sábado, 11 de agosto de 2018

El juicio final


Bernardo Guinand Ayala

Una premisa clave de cualquier escritor es no cometer plagio, sin embargo aprovecho cierto anonimato en esto de las letras, para sacar a relucir un viejo relato. ¿O quizás lo llamaban parábola? De quien pretendo copiarme vivió hace ya demasiados años, unos dos mil tengo entendido y no creo que me exija derechos de autor. Además, como en vida se dedicó originalmente a recaudar impuestos, espero que haya dejado a su familia bien establecida y no pretendan ahora demandarme. Aunque supe que se retiró de ese oficio y se dedicó a seguir, junto a otros once amigos, a un líder que venía en ascenso, pero que no aspiraba a cargos políticos.    

A quien pretendo plagiar se llamaba Mateo, aunque creo que al darle el crédito, me pueden dar por absuelto y así, más bien enfocar mi relato en interpretar sus escritos para nuestra época. Nuestra época es la Venezuela de hoy, donde, al igual que en aquel momento cuando vivió Mateo, hay injusticias, impulsadas fundamentalmente por aquellos que ostentan el poder. ¿Será que el mundo se estancó? ¿Será que los Herodes, los Caifases, los Pilatos siguen actuando igual en nuestros tiempos?

Bueno, Mateo se arriesgó a hablar de un tema muy peliagudo. Quizás por ello me apoyo en él, pues sería muy pretencioso de mi parte tocar terreno tan escabroso sin data confiable. Evidentemente Mateo escribió de lo que le contó su maestro, un tipo llamado Jesús, quien a pesar de haber vivido hace tanto, está presente hoy y siempre. Mateo escribió sobre un tema que tituló “el juicio final”, justo igual como lo titulé yo, pues está difícil encontrar uno mejor. Pero como su libro realmente no contaba con títulos, quizás hasta me puedo llevar cierto crédito, aunque deba poner aquí la bibliografía [Mateo 25: 31-46]. En fin, permítanme contarles este cuento en unos pocos párrafos.    

Resulta que un juez [pero un juez bueno, sé que todos pueden estar un tanto prejuiciados al respecto] llega al estrado rodeado de toda su guardia protocolar. Gente reconocida y preparada. Además, al tratarse de un juicio realmente clave, están los mejores allí. Todos los posibles imputados se ponen frente a él, sin embargo los separa en dos grupos. En el relato original, Mateo habla de ovejas y chivos, pues su pana Jesús, solía hablarles mucho a los pastores.     

María, líder comunitaria
y cocinera. Caricuao
Colocará entonces a un grupo, el de las ovejas, que más bien llamaremos María, Doris y Henry, de un lado y al grupo de los chivos, que se me ocurre llamar al azar Nicolás, Jorge y Diosdado, del otro lado. Por cierto, el relato original pone a los chivos del lado izquierdo ¿casualidad? No lo sé. Cualquier queja dirigirse a [Mateo 25: 33].

Doris. Líder com. Carapita
Entonces el juez dirá en alta e inteligible voz a María, Doris y Henry: “Ustedes son unos emprendedores solidarios y se merecen lo mejor en este país, pues cuando yo estuve por allí descarriado me dieron techo; cuando tuve hambre me prepararon una sopa deliciosa de esas que le levantan el espíritu; cuando tuve sed, nunca les faltó un papeloncito con limón bien resuelto para ofrecer”. Entonces estas tres personas, muy contrariadas por ser gente honesta y humilde le dijeron al juez: “Pero si nosotros no lo vimos por allí, ¿cómo es posible que le hayamos dado todo eso a usted que es tan distinguido y no sabe ni donde vivimos?” Entonces el juez replicó: “Aún sin haber estado, tengo una red enorme de colaboradores que los conoce y sabemos que María habilitó el taller de latonería de su esposo para que los chamos de Caricuao comieran bajo techo, que Doris ofreció la platabanda de su casa en Carapita para que más de cien chamos coman a diario y llenen sus estómagos con sus sancochos y que Henry jamás le niega comida ni un vaso de papelón con limón a todos los carricitos de Caucagüita, a quien además los pone a jugar fútbol. De hecho, si le sobra papelón prepara hasta dulce de lechosa que comparte con sus amigos”.

Henry. Líder com. Caucagüita
Entonces el juez volteará para la extrema izquierda y verá sentados, con trajes, relojes y corbatas muy elegantes a Nicolás, Jorge y Diosdado y les dirá: “Yo sé que ustedes hoy se sienten omnipotentes y confiados. Que por justicia, han tenido un Sanedrín, perdón, un TSJ manipulado por ustedes mismos. Pero hoy vengo a decirles que todo tiene un límite y que a mí mismo, aun representando la verdadera justicia, la verdadera conciencia, la verdadera dignidad; me vieron pasar hambre y no me dieron de comer, estuve preso y hasta me torturaron, fui forastero y me dieron la espalda”. Entonces los tres, que no se pararon hasta tanto no verificar que sus guardaespaldas los escoltaban y su séquito de aduladores los acompañaban, aunque algunos de ellos se iban moviendo ligeramente hacia el centro del juzgado, luego de consultar a su grupo de abogados y asesores internacionales, así como descartar posibles argumentos contra el imperio, el capitalismo o la guerra económica, concluyeron que lo mejor era responder. Jorge, hábil para las comunicaciones fue el encargado en tomar la palabra: “Señor juez, luego de una extensa consulta concluimos que jamás lo hemos visto pasar hambre, que tenemos años que ni siquiera existen presos y que por Venezuela no lo hemos visto como forastero. Son infundadas todas las acusaciones que nos imputa”.

