Bernardo Guinand Ayala
Confieso. Mi cuerpo no fue
diseñado para correr 42 kilómetros y, aunque lo he intentado, la lógica me
grita: ¡ya basta! Pero ese saboteador interno –al que llamamos
terquedad–
me movió el cursor desde los confortables 21K hacia la opción
de “maratón” cuando estaba sentado frente al portal de inscripciones.
Juro que no tenía interés en
hacer lo que hice. Procuré todo para no caer en ello. Me preparé, fortalecí mis
piernas más que nunca, me mantuve sano, estudié cuanto podía sobre calambres, probé
todas las estrategias durante los entrenamientos y cuidé mi delicada columna
religiosamente. Pero en mi cabeza, sin querer, se iba gestando un entramado de trucos
por si todo lo anterior resultaba insuficiente.
No vine a hablar de tiempos
ni de récords; vengo voluntariamente a dar mi declaración, porque el pasado 8
de febrero no hubiese podido cruzar la meta del Maratón de Caracas si no
hubiese puesto en juego, no una, sino hasta tres estrategias de engaño para alcanzarlo.
Al igual que en mi primer maratón, once años atrás y también en mi ciudad, volví
a darme cuenta que un maratón no se corre solo.
Isaac fue el primero en recordármelo.
No imaginé encontrarlo ahí, casi al pie del
elevado de Los Ruices, cortándome el paso, no para detenerme, sino para
impulsarme. Isaac es un joven maestro quien, al igual que su padre, enseñan
con vocación en una escuelita fundada por su abuela Cándida en el sector “La A”
de los Bloques de Caucagüita. ¡Qué emoción verlo allí!
Cuando a Isaac le dio por
entrevistarme en medio de la carrera, justo antes de pisar el kilómetro 35,
tuve que revelárselo: “¡sí! quiero decir unas palabras” confesé al
instante, como si quisiera soltar ese peso apenas me apuntó con su celular
pidiendo mi declaración. “Las piernas me abandonaron en el 25” le dije,
para continuar con lo relevante “… y solo seguí por ustedes” Allí estuvo
la primera trampa, en ese “ustedes”, los que no me dejaron abandonar: mis chamos
y maestras de Caucagüita, por quienes trabaja mi fundación.
¡Lo sé! Suena a teatro, a
exageración, para convertir la experiencia del maratón en una odisea más
grande. Pero fue así. Ese domingo no había excusas. La mañana fue perfecta para
correr, el clima de Caracas envidiable, descansé como nunca la noche anterior y
mis piernas amanecieron con ganas de patear cada rincón de una ciudad que he
aprendido a querer más desde que la recorro al trote. No hay mejor día que
cuando la urbe nos proclama como sus predilectos, otorgándonos prioridad por
encima del tráfico y del correcorre cotidiano. Esa mañana, a diferencia de la
inmensa mayoría de mis maratones, aprendí lo que Mimina –mi esposa– me ha insistido
siempre: “sal a disfrutar el maratón”. Y es que un maratón es como hacer
turismo, pero extremo. Te anotas a un full-day citadino, con la
frecuencia cardíaca al son del taki-taki barloventeño, mientras
sincronizas la respiración dejándote deslumbrar por el naranja del amanecer, entre
una multitud de locos que andan en la misma sintonía.
Tanto iba gozando, que
transité gran parte de la Avenida Páez de El Paraíso contándole a un pana
merideño sobre las maravillas arquitectónicas que nos esperaban al final de esa
vía: la majestuosa capilla del Colegio San José de Tarbes diseñada por Carlos
Guinand Sandoz, con sus deslumbrantes vitrales encargados al francés Max
Ingrand; así como el imponente auditorio que se erige a su lado, con su balcón
flotando en el aire, obra de mi arquitecto favorito, Eduardo Guinand Baldó –mi
papá–. Y es que correr Caracas te permite descubrir rincones que, de otro modo,
quizás ni conocería.
Mientras mis caderas
bailaban “un-dos, un-dos” alegremente entre zancadas, un bálsamo rocío
madrugador recorría mi cuerpo, como si el sol hubiese decidido retrasar su
furia. Mi cabeza se alejaba de los fantasmas que me habían acechado en la
inmensa mayoría de los maratones que había realizado: los calambres y
contracturas musculares.
