jueves, 21 de mayo de 2026

Qué vaina la distancia

Bernardo Guinand Ayala

¡Epa Henry!

Esta semana me recordé mucho de ti. Pensé en dar una llamada, pero como estoy en medio de un taller de escritura, me aventuré a escribirte y así practico. Quien dicta el taller es una primita mía, bueno, la hija de una prima que es escritora, y nos tiene a todos bajo su yugo, pues se ha codeado con escritores reconocidísimos. Lo que más me ha costado es poner en práctica una clásica recomendación literaria que en inglés le dicen “show, don´t tell”. Sería algo así como evitar solo contar, sino tratar de llevar al lector dentro de la escena; hacer que sienta, que perciba, lo que allí está ocurriendo.

Como si la primera vez que fui a tu casa hubiese escrito: “Cruzar el umbral de la casa de Henry Vivas en Caucagüita fue tropezar de frente con el vapor intenso que salía de la cocina. No era el aroma curado de un restaurant de moda, sino el olor a sofrito criollo a punto de sazonar una enorme olla de sopa de costilla hecha con los retazos de la semana. En la sala, unos treinta niños—que llegaron a ser hasta ochenta—se apretaban hombro con hombro en las pocas mesas plásticas que abarrotaban el espacio, sosteniendo envases vacíos de margarina Mavesa y cucharas variopintas”.

También Claudianuestra profenos ha insistido que, al escribir, sobre todo si es un cuento, debes mostrar solo la punta del iceberg, porque lo que está debajo es lo realmente importante, como una capa oculta, y eso lo tiene que ir escudriñando el lector. Menuda tarea. Los buenos escritores manejan eso con destreza; cuando nosotros lo intentamos, a Claudia no le mueve tanto el piso o a veces ni nos entiende. Quizás somos muy malos o quizás nos tenga poca fe. ¡No lo sé! En dado caso, te recordé porque, siendo de Guasdualito, qué capa oculta ni qué carajo, siempre por la calle del medio diciéndome lo que piensas a quemarropa. Como cuando me hablaste del respeto mutuo, la clave de nuestra amistad y del trabajo hecho juntos. Te escribí de ello hace algunos años, en aquel abril de mierda. Ojalá hayas conservado ese texto.       

Al grano. Obvio no me recordé de ti por el taller de escritura, sino por lo que está sucediendo en Caucagüita. Allá por el 2018 o 2019 me decías: “Bernardo, Impronta está sonando, Impronta está sonando en Caucagüita”. Te confieso que siempre creí que era una estrategia tuya para que no nos fuéramos de tu parroquia y levantarme el ánimo, pero hoy soy yo quien te dice: “Henry, Impronta está sonando en Caucagüita”.

Pensar que nuestra primera inversión fueron unos 30 platicos plásticos de colores—es que no puedo con los potes de Mavesa—y un par de mesas para que tu comedor fuera más acogedor. Luego vino la jornada de salud donde sacaste al llanero que llevas dentro: “Tú pide que yo lo organizo aquí mismo en mi casa. Si quieres 100 personas las convoco, si quieres 300 arepas te las hago”, y así fue. Después, el plan vacacional donde nos metimos a la comunidad en el bolsillo. Lo que siguió es historia. ¿Sabes que la pregunta más frecuente que me hacen es “por qué Caucagüita”? Suelo responder en una tónica dizque espiritual: “creo que Dios nos puso allí”, pero les preciso: “mientras todo era cuesta arriba en nuestros inicios, un tal Henry Vivas me invitó, nos abrió las puertas de su casa y no dejó que nos fuéramos. Henry nos hizo apostar por Caucagüita”.  

Toda esta alharaca para rendirte cuentas aún a la distancia. Y qué cantidad de gente está lejos. Por cierto, le dije a Henrito que tenía que escribir su historia del cruce del Darién. Lo veo chévere ¿sabes? Debes estar orgulloso de él. Acabo de enterarme por IG que está de nuevo en Nueva York, pero la última vez que le escribí estaba en Florida echándole bolas. También encontré por redes a Angelito. El carajito ese está en Ohio estudiando y jugando fútbol. ¡Angelito en Ohio! Que locura lo de este país y la huida de la gente. Me hizo llorar cuando me escribió: “agradecido por todas esas veces que me hicieron feliz”. También se fue por el Darién con su hermano y, al igual que tu hijo, también me evadió el tema. En Caucagüita me dijeron que menos mal se fue; supe que mataron a varios de los “mata gaticos” por lo del negocio familiar. Ese chamo tenía ese brillo especial en los ojos de quien espera ser salvado. Esa sensación me estremecía. Tú siempre con los casos más jodidos.     

Henry, saca esta cuenta: esos primeros 30 platicos donados se transformaron en 4.580 beneficiarios el año pasado, casi el 90% son puros carricitos de primaria y nuestra obsesión es que ningún niño se quede sin aprender a leer. Falta mucho, pero le estamos echando un cerro e´ bolas. ¿Recuerdas que nadie nos conocía y te fuiste de copiloto en el “Impronto-Móvil” avisando a diestra y siniestra: “son Impronta y vienen conmigo”? Ahora estamos en 13 escuelas, apoyamos unas 10 academias deportivas y en diciembre pasado inauguramos sede propia, aun cuando tu casa siempre será nuestra primera sede. Aquellos años le tenías más fe a Impronta que yo mismo.