Juan Requesens, preso y vejado
Entonces en juez concluyó: “En verdad les digo, cada vez que murió un niño venezolano de hambre, solo producto de su ambición de poder, se los tengo anotadito aquí. Cada vez que no atendieron con dignidad a un preso, más aún, que los metieron injustamente allí y por resentimiento los torturaron y vejaron, se los tendré bien resaltado también aquí. Además, no solo no fueron capaces de recibir con dignidad a forasteros, sino que por su afán destructivo y corrupción, echaron a millones de venezolanos a ser forasteros en otros países, también lo recordaré aquí. Hoy podrán creerse intocables, pero ni la historia ni la justicia verdadera lo pasará por alto, mientras que aquellos como las ovejas, aunque se sientan afligidos, gozarán siempre de respeto y dignidad”.   

Y así como Jesús tuvo a Mateo para contar sus parábolas, también tuvo a Juan, quien además fuera su mejor amigo. Este relato también va dedicado a un Juan: Juan Requesens, otro injusto preso torturado por el régimen, quien desde hace poco puedo considerarlo dentro de mis amigos. Y a los miles de Marías, Doris y Henrys, que construyen solidaridad cada día y tienden la mano a otros para seguir adelante en esta Venezuela, dos milenios después de Mateo y Jesús.  
  
11 de agosto de 2018

jueves, 5 de julio de 2018

Don de gente

Bernardo Guinand Ayala


Inspirado por mi mamá, quien increíblemente había visitado el Hall de la Fama de las Grandes Ligas antes que cualquiera de sus hijos varones amantes del béisbol, visité Cooperstown en junio de 2010, aprovechando un viaje familiar y que tal destino nos quedaba justo en medio del trayecto entre Boston y las Cataratas del Niágara, atravesando los Estados de Massachusetts y Nueva York por la 90, una autopista kilométrica que recorre los Estados Unidos de costa a costa desde Boston hasta Seattle en el extremo oeste.

Lo primero que llama la atención al entrar en el Hall de la Fama, en ese pintoresco pueblo a
The Character and Courage Statues
orillas de un bello lago rodeado de campos de golf, es que ninguna de las tres estatuas que te reciben en el lobby de entrada pertenece a los más emblemáticos exponentes del béisbol como podrían ser Babe Ruth, Ted Williams, Mickey Mantle, Willy Mays o Ty Cobb. Evidentemente quienes te reciben también fueron estrellas fuera de serie de este deporte, pero la razón de estar allí va más allá de sus hazañas en el campo de juego. Esos señores están allí por su don de gente, por su actitud no solo dentro, sino también fuera del terreno de juego, por las adversidades que les tocó vivir y aún así, dar la talla muy por "encima del promedio".

Esas tres figuras, bajo el título de "The Character and Courage Statues" [las Estatuas del Carácter y el Coraje] corresponden a Lou Gehrig, Jackie Robinson y Roberto Clemente, exponentes de lo que significa luchar contra las adversidades y siempre con la frente en alto. 

Antes de la llegada de Cal Ripken Jr al "big show", Gehrig había impuesto la marca de más
Discurso de despedida de Lou Gehrig
juegos consecutivos sin descansar un solo día [2.130 juegos] cosa que le valió el apodo de "Iron Horse". Fue sentado por primera vez en la banca, a petición suya, luego de empezar a tener problemas de salud, lo que terminó siendo diagnosticado como Esclerosis Lateral Amiotrófica [ALS por sus siglas en inglés] hoy mejor conocida como Enfermedad de Lou Gehrig, la misma enfermedad que hace pocos años tuvo gran impacto por su campaña de fundraising [para seguir con su investigación] a través de redes sociales denominada "Ice Bucket Challenge". Lo más heróico de Lou Gehrig quizás fue asumir su enfermedad [aún hoy sin cura] con demasiada entereza. Su discurso de despedida del béisbol en Yankee Stadium, asumiendo con gallardía su mortal diagnóstico, ha quedado registrado como uno de los grandes discursos pronunciados en la historia de los Estados Unidos. Mientras todos veían con dolor su desdicha, Gehrig era capaz de enumerar las cosas por las cuales sentía que su vida era aún maravillosa, englobando todo en esa célebre frase: "Yet today I consider myself the luckiest man on the face of the earth" ["aún hoy me considero el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra"]. 

Jackie Robinson´s Day
El caso de Jackie Robinson es otro ejemplo heróico al vencer las barreras raciales y abrir paso a miles de jugadores de raza negra a la gran carpa. Expertos destacan que la escogencia de Robinson por parte de los aventureros que decidieron darle la oportunidad, más allá de su indudable talento deportivo, tuvo que ver por su temple para ser capaz de resistir todo tipo de vejaciones manteniendo una actitud sencillamente admirable. Su historia queda maravillosamente reflejada en la película "42", titulada así por el número que solía llevar en su espalda. Hace pocos años, dicho número fue retirado no solo por los Dodgers, sino por todos los equipos de Grandes Ligas en honor a él y lo que representa su gesta contra el racismo. El panameño Mariano Rivera, cerrador estelar de los Yankees fue uno de los últimos en vestir su mismo número y recientemente, cada 15 de abril, todos los jugadores de Grandes Ligas usan el mismo número 42 en sus uniformes, para recordar la lucha racial tan acentuada que se ha vivido en los Estados Unidos y la hazaña que este afroamericano de Georgia debió librar.