Esos antecedentes me prepararon
mentalmente a la eventualidad de recorrer algunos kilómetros entumecido. Mi
apuesta estaba en poder llegar a salvo al 35 y guapear de allí en adelante,
pero, cuando el plan de carrera se desbarató tan temprano, la estrategia se vio
eclipsaba por la frustración. Para mi desdicha, apenas pisé el kilómetro 25,
sobre la Principal de Las Mercedes, ambos cuádriceps se contracturaron,
convirtiéndose en un par de rígidas piedras.
¡Paré! Me aparté hacia la
acera revestida de sus característicos adoquines ya desgastados por la
inclemencia de la intemperie y, todavía a algunos metros de la Plaza Sadel,
empecé a redactar mentalmente el discurso de mi excusa. Es condición de un
maratonista explicar la razón de su mal tiempo, pero, sobre todo, de un
abandono.
Fueron segundos. No fueron
eternos. Fueron segundos. Tres, cinco, quizás diez. Y mi cabeza pasó de la
excusa a entretejer rápidamente la artimaña, porque –confieso– no hice la
carrera completa. Aquellos 17 kilómetros que aún faltaban, fui empujado por una
serie de eventos y personas que, de no ser así, esta crónica no existiría.
Realmente no encontré la razón
que le daría a Isaac, así como a las maestras y al numeroso grupo de niños de
Caucagüita, quienes madrugaron ese domingo para acompañar el punto de animación
de Fundación Impronta en el kilómetro 35, muy especialmente con la ilusión de
verme pasar, así fuese un instante.
Así que cuando pensé que mi
maratón 11 sería el del “hoy no se pudo”, mi cuerpo empezó a moverse. Y
pasé a ese estado mental que te permite cambiar de planes. Mi cabeza imploró
que no importaría el tiempo, ¡y vaya que nos importa el tiempo!, pero era
crucial darle el gusto a “mis chamos”, a esos por quienes dedico mi
trabajo y que, ese día, querían retribuirme alentándome con sus gritos y
pancartas.
Aquel fatídico kilómetro –entre
el 25 y el 26– fue eterno y, sin que las piernas dejaran de estar engarrotadas,
empecé progresivamente a hacer un bosquejo de trote suave, a paso corto, pero
mucho mejor que solo caminar. A partir de allí, mientras veía pasar, uno a uno,
los letreros azules con letras blancas que indicaban cada kilómetro, mi cabeza,
lejos de desconectarse, se fortalecía maquinando hábilmente otras dos trampas,
por si el impulso de mis afectos caucagüitenses no fuera suficiente.
Con motivo de la décima
edición del maratón y con el ánimo de llenar las calles con diez mil corredores
a manera de celebración, los organizadores de la carrera incorporaron la
distancia de 10k como un regalo especial a la ciudad, lo cual atrajo nuevos invitados
a la fiesta; entre ellos, mi hija Alexandra, quien aun siendo menos asidua al
running y luego de estudiar un año afuera, se animó a inscribirse y aterrizó en
Caracas pocas horas antes para asistir a la cita. A las 4:30 de la madrugada,
domingo 8 de febrero, salíamos de casa el combo completo: Mimina –mi esposa–,
Alexandra Elena –mi hija–, Bernardo Andrés –mi hijo– y yo, a dejar nuestras
huellas por el valle que otrora habitaran los toromaimas.
Así llegó la segunda trampa:
imaginar a mi familia entera con sus medallas. ¿Acaso me quedaría por fuera en
esa foto? Alexandra, a pesar de sus temores, conquistaría los 10 kilómetros.
Nando, deportista nato, no tendría rollo en repetir otros 21k luego de su podio
hace un par de años. Y Mimina, aunque se enfrentaba a los mismos desafiantes 42
kilómetros, volvería a demostrar que es capaz de gozar semejante distancia. Así
que, cuando en medio de las contracturas supe que el tiempo que haría sería probablemente
“una raya”, sustituí el orgullo personal por la satisfacción de un logro compartido
con las personas más importantes de mi vida.