Como te dije, originalmente pensé en llamar. Pensé en Lucy o en tu mamá para emocionarlas con estos logros. O al mismo Henrito vía WhatsApp, pero mejor directamente a ti por esta vía, pues aún te tengo guardado lo ocurrido con el deporte.

Persistentemente repetías: “el talento existe, pero nadie viene a Caucagüita. Lo que hace falta es acercar a la gente para que vean lo que estamos haciendo” Pues lo logramos Henry. Desde que empezamos a apoyar el deporte, Caucagüita se puso en el radar. Alexander, tu pupilo, tiene una pila de chamos becados en el programa “Futuros Vinotinto” y el viernes pasado los evaluaron estudiantes de la Unimet. Si los vieras con sus uniformes nuevos... Luis Durán también es un crack con las niñas del voleibol; ya varias entraron a la selección de Miranda y algunas a la Nacional. Por si fuera poco, en los últimos 5K del Reto Impronta, hasta el presidente de la federación de atletismo estuvo en la comunidad. ¡Coño Henry, estarías gozando! Qué vaina la distancia.

Me voy despidiendo porque tengo que enviar la tarea del taller y se me ha hecho tarde. Solo recordarte que tu cancha de La Embajada está más viva que nunca. Los muchachos la han vuelto a pintar unas cinco veces, sin pedirle un medio a la fundación. Está bellísima. Deberías estar aquí disfrutándola. Qué maldita cagada lo de tus riñones. Tu cancha sigue viva, pero jamás se vio tan imponente, ni tuvo tanta gente, como el día de tu velorio.   

21 de mayo de 2026

 

miércoles, 8 de abril de 2026

Confieso que hice trampa

Bernardo Guinand Ayala

Confieso. Mi cuerpo no fue diseñado para correr 42 kilómetros y, aunque lo he intentado, la lógica me grita: ¡ya basta! Pero ese saboteador interno al que llamamos terquedadme movió el cursor desde los confortables 21K hacia la opción de “maratón” cuando estaba sentado frente al portal de inscripciones.

Juro que no tenía interés en hacer lo que hice. Procuré todo para no caer en ello. Me preparé, fortalecí mis piernas más que nunca, me mantuve sano, estudié cuanto podía sobre calambres, probé todas las estrategias durante los entrenamientos y cuidé mi delicada columna religiosamente. Pero en mi cabeza, sin querer, se iba gestando un entramado de trucos por si todo lo anterior resultaba insuficiente.

No vine a hablar de tiempos ni de récords; vengo voluntariamente a dar mi declaración, porque el pasado 8 de febrero no hubiese podido cruzar la meta del Maratón de Caracas si no hubiese puesto en juego, no una, sino hasta tres estrategias de engaño para alcanzarlo. Al igual que en mi primer maratón, once años atrás y también en mi ciudad, volví a darme cuenta que un maratón no se corre solo.

Isaac fue el primero en recordármelo. No imaginé encontrarlo ahí, casi al pie del elevado de Los Ruices, cortándome el paso, no para detenerme, sino para impulsarme. Isaac es un joven maestro quien, al igual que su padre, enseñan con vocación en una escuelita fundada por su abuela Cándida en el sector “La A” de los Bloques de Caucagüita. ¡Qué emoción verlo allí!

Cuando a Isaac le dio por entrevistarme en medio de la carrera, justo antes de pisar el kilómetro 35, tuve que revelárselo: “¡sí! quiero decir unas palabras” confesé al instante, como si quisiera soltar ese peso apenas me apuntó con su celular pidiendo mi declaración. “Las piernas me abandonaron en el 25” le dije, para continuar con lo relevante “… y solo seguí por ustedes” Allí estuvo la primera trampa, en ese “ustedes”, los que no me dejaron abandonar: mis chamos y maestras de Caucagüita, por quienes trabaja mi fundación.

¡Lo sé! Suena a teatro, a exageración, para convertir la experiencia del maratón en una odisea más grande. Pero fue así. Ese domingo no había excusas. La mañana fue perfecta para correr, el clima de Caracas envidiable, descansé como nunca la noche anterior y mis piernas amanecieron con ganas de patear cada rincón de una ciudad que he aprendido a querer más desde que la recorro al trote. No hay mejor día que cuando la urbe nos proclama como sus predilectos, otorgándonos prioridad por encima del tráfico y del correcorre cotidiano. Esa mañana, a diferencia de la inmensa mayoría de mis maratones, aprendí lo que Mimina –mi esposa– me ha insistido siempre: “sal a disfrutar el maratón”. Y es que un maratón es como hacer turismo, pero extremo. Te anotas a un full-day citadino, con la frecuencia cardíaca al son del taki-taki barloventeño, mientras sincronizas la respiración dejándote deslumbrar por el naranja del amanecer, entre una multitud de locos que andan en la misma sintonía.