Roberto Clemente
El último de los corajudos en la entrada de Cooperstown es el puertorriqueño Roberto Clemente, quien así como Robinson le tocó librar tanto la barrera racial, como de defensa de los jugadores latinoamericanos en el "big show". Su ayuda a diferentes obras caritativas, su actitud fuera del terreno, su modelo como hombre de familia y de bien ha incidido que actualmente el premio de jugador modelo, aquel que represente el don de gente por su carácter admirable y sus contribuciones caritativas a la comunidad, lleve su nombre.  

Ahora bien, hasta aquí la historia en sí representa una buena oportunidad de enseñanza para mis hijos, sobre todo aquellos quienes creemos que ese don representa un valor para la vida. Pero a veces las historias opuestas también pueden ayudarnos a dibujar un panorama del cual desearíamos alejar a nuestros hijos y a nosotros mismos.

Ya que estamos en tiempos de mundial, recientemente todos pudimos voltear a las tribunas
Diego Armando Maradona en Rusia
y ver un deplorable show protagonizado por quien fuera el mejor jugador de fútbol años atrás: Diego Armando Maradona. Días previos, ese mismo personaje, usado como bufón de la corte, ondeaba una bandera de Venezuela en una tarima al ritmo de reggaeton, quizás motivado por un pago en dólares de un gobierno que no es capaz de invertir en alimento para sus gobernados, pero si en circo ramplón. Ese mismo señor, a quien aplaudí en su época de jugador, por quien celebré aquel mundial del 86, ahora convertido en una piltrafa humana y en el máximo exponente del daño que las drogas y una riqueza mal usada puede convertir a una persona.

Para mis hijos, para mis amigos, para aquel a quien quiera dar un consejo; hablaré de Gehrig, Robinson y Clemente por sus excelentes destrezas deportivas y las lecciones de vida que nos dejaron, así como lo que significó para mí verlos allí en Cooperstown. En cambio, lo más probable es que use el ejemplo de Maradona para que vean lo que las drogas hacen a las personas, inclusive a aquellas que nacieron con un talento natural extraordinario.   

Al final de tu vida ¿de qué vale haber sido el mejor en algo si lo botas todo por la borda? ¿de qué vale haber hecho tanto dinero si ese mismo dinero ayuda a hundirte? A veces exceso de dinero y fama, son más bien conducentes a estrepitosos fracasos si en el centro de tu interés dejas de tener ese don de ser gente. Hay cientos de ejemplos en Hollywood, en los deportes, así como también en los países, como el triste caso de Venezuela donde nuestra "riqueza" ha sido invertida en nuestra propia destrucción. 

El mundo está lleno de gente sencilla con voluntad para el bien. La mayoría no está inmortalizada en un salón de la fama pues no todos los trabajos nos ponen frente a una pantalla de cine, tv o un stadium repleto, pero cada trabajo bien hecho acompañado del ejemplo para sus familias, es un logro para la humanidad. Ojalá podamos contribuir a un país donde cada venezolano pueda desarrollar al máximo sus talentos, pero por sobre todo, que jamás perdamos de vista nuestra responsabilidad de ser ciudadanos, de tener don de gente. 

5 de julio de 2018

sábado, 19 de mayo de 2018

Crisis de dirigentes, crisis de dirigidos


Bernardo Guinand Ayala

“Los puestos de responsabilidad hacen a los hombres eminentes más eminentes todavía, y a los viles, más viles y pequeños” Jean De La Bruyère

Llegamos a un 20M en un ambiente moral depauperado y unas condiciones de país jamás conocidas, con tendencia a seguir socavando aún más hondo, augurando más hambre, más pobreza, más tragedia.

A estas alturas debería ser obvio, aunque cueste tanto entender esa lógica perversa, que el gobierno nos quiere así. No se trata de ineptitud, falta de gerencia y mucho menos falta de recursos. El régimen sigue un plan. Nos quiere pobres, dependientes, divididos. En esta tragedia colectiva que va desde lo económico hasta lo emocional, se saben mover como pez en el agua. Desde su vileza, hay que reconocer que han sido sumamente efectivos.

Ahora bien, desde nuestras posibilidades y competencias, un tema crucial debería ser lo que hemos hecho o dejado de hacer los que estamos en la acera de enfrente, los que queremos un país diferente. Y es precisamente allí donde, en estos momentos, me siento más confundido.

Nuestra dirigencia, luego de aquella importante jornada de diciembre de 2015, fue desmoronando el logro que tanto costó construir. A menos de un mes de haber ganado contundentemente la mayoría de los escaños del parlamento, la tan sufrida unidad fue haciendo aguas a punta de intereses particulares, falta de agenda común y un sinfín de vicios propios de la política. No saber administrar aquella victoria y pensar que ella era un fin en sí misma, ha sido una factura demasiado cara para los venezolanos y nuestros deseos de cambio. Lo que comenzó en 2015, ha debido encaminarnos a un 2018 de cambios profundos y, por el contrario, hoy nos encontramos divididos y sin norte, a pesar del contundente rechazo de la mayoría del país a la gestión gubernamental.

A diferencia de otros países que han combatido injusticias o autoritarismos, nuestra potencial fortaleza no ha estado representada en un Mandela, Havel, Gandhi o Walesa, sino en la capacidad de estar juntos a pesar de las diferencias naturales. Juntos no solo para un proceso electoral, sino en la concepción de una hoja de ruta que nos hubiese traído al 2018 objetivamente esperanzados.

