores, Parolin quedó maravillado de nuestros servicios y decidió seguir visitándonos, pero ahora como paciente. De manera muy discreta, la Hermana Pari desde “Santa Inés” se encargaba de organizarle su agenda y sus citas. Me detengo aquí, pues me emociona destacar que lo que más disfruto de mi trabajo es constatar que cuando la atención es digna, los pacientes son tan diversos que hacen pensar en una verdadera Venezuela inclusiva. El Centro de Salud Santa Inés UCAB se creó para atender fundamentalmente a nuestros vecinos de las parroquias Antímano, La Vega, Caricuao y Macarao, y así ha sido y sigue siendo (76% de nuestros pacientes vienen de esas parroquias), pero junto al niño de Santa Ana - Antímano –, o la señora de Ruiz Pineda – Caricuao –, o la adolescente que viene desde la escuela Canaima – La Vega – también se sientan en la misma sala de espera los profesores universitarios, los jesuitas o miembros de la jerarquía de la iglesia, así como mi esposa, mis hijos y papás. Ahora le tocaba a Parolin.

En una de esas visitas, recuerdo que la Hermana Pari me avisó con anticipación que asistiría a hacerse unos estudios. Era mi oportunidad de conocerlo y poder interrumpir su rutina médica para dedicarle unas palabras. El día anterior sostuve una larga conversación con mi mamá, bastante más versada que yo en materia de jerarquía eclesial. Mi principal tema de consulta giraba en torno a cómo debía dirigirme al Nuncio. Fue un buen rato hablando con mi mamá si debía decirle: Nuncio, Sr. Nuncio, Eminencia, Monseñor, Padre, y pare de contar. Entre bromas sobre el protocolo más diplomático e interés real, duramos discutiendo buena parte de la noche. Al final, mi mamá no optó decididamente por ninguna alternativa y se limitó a concluir que todo dependía del momento, de las circunstancias, de la forma como me sintiera más cómodo, que probablemente no tendría ni que nombrarlo.

Al día siguiente llegué como rutina al Parque Social. Me limité a preguntar dentro de nuestra oficina administrativa si el Nuncio había llegado. No se veía por allí pero me dieron a entender que lo habían visto pero no sabían donde se había metido. Como de costumbre, después de dejar mi morral, fui al baño antes de conocer a nuestro eminentísimo visitante. Cuál sería mi sorpresa cuando al entrar al baño veo al hoy Cardenal Parolin saliendo de uno de los cubículos, con el típico potecito para recoger la orina recién llenado. Evidentemente, ante una situación tan mundana y particular, no cabía espacio para títulos, ni saludos protocolares, ni reverencias. Más bien un clásico saludo de baño, asintiendo ligeramente con la cabeza como gesto de “que hubo”, pero sin mayor detalle. Mucho recordé a mi mamá quien me enfatizó que dependería de cómo se daban las circunstancias, pero jamás pensé que una opción sería haciendo pipí. Tanto esperar para darme cuenta que, ese día, el nuncio era nuestro paciente y que con las manos ocupadas no era precisamente el mejor momento para quedarse a conversar.

Probablemente el que haya leído este relato se haya sorprendido del título un tanto atrevido y para algunos, posiblemente irrespetuoso. Sin embargo mi intención es todo lo contrario, por más jerarquía que tengamos hay un sinfín de cosas comunes que nos toca a cada una de las personas que pisa este mundo. A mí me gustan los santos de carne y hueso, la gente que es gente, las personas que son lo que son justamente por haber pasado por las rutinas de la vida. No me gusta idealizar a la gente o esperar que por determinado cargo, alguien deba ser mejor que yo. Al fin y al cabo, los Cardenales – y me consta - también mean.