Tanto iba gozando, que transité gran parte de la Avenida Páez de El Paraíso contándole a un pana merideño sobre las maravillas arquitectónicas que nos esperaban al final de esa vía: la majestuosa capilla del Colegio San José de Tarbes diseñada por Carlos Guinand Sandoz, con sus deslumbrantes vitrales encargados al francés Max Ingrand; así como el imponente auditorio que se erige a su lado, con su balcón flotando en el aire, obra de mi arquitecto favorito, Eduardo Guinand Baldó –mi papá–. Y es que correr Caracas te permite descubrir rincones que, de otro modo, quizás ni conocería. 

Mientras mis caderas bailaban “un-dos, un-dos” alegremente entre zancadas, un bálsamo rocío madrugador recorría mi cuerpo, como si el sol hubiese decidido retrasar su furia. Mi cabeza se alejaba de los fantasmas que me habían acechado en la inmensa mayoría de los maratones que había realizado: los calambres y contracturas musculares.

Esos antecedentes me prepararon mentalmente a la eventualidad de recorrer algunos kilómetros entumecido. Mi apuesta estaba en poder llegar a salvo al 35 y guapear de allí en adelante, pero, cuando el plan de carrera se desbarató tan temprano, la estrategia se vio eclipsaba por la frustración. Para mi desdicha, apenas pisé el kilómetro 25, sobre la Principal de Las Mercedes, ambos cuádriceps se contracturaron, convirtiéndose en un par de rígidas piedras.

¡Paré! Me aparté hacia la acera revestida de sus característicos adoquines ya desgastados por la inclemencia de la intemperie y, todavía a algunos metros de la Plaza Sadel, empecé a redactar mentalmente el discurso de mi excusa. Es condición de un maratonista explicar la razón de su mal tiempo, pero, sobre todo, de un abandono.

Fueron segundos. No fueron eternos. Fueron segundos. Tres, cinco, quizás diez. Y mi cabeza pasó de la excusa a entretejer rápidamente la artimaña, porque –confieso– no hice la carrera completa. Aquellos 17 kilómetros que aún faltaban, fui empujado por una serie de eventos y personas que, de no ser así, esta crónica no existiría.

Realmente no encontré la razón que le daría a Isaac, así como a las maestras y al numeroso grupo de niños de Caucagüita, quienes madrugaron ese domingo para acompañar el punto de animación de Fundación Impronta en el kilómetro 35, muy especialmente con la ilusión de verme pasar, así fuese un instante.

Así que cuando pensé que mi maratón 11 sería el del “hoy no se pudo”, mi cuerpo empezó a moverse. Y pasé a ese estado mental que te permite cambiar de planes. Mi cabeza imploró que no importaría el tiempo, ¡y vaya que nos importa el tiempo!, pero era crucial darle el gusto a “mis chamos”, a esos por quienes dedico mi trabajo y que, ese día, querían retribuirme alentándome con sus gritos y pancartas.

Aquel fatídico kilómetro –entre el 25 y el 26– fue eterno y, sin que las piernas dejaran de estar engarrotadas, empecé progresivamente a hacer un bosquejo de trote suave, a paso corto, pero mucho mejor que solo caminar. A partir de allí, mientras veía pasar, uno a uno, los letreros azules con letras blancas que indicaban cada kilómetro, mi cabeza, lejos de desconectarse, se fortalecía maquinando hábilmente otras dos trampas, por si el impulso de mis afectos caucagüitenses no fuera suficiente.

Con motivo de la décima edición del maratón y con el ánimo de llenar las calles con diez mil corredores a manera de celebración, los organizadores de la carrera incorporaron la distancia de 10k como un regalo especial a la ciudad, lo cual atrajo nuevos invitados a la fiesta; entre ellos, mi hija Alexandra, quien aun siendo menos asidua al running y luego de estudiar un año afuera, se animó a inscribirse y aterrizó en Caracas pocas horas antes para asistir a la cita. A las 4:30 de la madrugada, domingo 8 de febrero, salíamos de casa el combo completo: Mimina –mi esposa–, Alexandra Elena –mi hija–, Bernardo Andrés –mi hijo– y yo, a dejar nuestras huellas por el valle que otrora habitaran los toromaimas.

Así llegó la segunda trampa: imaginar a mi familia entera con sus medallas. ¿Acaso me quedaría por fuera en esa foto? Alexandra, a pesar de sus temores, conquistaría los 10 kilómetros. Nando, deportista nato, no tendría rollo en repetir otros 21k luego de su podio hace un par de años. Y Mimina, aunque se enfrentaba a los mismos desafiantes 42 kilómetros, volvería a demostrar que es capaz de gozar semejante distancia. Así que, cuando en medio de las contracturas supe que el tiempo que haría sería probablemente “una raya”, sustituí el orgullo personal por la satisfacción de un logro compartido con las personas más importantes de mi vida.