Salir de este rollo no es solo salir del gobierno. Venezuela va a estar plagada de problemas, de crisis en todas las áreas, de heridas abiertas, de millones de venezolanos que fueron o siguen siendo chavistas. Liderar un gobierno bajo esas premisas no será tarea fácil. Unidad, no solo para ganar, sino para gobernar, va a ser elemento de sobrevivencia para cualquier gobierno post-chavista.

Pero este tema no queda solo en la dirigencia. Me atrevo a decir, o particularmente así lo siento, que los dirigidos también debemos revisarnos. Podemos alegar, y con toda razón, que hemos hecho todo cuanto se nos ha pedido: hemos marchado cuando se solicitó marchar, votado cuando se solicitó votar y así podemos seguir un rosario de estrategias a lo largo de todos estos años. Pero hoy seguimos aquí, al menos los que hemos decidido seguir aquí y no hemos llegado ni siquiera al día cero para comenzar a realizar los cambios tan profundos que vendrán. Si optamos por seguir de frente contra este régimen, sin duda que la actitud en la cual todos hemos caído en las últimas semanas, a raíz de la posición entre votar o no votar nos aislarán del propósito común. Hemos gastado más energía en tener la razón, nuestra razón, que en procurar salir verdaderamente de este enredo. Cosas de humanos, ciertamente.

Siento, observo, percibo [con probabilidad de equivocarme] cierta desconexión entre aquellos que solían representar a la clase media y los sectores populares y viceversa. Todos hemos disminuido estrepitosamente nuestra calidad de vida, pero creo sensato reconocer la realidad del otro y no es tarea fácil, ni para estos, ni para aquellos.

La clase media [o que lo fue de ella] demanda de los más vulnerables acompañamiento en grandes manifestaciones bajo la bandera de la libertad y la democracia; mientras los más pobres aspirarían mayor cercanía en sus protestas por gas, agua y alimentos. Y así, lejos de conectarnos contra el responsable indiscutible, ahora nos da por echarnos la culpa entre los pobres dependientes de su bolsa CLAP o la clase media con su reino de twitterzuela, así como los pro-votos y los que no lo son, o mi verdad contra la tuya. Y mientras, Maduro baila reggaetón con Maradona gozando a lo grande.

Siempre he visualizado un futuro donde mis hijos me pregunten: ¿Y tú papá, que hiciste para salir de ese régimen? ¿Por qué duró tanto?  Siempre creí tener algunas respuestas, argumentando la esperanza que el mismo gobierno representó para millones y de allí lo perverso y opulento que se convirtió, dificultando su salida por años. Pero ahora ¿qué les diré?; ¿que no supimos cumplir con nuestra parte?, ¿que fuimos corresponsables?  
  
Creo fervientemente en el talento de cada persona puesto en las cosas para las cuales siente pasión. De allí que directamente nunca me haya desenvuelto en la política partidista. Mal haría en hacer un trabajo deficiente, sin tener las aptitudes, por tratar de resolver un problema país. Por el contrario, hago más política ejerciendo mi trabajo de vocación hacia lo social, donde puedo desarrollar mis virtudes con pasión y optimismo. Lo trato de hacer con profesionalismo y honestidad, de la misma manera que espero que quien opte por dirigir las instancias de poder del país, también lo haga. Necesitamos ciudadanos y dirigentes conectados y sin mezquindades. Solo así, podremos algún día salir de esta pesadilla y reconstruir efectivamente a Venezuela.  

19 de mayo de 2018

sábado, 24 de febrero de 2018

Pies descalzos

Bernardo Guinand Ayala

Caminar sobre la arena cálida en alguna playa de Venezuela. Sentir esa sutil y agradable textura entre los dedos de los pies mientras vas dejando tu huella tras cada paso. O caminar en tu casa, en tu hogar, desprovisto de calzado por el simple y hasta raro gusto de hacerlo en la más estricta intimidad.


Esas, son quizás las imágenes que primero nos vienen a la mente cuando hablamos de pies descalzos.  No es mi caso. Lamentablemente no es mi caso. Ayer, nuevamente quedé descalzo en contra de mi voluntad. No decidí quedar así, no lo hice por gusto, placer o excentricidad. Ayer nos robaron. Nuevamente en un parque, en un espacio de recreación, para lo cual era vital llevar zapatos. Anteriormente fue en El Ávila, ayer en nuestro Parque del Este, ese espacio público orgullo de todo caraqueño que mi abuelo con su tenacidad nos regaló, no precisamente para ser guarida de antisociales sino para todo lo contrario, para ser refugio y vivero de buenos ciudadanos.   

Hace varios años tocó bajar la cuesta del “Estribo de Duarte” entre piedras y matorrales con los pies totalmente desnudos y algunos garrotazos sobre la espalda. Ayer, cuando volteé al piso, luego de ver que mis compañeros de trote también estaban bien, recordé aquella escena de años atrás. Otra vez descalzo porque a ciertos individuos se les hace más “fácil” robar que trabajar o porque el país no brinda oportunidades, o porque hay hambre, o porque si hubiese trabajo igual no alcanza, o porque la humanidad siempre ha tenido ladrones. Escojan la causa que más les convenza, el hecho es que uno se siente vejado, herido en su dignidad; así incluso termines sin un rasguño.