Si estas dos razones no
fueran suficientes, aún quedaba más. Y es que pocos días antes de la carrera,
mi enrevesada mente diseñó, casi sin querer, un plan maquiavélico que me obligaría
a cruzar esa meta, aún sin fuerzas en las piernas. Decidí correr por otra
persona. A menos de tres semanas para la carrera, Lorena Córdova sufrió un
accidente que la dejaría fuera de la línea de largada. Recibí su mensaje, le di
play al voice del WhatsApp y entonces escuché aquel aciago audio donde
me explicaba que había sido arrollada por un motorizado, y que además de varios
traumatismos y un latigazo en la cervical, los rayos x evidenciaron tres
fracturas en sus piernas, de las cuales ella no había podido percatarse
inicialmente; porque Lorena no es cualquier corredora, ella es una atleta de
movilidad reducida y aquel infausto accidente sucedió mientras entrenaba en su
silla de ruedas.
Me sentí indignado y movido
a la vez. Más aún porque, lejos de verse en minusvalía, antes del
arrollamiento, Lorena se postuló como “Embajadora” de Fundación Impronta.
Es decir, aprovechando su ejemplo y el impulso de la carrera, construyó un inspirador
mensaje para recaudar fondos destinados a programas deportivos y educativos para
niños y jóvenes de Caucagüita. Se convertía así en nuestra primera embajadora
sobre una silla de ruedas.
Después de pensarlo varios
días, le pedí permiso para continuar la campaña de recaudación en su nombre y
me comprometí, simbólicamente, a correr por ella. Días antes de la carrera cumplimos
con la meta de recaudación propuesta, ahora solo faltaba cruzar la línea de
llegada.
He de confesar no haber
jugado limpio y haber confundido a mi cabeza, hasta tres veces, para que las
piernas siguieran. Y, aunque no obtenga absolución alguna, me cuesta aún más
arrepentirme de ello.
También he pecado de
vanidad, pues en mis recuerdos ahora aflora la épica llegada al kilómetro 35 y sentir
a toda Caucagüita corriendo a mi lado, celebrando conmigo. Mientras el “catire”
finalmente abrazaba mi espalda, mis emociones seguían intactas. Fui transitando
el duro tramo de la Avenida Francisco de Miranda y a mi lado seguían Whayatt y
Meredith Ariza, dos adolescentes –los hijos de Yesenia– los primeros
niños que conocí, 8 años atrás, en casa de Henry Vivas, aquel líder comunitario
por quien Fundación Impronta llegó a la comunidad de Caucagüita. Desde 2018,
esos hermanos no han dejado de pertenecer a algún programa de la fundación y su
mamá no ha dejado de ser nuestra voluntaria.
Llegando a la Plaza Brión despedí
a los hermanos Ariza, los abracé y pensé ¡tres kilómetros más! Lo que antes era
la temida Av. Francisco Solano, por su soledad, ahora se mostraba acogedora bajo
la compañía de mi hermano José Antonio –quien había acudido a mi rescate– y a la
inmensa cantidad de gente animando, convirtiendo la recta final en una
verdadera algarabía.
Aquellos tres señuelos cumplieron
y ahora tocaba transitar el último tramo, aguantando un trotecito para no pasar
tanta vergüenza ante el público. Guapeé en la última subida de Plaza Venezuela
donde el embudo de gente te hace sentir que vas por el récord. Ya decía Colo
Mourglia, el influencer argentino que nos visitó, que correr Caracas “es
correr abrazado por una ciudad entera”.

Faltando unos 400 metros, ya
enfilado hacia la meta, de un costado aparecieron mis hijos. Ambos tenían sus
medallas radiantes, colgadas al pecho. Y como Caracas, a pesar de todas sus
imperfecciones es especial, la llegada de su maratón no podía ser menos que
especial. “¡Llegaste papá, lo lograste!” me decían al oído, emocionados,
contagiándome con su alegría. La frustración trocó en heroísmo. Y si por un
momento había dudado, aquellas palabras, repetidas varias veces en esos 195
metros finales, me despejaron toda duda. “¡Llegaste papá, lo lograste!” Lo
había logrado. Le tomé las manos, las alzamos y cruzamos la meta juntos.
Al rato, Mimina también cruzaba
la meta con nuestros dos hijos a su lado.
Confieso que hice trampa,
pero no he logrado quitarme la sonrisa de mi cara.
7 de marzo de 2026