Si estas dos razones no fueran suficientes, aún quedaba más. Y es que pocos días antes de la carrera, mi enrevesada mente diseñó, casi sin querer, un plan maquiavélico que me obligaría a cruzar esa meta, aún sin fuerzas en las piernas. Decidí correr por otra persona. A menos de tres semanas para la carrera, Lorena Córdova sufrió un accidente que la dejaría fuera de la línea de largada. Recibí su mensaje, le di play al voice del WhatsApp y entonces escuché aquel aciago audio donde me explicaba que había sido arrollada por un motorizado, y que además de varios traumatismos y un latigazo en la cervical, los rayos x evidenciaron tres fracturas en sus piernas, de las cuales ella no había podido percatarse inicialmente; porque Lorena no es cualquier corredora, ella es una atleta de movilidad reducida y aquel infausto accidente sucedió mientras entrenaba en su silla de ruedas.

Me sentí indignado y movido a la vez. Más aún porque, lejos de verse en minusvalía, antes del arrollamiento, Lorena se postuló como “Embajadora” de Fundación Impronta. Es decir, aprovechando su ejemplo y el impulso de la carrera, construyó un inspirador mensaje para recaudar fondos destinados a programas deportivos y educativos para niños y jóvenes de Caucagüita. Se convertía así en nuestra primera embajadora sobre una silla de ruedas.           

Después de pensarlo varios días, le pedí permiso para continuar la campaña de recaudación en su nombre y me comprometí, simbólicamente, a correr por ella. Días antes de la carrera cumplimos con la meta de recaudación propuesta, ahora solo faltaba cruzar la línea de llegada.

He de confesar no haber jugado limpio y haber confundido a mi cabeza, hasta tres veces, para que las piernas siguieran. Y, aunque no obtenga absolución alguna, me cuesta aún más arrepentirme de ello.

También he pecado de vanidad, pues en mis recuerdos ahora aflora la épica llegada al kilómetro 35 y sentir a toda Caucagüita corriendo a mi lado, celebrando conmigo. Mientras el “catire” finalmente abrazaba mi espalda, mis emociones seguían intactas. Fui transitando el duro tramo de la Avenida Francisco de Miranda y a mi lado seguían Whayatt y Meredith Ariza, dos adolescentes –los hijos de Yesenia– los primeros niños que conocí, 8 años atrás, en casa de Henry Vivas, aquel líder comunitario por quien Fundación Impronta llegó a la comunidad de Caucagüita. Desde 2018, esos hermanos no han dejado de pertenecer a algún programa de la fundación y su mamá no ha dejado de ser nuestra voluntaria.

Llegando a la Plaza Brión despedí a los hermanos Ariza, los abracé y pensé ¡tres kilómetros más! Lo que antes era la temida Av. Francisco Solano, por su soledad, ahora se mostraba acogedora bajo la compañía de mi hermano José Antonio –quien había acudido a mi rescate– y a la inmensa cantidad de gente animando, convirtiendo la recta final en una verdadera algarabía.

Aquellos tres señuelos cumplieron y ahora tocaba transitar el último tramo, aguantando un trotecito para no pasar tanta vergüenza ante el público. Guapeé en la última subida de Plaza Venezuela donde el embudo de gente te hace sentir que vas por el récord. Ya decía Colo Mourglia, el influencer argentino que nos visitó, que correr Caracas “es correr abrazado por una ciudad entera”.

Faltando unos 400 metros, ya enfilado hacia la meta, de un costado aparecieron mis hijos. Ambos tenían sus medallas radiantes, colgadas al pecho. Y como Caracas, a pesar de todas sus imperfecciones es especial, la llegada de su maratón no podía ser menos que especial. “¡Llegaste papá, lo lograste!” me decían al oído, emocionados, contagiándome con su alegría. La frustración trocó en heroísmo. Y si por un momento había dudado, aquellas palabras, repetidas varias veces en esos 195 metros finales, me despejaron toda duda. “¡Llegaste papá, lo lograste!” Lo había logrado. Le tomé las manos, las alzamos y cruzamos la meta juntos.

Al rato, Mimina también cruzaba la meta con nuestros dos hijos a su lado.

Confieso que hice trampa, pero no he logrado quitarme la sonrisa de mi cara.

7 de marzo de 2026

martes, 17 de junio de 2025

¡Corre o encarámate! 3 claves para la sostenibilidad en la Venezuela de hoy

Bernardo Guinand Ayala*
 
En la gestión de las organizaciones de la sociedad civil (OSC), muy particularmente en Venezuela, buscamos fórmulas mágicas para nuestro financiamiento. Queremos resolver todos los desafíos sociales que tiene el país, pero ansiamos que los recursos lleguen como el maná caído desde el cielo.   
 
Lamento decepcionarte porque aquí no vas a encontrar esa fórmula mágica, de hecho, en ningún lugar la encontrarás sino con mucho trabajo y disciplina. Lo que si te espera es un verdadero sacudón porque ¡o corres o te encaramas! Si no has apuntado a estas tres claves, puede que tu organización esté en riesgo. Y no es amarillismo, sino que la competencia es mayor, los recursos son cada vez más escasos y las fórmulas del pasado que movían el motor de las organizaciones en Venezuela ahora no son suficientes.
 
Alianzas: ¡Si, lo sé! Suena a cliché y 100% obvio. Quién dentro de su discurso no habla de trabajar en alianzas, pero ¿realmente las alianzas que tienes suman al propósito de todos los aliados? o ¿eres de los que busca aliados sólo por el dinero?
 