Curioso es que tanto nos hemos acostumbrado de las probabilidades que esto ocurra, que el primer comentario post evento fue: “creo que hemos actuado de la mejor manera posible”. Serenos, tranquilos, sabiendo que cualquier invento no solo nos pone en riesgo a nosotros, sino que podría afectar a tus compañeros de robo o a tu familia. Hace años solo me preocupaba por Mimina, me daba pánico que algo pudiese sucederle y cuando en pleno Ávila me pidieron los zapatos me tranquilicé. “Se trata de un robo” pensé, colabora y todo saldrá adelante. Y así fue. Ayer igual, vi que el malandro que me “atendía” a mi no iba armado, pero si el que atracaba a Jose. No sabemos si el arma era potente o de mentira, pero no tuvimos intenciones de averiguarlo.

Y es aquí donde toca la clásica reflexión después de un robo. Lo material se recupera. Y es cierto, pero no podemos acostumbrarnos jamás a ello. Lo material no solo es “algo que tiene determinado valor monetario”; lo material, que se ha ganado con esfuerzo propio o por herencia constituye también alguna partecita de nosotros.

Los zapatos de José Antonio los estaba estrenando ese día, literalmente. Habérselos comprado no solo significa tantos bolívares o dólares, representa su trabajo como arquitecto en medio de una economía donde hasta comprar unos zapatos representa un esfuerzo importante. Frente a la realidad del niño que volví a ver esta misma semana en el comedor de Caucagüita, que no va a la escuela porque, entre otras cosas, no tiene zapatos, podría quedar Jose sin argumentos para lamentarse, pero la realidad es que su esfuerzo bien habido y su deseo son plenamente reales y auténticos.

La medalla de Pedro Luis cayó al suelo entre la hojarasca. Al momento de escribir esto no ha aparecido. Su maleante, creemos, que era el más asustado, tanto así que olvidó pedirle los zapatos y en vez de sugerirle que se quitara la cadena, haló de ella cayendo la medalla al suelo. Esa medalla era de su abuelo, más allá de lo que cueste por el valor del metal, representaba una herencia familiar y sentimental. Eso fue lo que realmente se llevó el ladrón, cosa que a él no le representa ningún valor.

Mi reloj corría conmigo desde 2016, un regalo de mi esposa e hijos al entusiasmarme con esto del running. Más allá del costo, lo que para mí representaba ese artefacto son los más de 4.400 kilómetros recorridos que quedaron plasmados en mapas de distintas calles de Caracas o del mundo, así como haberme acompañado en 5 de los 6 maratones que he corrido a la fecha. Quizás suene a capricho o extravagancia, pero entonces ¿de que está hecha la vida si no es de momentos vividos y recuerdos compartidos?

Por último, para aquellos que, sin dudar de su buena fe, se centran en advertir todo tipo de riesgos: que si la hora de trotar no es la más segura, que por ese lugar sabemos que roban, que la calle es insegura, incluso hasta llegar a decir que mejor no corras que te estás exponiendo; mi reflexión es muy sencilla. Efectivamente vivimos en una ciudad que hay que tomar medidas extremas hasta para respirar y que cada uno de nosotros las hemos ido aplicando en nuestra cotidianidad, pero sin duda alguna también he tomado como máxima aquello que, de forma tan clara, le he escuchado a Maickel Melamed: “Yo he decidido vivir, no únicamente limitarme a sobrevivir”. Así que seguiré trotando y, desde mi trabajo, procuraré generar oportunidades para que más jóvenes venezolanos se entusiasmen con explotar sus talentos para el trabajo honesto y cada vez menos se dediquen a la salida fácil de la delincuencia.

Quiero vivir en una Venezuela donde estar descalzo sea una elección para todos. No porque la pobreza, un arma, garrote o cualquier otra amenaza nos lo imponga.          

24 de febrero de 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

País bachaquero


Bernardo Guinand Ayala

Durante la primera década del siglo XXI, en diversas presentaciones sobre el “Proyecto Pobreza[1]”  escuché una y otra vez a Luis Pedro España afirmar que trabajo informal era igual a pobreza.

Para la época, los expertos prendían la alarma que cerca del 50% de los venezolanos en edad productiva se dedicaban al trabajo informal, estereotipado para ese momento en la figura del buhonero. Evidentemente, la recomendación de los académicos se orientaba a la creación de más y mejores puestos de empleo, pues la ausencia de los beneficios contemplados en la ley como un salario regular, seguridad social, prestaciones, entre otros, hacían del trabajo informal un empleo poco consistente, sin capacidad de ahorro ni previsión social, un “pan pa´ hoy y hambre pa´ mañana”, es decir, un augurio para mantenerte pobre siempre.    
 
Pasaron los años y se ha desencadenado una locura con relación al empleo que ni las más oscuras predicciones de España y su equipo de investigadores hubiesen querido mostrar. Esta estafa titulada “Socialismo del siglo XXI” suma lo peor de los males de la economía [hiperinflación, escasez, controles, aniquilación del aparato productivo] y, dolorosamente, es ahora el trabajo formal el que es igual a pobreza. Entramos en un panorama donde se ha perdido el valor del trabajo digno y productivo y donde las leyes económicas empiezan a ser trastocadas y confrontadas por una lógica diferente. Una lógica de guerra, de sobrevivencia, de selección natural al más primitivo estilo.

Es así como vemos que quienes ostentaban un trabajo formal, empiezan a migrar a la economía informal, creando un país de bachaqueros. Habrá miles de ejemplos, entre los más cercanos veo como miembros de mi familia empiezan a ofrecer productos de la cesta básica por las redes familiares; o el chofer que llevaba 18 años manejando el autobús del colegio de mi hija ha decidido desprenderse del oficio que diligentemente ejercía para pasar a vender pollos y café. Ni hablar del caso de maestros de escuela, esos que siempre han estado sub-pagados. Con desesperación recibí esta semana la llamada de un querido director de escuela de Fe y Alegría pidiendo apoyo para garantizar una arepa a sus docentes pues el sueldo no les da para comer y algunos han empezado a despedirse de su carrera de educador para rebuscarse en las entrañas de una informalidad que luce más rentable.