Las alianzas verdaderas deben sumar valor a todas sus partes, sin desviar la atención de la misión de nuestras organizaciones. Cuando te propones ser el aliado ejecutor de un programa de una empresa en un lugar del país y en unas áreas que se diferencian de tu razón de ser ¿estás realmente aliándote con criterio? ¿estás apuntando a tu misión? o simplemente estás buscando sobrevivir en una Venezuela compleja.
 
Ojo, no quiero decir que seamos inflexibles y no podamos adaptar nuestros programas a las posibilidades de financiamiento que pueda suponer una alianza, pero vale la pena evaluar realmente con quién, dónde y para qué debemos aliarnos.
 
Me gusta usar el ejemplo de los Pequeños Cantores de Caucagüita, porque son tres sus aliados y sin las tres patas de esa mesa, el programa no existiría. Los tres tienen igual peso y responsabilidad con la alianza. La Fundación Schola Cantorum dirige la orquesta, es quien técnicamente sabe cómo dirigir un coro de niños; Fundación Impronta abre el camino en la comunidad, busca locación, beneficiarios, asegura que el director llegue a los ensayos; y la Fundación MMG lidera la búsqueda del financiamiento, mas no exclusivamente porque todos ponen sus recursos. Lo más importante, las tres organizaciones apuntan a su misión, pues tienen como foco el desarrollo del talento de niños y jóvenes a través de actividades educativas y culturales.       

Diversificación de las fuentes de financiamiento: Las OSC venezolanas se atrincheraron durante décadas en la responsabilidad social de las empresas y, tras el decrecimiento de la actividad económica que mermó estos aportes, apelaron por recursos provenientes de la ayuda humanitaria. Esta última va en estrepitoso descenso y quizás la RSE ha vuelto a dar luces, pero no para amparar el complejo entramado de las necesidades sociales. Adicionalmente, es cada vez menor el importe vía RSE que soporta el financiamiento de la operatividad regular de la OSC.
 
Es clave, casi urgente, aprender a diversificar las fuentes de financiamiento como estrategia de
salud institucional. Y no hay que desplegar mil estrategias, pero tampoco depender exclusivamente de la aprobación de un proyecto una vez por semestre.
 
Cada organización buscará, entre sus fortalezas y talentos, cuáles otras vías de financiamiento pueden sumar a su portafolio. ¿Donantes individuales, grandes donantes, eventos, fidelización, estrategias digitales, autofinanciamiento profesionalización en grants, servicios a empresas? Las posibilidades son múltiples, pero todas requieren profesionalización. La clave está en definir el foco y prepararse.
 
Este tema ha sido una “sana” preocupación que hemos tenido en Fundación Impronta y, aún con muchísimo por aprender y consolidar, nos anima constatar que, año a año, ninguna de las estrategias supera el 25% del peso del financiamiento.             
 
Involucramiento: ¡Oído al tambor! Ya nadie quiere ser un donante pasivo. Esa práctica de enviar una carta - física o por mail - apelando a la solidaridad de un donante para mover su fibra a través de las líneas de tu mensaje, es cosa del pasado.
 
Muchos donantes quieren ser protagonistas de la manera como – juntos – transforman la vida de tus beneficiarios. Habrá los más racionales – entre ellos las empresas – que evaluarán el impacto de su aporte y cuánto suma a su marca o reputación, leerán tu informe y visitarán tus programas. Pero también están los donantes que no se moverán con una carta y un “gracias”; aquellos que esperan que los invites a hacer algo de su gusto o interés y obtener algún “beneficio”, como disfrutar la cena anual o llevar a su equipo gerencial a un torneo de pádel pro-fondos, hacer algún tipo de voluntariado donde conozca a los beneficiarios de tus programas o participar en un evento alineado con sus intereses.
 

Descubrir qué gusta y/o motiva a tus donantes y cuál oferta real les puedes proveer será parte de tus desafíos. Como en el mercadeo, no todo el mundo tiene que ser tu cliente, así que buscar tu nicho debe ser parte de tu estrategia.
 
Mi mayor aprendizaje en este tema fue la creación del Reto Impronta, la principal campaña de promoción y fundraising de Fundación Impronta. Invitamos a la gente a hacer aquello que les gusta hacer: correr. Los recursos aportados son los que ellos mismos estarían dispuestos a pagar por participar en alguna carrera, pero con el aliciente de hacerlo por una causa más allá de su bienestar o reto personal: oportunidades para nuestros chamos de Caucagüita.
 
Tres prácticas claves y un llamado a la acción. Entonces, ¿corres o te encaramas?  
 
17 de junio de 2025
 
*Bernardo Guinand Ayala es fundador y presidente de Fundación Impronta y promotor de la Asociación Venezolana de Fundraising

domingo, 27 de abril de 2025

Venezuela suena a gasoil

 Bernardo Guinand Ayala

Barquisimeto, tarde de un lunes cualquiera de finales de febrero. Camino por las calles de Nueva Segovia antes del primer día de taller que me llevaría a recorrer 6 ciudades del país formando organizaciones sociales en esos temas que me gustan y algo tengo para compartir. Veo todos los negocios a mi alrededor, perfectamente iluminados, pero un incómodo sonido zumba en toda la cuadra ¡¡¡Brrrrrrrrrrrrr!!!