Todo esto sin entrar en el espinoso terreno del modelaje negativo, es decir, aquellos que viendo que los enchufados del gobierno viven “mejor”, desechen la idea del trabajo digno y se aventuren por los caminos de la delincuencia, el narcotráfico o la corrupción en sus múltiples formas, como medio de vida.

Otra realidad también alarmante viene representada por una cifra que ya se lee en millones de venezolanos cuyo talento está siendo aprovechado por los países que los han acogido. Venezolanos que han salido a buscar espacios en los cuales puedan desarrollar su oficio, pues no saben vivir sino a través de la dignidad que representa el trabajo. Y allí no solo contamos con las destacadas figuras que generalmente tomamos como ejemplo: deportistas, académicos que destacan en grandes universidades, talentos creativos; sino que hay casos cada vez más numerosos de personas humildes que dejan todos sus ahorros en el autobús con rumbo al sur sin destino certero. Así el caso de mi tocayo Bernardo, hijo de la guajira que nos ayuda con la limpieza de la casa y cuya destreza como mecánico automotriz fue bien recibida en Perú, mientras aquí no quedaban plazas pues ni vehículos se producen, ni repuestos llegan para parapetear algún carro usado. A un mes de su llegada a Lima ya escribe emocionado por haber podido pagar un alquiler, haberse comprado una cocinita a gas y hasta poder mandar alguito para que su mamá pueda hacer mercado, gracias a su trabajo.

En fin, salvo los casos obvios de actividades ilícitas, no hay manera de condenar las búsquedas de sobrevivencia de cada venezolano. Con el bachaqueo, del cual ahora casi todos formamos parte ya sea como oferentes o demandantes, nos pasa algo así como con el secuestro. Dicen que cada secuestro pagado asegura el financiamiento para el siguiente secuestro, es decir, pagar es alimentar la máquina para que ese flagelo siga activo. Pero desde la óptica individual, uno quiere a su familiar vivo y aunque lógicamente sepamos que nos estamos embromando como sociedad, optamos por la decisión de sobrevivencia personal.

Obviamente el bachaqueo tiene sus raíces en las absurdas medidas económicas de quienes gobiernan. Luego, nosotros mismos hemos ido alimentando ese fenómeno por la necesidad imperiosa de conseguir alimentos, entrampándonos como colectivo, como sociedad. Los más vulnerables, incapaces de competir, quedan al margen y de allí que cada vez más familias pasen a depender del monstruoso mecanismo de control social que representan las bolsas CLAP.

No suelo cerrar mis escritos con augurios pesimistas. Tampoco soy un optimista que alienta ciegamente a que todo va a salir bien. Objetivamente Venezuela está muy mal, al punto que los cimientos de la educación y el trabajo, como únicos vehículos de desarrollo de cualquier nación, han sido socavados y llevados a niveles miserables.

El gobierno nos quiere pobres o nos quiere fuera, es una realidad tan grande como una catedral; por ello cada propuesta actual de resistencia no significa necesariamente poner nuestro cuerpo frente a una tanqueta. La resistencia ahora es mantener a un niño aferrado a un pupitre y a un adulto frente a un puesto de trabajo meritorio y productivo.

Brindar oportunidades en medio de este caos, será en 2018 el mayor acto de rebeldía posible.
    

11 de febrero de 2018




[1] Proyecto de investigación liderado por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB, al que se fueron sumando investigadores de otras universidades, bajo el auspicio de la AC para la Promoción de Estudios Sociales

domingo, 19 de noviembre de 2017

¿Hasta dónde eres capaz de llegar?

Bernardo Guinand Ayala

Sorprendentemente - al menos para mí - he sabido de mucha gente que lee lo que escribo. Había pensado con mi blog dejar una especie de diario para mí y para mis hijos, sobre todo porque estamos viviendo momentos intensos y me pareció buena manera de dejar plasmadas estas anécdotas. Somos de memoria corta y a la distancia, lo que no se dijo, pierde contundencia.
  
No cabe duda de que emociona que me lean, pero empieza uno a sentir una especie de compromiso. Puedo imaginar la tensión del escritor que ha escrito una buena novela y se sienta nuevamente a ver cómo cautivar a su público. Hago esta introducción casi que para excusarme porque hoy vuelvo a hablar de running y probablemente sea un tema que no apasione a todos, sin embargo, está cargado de emociones tan intensas que son justamente esas que debes tratar de transmitir cuando la adrenalina está aún efervescente.      

Hoy fue la Gatorade Caracas Rock, la carrera de 10 kilómetros más popular y grande del país. Suele ser una fiesta variopinta pues hay desde atletas élite hasta gente que salta a correr sus primeros 10k, animada a lo largo del trayecto por bandas de rock. Muchos pensarán que quien haya corrido un maratón - 42k - correr luego 10k debe ser como un día de paseo. No es así. Son exigencias y preparaciones diferentes. Si bien la extrema distancia hace del maratón una aventura indescriptible, los 10k - si te empleas a fondo - pueden llegar ser una experiencia única. Y eso me pasó hoy.