No suena realmente “brrrrrrrr”, pues es más molesto que eso, pero no encuentro cómo escribirlo. Imagínalo en la nota más grave que puedas y onomatopéyicamente ronco. Me doy cuenta que los sonidos son muy difíciles de escribir y describir. Suena a planta eléctrica prendida. Pero a planta eléctrica en todos los lugares que recorro. Y por el sonido descubro también el olor a combustible.

Dos noches después, luego de cumplir exitosamente la jornada, decido no cenar en el hotel y recompensarme con una pizza y un whiskycito en una bonita terraza no lejos de allí. Me decido por la de mortadela, stracciatella y pistacho y, de repente, a mitad de un sorbo del elixir escocés, quedamos todos a oscuras. Mi mayor sorpresa no era la penumbra, sino la tranquilidad de todo el local – cocineros, mesoneros y clientes – en medio del percance. Ni un “coño” se escuchó y, al voltear hacia el gran horno de leña, veo a un trabajador asistiendo de manera relajada al chef, con la luz de su celular encendida, mientras aquel evaluaba si las pizzas, dentro del imponente horno, estaban a punto. Todo seguía su curso.

A Barquisimeto siguieron visitas a Caracas, Maracaibo, Mérida, Valencia y Pampatar. En todas, en TODAS, menos en Caracas, se fue la luz en una o más oportunidades, incluso en medio del taller. Razón tienen los provincianos en arrecharse por el trato privilegiado dado a la capital, lo cual genera tensión, como si los caraqueños tuviéramos la culpa o alguna injerencia. En fin, una manera de enfrentarnos a todos, por todo. Perder-perder dirían los sabios. Aunque alguna broma bien hecha, en torno a ello, canalizara luego la tensión en atención. Y seguíamos.

Recuerdo a Juan Carlos, en Mérida, cuando relataba su última visita al páramo y el impacto que vivió al regreso, al ver la ciudad de lejos, ya de noche, y sorprenderse al constatar que solo una mitad estaba iluminada. Aquella vez no correspondía exclusivamente al caos eléctrico, sino a la triste migración a la que se ha enfrentado la ciudad por la crisis que les ha golpeado. Duro ¿no? Una de esas mañanas salí a trotar en la “ciudad de los caballeros” y, en efecto, una altísima cantidad de viviendas se veían abandonadas. Mis jornadas de formación, acompañadas por el ejercicio madrugador en cada ciudad donde estuve, se convirtieron en agudos momentos de reflexión, catarsis y, por supuesto, una honda preocupación por nuestra vapuleada Venezuela.

Un día me encontré dando el taller, creo que era en Mérida o en Valencia, y se fue la luz en medio de mi exposición. Me sorprendió la capacidad de seguir dando mi clase como si nada hubiese sucedido, totalmente a oscuras. Algunos lo evaluarán como adaptación o resiliencia, pero lo cierto es que luego sentí una gran desazón conmigo mismo, porque no podemos acostumbrarnos a lo hostil, a vivir sin criterios básicos de dignidad. Menos aún en un país que tiene todo para que cada casa, cada empresa, cada hotel, cada taguara y cada escuela, tengan la electricidad y los servicios necesarios para prosperar. No hay derecho.

La única diferencia que encontré entre una ciudad u otra; entre cada uno de los hoteles donde amablemente fui recibido e invitado para inspirar esperanza y conocimientos, fue en el tiempo – medido en segundos o minutos – en que cada planta eléctrica, con su zumbido característico, reaccionaba ante cada apagón. Y es que toda Venezuela suena al son del gasoil.   

El viernes pasado, instalado en mi oficina en Caracas, mientras atendía por Zoom a una de las organizaciones marabinas en una suerte de mentoría post taller, mi internet comenzó a fallar. Un minuto después quedó mi oficina a oscuras y la conexión duró unos segundos de más justo para avisarles que me había llegado el turno. Seis de seis, como para que mi relato concluyera con un contundente 100% de oscurantismo y los del interior se sintieran un poquito acompañados en su horror.

No quiero más resiliencia. No quiero acomodarme en un país con sonido a gasoil. Merecemos un país que suene a prosperidad.

27 de abril de 2025

viernes, 25 de abril de 2025

Bajo las nubes de Calder

Bernardo Guinand Ayala

Bernardo, tengo una situación que espero me puedas ayudar” dijo una voz femenina al otro lado del auricular. “Sé que Impronta apoya la educación y puso su mirada en Caucagüita. Por eso me atrevo a tocarles la puerta” me abordó rápidamente.

Mi hija estudia medicina en la UCV, va para cuarto año de carrera, pero una compañera suya está a punto de desertar. Vive en una situación muy precaria, es de Caucagüita y manifiesta problemas gastrointestinales que creemos pueda ser producto de desnutrición

Por insólito que parezca, hay estudiantes de medicina en la Venezuela del siglo XXI que sufren desnutrición. Por insólito que parezca, hay estudiantes universitarios que viven en situación de pobreza ¿Cómo se avanza a cuarto año de medicina así? aún no me lo puedo explicar.

A nuestra trabajadora social le fue suficiente una visita domiciliaria para evidenciar que Yitsell vivía en situación de pobreza extrema, en un rancho de bloques al borde de la antigua carretera Petare-Guarenas. Hacinamiento, costos de movilización, espacios inadecuados para sus estudios e ingresos insuficientes - producto de la venta de topochos que su papá trae esporádicamente de Barlovento - eran el abrebocas de la situación familiar, sin entrar en detalles.

La solución de los interesados fue unánime. Había que buscarle un alojamiento, fuera de su entorno y más cerca del Hospital Vargas, así como garantizar una beca para gastos de vida, para comer. 

Como Dios ha sido cómplice en esto de hacer milagros, porque en efecto yo los veo – o quizás los busco – con bastante frecuencia, las hermanas de Santa Ana que regentan una residencia en La Pastora, justo desocuparon una habitación destinada a recibir estudiantes que llegan a Caracas.

Un techo, una cama, un baño, un escritorio, una neverita y una beca de manutención de $100 al mes bastó para que Yitsell, por primera vez, tuviera privacidad para descansar y estudiar, así como ganar 7 kilos en el primer mes y medio de beca, dejando atrás la palidez de su rostro y la timidez. Con su cara ahora rozagante, ocasionalmente pasaba a saludar por la oficina a contar sobre sus avances, las pasantías en las diversas áreas o el estetoscopio que se pudo comprar estirando los $100 de cada mes.

Han pasado 2 años y 3 meses desde que se incorporó al plan de becas Impronta.

Hoy, su nombre - Yitsell Ruiz - retumbó con cristalina acústica, bajo las nubes de Calder.        


13 de diciembre de 2024


sábado, 31 de agosto de 2024

Todos la llaman Democracia

BGA
 
Entra un hombre en un burdel, altanero y guachamarón, con ínfulas de conquistador, y le pregunta a la prostituta que lo recibe: “¿cómo te llamas?”, a lo que la meretriz le responde: “¿cómo quieres llamarme?”

Así mismo está ocurriendo con diversas formas de gobierno que cada quien tuerce a su antojo y, como si se tratara de una prostituta, todos quieren llamarla Democracia. 

Ningún totalitarista habla en nombre del totalitarismo.
Ningún dictador se afana en proclamarse dictador.
Ningún nepotista habla en favor del nepotismo.
Incluso las monarquías hoy se refugian bajo su tutela.
Todos la llaman Democracia.
 
No es secreto que ella, otrora refinada dama, símbolo de la libertad, la justicia y la equidad, ahora está en crisis y reducida a dama de compañía en el mundo entero. Bajo su pulcro manto aprendieron a resguardarse violadores disfrazados de caballeros. Y es un fenómeno del que no escapan diestros o zurdos, libertarios o comunistas, europeos o americanos. La democracia está en crisis.
 
Reducir la práctica de la democracia exclusivamente al “acto electoral” es tan simplista como peligroso. Así que es preciso encender alarmas a tiempo, pues cuando creas que “no te puede pasar” quizás sea demasiado tarde. 
   
  • Si insisten que “necesitan tiempo” … pongan freno en el acto. La reelección indefinida es la afrenta más grande contra una democracia. La alternancia es innegociable.
  • Si usan como pretexto “nosotros tenemos dignidad” … húyanles. Quien se llena la boca diciéndolo suelen ultrajar la dignidad del ser humano.
  • Si se escudan en “la autodeterminación de los pueblos” … desconfíen. Suelen ser explotadores que quieren mantener al mundo a raya de sus fechorías.
  • Si la mentira - obvia y grotesca - la normalizan como un mantra… no se rían. Decía Havel: “la mentira, aún cuando no la aceptes, ratifica el sistema, lo consolida, lo hace …”
  • Si siempre se trata de un enemigo externo, sin importar el nombre que le inventen… pilas. El autoritarismo siempre fabrica un culpable, un traidor, un otro.
  • Si cada vez se parecen más a lo que criticaron… están advertidos. La doble moral es siempre un indicador de alarma. Promesas para ganar, mentiras al gobernar.

Democracia, esa con letras grandes aún sin ser perfecta, debe ser, sobre todo, respeto fundamental al estado de derecho, tolerancia y diálogo, convivencia, alternancia, libertad para elegir y ser elegido, equilibrio de poderes, oportunidades para todos. Al quebrarse cualquiera, póngale otro nombre. La democracia no debería prostituirse a tal punto que solo caliente la cama de la “jornada electoral”, pues reducida a tal punto, puede llegar el momento que hasta eso sea violado.    
 
La democracia está en crisis y hay que reinventarla. No podemos seguir llamando Democracia a una cualquiera.
 
31 de agosto de 2024

sábado, 20 de julio de 2024

Acto de grado Colegio San Ignacio 2024

Palabras Acto de Grado Colegio San Ignacio
(En representación de las familias de los graduandos)

Apreciadas autoridades del colegio, docentes y trabajadores, familiares y - muy especialmente - jóvenes graduandos:

Cierto día, cuando Bernardo – nuestro hijo – apenas iniciaba sus estudios en Villa Piscina, luego de recogerlo al colegio, Mimina le preguntó: “Ajá ¿qué hiciste hoy?”, a lo que Nando respondió: “Mamá: hoy fuimos a la parrilla”.  “¿A la parrilla?” preguntó de vuelta Mimina sorprendida. “¿Y qué hiciste en la parrilla?”. “Lo que nos dijo la Hermana, mamá, fuimos a rezar con Jesús”.
 