Con Mimina, ambos con PR en la GatoradeCcsRock 2017
Después de tener tiempo sin correr oficialmente esta distancia, nuevamente pude imponer un récord personal, bajando 3 minutos mi tiempo anterior, que para 10k es bastante considerable. Como insistentemente he escrito, esto de correr es una competencia fundamentalmente con uno mismo. Tal vez mi tiempo sea nada para otros corredores y significativo para otros tantos, pero el tema es que hoy me exigí hasta el límite de mis capacidades, cosa que pocas veces he sentido. Como diría algún deportista siendo entrevistado en televisión: “dimos el ciento uno por ciento” y de verdad mi cuerpo estuvo a tope durante esos casi 45 minutos pensando cada minuto que sería insostenible ese furruco.

En un maratón logras mantener un ritmo en el cual, cardiopulmonarmente, estés a gusto, solo que la distancia representa tanto golpe a las piernas que terminan siendo mi lado débil. En 10 kilómetros pasa al revés; con piernas entrenadas la distancia es soportada razonablemente, pero como debes tratar de mantener una velocidad al tope de tus capacidades, la frecuencia cardíaca se dispara ampliamente. Para tratar de mostrar lo que significó para mí el ritmo/pace de hoy [4´29” cada km] puedo comentar que hasta hace muy poco esa era la velocidad a la cual corría series de 800 metros, o también mencionar que a tal velocidad solo había corrido recientemente hasta 3 kilómetros seguidos. Pensar en correr 10k a ese ritmo era algo así como imposible.

Ahora bien, esta historia realmente tiene otro protagonista. Así es, mi carrera, el récord personal, la anécdota de hoy tienen un protagonismo compartido.  Aunque efectivamente crucé la meta con el tiempo indicado, hubiese sido sencillamente imposible sin el pacer, animador y motivador que decidió que su carrera era hacerme cumplir la mía: Alfonso Porras.

Con Alfonso aprendí a correr en serio cuando entrenaba para mi segundo maratón. De él aprendí mucho de lo que sé de técnica, tipos de entrenamiento, motivación. Es decir, de esas cosas que hablamos quienes nos entusiasmamos con correr. Tenía tiempo sin correr con Alfonso y hoy coincidimos en el mismo corral de salida. No vale la pena ni mencionar que sus tiempos en todas las distancias son mucho mejores que los míos y que ha logrado correr un maratón [Boston] por debajo de las 3 horas, lo que es mucho decir.  

Como suele pasar en competencias, cada quien planifica y hace su propia carrera. Dada la largada empecé a zigzaguear a algunas doñas y “pesos pesados” mal ubicados de corral que impiden la fluidez de la carrera. A mis panas Carlos Behrends y Pedro Luis Álvarez [otros duros en la materia] los vi alejarse entre la multitud como alma que lleva el diablo. Antes de llegar al primer kilómetro, ya algo ajetreado entre la muchedumbre y ese empecinamiento individual de querer hacer "un buen tiempo", me alcanza Alfonso y me pregunta a cuánto estoy apuntando. Digo que soñaría hacer 45 minutos y de una me dice: “yo te llevo”. 

Acostumbrado a hacer mis carreras solo, me entra entre emoción y preocupación. Preocupación pues no quería embromarle la carrera a Alfonso, pero sobre todo por el compromiso de tenerlo al lado en una aventura desconocida para mí. Recuerdo que cuando empecé a entrenar con él, las primeras series que hice en mi vida [de 400 metros] me había sacado la chicha.

Para yo describir lo que significaron los siguientes 9 kilómetros, haría de este post algo demasiado largo. Popularmente entre los corredores decimos que hay que salir a disfrutar la carrera. ¡Bueno!  hoy fue algo distinto. No le paré al rock que sonaba, ni a la ciudad que suelo admirar mientras corro. Hoy fue seguirle la mecha a Alfonso y escuchar mi cuerpo a toda máquina pensando imposible sostener el ritmo el siguiente kilómetro.  

No hubo frase motivacional que Alfonso no me dijera en cada kilómetro para obligarme a mantener el ritmo. Generalmente en las carreras debes fortalecer tu mente para concentrarte y seguir, pero hoy fue como realizar una meditación en la cual alguien te guía y te hace más sencilla la experiencia.

“¡Vamos Bernardo! Tú eres un maratonista, tienes demasiados kilómetros en esas piernas ¿qué son 6 más?... para un fondista ¿qué son 5 más?... ¿qué son 4 más?” “Vamos, no te quedes, no mires el reloj, tu reloj soy yo. Levanta la cabeza, no bajes el ritmo”. “Bernardo, corre por quienes siguen en este país, eres inspiración Bernardo, no pares. Corre por tus hijos, vamos… ellos también querrán ser maratonistas” “Vamos, los últimos 2 apretamos”. ¡Pero coño Alfonso, si no puedo más!!! “Claro que sí, sigue” “Queda uno, aprieta, no bajes, aprieta” … No puedo… “Claro que puedes”

Finalmente apreté los últimos 300 metros, así como para bajar de 45 minutos sin saber a ciencia cierta en cuanto iba el reloj. No se cómo, ni con que fuerza di esa esprintada final, pero creo que Alfonso iba sonriendo. No pude sino darle un abrazo al final y ahora dedicarle estas letras de agradecimiento.

Alfonso me permitió entender que mi límite estaba mucho más allá de lo que yo podía imaginar. Jamás hubiese podido mantener ese ritmo si no fuese porque, literalmente, no me dejó bajarlo. Los deportes en general y particularmente el running, incluso más allá de lo físico, son capaces de mostrarte hasta donde eres capaz de llegar. Por supuesto, se necesita disciplina, trabajo duro, entrenamiento y motivación.

Y pienso que lo mismo sucede con tantas otras cosas de nuestras vidas que tal vez nos da flojera llevarlas a otro nivel. Papa Dios nos dio una máquina privilegiada dotada con excelente hardware y software que solemos sub-utilizar. No es que vivamos siempre al límite como en unos 10k, pero seguro frecuentemente subestimamos hasta donde somos capaces de llegar.  

19 de noviembre de 2017

sábado, 11 de noviembre de 2017

Hoy puede ser un gran día

Bernardo Guinand Ayala

A menos de dos meses para terminar este complejo 2017, quien pueda decir con algún grado de certeza cual será el futuro próximo de Venezuela tendrá, o mucho de adivino, o muchísimo de farsante. Sentimos - y con razón - que el país se nos va por un despeñadero gigantesco, sin que sepamos realmente cómo detenerlo. Para colmo de males, si no fuera suficiente con el nefasto gobierno que agobia a los venezolanos, la oposición política pareciera haber entrado en un proceso de desconexión total con la realidad y con la gente, terminando de cegar alguna esperanza, al menos de corto o mediano plazo.

Aún así seguimos. Y seguimos porque la catástrofe en la que estamos metidos no hace sino decirnos: “hay demasiado por hacer”. Somos, como reza uno de los lemas de la Bill & Melinda Gates Foundation unos “Optimistas impacientes”. Optimistas, porque nada alienta más a un ser humano que poder ser un eslabón del cambio y del progreso que requiere una empresa o el país. Impacientes, porque pasan los días, los meses, los años y sentimos que se nos va la vida sin poder desarrollar esos cambios a profundidad.

Esta semana tenía en mi agenda algunos eventos significativos para mí y para mi recién creada fundación. Entre esas cosas que vienen - sin saber de donde - a la cabeza, recordé aquella canción de Serrat titulada: “Hoy puede ser un gran día”.  Si bien creo que soy una persona optimista y motivadora, tampoco soy el mayor fan de aquellos gurús que predican constantemente que hay que tener “mente positiva” para todo, todo el tiempo, como si no fuese válido decir a veces que estamos frustrados, desesperanzados, molestos o intolerantes. Sin embargo, esa mañana busqué en You Tube la canción del catalán y me vacilé mi dosis de buena vibra. Tenía verdaderas ganas y razones para querer un buen día.

Uno de los elementos más objetivos de la canción en cuestión, es que Serrat no asegura que “va a ser un buen día” sino que “podría serlo” y allí da en el clavo: “Hoy puede ser un gran día, duro con el”. Es decir, si quieres que el día sea bueno, hay que echarle ganas al asunto. No es solo mente positiva, sino que es trabajo duro y si hay trabajo puede haber recompensa.

Efectivamente el día fue bueno y es aquí donde expongo lo que quiero dejar de reflexión. En cualquier país en general, para cualquier persona en cualquier circunstancia, pero particularmente en esta Venezuela que nos ha tocado transitar, es clave que cada quien se enfoque en lo que sabe hacer mejor, en lo que construye, en donde pones al servicio de la sociedad los talentos que tienes. Aquel día y la semana en general fueron positivos para mi y para mi equipo porque logramos proponer una ruta para hacer las cosas que sabemos hacer bien, porque logramos sumar a otros, porque nos seguimos arriesgando por el país con propuestas concretas que aterrizaron y ahora tienen un norte claro y por supuesto, mucho más trabajo por desarrollar.

Fue particularmente maravilloso cautivar y proponer a la Junta Directiva del Instituto de Previsión
Junta Directiva del IPN y de Fundación Impronta
del Niño - cuyo promedio de edad, sin exageración, ronda los 80 años - una alianza para un novedoso y audaz programa de atención y generación de oportunidades para adolescentes venezolanos de sectores populares. Fue también genial constatar el poder de convocatoria para un taller sobre adolescencia, sirviendo de bisagra entre todos los interesados.


Como si fuera poco, esta misma semana hemos podido llevar los primeros folletos de nuestra fundación a un antiguo y muy apreciado aliado en España para comenzar a dejar nuestra impronta internacionalmente y dejar un mensaje claro: hay mucho por hacer en Venezuela y aquí estamos proponiendo.        

Comedor en casa de Henry Vivas en Caucagüita
También han sido unos días para conectarnos con otros, particularmente con esos que están en nuestra misma sintonía y hacen cosas realmente maravillosas. Visitamos a Henry Vivas - aliado del Radar de los Barrios - quien transformó la sala de su casa en Caucagüita en un comedor para los niños más vulnerables del sector La Embajada. Conocimos la puesta en marcha del “Panabus”, una buseta convertida en sala de baño, peluquería, comedor y atención médica que rueda por Caracas brindándole dignidad a las personas en situación de calle. Conversé a través de nuestro #RadarEnPositivo con mi pana Juancho Pérez quien reporta estar optimista con una generación de jóvenes en formación a quienes tuvo la fortuna de dirigirse cuando la desesperanza reina.  
El Panabus de la Fundación Santa En Las Calles
        

Quien se centra en lo que sabe hacer y es capaz de servir con gusto a los demás, tiene en Venezuela, aún a pesar de las muy objetivas adversas circunstancias, un horizonte de posibilidades de acción.  Muchos de nosotros, al igual que Bill y Melinda Gates – pero sin la chequera claro está – somos unos optimistas impacientes. De hecho, hoy puede ser un gran día…. y mañana también!


11 de noviembre de 2017