Confundir parrilla con capilla puede parecer, sencillamente, una anécdota divertida, sin embargo, en esta confusión hay muchas similitudes; porque a cada una de ellas – sea parrilla o capilla – uno asiste para compartir y creo que esa es una buena definición de lo que ha sido el Colegio San Ignacio para nuestros hijos y nuestras familias; un colegio que sobrepasa los requerimientos básicos de formación académica para ser un espacio de crecimiento humano, espiritual, intelectual y de relaciones. Un espacio donde, ciertamente, nos puede convocar un acto de acción de gracias – como acabamos de tener minutos antes – así como una disciplina deportiva o cultural, alguna actividad extracurricular, formación académica y, por qué no, una sabrosa parrilla entre panas.  
 
Entonces, nuestras primeras palabras, procurando ser eco de las cientos de familias aquí representadas es de agradecimiento al colegio y a todo su personal directivo, docente, administrativo, servicios generales y de las numerosísimas actividades que aquí confluyen, por habernos acompañado en la formación de nuestros hijos, en estos años tan significativos para sus vidas.
 
La educación vive, en el mundo entero, enormes desafíos marcados por la velocidad en que están ocurriendo los cambios, la imprescindible necesidad de actualización docente, los avances vertiginosos de las nuevas tecnologías y un larguísimo etcétera. Deseamos, como familias salientes, que el colegio siga asumiendo tales desafíos con talento y creatividad, en esta Venezuela llena de retos.
 
Para ustedes graduandos, tres mensajes que quisiera recordaran en la celebración de este día tan significativo para todos nosotros.
 
En primer lugar, no voy a hablarles de valores, aun cuando fue la única directriz que nos dieron para estas palabras. Aunque realmente sí quiero resaltarlos. Los valores no podemos enseñarlos en un discurso, los valores se viven, se reconocen en aquel que nos sirve de modelo, en aquellos que son consistentes entre lo que dicen y lo que hacen. Y aquí, aún con todos los defectos que tanto sus padres como maestros podamos tener, les aseguro que han tenido buenos ejemplos.  Hoy, ese privilegio que han tenido se convierte en un compromiso que deben asumir, porque de nada les sirve haber salido de estas aulas recitando “En Todo Amar y Servir” como si fuera un pasaporte que les abre automáticamente las puertas, si verdaderamente no están dispuestos a ponerlo en práctica. Venezuela y el mundo entero requieren gente preparada, pero, sobre todo, requieren ciudadanos con don de gente. Ustedes están llamados a serlo.
 
Segundo mensaje. Agarré mi celular, abrí Copilot, la aplicación de inteligencia artificial que uso y le escribí: “dame frases inspiradoras sobre educación dichas en Venezuela”. Y más allá de las frases me llamó la atención que todas esas citas eran de venezolanos que ya murieron, incluso la mayoría hace muchos años: Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, Andrés Bello o José María Vargas. Entonces más que inspirarlos con sus frases, creo que la gran conclusión es que ustedes forman parte de una generación que les tocará reinventar la educación, la política, el país… y que sean sus frases y sus logros los que en un futuro alguien, aquí parado, los ponga de ejemplo.
 
Para los que quedan con la intriga, me quedo con una frase atribuida a Miguel Rojas Sánchez: “La educación es el vestido de gala para la fiesta de la vida”. Y allí los veo, vestidos de gala, ahora enrumbados a seguir nuevos desafíos en sus estudios. 
 
Último mensaje. Insistí con la asistencia de la inteligencia artificial, pero esta vez fui mucho más específico: “¿qué mensaje transmitirías a jóvenes venezolanos en su grado de bachiller, que han vivido la pandemia del Covid, la migración de sus familiares y amigos, los apagones, la crisis económica y la polarización política”… y luego de una serie de sugerencias sobre resiliencia, solidaridad, persistencia, ciudadanía…el texto concluye (y oigan bien): “les diría que son capaces de enfrentar cualquier desafío y que su generación tiene el poder de transformar Venezuela”.
 
Hoy, empiezo a sentir un guayabo grande al dejar atrás ese momento tan especial de cada semana. Venir a compartir con mi hijo, desde una grada, esa pasión que descubrió entre amigos y en un colegio que ha sido mucho más que un salón de clases. Pero celebro la alegría de que seguirá siendo su colegio, con las puertas abiertas para siempre.
 
Y cierro con algo que la inteligencia artificial definitivamente no podrá sustituir nunca, y es una mamá o un papá, parado frente a ustedes y que les diga de corazón: los queremos, estamos completamente orgullosos de ustedes y saben que estaremos acompañándolos en todos los desafíos que están por venir.      
 
¡Felicitaciones y viva la 97!
  

Familia Guinand Frías
19 de julio de 2024